Raven (Código Negro 3) Capítulo 43 #2
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Capítulo 43 #2

Sus ojos cambian. Durante apenas un segundo desaparece el hombre frío, el líder, el vaquero testarudo. Solo queda Claus. El hombre que me sostiene entre sus brazos en mitad de la madrugada, y el que ahora es mi marido.

—Mírame bien. —Espero a que vuelva a respirar antes de continuar haciéndolo con él.—Tu hermano puede intentar todo lo que quiera. Puede mandar hombres, prenderle fuego al rancho, venir él mismo si es tan idiota como para hacerlo.

Su mano acaricia lentamente mi cabello.

—Pero mientras yo siga respirando... —Su voz se vuelve un susurro.—Nadie va a tocarte.

…

El olor a Claus llena mis pulmones mientras intento controlar mi respiración.

El ataque de pánico me dejó temblando, vulnerable en medio de este establo oscuro donde se supone que debería estar celebrando mi noche de bodas.

La lencería de seda que llevo puesta se pega a mi piel sudorosa, transparente bajo la luz de la luna que se filtra por las grietas del techo.

Claus sigue frente a mí, sus ojos oscuros estudiándome como si pudiera ver cada pensamiento, cada miedo que corre por mi mente. Y entonces se mueve y sus labios capturan los míos con una furia que me roba el aliento que apenas había recuperado.

—¿Por qué huyes, Eve? —gruñe contra mi boca, sus manos agarrando mi rostro con fuerza.—Soy tu esposo. Se supone que tienes que huir hacia mí, no de mí.

—Lo siento—gimo, sin dejar de besarlo, mis manos aferrándose a su camisa como si fuera lo único que me mantiene anclada a la realidad. —Lo siento, lo siento...

—No quiero tus disculpas,—dice, su voz ronca, peligrosa. —Quiero que entiendas algo, mi pequeña salvaje. Te voy a demostrar que al único que tienes que temerle es a mí. A lo que te hago sentir. Te haré sentir tan viva que no querrás morir. Te haré sentir que cada segundo sin mí es un infierno.

Sus palabras son una promesa y una amenaza, y mi cuerpo responde antes que mi mente.

Me besa de nuevo, más profundo, más posesivo, y puedo sentir su erección presionando contra mi vientre a través de la seda.

Se separa de mí por un momento, y escucho el sonido metálico de cadenas.

Mis ojos se abren de golpe cuando veo lo que tiene en las manos: Cadenas gruesas que cuelgan de una viga del establo, lo suficientemente bajas para alcanzarlas pero lo suficientemente altas para...

—Claus, ¿Qué?

—Confía en mí, —interrumpe, y hay algo salvaje en sus ojos. Algo que me asusta y me excita en igual medida. —Sujétate bien, cariño.

Toma mis muñecas y las coloca en las cadenas. El metal frío contrasta con el calor de mi piel. No me ata, solo me hace sostenerlas. Es mi elección quedarme. Mi elección entregarme.

—No te sueltes, —ordena, su voz como terciopelo oscuro. —No importa lo que pase. No te sueltes o tu coño sufrirá las consecuencias.

Asiento, incapaz de hablar, y entonces sus manos están en mi cintura, levantándome del suelo como si no pesara nada. Mis piernas se envuelven instintivamente alrededor de su cintura, y el sonido de las cadenas resonando en el establo me hace temblar.

—Eres tan hermosa así, — murmura, sus ojos recorriendo mi cuerpo. —Colgando de mis cadenas. Completamente a mi merced. Completamente mía.

Sus manos encuentran la seda de mi lencería, y con un movimiento brusco, la rompe. El sonido del material desgarrándose es obsceno en el silencio del establo, y el aire frío golpea mi piel desnuda.

—Mierda, —gruñe, mirándome como si fuera algo sagrado y profano al mismo tiempo. —Mira lo que eres y lo que me haces, Eve. Tan hermosa, mi esposa . Mía .

