Capítulo 52
Eve
Dos semanas. Eso fue exactamente lo que nos dio Sebastián. Catorce días para prepararnos. Catorce días para decidir quién iba a seguir respirando cuando todo terminara.
El lugar elegido es una antigua zona industrial abandonada a las afueras de Londres.
El viento levanta polvo entre las naves derruidas y hace silbar las estructuras oxidadas que permanecen en pie como esqueletos de otro tiempo.
No hay edificios habitados a kilómetros de distancia.
Solo asfalto agrietado, hormigón y silencio.
El escenario perfecto para una guerra. Detengo el coche y observo por el parabrisas.
No he venido sola. Ni por un segundo pensé en hacerlo y desde luego, Claus no me detuvo y se encargó de esto él solo. Él mismo lo dijo, es nuestra guerra.
Detrás de nosotros esperan los hombres que recuperé.
Los pocos que sobrevivieron a la caída de mi padre y los que al final resultaron serme fieles.
Más atrás, la mafia inglesa ocupa el flanco derecho con Theron al frente.
En el izquierdo están los rusos de Denis.
Y dispersos por todo el perímetro, casi invisibles, los hombres de Código Negro.
Claus está a mi lado. No hace falta que me mire para saber lo que está pensando.
Si algo sale mal... Va a intentar protegerme otra vez.
Y yo no pienso permitirlo. Varios vehículos negros aparecen en el horizonte.
Se acercan lentamente hasta detenerse frente a nosotros. Las puertas se abren al mismo tiempo.
Sebastián baja primero.
Sonríe.
Como si hubiera venido a una reunión de negocios y como si no estuviera rodeado por cientos de hombres armados.
—Supongo que vienes a disculparte. —Camina unos pasos hacia mí con las manos abiertas.—Ya era hora de que entraras en razón, hermanita.
No respondo. Saco mi pistola, apunto y disparo.
El estruendo rompe el silencio de la explanada. El impacto lo hace retroceder un paso.
Solo uno.
Sebastián baja la mirada hacia su pecho. Después abre lentamente la chaqueta. Debajo aparece un chaleco antibalas.
Mierda, mierda, mierda.
Levanta la cabeza. Y se ríe.
—Muerto por mi propia hermana... —Niega despacio.—Habría sido una buena historia.
Su mano desaparece dentro del bolsillo del pantalón. Lo sabía, disparé primero, pero él también venía directo a matar.
Frunzo el ceño.
—¡Claus!
Pero ya es demasiado tarde. Sebastián aprieta un pequeño detonador. El mundo explota. Una onda expansiva sacude el suelo bajo mis pies. El aire se llena de humo, fragmentos de cemento y el ensordecedor rugido de varias explosiones consecutivas.
Los disparos comienzan de inmediato. Todo el mundo responde al fuego. Los hombres de Sebastián salen de las naves abandonadas.
Las balas silban por todas partes. Claus me empuja detrás de un vehículo.
—¡Quédate aquí!
—¡Ni hablar! —Intento salir de nuevo. Él vuelve a cubrirme con su cuerpo.
Siempre hace lo mismo. Aprieto los dientes.
No.
Esta vez no.
Aprovecho un segundo en el que su atención se desvía y salgo corriendo.
—¡Maeve! —Escucho su grito detrás de mí.
No me detengo. Solo tengo un objetivo. Sebastián. Lo veo alejándose entre el humo mientras varios de sus hombres intentan cubrirlo. Maldito hijo de puta no se escapará de nuevo.
Corro tan rápido como puedo. Esquivo un coche destrozado. Salto sobre una barrera de hormigón. Él se gira justo cuando llego.
Y me lanzo contra él. Los dos caemos al suelo. El golpe nos deja sin aire durante un instante. Pero ninguno piensa detenerse. Empieza a golpearme. Respondo de inmediato.
Los años entrenando no fueron en vano. Bloqueo uno de sus ataques. Lo hago perder el equilibrio. Intento inmovilizarlo.
Él consigue zafarse. Su puño impacta contra mi costado. Un dolor agudo atraviesa mis costillas. Aun así no suelto el aire, no retrocedo. No después de todo lo que ha hecho. Consigo colocarlo boca arriba.
Me siento sobre él para impedir que vuelva a levantarse.
Forcejeamos desesperadamente. Su mano busca una pistola caída a un lado pero llego primero. La aparto de una patada. Él vuelve a intentar librarse.
No lo consigue.
Todo el odio acumulado durante meses estalla de golpe.
Cada mentira. Golpe.
Cada muerte. Golpe.
Cada amenaza. Golpe.
Cada persona que me arrebató.
Todo termina concentrándose en este instante. Hasta que unos brazos fuertes me rodean por detrás.
—¡Maeve!
La voz de Claus rompe mi furia.
Intenta apartarme.
—¡Ya basta!
Sigo forcejeando.
—¡Suéltame!
—¡Mírame! —Consigue levantarme.
Respiro con dificultad. Las manos me tiemblan. Miro a Sebastián. Permanece inmóvil sobre el suelo. No se mueve. El silencio empieza a extenderse por toda la explanada.
Levanto la vista.
Los hombres de Sebastián están derrotados. Algunos han huido. Otros permanecen inmóviles entre los vehículos destrozados.
Theron baja lentamente su arma.
Denis hace una señal a los suyos.
Max, Noel y Azrael comienzan a asegurar el perímetro.
Se acabó. De verdad se acabó. Claus mantiene una mano sobre mi espalda mientras intenta alejarme del cuerpo de Sebastian.
—Vámonos.
Asiento y empiezo a girarme.
Entonces... Algo llama mi atención.
Un movimiento.
Mínimo.
La mano de Sebastián.
No.
Mis ojos se abren de golpe.
Está vivo.
Sus dedos sujetan otra pistola oculta bajo el cuerpo. Todo ocurre en un segundo. Levanta el arma. Apunta directamente a Claus.
No pienso.
Solo actúo.
Me lanzo hacia mi esposo y lo abrazo con todas mis fuerzas para apartarlo de la trayectoria. El disparo resuena al mismo tiempo que otro.
Dos detonaciones.
Un mismo instante.
Siento un golpe seco atravesarme. El aire desaparece de mis pulmones. Claus me sostiene antes de que caiga.
—¡Hijo de puta! —grita Claus.
Ahora Sebastián permanece inmóvil. Esta vez para siempre.
Un disparo limpio entre los ojos pone fin a todo gracias a Claus. Pero yo apenas puedo mantener los ojos abiertos. Las manos de Claus recorren mi espalda desesperadamente.
—Eve... —Su voz ya no suena firme. Tiembla.
—No... —Intento hablar.
No sale ninguna palabra. Él me aprieta contra su pecho. Como si pudiera impedir que me escapara entre sus brazos.
—No, no...
Escucho a alguien pedir una ambulancia. Otros gritan órdenes. Todo empieza a alejarse. Solo veo sus ojos. Nunca había visto tanto miedo en ellos.
—Eve…—Me acaricia el rostro con manos temblorosas.—Mírame.
Lo intento. De verdad lo intento. Pero cada vez resulta más difícil. Su frente se apoya contra la mía.
—No me hagas esto... —Cierra los ojos apenas un segundo. Cuando vuelve a abrirlos, están llenos de desesperación.—Quédate conmigo, cariño. Por favor, no me dejes.
El mundo comienza a oscurecerse. Lo último que escucho... Es a mi vaquero gritando mi nombre.