Raven (Código Negro 3) Capítulo 50
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Capítulo 50

Claus

La conversación que sabía que tendríamos, llega mientra caminamos.

—Entonces—dice Eve—Código Negro.

—Max, Azrael su hermano, Noel y yo somos codigo negro—No llevo a Maeve a cualquier sitio. La llevo al corazón de Código Negro.

—Cuatro, entonces era verdad. Los cuatro jinetes.

—¿Cuatro jinetes? —me causa gracia y niego con la cabeza—Supongo que no son listos después de todo.

Continuamos caminando. Ni siquiera muchos de nuestros aliados conocen la ubicación de esta base.

Desde fuera parece un antiguo edificio industrial abandonado a las afueras de Londres.

Ventanas cubiertas por placas metálicas, muros de ladrillo desgastados y una entrada que cualquiera asumiría clausurada desde hace años.

Por dentro... Es otra historia.

Puertas blindadas. Reconocimiento biométrico. Ascensores que solo funcionan con autorización. Pasillos vigilados por cámaras que yo mismo diseñé para no dejar un solo punto ciego.

La observo mientras camina a mi lado. No dice una palabra. Sé que está procesándolo todo. Llegamos hasta la última puerta. Coloco mi mano sobre el lector.

La cerradura libera varios seguros al mismo tiempo.

La puerta se abre.

Y ella entra.

La sala de reuniones es amplia, iluminada por enormes pantallas donde aparecen mapas, rutas, movimientos financieros y decenas de operaciones activas alrededor del mundo. Una mesa de madera negra ocupa el centro de la habitación.

Ellos ya están aquí.

Max.

Azrael.

Noel.

Y yo completo el círculo.

Max permanece de pie, apoyado sobre la mesa.

Sigue imponiendo respeto sin necesidad de levantar la voz.

Su sola presencia obliga a cualquiera a prestarle atención.

A su derecha está Azrael, con su larga trenza cayendo sobre el hombro y esa expresión permanente de hombre que parece disfrutar demasiado la violencia.

Noel permanece sentado, revisando una tablet mientras apenas levanta la vista cuando entramos.

Un minuto después la puerta vuelve a abrirse.

Theron Sterling. Entra como si aquella también fuera su casa. Lo cierto es que, después de tantos años trabajando juntos...

Casi lo es. Maeve recorre la sala con la mirada y se impresiona al ver al jefe de la mafia inglesa delante de ella.

No intenta esconder su nerviosismo. Pero tampoco retrocede. Eso es exactamente lo que siempre me ha fascinado de ella.

Puede tener miedo. Y aun así seguir avanzando. Max rompe el silencio.

—Theron ya me puso al tanto. Felicidades. —Cruza los brazos sobre el pecho antes de fijar la mirada en mí durante un segundo y luego en Maeve.—Cuando te hicimos parte de Código Negro fue porque eras un miembro importante. Tus conocimientos eran exactamente lo que nos faltaba como equipo.

Una pequeña sonrisa aparece en su rostro.

—Pero también sé que terminaste siendo la alianza perfecta con la mafia.

Su mirada viaja hacia Theron. Mi mejor amigo simplemente asiente. Después Max vuelve a mirar a Maeve.

—Maximilian Hass —se presenta con una reverencia y le tiende la mano, Eve la toma sin titubear—¿Qué es lo que quiere tu hermano, señora Radkle?

Ella no necesita pensar la respuesta.

—Quiere poder.

Max permanece unos segundos en silencio.

—¿Estás segura de eso?

Maeve no responde inmediatamente. En lugar de hacerlo, mete una mano en el bolsillo de su chaqueta. Saca el teléfono seguro que le entregué hace unos días.

No puede rastrearse ni interceptarse. Lo desbloquea. Marca un número que ambos conocemos de memoria y activa el altavoz.

Todos guardamos silencio.

Solo se escucha el tono.

Uno.

Dos.

Tres.

La llamada es contestada.

—Supongo que eres tú... —La voz de Sebastián llena la sala. —Estás viva...de nuevo.

Aprieto la mandíbula. Siento la ira recorriéndome el cuerpo. Pero permanezco completamente inmóvil. Ella necesita hacer esto. Y yo necesito dejarla.

—¿Qué es lo que quieres, Sebastián? —Pregunta Maeve.

Él ríe.

—Es fácil. —Silencio. —Código Negro tiene contactos con la mafia inglesa. Quiero entrar.

Maeve ni siquiera tarda un segundo.

—¿O si no me matas?

—Eso... —Responde con absoluta tranquilidad.—Y voy a desatar una guerra que nadie quiere.

Sus palabras hacen que toda la sala permanezca inmóvil.

—Además... —Continúa.—Voy a exponer a Código Negro frente a todos sus enemigos.

Miro a Max. Su expresión no cambia.

—Les diré dónde se esconde uno de ustedes.

Maeve deja escapar una pequeña risa, algo que nadie se espera, pero es así como es mi mujer, valiente cuando tiene que serlo, aunque tenga miedo.

