6 Una chica en una discoteca
BLAKE
Estaba en la pista, con los ojos cerrados y los brazos por encima de la cabeza, bailando como hacía tiempo que no me permitía hacerlo. Dejándome llevar, como les había dicho a mis primos, cuando alguien posó las manos en mis caderas.
Me puse en guardia al instante y abrí los ojos, que chocaron con otros tan azules como el cielo y una sonrisa que haría que cualquier mujer se desmayase. Era el mismo chico moreno que había visto desde el reservado, pero de cerca podía apreciarlo mucho mejor.
Era alto, uno ochenta, quizá, y estaba delgado, aunque no de forma exagerada. Si pensaba que John era guapo, ese chico era un modelo y estaba segura de que él lo sabía.
Extendió una mano, invitándome a bailar con él. Repasé su cuerpo de arriba abajo con la mirada, tomándome mi tiempo. ¿Por qué no? Estaba en mi territorio y, si intentaba algo, yo sabía defenderme muy bien.
Acepté su mano, tiró de la mía para que nuestros cuerpos se encontraran y nos movimos a nuestro ritmo, que no era precisamente el de la música.
Sostuve su mirada sin reflejar cuánto me afectaba ese contacto.
La novedad de lo desconocido. Y me gustó que no la desviara ni un ápice.
Estábamos tan cerca que su olor era el único que podía percibir e impregnaba todos mis sentidos.
Olía a lluvia, a tierra mojada, a nostalgia, a hogar.
Sus movimientos sexis no me dejaban ver nada más y, por unos instantes, me entregué a la coreografía que estábamos creando.
Permití que sus manos recorrieran mi cuerpo, abrasando cada trozo de piel desnuda que encontraba a su alcance. Yo paseé las mías por encima de la tela de su camiseta con cierta timidez y muchas ganas.
Ambos tanteábamos el terreno, disfrutando del momento sin pensar demasiado en las consecuencias, algo que yo nunca había hecho antes. No con un desconocido, al menos.
Me di la vuelta, pegando mi espalda a su pecho.
Él rodeó mi cintura con sus brazos. Durante unos minutos, que bien pudieron ser horas, nos quedamos solos en aquella pista.
Retiró el pelo de mi hombro, rozando mi cuello a su paso y lo besó lentamente, sin prisa.
Fueron unos besos húmedos y desquiciantes que erizaron todo el vello de mi cuerpo.
El corazón me latía en la boca del estómago, la tentación era demasiado grande y no dejaba de preguntarme cómo habíamos llegado a esa situación y por qué no la paraba de una vez por todas.
Habíamos ido demasiado lejos, había conseguido de mí mucho más de lo que yo estaba dispuesta a dar aquella noche.
Después de un rato, me giré y nos miramos, devorándonos a fuego lento, como si nunca antes hubiéramos visto nada igual, como si no pudiéramos dejar de hacerlo. Supuse que yo le atraía de la misma forma que él a mí y me mordí el labio mientras una avalancha de pensamientos hacía ruido en mi cabeza.
Miré a mi alrededor. Me había olvidado de que no estábamos solos, aunque, por suerte, varios grupos de personas nos cubrían, proporcionándonos algo de intimidad. Pero, desde arriba, ocultos tras la oscuridad de los reservados, sabía que mis primos podían vernos .
El chico, que me observaba con interés, puso una mano en mi nuca y pegó su nariz a mi mejilla, acercando su boca a la mía peligrosamente.
—¿Qué haces? —musité en sus labios.
Tenía sus impactantes ojos azules cerrados, más que preparado para el inminente beso, y los abrió en cuanto escuchó mis palabras, como si no esperara que cortara el momento.
—Besarte —dijo con voz rasgada y un escalofrío recorrió mi cuerpo ante el deseo que desprendían sus palabras.
—No te andas con rodeos, ¿no?
—No me gusta perder el tiempo.
—Ni siquiera nos conocemos.
—¿Y eso es un problema?
Compuso una sonrisa pícara.
No solo era increíblemente atractivo, sino que a esa arrolladora presencia también le acompañaba una elocuencia que me volvía loca. Me encantaba la gente atrevida, descarada y directa, como Cósomo o como yo misma.
Ladeé la cabeza con gracia y entorné la mirada.
—No me lío con cualquiera.
—Yo no soy cualquiera, pero supongo que aún no lo sabes.
—Un poco presuntuoso por tu parte, ¿no crees?
No dejaba de acariciar mi cuerpo con los ojos mientras yo me debatía entre mandarlo todo a la mierda y besarle o largarme de allí y dejarlo plantado. Me mordí el labio. Él puso las manos en mi cintura y habló en mi oído.
—No puedes culparme por intentarlo. Vamos, dime, ¿quién en mi situación no lo haría? —Depositó un suave beso en la comisura de mis labios y se separó de mí—. Te invito a una copa.
Una sonrisa espontánea apareció en mi rostro ante su propuesta y me sorprendí queriendo aceptar esa copa y continuar hablando con él.
—Ya las pido yo, ¿qué quieres ?
—Quiero invitarte —insistió y lo barrí con la mirada de nuevo.
Ese chico era la perfecta imagen del demonio.
—Prefiero ir yo —contesté suspicaz.
Él frunció el ceño y se puso serio, hasta que cayó en la cuenta de una cosa.
—¿Qué pasa? ¿Crees que voy a echarte algo en la bebida o qué?
Eso era exactamente lo que pensaba y no iba a disculparme si se había ofendido. En mi situación, cualquier precaución era poca.
—No te conozco, no tendría por qué fiarme de ti. —Me crucé de brazos.
—¿Me lo estás diciendo en serio? —preguntó con la mandíbula tensa. Todo su cuerpo parecía estarlo—. Si piensas que puedo llegar a ser tan capullo, ¿qué mierda haces conmigo?
Nuestras caras estaban a pocos centímetros la una de la otra. Un solo paso, un empujón que sin querer nos precipitara hacia adelante, hubiera bastado para unirnos. Casi respirábamos el aliento del otro. El petricor lo invadía todo.
—Si te digo la verdad, aún no lo sé, pero quiero averiguarlo.
Nos sostuvimos la mirada, tanteándonos. Era un duelo de titanes. Una lucha por el poder.
—Realmente no confías en nadie, ¿no?
Me asombró que fuera capaz de leerme tan bien.
—Solo en mí.
—¿Quién eres? —preguntó con el ceño aún fruncido.
—Una chica en una discoteca. —Esa noche quería ser solo eso y él no tenía por qué saber quién era en realidad.
Arqueó las cejas, rompiendo la tensión del momento.
—Un whisky solo. Yo sí me fío de ti —dijo divertido.
Sonreí por haber ganado ese asalto y asentí dirigiéndome a la barra.