Capítulo 48
Claus
Ella sigue molesta conmigo. Puedo entenderlo, pero tiene que saber una cosa: como jefa de una organización, sabe que hay secretos que es mejor que permanezcan en silencio.
Sé que Código Negro para muchos es un mito.
Pueden conocer nuestros rostros y no nos importa, no es que andemos con las palabras escritas en la frente.
Pero joder, ella no debió enterarse de la boca de la persona que la quiere ver muerta.
No íbamos a regresar a Raven Valley, no después de que su hermano supiera demasiado y no confiaba en que no atacarían el lugar. Y ahora estamos en una de mis casas de seguridad de la ciudad. Solo Código Negro y Theron saben de este lugar.
Pero ninguna de esas vistas importa cuando la miro a ella.
Eve está de pie frente al ventanal principal, su silueta recortada contra el horizonte de la ciudad. Los rascacielos se elevan a nuestro alrededor como gigantes de acero y cristal. Pero Eve no ve nada de eso. Está perdida en su propia mente, en sus propios demonios.
Ha tenido dos ataques de pánico en los últimos tres días, pero no me ha permitido acercarme, y eso me está volviendo absolutamente loco.
Apenas ha dormido, puedo ver las ojeras oscuras bajo sus ojos, la palidez de su piel que normalmente tiene ese tono dorado que tanto amo.
La he obligado a comer, prácticamente forzándola a tragar cada bocado mientras me mira con esos ojos llenos de resentimiento y dolor.
Han sido tres días en los que he trabajado duro, ella cree que solo estamos escondidos, pero no, yo no me escondo.
Pero me estoy cansando de esta jodida ley de hielo.
La observo mientras mira por la ventana, su mano presionada contra el vidrio como si quisiera atravesarlo y caer en la noche.
—No puedes estar enfadada siempre, — digo, mi voz rompiendo el silencio que nos ha consumido durante días.
—Claro que puedo, idiota, —responde sin voltear, su reflejo en el vidrio mostrándome la dureza en sus ojos.
—No, cariño. No puedes.
Me acerco más, y la tensión en su espalda aumenta. Puedo ver cómo sus hombros se elevan ligeramente, cómo sus dedos se curvan contra el vidrio. Está lista para huir o pelear, y ambas opciones me están matando.
Porque lo único que quiero es sostenerla. Protegerla. Amarla de la única manera que sé, obsesiva, destructiva, completamente.
Pero ella no me deja. Y eso me está volviendo loco.
Pienso en cómo llegamos aquí. En cómo todo se desmoronó en cuestión de horas.
Y lo peor es que tiene razón en estar furiosa.
Debí decírselo yo. Debí confiar en ella con la verdad antes de que se convirtiera en un arma en manos de nuestros enemigos.
Pero no lo hice. Porque soy un cobarde cuando se trata de ella.
Porque tenía miedo de que me mirara exactamente como me está mirando ahora, con una mezcla de traición y dolor que me destroza más que cualquier bala.
Denis sabe demasiado ahora también. No todo, pero suficiente para ser peligroso. Suficiente para que no pudiera confiar en que mantendría la boca cerrada si alguien presionaba los botones correctos. Por eso lo envié a Londres con su padre, los planes han cambiado y ahora serán bajo mis términos.
Aunque ahora mismo, mirándola de pie frente a esa ventana, tan cerca y tan inalcanzable, me pregunto si la seguridad física vale la pena cuando estamos destruyéndonos emocionalmente.
Mi obsesión por ella siempre ha sido intensa, desde el momento en que la vi, supe que era mía.
Que estaba hecha para mí de la misma manera retorcida en que yo estaba hecho para ella.
Pero estos tres días sin poder tocarla, sin poder sostenerla cuando los ataques de pánico la consumen, sin poder besarla hasta que olvide por qué está enojada...
está volviéndome loco de una manera que nunca experimenté.
He matado hombres con mis propias manos. He torturado información de personas que pensaban que eran inquebrantables. He construido un imperio en las sombras que hace temblar a los más poderosos.
Pero nada, absolutamente nada, me ha roto como verla sufrir y no poder hacer nada al respecto.
—Eve, — murmuro, acercándome otro paso. Puedo oler su perfume, ese aroma a jazmín y algo más oscuro que siempre me vuelve loco. —Por favor.
