Raven (Código Negro 3) Capítulo 49
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Capítulo 49

Eve

Despierto esta mañana con la misma sensación de los últimos días: un peso insoportable sobre el pecho y demasiadas preguntas dando vueltas dentro de mi cabeza.

Londres amanece cubierta por ese cielo gris que parece no querer marcharse nunca y, por un momento, me quedo mirando el techo del apartamento, intentando convencerme de que todo lo ocurrido en el restaurante no fue real.

Código Negro y Sebastián. Todo vuelve de golpe.

Cuando salgo de la habitación, Claus ya está vestido y esperándome con una taza de café entre las manos. Ni siquiera menciona la discusión de ayer. Solo levanta la vista hacia mí y dice, con esa tranquilidad que a veces me desespera:

—Vístete. Tengo una sorpresa para ti.

Lo miro sin entender.

—¿Una sorpresa?

Ahora. En serio.

No creo que este sea precisamente el mejor momento para sorprenderme con nada.

Estoy demasiado enfadada con él todavía, aunque le dije que lo disculpaba, eso no cambia cómo me siento, demasiado confundida y demasiado cansada como para dejarme impresionar.

Estoy a punto de decirle que no quiero salir cuando un pensamiento completamente absurdo cruza mi cabeza.

Nunca he tenido una sorpresa.

Nunca.

En mi familia no existían esas cosas. Los regalos siempre escondían un interés, las cenas eran reuniones de negocios y cualquier celebración terminaba hablando de dinero, territorios o asesinatos. Nadie organizaba algo solo para verme sonreír.

Resoplo.

—Está bien.

Media hora después salimos del edificio. Claus abre la puerta del coche para que suba primero y no puedo evitar detenerme unos segundos antes de hacerlo.

No sé cómo lo hace, pero el apartamento ya estaba lleno de ropa para mí, así que visto unos pantalones negros y una blusa de diseñador, una parte de mí se siente cómoda y otra, extraña la vida polvorienta que tenía en Raven Valley.

Ahora que lo observo bien... La ropa de campo no era lo único que le quedaba bien.

Sus pantalones negros perfectamente ajustados, la camisa blanca remangada hasta los antebrazos, el reloj de acero en la muñeca y esas gafas que nunca abandona hacen que se vea jodidamente peligroso.

Sin el sombrero de vaquero parece otro hombre.

Lleva el cabello perfectamente peinado hacia atrás y transmite esa clase de autoridad que hace que cualquiera piense dos veces antes de desafiarlo.

Subimos a un Rolls-Royce Spectre negro eléctrico.

El coche apenas hace ruido al ponerse en marcha.

Todo el interior está cubierto de cuero negro, madera oscura y pequeños detalles metálicos que desprenden lujo sin necesidad de presumirlo.

Es el tipo de automóvil que jamás habría imaginado conduciendo Claus cuando todavía creía que era únicamente un vaquero.

Él conduce con una sola mano apoyada sobre el volante mientras la otra descansa relajada cerca de la consola.

Yo finjo mirar por la ventana. Pero termino mirándolo a él otra vez. Hasta que una verdad termina golpeándome con más fuerza de la que esperaba.

Estoy locamente enamorada de este hombre.

Maldita sea.

Estoy enamorada de él.

De su carácter imposible. De su forma de protegerme incluso cuando me enfada. De esa calma que mantiene mientras todo alrededor se cae a pedazos. Y eso solo convierte todo este desastre en algo mucho más complicado.

—¿Qué? —Su voz me sorprende.

Aparto la mirada inmediatamente.

—Nada.

Una pequeña sonrisa aparece en la comisura de sus labios.

—Me estabas mirando.

—No. —miento.

—Sí. —dice divertido.

—No.

Su sonrisa se hace apenas un poco más grande.

—Mientes fatal, Salvaje. ¿Ya te enamoraste de mí?

Ruedo los ojos.

—Concéntrate en conducir. —Suelta una risa baja.

No volvemos a hablar durante varios minutos.

La ciudad desaparece poco a poco detrás de nosotros hasta que los edificios dejan paso a enormes terrenos industriales abandonados. Cada vez hay menos tráfico. Menos personas. Menos señales de vida.

Cuando finalmente el coche se detiene, miro alrededor. No hay absolutamente nada. Solo una enorme explanada de cemento rodeada por antiguas naves.

Pero no estamos solos. Ya hay varios vehículos estacionados. Todos negros y blindados. Mi mirada se detiene inmediatamente en uno de ellos.

—Ese es el coche de Denis.

Claus apaga el motor.

—Lo es.

Sale primero. Después abre mi puerta.

—Vamos.

En cuanto bajo, varios hombres hacen exactamente lo mismo desde los demás vehículos.

Todos armados.

Todos atentos.

Todos vigilando el perímetro.

Frunzo ligeramente el ceño. Hay algo extraño. Empiezo a reconocer algunos rostros. Mi corazón se acelera.

No.

No puede ser. Los observo uno por uno. Esas caras las conozco. Los vi crecer dentro de la organización de mi padre. Entrenaron conmigo. Comieron en nuestra mesa.

Fueron hombres de confianza de la familia Kavanagh. Mi respiración se corta.

—¿Cómo...?

No consigo terminar la pregunta.

Claus toma mi mano y sus dedos aprietan los míos con suavidad.

—Los busqué por ti. —Su voz es tranquila.—A tu gente.

Siento un nudo tan fuerte en la garganta que durante unos segundos soy incapaz de respirar.

Los vuelvo a mirar. Empiezo a contarlos casi sin darme cuenta.

Uno...

Cinco...

Diez...

Quince...

Más de veinte hombres. Todo este tiempo creí que Sebastián había acabado con todos. Que me había dejado completamente sola. Que ya no quedaba nadie dispuesto a seguirme. Y resulta que estaban ahí.

Esperándome.

Uno de ellos da un paso al frente. Reconozco su rostro inmediatamente. Austin. Fue la mano derecha de mi padre durante más de veinte años y siempre me protegió ahora que lo recuerdo. Se lleva una mano al pecho e inclina la cabeza con el mismo respeto de siempre.

—Señorita Kavanagh...

Levanta la vista hacia mí. Y, uno tras otro, todos los hombres hacen exactamente el mismo gesto.

—Estamos a su disposición.

No consigo responder. Porque, desde que me convertí en líder de la organización... Dejo de sentirme completamente sola en esto.