Capítulo 44
Eve
Me despido de Hazel y Arthur con un abrazo que dura un poco más de lo normal.
Este segundo, intenta ocultarlo con una sonrisa tranquila, como si marcharse durante unos días fuera la cosa más natural del mundo, pero lo conozco lo suficiente para saber que también está preocupado.
Hazel, en cambio, no deja de hablar. Lleva una pequeña mochila rosa casi más grande que ella y está convencida de que va a vivir la mejor aventura de su vida.
—Cuando vuelva quiero que me enseñes a hacer panqueques otra vez.
Sonrío.
—Solo si prometes no quemar la cocina.
Abre mucho los ojos.
—¡Fue culpa de Daisy!
La gata, completamente ajena a la acusación, se limita a bostezar desde el porche. Arthur resopla divertido.
—Nos veremos pronto.
Asiento.
Hazel corre hacia mí una última vez y me rodea la cintura con sus pequeños brazos.
—No tardes, ¿sí?
El nudo que siento en la garganta apenas me deja responder.
—No tardaré. —Le beso la frente.—Pórtate bien con el abuelo.
—Siempre me porto bien.
Arthur y yo nos miramos al mismo tiempo. Los dos sabemos que acaba de mentir. Cuando el coche desaparece por el camino de tierra, permanezco varios segundos observando la nube de polvo que deja atrás.
Según Claus, se irán unos días. "Una pequeña luna de miel para nosotros", dijo.
Arthur aceptó sin discutir. Hazel estaba demasiado emocionada como para hacer preguntas. Pero yo sí las tengo. Y demasiadas. Claus no quiso decirme adónde los envió. Solo repitió que era algo temporal. Que estarían más seguros y que volverían pronto.
No insistí.
Aunque una parte de mí no deja de decirme que está mintiendo. Mi esposo me ha estado mintiendo. No sé desde cuándo, o sé sobre qué, pero puedo verlo.
Desde aquella noche en el establo, algo cambió en él.
Pasa horas encerrado en su despacho con la puerta cerrada.
Apenas duerme. Ya casi no recorre el rancho como antes ni supervisa el trabajo de los empleados.
De hecho, cada día veo menos trabajadores.
Algunos desaparecen durante horas y regresan entrada la noche sin acercarse siquiera a los establos. Otros simplemente dejaron de venir.
Y Claus...
Claus nunca me da una explicación. Siempre tiene una respuesta preparada y consigue desviar la conversación. Como si llevara toda la vida escondiendo verdades.
Algo no anda bien. Y no quiero pensar que me está ocultando algo. Pero de una cosa estoy completamente segura. Claus Radkle no es un hombre cualquiera.
…
—Ven conmigo. —Su voz me saca de mis pensamientos. Levanto la cabeza. Él ya está de pie frente a la puerta del despacho. —Quiero mostrarte algo.
Lo sigo sin preguntar. Entramos en su despacho y cierra la puerta, se dirige hacia una estantería llena de libros antiguos. Lo observo mover uno de ellos. Escucho un clic metálico y, de pronto, una parte de la biblioteca se desplaza lentamente hacia un lado.
Me quedo completamente inmóvil.
—¿Qué demonios...?
Él sonríe de lado.
—Lo suponía.
Atravesamos el pasadizo. Al otro lado hay una habitación completamente distinta al resto de la casa.
No parece pertenecer a un rancho. Ni siquiera parece pertenecer a la misma época.
Las paredes están cubiertas por pantallas.
Monitores de distintos tamaños muestran imágenes en tiempo real de toda la propiedad.
Los establos. Los accesos principales. El bosque.
La entrada del camino. Los graneros. Incluso la parte trasera de la casa.
Hay mapas, ordenadores., equipos de comunicación, discos duros, servidores. Todo perfectamente ordenado. Mi sorpresa debe ser tan evidente que Claus termina riéndose por lo bajo.
—Antes trabajaba en defensa cibernética. —Lo miro unos segundos.
Después vuelvo a mirar toda aquella habitación. Finalmente regreso a él.
—Un hacker. —Cruzo los brazos. —¿Qué pasó?
La sonrisa desaparece de su rostro. Durante unos segundos guarda silencio.
—Mataron a la madre de Hazel. Y ese mismo día... —Baja la mirada apenas un instante.—A mí también me dieron por muerto.
No encuentro ninguna respuesta, solo puedo observarlo. Porque ahora muchas cosas empiezan a tener sentido.
Las cámaras, puertas ocultas, rutas de escape, la forma en que siempre sabe cuándo alguien entra en la propiedad. Su obsesión por la seguridad. Su necesidad de tener el control de absolutamente todo.
—Lo siento. —Mi voz apenas es un susurro y vuelvo a recorrer con la mirada aquella sala. —Ahora entiendo por qué insististe tanto en que fuera tu esposa. Sabes camuflar muy bien las cosas.
Claus deja escapar una pequeña risa.
—Buen intento. —Da un paso hacia mí.—Pero sabes perfectamente por qué lo hice.
Su mirada se queda fija en la mía.
—Solo que te asustaría decirlo en voz alta.
Siento cómo el calor sube hasta mis mejillas. Aparto la vista.
¿Amor?
No.
Todavía no. Busco cualquier otra respuesta. No la encuentro. Él espera. Como si supiera exactamente lo que estoy intentando evitar. Termino sonriendo con resignación.
—Eres fácil de querer, vaquero. —La frase sale antes de que pueda detenerla.
Sus ojos cambian apenas un instante. Pero continúo hablando antes de que tenga oportunidad de responder.
—Aunque sabes que, en esta guerra... —Trago saliva. —Solo uno de los dos llegará vivo al final. Y ese serás tú.
Claus niega lentamente. Como si rechazara esa posibilidad incluso antes de escucharla completa. Pero no discute, entonces, su teléfono vibra sobre la mesa.
Lo mira apenas un segundo. Después vuelve a guardarlo en el bolsillo.
—He citado a Denis. —Su voz recupera la firmeza de siempre.—Llegará en cualquier momento.
Asiento despacio.
Miro una última vez la sala llena de monitores, después vuelvo a encontrar sus ojos.
—De acuerdo.
Por alguna razón... Tengo la sensación de que, cuando Denis cruce esa puerta... Nada volverá a ser igual.