Esa palabra, por favor , es algo que rara vez digo. Algo que nunca pensé que diría. Pero por ella, me arrodillaría. Por ella, destruiría el mundo. Por ella, me destruiría a mí mismo.
Y tal vez eso es exactamente lo que estoy haciendo. Me acerco más, y la siento tensarse cada vez más. No voy a dejar que los minutos avancen y ella se aleje cada vez más.
—Eve, — murmuro, mi mano rozando su hombro.
—No me toques, — sisea, pero no se mueve.
—Demasiado tarde para eso, salvaje. Ya te toqué. Ya te marqué. Ya te hice mía.
Se gira entonces, y sus ojos están llenos de lágrimas contenidas y rabia pura.
—Me mentiste.
—Te protegí, — corrijo, acortando la distancia entre nosotros. —Hay una diferencia.
—¡Me ocultaste quién eres realmente! ¡Código Negro no es solo una organización, es una maldita leyenda de terror!
—Y tú eres la jefa de tu propia organización, — gruño, atrapándola contra el ventanal. —Sabes perfectamente que hay secretos que deben permanecer en silencio. Secretos que protegen a las personas que amamos.
—No debí enterarme por él. — escupe, sus manos empujando mi pecho sin fuerza real.
Tiene razón. Joder, tiene toda la razón.
—Lo siento, — digo finalmente, y las palabras saben a ceniza en mi boca. —Siento que te enteraras así. Siento no habértelo dicho yo. Iba a hacerlo, lo juro.
Sus ojos se abren, sorprendidos. Eve no esperaba una disculpa. Yo tampoco esperaba darla.
—Claus...
—Pero no voy a disculparme por protegerte, —continúo, mi frente presionando contra la suya. —No voy a disculparme por hacer lo que sea necesario para mantenerte viva. Incluso si eso significa que me odies.
—No te odio, — susurra, y puedo sentir cómo su resistencia comienza a quebrarse. —Te odio por hacerme sentir así. Por hacerme necesitarte tanto que duele.
—Bien, — gruño, capturando sus labios en un beso brutal. —Porque yo te necesito tanto que me está volviendo loco. Tres días sin tocarte, Eve. Tres jodidos días viéndote sufrir y no poder hacer nada.
Ella gime contra mi boca, sus manos finalmente aferrándose a mi camisa en lugar de empujarme.
—Eres un idiota.
—Lo sé, —murmuro, mis manos bajando por su cuerpo, sintiendo cada curva. —Pero soy tu idiota. Y voy a demostrarte exactamente cuánto lo siento, esposa.
La levanto de golpe, sus piernas envolviéndose alrededor de mi cintura mientras camino hacia el sofá. La dejo caer sobre los cojines de cuero negro, y ella me mira con esos ojos oscuros que me consumen.
—¿Disculpas aceptadas? — pregunto, arrodillándome frente a ella.
—Depende, —jadea cuando mis manos suben por sus muslos. —¿Qué tan bien te disculpes?
Sonrío, esa sonrisa oscura que sé que la vuelve loca, y le arranco la bata que lleva puesta desde que salió de la ducha y las bragas de un tirón. El sonido de la tela desgarrándose es obsceno en el silencio del apartamento.
—Voy a disculparme hasta que olvides tu propio nombre, —prometo, enterrando mi rostro entre sus piernas.
El primer toque de mi lengua la hace arquear la espalda, sus manos hundiéndose en mi cabello. La devoro como un hombre hambriento, saboreando cada gemido, cada temblor de su cuerpo. Las luces de la ciudad parpadean detrás de nosotros, testigos silenciosos de esta reconciliación destructiva.
—Claus, — gime, sus caderas moviéndose contra mi boca. —Dios, Claus...
—No es Dios, — gruño contra su intimidad. —Soy yo. Solo yo. Siempre yo.
La llevo al borde una y otra vez, negándole el orgasmo cada vez que está cerca. Sus gritos de frustración son música para mis oídos.
—Por favor, — solloza finalmente. —Por favor, lo siento. Perdóname por alejarte.
—¿Disculpas aceptadas? —pregunto de nuevo, mis dedos reemplazando mi boca, penetrándola lentamente.
—Sí, — grita. —Sí, joder, sí. Disculpas aceptadas.
