Raven (Código Negro 3) Epílogo
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Epílogo

Eve

Han pasado ocho semanas.

Ocho largas semanas desde que desperté en una habitación de hospital sin recordar cómo había llegado allí. Ocho semanas desde que decidí marcharme antes de que Claus pudiera abrir los ojos.

No porque hubiera dejado de amarlo. Todo lo contrario. Porque lo amo demasiado. Lo suficiente como para entender que, mientras yo permanezca a su lado, siempre habrá alguien dispuesto a utilizarme para destruirlo.

Así que hice lo único que me pareció correcto.

Desaparecer.

Desde entonces no he dejado de moverme.

He recuperado propiedades que pertenecían a mi padre, he reorganizado a los hombres que sobrevivieron a Sebastián y he cerrado acuerdos que llevaban años pendientes. Uno a uno, he ido poniendo orden donde solo quedaba caos.

Por fin en mucho tiempo... no huyo. Aunque cada noche termine preguntándome si él también estará mirando el mismo cielo. Y cada mañana despierte buscando su calor al otro lado de la cama.

Aunque siga llevando su apellido y finja que ya no significa nada.

Hoy necesito despejar la cabeza. Por eso termino comprando un caballo en una pequeña finca a las afueras de Cushendun, en irlanda del norte.

Es un semental negro, enorme y testarudo. Me recuerda demasiado a cierto vaquero.

No puedo evitar sonreír.

Cabalgamos durante casi una hora entre colinas cubiertas de hierba y viejos muros de piedra. El viento mueve mi cabello mientras el caballo avanza con calma por un sendero rodeado de árboles. Por primera vez en semanas... Consigo respirar.

Hasta que escucho una rama romperse detrás de mí. El caballo levanta las orejas.

Yo también lo noto.

Detengo las riendas. El silencio vuelve.

Demasiado silencio.

Desmonto de un salto. Mi mano encuentra la pistola escondida bajo la chaqueta casi por instinto.

La desenfundo. No me extrañaría que algún enemigo me haya seguido hasta aquí, no sería el primero.

—Sal.

No obtengo respuesta.

Solo otro crujido.

Apunto hacia los árboles.

—He dicho que salgas. —gruño.

Pero, una voz grave rompe el silencio cuando dice:

—Si me apuntas con esa arma... —Hace una pausa.—La usaré contigo y no te gustará.

Mi corazón deja de latir durante un segundo.

No.

No puede ser.

Él aparece entre los árboles con las manos dentro de los bolsillos del abrigo, caminando con esa tranquilidad desesperante que siempre tiene cuando todo el mundo alrededor está perdiendo la cabeza.

Como si jamás hubiera recibido un disparo, o nunca hubiera estado a punto de morir, y no hubieran pasado ocho semanas.

Claus.

El aire abandona mis pulmones.

—¿Qué haces aquí?

Él arquea una ceja.

—¿Cómo que qué hago?

Sigue acercándose.

Sin prisa.

Sin miedo.

Como si supiera perfectamente que jamás apretaría el gatillo.

—He venido por mi esposa.

Aprieto la mandíbula.

—He enviado los papeles del divorcio. —Su expresión ni siquiera cambia.—No soy tu esposa.

Da otro paso.

—No soy... —Mi voz se rompe apenas un segundo.—Nada.

Él suspira.

—¿Ya terminaste?

—Hablo en serio, Claus.

—Yo también. —Continúa caminando hasta quedar a apenas un metro de mí.

Sigo apuntándole.

Ni siquiera pestañea.

—Apártate.

—No.

—Claus.

—No. —Su voz es tranquila.

—¿Terminaste de huir? —pregunta con voz ronca—¿Qué fue lo que te dije sobre huir, cariño? Ahora me toca a mí encontrarte.

—No estoy huyendo.

—¿Ah, no? —Inclina apenas la cabeza.—Porque desaparecer sin decir una palabra, enviar papeles de divorcio y cambiar de país se parece muchísimo a una huida.

No respondo. Porque tiene razón. Y los dos lo sabemos.

—No podía quedarme.

—¿Quién decidió eso?

—Yo. —digo.

—Error. —Da otro paso. Ahora prácticamente puedo sentir su respiración. —Eso lo decidíamos los dos.

Intento mantener el arma firme.

No puedo. La mano me tiembla.

Él lo nota.

Con una calma insultante, alarga la mano. Aparta lentamente el cañón. Después desliza la pistola fuera de mis dedos. No opongo resistencia. Nunca he sabido hacerlo cuando me mira así.

Deja el arma sobre la silla de montar. Después vuelve toda su atención hacia mí.

—Además… —Frunzo el ceño.