—¿Eso es todo? —Sebastián guarda silencio. Ella continúa.—Pensé que al menos ibas a intentar sonar inteligente.

Todos se ríen a nuestro alrededor y mi mujer no se detiene.

—Pero supongo que sigo esperando demasiado del hijo que nuestro padre siempre consideró una decepción y un inútil. Te lo he dicho, no sabes negociar.

Silencio.

Puedo imaginar perfectamente la cara de Sebastián.

Ella remata.

—Quieres entrar en Código Negro porque nunca has sido capaz de construir absolutamente nada por ti mismo. —Su voz permanece tranquila.—Siempre has necesitado robar el trabajo de otros.

»Primero intentaste quedarte con la organización de papá. Después con mis hombres. Ahora quieres apropiarte de una organización de la que ni siquiera entiendes cómo funciona o… si es real. Eres patético.

Nadie dice una palabra. Ella sonríe apenas.

—Toda tu vida has querido ser un rey...

—¡Cállate! —La voz de Sebastián estalla al otro lado de la llamada.

Maeve ni siquiera se inmuta.

—¿Te duele? —Pregunta con una calma casi cruel. —La verdad suele tener ese efecto.

Escucho cómo algo golpea al otro lado del teléfono.

Está furioso.

Perfecto.

—Dos semanas. —Escupe cada palabra.—Les doy dos semanas, Maeve.

La llamada termina.

Durante varios segundos nadie habla. El silencio pesa sobre toda la sala.

Maeve es la primera en romperlo.

—Yo no tengo miedo. —Nos observa uno por uno.—¿Y ustedes?

Azrael sonríe.

—No.

Noel deja la tablet sobre la mesa.

—Yo tampoco, señora Radkle.

Yo permanezco completamente serio. Max tampoco duda cuando dice:

—Lamento que vayas a perder el único familiar de sangre que te queda.

Theron da un paso hacia delante.

Su voz suena firme.

—Yo también lo lamento. —Aprieta la mandíbula.—Y que ese imbécil esté en mi territorio me enfada.

Maeve suspira, pero puedo sentir que se siente de alguna forma con un peso menos al saber de que no está sola en esto. Nunca lo estuvo, aunque todos los miembros de Código Negro no estuvieran involucrados, lo estoy yo.

—Es mi guerra. —dice.

—No. —La interrumpo inmediatamente. Ella gira la cabeza hacia mí y sostengo su mirada.

—Es nuestra.

Max asiente.

—Así es. —Se apoya sobre la mesa.—Con todo respeto, señora Radkle...Tu esposo tiene razón.

Maeve no dice nada.

—Esto dejó de ser un asunto exclusivamente tuyo hace mucho tiempo. —Mira el teléfono todavía sobre la mesa.—Ahora es personal.

Los ojos de Max recorren la sala.

—No vamos a pasar por alto una amenaza directa contra Código Negro. Y aunque no lo fuera, Claus es familia por lo tanto, tú también.

Maeve vuelve a hablar.

—Mi hermano no sabe nada. —Niega lentamente con la cabeza.—Tiene que estar mintiendo.

—Reconoció a Claus. —Responde Max.—Eso no fue casualidad.

—También Denis Rudenko reconoció a Claus.

Theron cruza los brazos.

—De Denis me encargo yo. —Todos lo miramos. —No representa una amenaza inmediata. Tenemos negocios con los rusos.

Max continúa hablando:

—Claus es quien dirige toda la inteligencia e investigación de Código Negro. —Suspira. —Es quien desaparece durante semanas para conseguir información donde nadie más puede entrar. Si Sebastián conocía su rostro... —Hace una pausa.—Alguien empezó ese rumor.

La habitación vuelve a quedarse en silencio. Azrael golpea suavemente la mesa con los nudillos. Una sonrisa peligrosa aparece en su rostro.

—Pues encarguémonos de ese cabrón.

Todos giramos hacia él. Su expresión ya no tiene nada de divertida. Solo hambre de guerra.

Dos semanas.

Eso fue lo que dijo Sebastián.

Catorce días. Catorce días en los que absolutamente todo puede cambiar. Apoyo ambas manos sobre la mesa y observo el mapa de Londres frente a mí. Ya no se trata de territorios.

Ni de dinero. Ni siquiera de poder. Se trata de limpiar. Limpiar todo aquello que no sirve. Y eliminar, de una vez por todas, cualquier amenaza contra los nuestros.

Noel deja la tablet sobre la mesa.

—Tengo que admitir algo, señora Radkle. —Maeve arquea una ceja.—Claus eligió muy bien esposa.

Azrael asiente con una sonrisa ladeada.

—Sí. Pensé que era el único con problemas para cerrar la boca.

Miro a ambos con cara de pocos amigos.

—No la animen. —Los dos me ignoran por completo. Max termina sonriendo, algo poco habitual en él.

—Creo que hablo por todos cuando digo que acabas de convertirte oficialmente en la favorita del equipo.

Maeve me lanza una mirada de reojo.

—¿Lo escuchaste? —Resoplo.—Ya me estoy arrepintiendo de haberlos presentado.