Me pongo de pie y la volteo bruscamente, presionando su rostro contra el respaldo del sofá. Mis manos agarran sus caderas con fuerza mientras me posiciono detrás de ella.
—Voy a follarte hasta que entiendas que nunca, NUNCA, debes a alejarte de mí, — gruño, entrando en ella de una sola embestida brutal.
Su grito llena el lugar, y comienzo a moverme sin piedad. Cada embestida es una disculpa, una reclamación, una promesa de que esto—nosotros—es lo único que importa.
—Eres mía, — gruño, una mano enredándose en su cabello, jalándola hacia atrás. —Dilo.
—Soy tuya, — solloza, sus paredes apretándose alrededor de mí. —Solo tuya.
—Eso es, — murmuro, acelerando el ritmo. —Y yo soy tuyo. Completamente. Destructivamente. Tuyo.
Saco mi polla dentro de ella y la levanto, llevándola hacia el ventanal. La presiono contra el vidrio frío, su cuerpo desnudo expuesto a la ciudad que se extiende debajo de nosotros. Los rascacielos nos rodean, sus ventanas iluminadas como ojos que nos observan.
—Mira, — ordeno, entrando en ella de nuevo desde atrás. —Mira la ciudad. Mira cómo te follo contra este vidrio donde cualquiera podría vernos.
Ella gime, sus manos presionando contra el cristal, dejando marcas de vapor con cada respiración entrecortada. El reflejo de los edificios baila en el vidrio, mezclándose con nuestras siluetas, dos sombras consumiéndose mutuamente.
—Todos esos edificios, — gruño, mis embestidas volviéndose más profundas. —Todas esas personas. Y ninguna de ellas sabe que aquí arriba, te estoy reclamando de nuevo. Te estoy marcando. Te estoy pidiendo disculpas.
—Claus, — gime, su cuerpo temblando. —Voy a...
—No todavía, —ordeno, saliendo de ella abruptamente.
Ella gime de frustración, y la llevo al suelo. Las luces de la ciudad se reflejan en el piso de mármol pulido, creando un caleidoscopio de colores a nuestro alrededor.
Me recuesto en el suelo frío y la jalo sobre mí.
—Móntame, vaquera— ordeno. —Quiero verte cabalgar mi polla mientras la ciudad nos observa.
Ella obedece, posicionándose sobre mí y bajando lentamente. Sus ojos se cierran cuando me siente llenarla completamente.
—Abre los jodidos ojos, — gruño, mis manos en sus caderas, guiando sus movimientos. —Quiero que me mires mientras te corres.
Sus ojos se abren, y hay algo salvaje en ellos. Algo roto y hermoso. Comienza a moverse, sus caderas creando un ritmo perfecto, y puedo sentir cada centímetro de ella apretándome.
—Eres tan jodidamente bonita, — murmuro, una de mis manos subiendo para agarrar su garganta suavemente. —Tan perfectamente mía.
—Y tú eres mío, — jadea, acelerando el ritmo. —Mi jodido vaquero.
Sus palabras me destrozan. Me reconstruyen. Me consumen.
—Córrete para mí, — ordeno, mi pulgar presionando su clítoris. —Dame lo que me gusta.
Y lo hace. Se corre violentamente, su cuerpo convulsionando sobre el mío, sus gritos resonando en el apartamento vacío. La sensación de sus paredes apretándose alrededor de mí me lleva al borde, y me corro profundo dentro de ella, llenándola, marcándola, reclamándola.
Cuando finalmente se desploma sobre mi pecho, ambos estamos temblando. Las luces de la ciudad siguen parpadeando a nuestro alrededor, indiferentes a la destrucción que acabamos de crear.
—Disculpas aceptadas, — murmura contra mi cuello, y puedo sentir su sonrisa.
—Bien, —respondo, besando su cabello. —Porque no planeo disculparme por nada más. Solo por esto: Por no decirte la verdad cuando debí hacerlo.
—Está bien, — susurra. —Porque yo tampoco planeo disculparme porque voy a seguir sin obedecerte, vaquero. No importa quién seas.
—Ya lo veremos, — murmuro, sosteniéndola contra mí mientras las luces de la ciudad bailan a nuestro alrededor. —Porque no quiero que lo hagas.