—¿Qué? —Una pequeña sonrisa aparece en su rostro.

Esa sonrisa arrogante que tanto odio.

Y tanto adoro. Sin apartar los ojos de los míos, levanta apenas el borde de mi vestido hasta descubrir el costado donde la cicatriz quedó marcada para siempre.

Mis dedos buscan detenerlo, pero llego tarde. Él observa la pequeña marca como una gran victoria.

RV, y el cuervo.

Pasa el pulgar con una delicadeza que contradice por completo la dureza de sus palabras.

—Aquí dice otra cosa. —Levanta la vista. Sus ojos grises no dejan espacio para ninguna duda. —Aquí pone que eres de mi propiedad.

—Claus... —Niego lentamente con la cabeza.—No hagas esto.

Él sonríe apenas.

—¿Qué parte? —Se inclina un poco más hacia mí.—¿La de venir a buscar a mi mujer?

Su mano encuentra la mía. Entrelaza nuestros dedos como si nunca los hubiera soltado.

—¿O la de recordarte que llevas dos meses intentando convencerte de una mentira?

Siento un nudo en la garganta.

—Te dejé para protegerte.

Su expresión cambia por primera vez y desaparece la arrogancia. Solo queda ese hombre que conocí en Raven Valley.

—Lo sé, cariño. —Su voz se vuelve mucho más suave. —Y fue la decisión más valiente...

Luego añade:

—Y también la más estúpida que has tomado en toda tu vida.

No puedo evitar soltar una risa entre las lágrimas. Él aprovecha ese instante.

Me rodea la cintura.

Me acerca a su cuerpo.

—Escúchame bien, Salvaje. —Apoya la frente contra la mía. —No quiero una vida segura si no estás en ella.

Cierro los ojos. Siento sus manos sujetándome como si tuviera miedo de que volviera a desaparecer.

—Casi te pierdo. —Su voz se quiebra apenas un instante. Lo suficiente para que mi corazón también lo haga.—Cuando desperté y me dijeron que ya no estabas...

Respira hondo.

—Morí una segunda vez.

Levanto una mano y acaricio su rostro.

—Lo siento.

Él niega.

—No. —Deposita un beso en mi frente.—Ya sufrimos bastante.

Después sonríe con esa seguridad imposible que solo él tiene.

—Así que se acabó, Maeve Radkle.

—¿Qué se acabó? —pregunto.

—Las despedidas.

—Claus...

—No pienso volver a dejar que te marches sola.

Me observa como si la respuesta fuera la cosa más evidente del mundo.

—Porque donde tú estés... —Hace una pausa.—Es mi casa.

Mis ojos vuelven a llenarse de lágrimas. Él las seca con el pulgar.

—Salvaje…—Su sonrisa se ensancha.—Es hora de ir a casa.

Me besa. Extrañaba sus besos, pero el beso es como un recordatorio de lo que dejé atrás, casto, con ganas de más, pero entonces se dirige hacia la montura del caballo.

Mi corazón comienza a latir más rápido cuando veo lo que toma en sus manos.

El arma.

—Claus... —murmuro, mi voz temblando entre miedo y algo más oscuro que no quiero nombrar.

Se gira hacia mí, el metal brillando en su mano, y hay algo absolutamente letal en sus ojos. Algo que me hace querer huir y quedarme al mismo tiempo.

—¿Estás lista para tu castigo, esposa? — pregunta, su voz baja y peligrosa mientras se acerca lentamente.

—¿Qué haces? — jadeo, mi cuerpo tensándose.

—Te dije, — murmura, arrodillándose entre mis piernas, el arma colgando casualmente de su mano, —que si volvías a apuntarme con un arma, la usaría contigo.

El recuerdo me golpea. Debí saber que Claus nunca hace amenazas vacías.

Claus, espera—ni siquiera me doy cuenta de cómo aparta mi ropa interior por debajo de mi falda larga.

—Abre más las piernas, — ordena, y el tono de su voz no admite discusión.

Obedezco, temblando, mi cuerpo traicionándome con la humedad que sé que él puede ver. El miedo y el deseo se mezclan en mi sangre de una manera que debería asustarme pero que solo me excita más.

—Mírate, — gruñe, sus ojos oscuros recorriendo mi cuerpo desnudo. —Estás tan mojada ya. Mi pequeña Salvaje está tan jodidamente pervertida.

—Claus, por favor.

—¿Por favor qué? — pregunta, y entonces siento el frío del metal contra mi muslo interno.

Jadeo, mi cuerpo arqueándose involuntariamente. El arma está helada contra mi piel caliente, y la sensación es tan intensa que me hace temblar.

