Raven (Código Negro 3) Capítulo 47
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Capítulo 47

Eve

Código Negro.

¿Qué mierda? Las palabras siguen rebotando dentro de mi cabeza mientras miro a Claus incapaz de comprender lo que acaba de pasar.

Él no parpadea. No intenta explicarse. No me mira.

Solo permanece completamente inmóvil con el arma apuntando a la cabeza de Sebastián, como si el mundo no acabara de derrumbarse a nuestro alrededor.

Código Negro.

Durante años escuché historia y rumores, casi como una puta leyenda.

Nadie conoce sus rostros. Nadie sabía cuántos eran.

Nadie sabía dónde estaban. Solo se hablaba de ellos cuando algún imperio criminal desaparecía de la noche a la mañana o cuando un hombre demasiado poderoso amanecía muerto sin dejar un solo rastro de quién había dado la orden.

Pensé que eran un mito. Un nombre inventado para asustar a quienes querían jugar a ser reyes.

Y ahora... Ahora estoy casada con uno de ellos. Niego lentamente con la cabeza.

—No...

Mi voz apenas consigue salir.

—Es solo un vaquero.

Sebastián vuelve a reír. Una risa llena de burla y satisfacción.  Como si hubiera estado esperando este momento desde el principio.

Y entonces, no llego a escuchar el primer disparo. Lo primero que veo es movimiento.

Hombres salen de todas partes. Incluso de la parte trasera del restaurante. Todos armados y apuntándonos.

No solo a mí. También a Claus. Mi respiración vuelve a acelerarse. Estamos rodeados. Sebastián sonríe mientras siente el cañón de Claus contra su cabeza. Ni siquiera parece preocupado.

—Habla. —Escupe la orden.—O la mato.

Los segundos se hacen eternos. Claus no aparta el arma ni busca la salida. Y hay algo en esto que me deja más helada, y es que, no parece importarle que haya descubierto así su identidad. Él simplemente habla.

—Es verdad. —Su voz permanece firme.—Soy Código Negro.

Siento que el suelo desaparece bajo mis pies.

Él continúa.

—Y precisamente por eso... —Sus ojos permanecen clavados en Sebastián. —No tienes escapatoria. Si en verdad conoces lo que hacemos, sabes que siempre ganamos.

Jadeo. Mi pecho empieza a doler. Lo sabía. Maldita sea...Lo sabía.

Desde el primer día hubo cosas que nunca tuvieron sentido.

La forma en que controlaba cada acceso del rancho.

Las cámaras. La habitación secreta. Los hombres obedeciéndolo sin hacer preguntas.

La facilidad con la que conseguía información imposible de obtener.

La información sobre mí tan…detallada. Cada vez que hablaba de poder...

cada vez que insistía en que casarme con él significaba estar protegida... Era esto.

A esto se refería. No era un vaquero con demasiados contactos y rico. Era uno de los hombres más peligrosos que existen.

Y nunca me lo dijo. Una risa amarga amenaza con escaparse de mi garganta. Me torturó para que le dijera quién era yo, exigiendo la verdad.

Me obligó a confiar en él. Y mientras tanto... Él también me estaba mintiendo. Todo este maldito tiempo.

Sebastián rompe el silencio.

—Esto se puso interesante. —Sonríe de lado.—Ahora quiero hacer un trato diferente.

Consigo encontrar mi voz y hablo:

—¿O si no?

Me mira directamente.

—Quiero ser parte de Código Negro. —Hace una pausa.—O los mataré a todos.

Claus ni siquiera le permite terminar.

—O primero te mato yo.

Todo ocurre demasiado deprisa. Su brazo rodea mi cintura y tira de mí con una fuerza que me hace perder el equilibrio justo cuando el primer disparo rompe el aire.

Después llega otro.

Y otro.

Y otro más.

El restaurante entero explota en un infierno de pólvora, cristales rotos y gritos. Claus prácticamente me cubre con su cuerpo mientras avanzamos. Puedo sentir cómo los proyectiles impactan contra las paredes, vuelcan mesas y destrozan las ventanas.

Ninguno lo alcanza.

Ni a él.

Ni a mí.

Levanto mi arma casi por instinto y disparo. Una vez, dos y tres…No sé si acierto. Ni siquiera tengo tiempo de comprobarlo. Entre el humo veo a Sebastián correr hacia la salida trasera mientras varios de sus hombres intentan cubrirlo.

—¡Está escapando! —Grito.

Claus también dispara. Dos hombres caen antes de alcanzar la puerta. Pero Sebastián desaparece.

—¡Muévete! —Su mano sigue sujetándome con fuerza.

Corremos entre mesas destrozadas y cuerpos tendidos en el suelo mientras continúo disparando hacia cualquier hombre que intente acercarse demasiado.

—No dejes de disparar, Salvaje. —Su voz apenas consigue imponerse sobre el estruendo.

—No pienso hacerlo. —Aprieto otra vez el gatillo.—No hasta que lleguemos a uno de los coches.

Salimos al exterior. Y el caos continúa. Los disparos resuenan por todo el aparcamiento. Los vehículos sirven de cobertura. Veo hombres caer. No sé de qué lado. Solo sé que el aire huele a pólvora y sangre. Entonces escucho otra ráfaga completamente distinta.

Denis.

Está cubierto detrás de una camioneta negra mientras dirige a sus hombres con una calma casi insultante. Cada disparo suyo encuentra un objetivo, uno tras otro y los hombres de Sebastián empiezan a caer. Los nuestros también reciben impactos, pero son muchos menos de los que esperaba.

Al menos eso creo.

Mi cabeza empieza a zumbar. Todo se vuelve confuso. El sonido empieza a desaparecer poco a poco, como si alguien hubiera decidido bajar el volumen del mundo.

No escucho los disparos.

No escucho los gritos.

Solo un pitido agudo dentro de mis oídos. La visión comienza a nublarse.

No.

No ahora.

No.

El ataque de pánico vuelve. Puedo sentirlo acercándose y mi respiración deja de obedecerme. Las manos empiezan a temblarme. Claus lo nota antes incluso de que yo sea plenamente consciente.

—Mírame.

No puedo.

Él abre la puerta de una camioneta blindada prácticamente empujándome hacia el asiento trasero.

—Entra. —Obedezco sin pensar y él viene detrás de mí, luego, la puerta se cierra de golpe.

Un segundo después Denis sube al asiento del copiloto mientras el conductor acelera sin esperar ninguna orden.

Se gira para mirarnos. Sus ojos pasan de Claus a mí. Después sonríe apenas.

—Código Negro... —Niega lentamente con la cabeza.—Sabía que tu cara me resultaba conocida.

No respondo, porque me siento una idiota, todos parecían conocer a Código negro, menos yo.  Todos lo sabían. Y yo... Yo era la única idiota sentada en esa mesa creyendo que estaba casada con un simple vaquero.

Claus intenta buscar mi mano. Retrocedo antes de que pueda tocarme y la aparto de golpe con rabia y dolor. Él se queda completamente quieto.

No vuelve a intentarlo.

No dice una sola palabra. Y el silencio que llena el interior del vehículo resulta mucho más insoportable que todos los disparos que acabamos de dejar atrás.

El coche abandona la ciudad a toda velocidad. No regresaremos al rancho, los dos lo sabemos. Sebastián ya conoce demasiado. Y, ahora que también conozco la verdadera identidad de mi esposo... y estoy completamente segura de una cosa.

Claus ya tiene otro plan.

—¿Y ahora adónde vamos? —Pregunta Denis.

Puedo sentir la mirada de Claus sobre mí antes incluso de escuchar su respuesta.

—A Londres.