Capítulo 46
Claus
Dos días después
Esto es una mierda.
Solo bastó una llamada.
Una sola. Dos días atrás, uno de mis teléfonos seguros vibró cuando ya había anochecido. No era un número registrado. No podía rastrearse. Solo tres personas tenían acceso a esa línea.
Contesté al segundo tono.
—Habla.
Del otro lado no hubo respuesta inmediata. Solo respiración. Después, una voz que reconocí al instante.
—Lo encontré. —Denis.
No perdí tiempo.
—Habla.
—Tu teoría era correcta. —Escuché unos papeles moverse al otro lado de la línea. —El hijo de puta ni siquiera está en Irlanda del Norte.
Sentí la mandíbula tensarse.
—¿Dónde?
—Sigue en Inglaterra.
Cerré los ojos un segundo.
Sabía que no había cruzado el mar.
Sebastián jamás abandonaría el tablero mientras creyera que todavía podía ganar la partida. Le di a Denis todas las pistas, pero yo lo encontré primero, estaba cuidando la espalda como miembro de código negro, ni siquiera los rusos tenían que saber que yo era el cuarto y último miembro.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Una pausa.
—Ha estado moviéndose entre propiedades rurales usando empresas fantasma. Cambia de ubicación cada pocos días.
—¿Lo tienes localizado?
—No.
Mi paciencia empezaba a agotarse.
—Pero tengo un contacto que puede hacerle llegar un mensaje.
Ahí pondría mi plan. No tendríamos que encontrar a Sebastián.
Haríamos que él viniera.
—Hazlo.
—¿Qué le digo? —Miré por la ventana del despacho.
Pensé en Eve. En todo lo que arriesgaría.
—Dile que su hermana quiere negociar.
Denis soltó una risa baja.
—Va a morder el anzuelo.
—Lo sé.
Colgué.
Y desde entonces comenzaron los dos días más largos de mi vida.
Dos malditos días revisando rutas de escape, cámaras, accesos, francotiradores, vehículos, comunicaciones y hombres. Dos días imaginando cien formas distintas en las que aquel encuentro podía salir mal. Dos días convencido de que, si Sebastián aparecía, uno de los dos no volvería a salir con vida.
Ahora todo dependía de ella. Porque se lo había prometido, pero hasta cierto punto, de todas maneras esta también era mi guerra.
…
El restaurante es mío. Lo compré hace años únicamente por su ubicación.
Nadie lo sabe. Para cualquiera es un pequeño negocio familiar a las afueras de la ciudad.
Para mí... Es una fortaleza.
Cada cámara.
Cada salida.
Cada punto ciego.
Cada empleado.
Todo responde a mis órdenes. Estoy sentado en una sala privada del segundo piso, frente a una pared cubierta por monitores.
Puedo verla. Eve está sentada sola junto al ventanal, exactamente donde le pedí que lo hiciera. Lleva un vestido negro sencillo, una chaqueta clara y el cabello recogido.
Nadie diría que va armada. Yo sí lo sé.
La Glock descansa bajo la parte trasera de su cinturón. Otra pistola permanece asegurada en su tobillo. Y un pequeño cuchillo escondido bajo la manga izquierda.
Le insistí en que aceptara el auricular.
No quería hacerlo, pero terminó cediendo. Ahora puedo escuchar incluso su respiración.
Denis permanece conmigo. Observa otra pantalla donde sus hombres rodean discretamente el edificio. Los míos hacen exactamente lo mismo.
Si alguien dispara... Responderemos antes de que pueda hacerlo una segunda vez. La puerta principal se abre. Todos los monitores muestran el mismo hombre entrando.
Alto.
Traje oscuro.
Sebastián.
Dos escoltas. Camina con esa arrogancia propia de quien jamás ha aprendido a temer las consecuencias. Se detiene frente a la mesa.
Eve no se levanta. No le regala esa satisfacción.
Él sonríe.
—Vaya...
Aparta una silla.
—Pensé que tendría que perseguirte durante meses.
Ella sostiene su mirada.
—Te estaba ahorrando el trabajo.
Él toma asiento. Los escoltas permanecen detrás. Mi dedo descansa sobre el gatillo. Solo un movimiento.
Solo uno.
—Te ves bien, hermanita.
—Tú no .
Sebastián sonríe.
—Sigues siendo igual de insolente.