—¿Por favor que pare? — continúa, deslizando el cañón del arma lentamente hacia arriba, rozando mi piel sensible. —¿O por favor que continúe?

—Yo... no sé, — sollozó, mis manos aferrándose a su camisa.

—Yo sí lo sé, — gruñe, y entonces el metal frío presiona contra mi clítoris.

Grito, mi espalda arqueándose violentamente. La sensación es abrumadora, el frío extremo contra la parte más sensible de mi cuerpo, el peligro inherente del arma, la mirada oscura de Claus observando cada una de mis reacciones.

—Eso es, — murmura, comenzando a mover el arma en círculos lentos. —Quiero que sientas esto. Quiero que recuerdes que cada parte de ti me pertenece. Incluso tu castigo. Incluso tu placer. Todo es mío.

—Claus, — gimo, mis caderas moviéndose involuntariamente contra el metal.

—¿Está cargada? — pregunta casualmente, como si estuviera hablando del clima. —¿Quieres saberlo?

El miedo me atraviesa como un rayo, pero solo hace que la excitación sea más intensa. Más oscura. Más retorcida.

—Eres un sádico, —jadeo.

—Y tú estás empapando mi arma, —responde, deslizando el cañón hacia abajo, presionando contra mi entrada. —Así que ¿quién es realmente la enferma aquí, cariño?

El metal frío penetra apenas un centímetro, y el contraste con el calor de mi interior me hace gritar. Es tan jodidamente incorrecto. Tan peligroso. Tan absolutamente perfecto.

—Mírate, — gruñe, sus ojos fijos en donde el arma desaparece parcialmente dentro de mí. —Tomando mi arma como la buena esposa que eres. ¿Esto es lo que querías cuando me apuntaste? ¿Querías que te follara con ella?

—No, — sollozó, pero ambos sabemos que es mentira.

—Mentirosa, — sisea, empujando el arma un poco más profundo antes de sacarla y volver a presionar contra mi clítoris. —Tu cuerpo me dice la verdad. Estás tan mojada que estás goteando.

Comienza a mover el arma más rápido, alternando entre círculos torturantes en mi clítoris y penetraciones superficiales que me vuelven loca. El metal se calienta con mi calor, pero sigue siendo más frío que cualquier otra cosa, y la sensación es tan intensa que no puedo pensar.

—¿Vas a correrte en mi arma? — pregunta, su voz ronca. —¿Vas a manchar el metal con tu orgasmo mientras te castigo?

—Sí, — grito, más allá de la vergüenza. —Sí, joder, sí

—Entonces hazlo, — ordena, presionando el arma firmemente contra mi clítoris mientras sus dedos libres penetran dentro de mí. —Córrete para mí. Muéstrame que entiendes quién te posee. Quién te controla. Quién decide cuándo respiras. Y a quien nunca debiste dejar.

La combinación del metal frío contra mi clítoris y sus dedos calientes dentro de mí me destroza. Me corro violentamente, gritando su nombre, mi cuerpo convulsionando en el heno mientras olas de placer me atraviesan.

—Eso es, mi salvaje, — murmura, sin dejar de mover el arma, prolongando mi orgasmo hasta que estoy sollozando. —Tan perfecta. Tan mía. Tan jodidamente mía.

Cuando finalmente me suelta, estoy temblando incontrolablemente. Él deja el arma a un lado y se posiciona sobre mí, levantandome una pierna, su polla dura presionando contra mi entrada hipersensible.

—¿Aprendiste tu lección? — pregunta, sus labios rozando los míos.

—Sí, — jadeo.

—¿Cuál es?

—Que todo lo que soy te pertenece, — susurro. —Incluso mi castigo. Incluso mi placer. Todo es tuyo.

—Buena chica, — gruñe, entrando en mí de una sola embestida brutal.

Grito de nuevo, mi cuerpo aún sensible del orgasmo anterior, pero él no muestra piedad. Me folla con una intensidad salvaje, cada embestida una reclamación, cada gruñido una promesa de posesión absoluta.

—Nunca, — jadea, sus manos agarrando mis caderas con fuerza suficiente para dejar marcas, —vuelvas a apuntarme con un arma. Porque la próxima vez, no seré tan gentil.

—¿Esto es ser gentil? —sollozó, mis uñas clavándose en su espalda.

—Cariño, — gruñe, mordiéndome el cuello, —no tienes idea de lo oscuro que puedo ser contigo. Pero lo descubrirás. Pasaremos toda nuestra vida descubriendo exactamente qué tan retorcidos podemos ser juntos.

Y mientras me folla ahí de pie, sé que tiene razón. Esto es solo el comienzo de nuestra oscuridad compartida.

Y no puedo esperar a ver qué tan profundo podemos caer.