9 Imprevistos
BLAKE
Ojos azules y yo nos miramos a los ojos un solo segundo como si el mundo se hubiera detenido. Un segundo podía no ser nada y, a la vez, muchísimo, porque en su mirada comprendí que ambos habíamos escuchado lo mismo y que teníamos que salir de allí.
Estaba segura, a un noventa y nueve por ciento, de que aquello había sido un disparo, seguido de una ráfaga de ellos.
Me bajé corriendo del coche y me parapeté detrás de él.
Metí la mano en mi bolso y saqué una Glock pequeña que llevaba siempre encima por si acaso.
El chico abrió la puerta y sacó una nueve milímetros de la guantera.
Se colocó a mi lado y nuestras miradas volvieron a encontrarse. Esa vez ninguno disimuló la sorpresa.
—Ni siquiera voy a preguntar —le dije—. Tienes que salir de aquí.
Negó con la cabeza y se asomó por el cristal del vehículo. Se escuchaba un barullo de gente gritando como loca mientras alguien volvía a lanzar otra ráfaga. Eran metralletas.
—No, no voy a dejarte sola. Ven conmigo. Salgamos juntos de aquí.
—No puedo. Tengo que parar esto.
El caos se había apoderado de la discoteca y la gente corría desesperada de un lado a otro intentando protegerse .
Un grito se escuchó realmente cerca. Me agaché y miré por los bajos del coche. Había una chica tirada en el suelo, a unos diez metros de nosotros, que se aguantaba la rodilla con las manos, quejándose por el dolor.
El chico a mi lado hizo el amago de ir hacia ella. Lo agarré del brazo para frenarlo.
—¿A dónde te crees que vas?
—¡A ayudarla!
—Pueden matarte, eso es campo abierto, no tienes sitio para protegerte.
Pareció evaluar sus opciones y se quedó quieto, dándome la razón, aunque no lo dijo en voz alta.
—¿Y cuál es tu plan?
—Que te largues, yo me encargo —le dije muy seria. En realidad, no era una sugerencia, sino una orden que esperaba que acatara.
—¡Tú también puedes salir herida o muerta! Esto es peligroso, ¿no lo entiendes?
—¿No lo entiendes tú?
—Menuda cabezota —espetó volviéndose de nuevo hacia la acción.
—Mira quién fue hablar —murmuré antes de sacar el móvil y marcar el número de Carlo.
—¿Estás llamando a la policía? —me preguntó Ojos azules mientras él mandaba un mensaje.
Pobre iluso. Seguramente le habrían dicho que Nueva York era peligrosa y compró una pistola para protegerse. Dudaba que supiera utilizarla. Fui gateando hacia el otro extremo del coche para que no me escuchara.
—Hay una reyerta en el Lumière, atacantes no identificados, envía a los hombres y haz control de daños —susurré con autoridad en cuanto respondió.
Una bala atravesó el cristal del coche. Se estaban acercando .
—Joder, Bass me mata —farfulló mi compañero de aventuras. Volví a ignorarlo.
—Hecho. Ten cuidado, Blake.
Colgué y marqué el teléfono de Giordano mientras el chico a mi lado apuntaba a alguien a través del agujero que había dejado la bala en el cristal del Ferrari.
—Tranquilo, vienen refuerzos.
—¿Dónde cojones estás? —preguntó mi primo nada más descolgar.
—A salvo, ¿y vosotros?
—En el almacén. Los de seguridad están desalojando la discoteca. —Otro disparo y otro más. Esta vez era Ojos azules quien los había hecho—. Joder, Blake, ¿¡a salvo!? ¡Y una mierda! Sal de donde estés de una puta vez.
Me asomé a través del cristal y vi que unos pandilleros con metralletas se acercaban al parking .
Eran cinco. Uno de ellos había sido herido.
Había otro en el suelo. Miré a Ojos azules con una curiosidad renovada.
Había disparado con una precisión excepcional para la distancia que nos separaba de ellos. ¿Cuántas cosas más escondía este chico?
—Son unas Kord 12,7. Estos tíos no se andan con tonterías —dijo volviendo a cargar su arma.
Estaba claro. No sabía lo que buscaban, pero tampoco pensaba quedarme a averiguarlo.
—No te preocupes —contesté a Giordano—, nos vemos en cinco minutos en el almacén. Tened cuidado.
Saber que ellos estaban bien me dejaba vía libre para centrarme en la situación. Colgué y me puse al lado del chico con el arma cargada. Las balas sobrevolaban nuestras cabezas. Parecíamos dos locos abrazando el caos.
—Yo apunto al de la derecha y al del centro. Tú al de la izquierda —ordené.
—¿Me haces el honor de dejarme uno? Ya pensaba que te ibas a quedar con toda la diversión —dijo con una sonrisa cómplice—. ¿Qué te parece si tú apuntas al de la derecha, yo al de la izquierda y el del centro para el más rápido?
Se estaban acercando y nosotros estábamos allí discutiendo nimiedades.
—Vale, lo que quieras, pero dispara ¡ya!
Ambos lo hicimos, acertando en los blancos.
Al mío le dibujé un bonito agujero de bala en el estómago.
El de Ojos azules cayó fulminado de un tiro en la cabeza.
Apuntamos al de en medio casi a la vez. Él fue un segundo más rápido y le acertó en el abdomen.
No obstante, antes de que cayera, conseguí que una bala le atravesara la pierna.
El peligro había pasado, aunque aún no sabíamos si había más atacantes en otras zonas de la discoteca.
Echamos un vistazo alrededor. El paisaje era desolador.
Había más de una decena de heridos en el suelo y la gente aún corría despavorida.
Las ambulancias estarían al llegar y yo tenía que esperar a que mis hombres me dieran el OK, así que me di la vuelta y apoyé la espalda en el coche. Él lo hizo a mi lado y nos miramos.
—¿Haces esto muy a menudo?
Antes de caer en lo que había dicho me descubrí sonriendo.
—Menos de lo que me gustaría, aunque parece que no pierdo la práctica.
Nos concentramos el uno en el otro y, de no ser por los gritos y lamentos de la gente, casi podría jurar que nos encontrábamos solos en aquel lugar. Se había creado una burbuja a nuestro alrededor a través de nuestras miradas y estas parecían estar hablando por sí solas.
Un ruido volvió a interrumpirnos y nos sobresaltamos. Otra bala. No estábamos solos y aquello aún no había terminado. Me volví hacia el chico. Cogí su cara entre mis manos y lo miré fijamente. Sus ojos no revelaban ninguna emoción y, a la vez, las transmitía todas. Qué jodidamente guapo era.
—Tienes que largarte de aquí. —Intentó zafarse, pero no lo solté—. Tienes que irte ya, ¿lo entiendes ?
—No pienso dejarte a tu suerte.
Negué con la cabeza. No era una pobre niña desvalida. Aquellas eran mis calles, Nueva York, mi ciudad, pero no podía decírselo. En ese momento, mi móvil sonó. Era Carlo.
—¿Situación?
—Todo despejado.
Colgué y me levanté.
—Los refuerzos ya están aquí —le dije a Ojos azules y corrí hacia el callejón que daba a la parte de atrás de la discoteca.
No pensaba seguir discutiendo con él, aunque, antes de desaparecer por la puerta del almacén, volví a mirarle.
No se había movido del sitio y continuaba observándome con una mirada incendiaria.
—¡Vete de una vez! —le grité antes de entrar en la discoteca sin mirar atrás.