—Y tú igual de incompetente. —mi mujer lo ataca mejor.
El camarero aparece, pero nadie pide nada. Entonces se marcha inmediatamente.
Silencio.
—¿Qué quieres? — Pregunta Sebastián .
—Lo que es mío.
Él suelta una carcajada.
—Ya no tienes nada. — dice Sebastián .
—Eso lo veremos.
—Nuestro padre está muerto. El sindicato Kavanagh ya no responde ante ti. La familia tampoco. —Inclina ligeramente la cabeza.— ¿Qué puedes ofrecerme?
Eve no pestañea.
—Tu vida.
Denis me mira de reojo. Yo sigo observando los monitores. Sebastián deja de sonreír.
—No estás negociando. —dice Sebastián.
—Nunca vine a negociar.
—Entonces has venido a morir. —la amenaza me pone alerta.
Eve se inclina apenas hacia delante. Su voz permanece tranquila.
—Porque eres un idiota y no sabes nada de negocios.
El rostro de Sebastián cambia.
—¿Qué has dicho?
—Me escuchaste perfectamente. —Ella continúa sin levantar la voz.— Por eso nuestro padre nunca te quiso en primera fila. Porque eres un imbécil que actúa por impulso.
Hace una pausa.
—Como lo estás haciendo ahora.
Veo exactamente el instante en que Sebastián pierde el control. Su mano desaparece bajo la chaqueta.
—¡Arma!
Grito por el auricular. Pero Eve ya lo había visto.
Ella también desenfunda. Las dos pistolas aparecen al mismo tiempo. El restaurante entero estalla en gritos.
Las mesas vuelcan.
Los clientes corren.
Los escoltas buscan cobertura.
Sebastián apunta directamente a la cabeza de Eve.
—Puedo matarte aquí y ahora, hermanita. —Aprieta el arma con fuerza. —Dime por qué no debo hacerlo.
No espero un segundo más. Abro la puerta. Bajo las escaleras. Cruzo el restaurante mientras mis hombres reducen a los escoltas. Denis hace lo mismo desde el lado contrario.
Cuando llego a la mesa... Ya tengo mi pistola apoyada contra la cabeza de Sebastián.
—Baja el arma. —Mi voz hace que todo el restaurante quede en silencio.—Y deja de apuntar a mi esposa.
Sebastián permanece inmóvil.
Siente el cañón contra su sien. Sabe que no estoy bromeando.
—Hazlo. —Muy despacio deja caer el brazo. El arma golpea el suelo.—Ahora...
Aprieto un poco más el cañón.
—Date la vuelta.
Obedece. Y en cuanto nuestros ojos se encuentran... Sé que estoy jodido.
Reconocimiento puro. Inmediato. Su expresión cambia por completo. Después mira a Eve. Luego vuelve a mirarme.
—Este... —Una sonrisa incrédula aparece lentamente en su rostro. —¿Este es tu esposo?
—Lo es. —Responde Eve.
Puedo sentir su mirada recorriéndome de arriba abajo. Ya no llevo la ropa del rancho.
Ni botas embarradas, ni camisa de algodón. Voy vestido completamente de negro. Chaleco, arnés, auricular táctico. Exactamente igual que cualquier miembro de Código Negro.
Sebastián comienza a reír. Una carcajada llena de satisfacción.
—¿Acaso sabes con quién te casaste, hermanita?
No respondo.
No puedo.
Siento la mirada de Eve clavarse en mí, esperando...Y yo...Como un maldito cobarde...Permanezco en silencio porque quien soy no importa ahora, sino que mi esposa no muera frente a mí… no otra vez.
Sebastián vuelve a reír.
—Oh... —Niega lentamente con la cabeza.—No lo sabes. Dijiste que era un mito, pero te dije que no, que estos hijos de puta eran reales y que jodian el negocio.
Aprieto todavía más el arma contra su sien.
—Cierra la puta boca. —Él ya no me escucha. Solo mira a Eve.
—¿De qué está hablando, Claus? —Pregunta ella. Su voz ya no suena firme, suena confundida.
Sebastián sonríe como si acabara de ganar la partida.
—Mi pequeña y estúpida hermana... —Hace una pausa deliberada. Disfrutando cada segundo. —Maeve...Él es Código Negro.
Mierda.
Mierda.
Mierda.