Su polla está dura, presionando contra mi entrada, y puedo sentir cada centímetro de él. Mis brazos tiemblan sosteniendo las cadenas, mi cuerpo suspendido en el aire, completamente vulnerable.

—Dime que no me equivoco, —exige, la punta de su erección rozando mi intimidad húmeda.—Dime que me perteneces.

—Soy tuya, —jadeo, desesperada por sentirlo. —Completamente tuya, vaquero.

—Exacto, —gruñe, y se entierra en mí de una sola embestida brutal.

Grito de placer, de dolor, de la intensidad absoluta de sentirlo tan profundo mientras cuelgo de estas cadenas. Mis brazos se tensan, sosteniéndome, y el sonido metálico de las cadenas moviéndose se mezcla con nuestros gemidos.

—Así, — gruñe contra mi cuello, sus caderas moviéndose con fuerza. —Así es como te quiero. Colgando de mí. Dependiendo de mí. Sin escape.

Sus embestidas son profundas, posesivas, y cada una me hace balancear en las cadenas. El olor a heno se mezcla con el olor a sexo, a nosotros. Es primitivo. Es perfecto.

—Eres mi obsesión, — murmura, sus dientes mordiendo mi hombro. —Mi perdición. Mi razón para respirar. No hay un segundo del día en que no piense en estar dentro de ti. En reclamarte. En marcarte como mía.

—Claus, —sollozo, mis piernas apretándose alrededor de su cintura mientras él me folla sin piedad. —Por favor...

—¿Por favor, qué? —gruñe, una de sus manos bajando para frotar mi clítoris mientras sigue embistiéndome. —¿Quieres que pare? ¿Quieres que sea gentil?

—No, —grito, mis uñas clavándose en las cadenas. —No pares. Nunca pares.

—Eso pensé, —dice, y hay satisfacción oscura en su voz. —Porque esto es lo que somos, Eve. Esto es lo que siempre seremos. Fuego y destrucción. Obsesión y posesión. No hay amor suave aquí. Solo esto, esta necesidad de consumirnos el uno al otro.

Sus palabras me destrozan y me reconstruyen al mismo tiempo. Cada embestida es más profunda, más desesperada. Puedo sentir el sudor corriendo por mi espalda, mis brazos ardiendo por el esfuerzo de sostenerme, pero no quiero que pare. Nunca quiero que pare.

—Mira,—ordena, y sigo su mirada hacia abajo, donde puedo ver su polla entrando y saliendo de mí, brillante con mi humedad. —Mira cómo te tomo. Mira cómo tu cuerpo me acepta como si fuera hecho para mí.

—Lo es, —jadeo, perdida en el placer. —Fui hecha para ti.

—Sí, —gruñe, sus embestidas volviéndose erráticas. —Fuiste hecha para mí. Cada centímetro de ti. Cada gemido. Cada lágrima. Todo es mío, no vuelvas a negármelo, escondiéndote de mí.

El placer se construye en mi vientre, intenso, abrumador. Mis brazos tiemblan violentamente, las cadenas resonando con cada movimiento.

—Voy a llenarte, —gruñe contra mi oído. —Voy a correrme tan profundo dentro de ti que sentirás mi marca durante días. Y cada vez que camines, cada vez que te muevas, recordarás lo que te hice aquí.

—Sí, —sollozo, al borde del precipicio. —Soy tuya. Solo tuya.

—Córrete para mí, — ordena, sus dedos trabajando mi clítoris con precisión brutal. —Quiero sentirte caer mientras te sostienes de mis cadenas. Quiero que grites mi nombre en este establo hasta que la noche sepa a quién le perteneces.

Y lo hago. Me corro violentamente, mi cuerpo convulsionando alrededor de él, mis gritos llenando el espacio. Las cadenas resuenan salvajemente mientras mi cuerpo se sacude, y él me sostiene, embistiéndome a través de mi orgasmo.

—Mierda, Eve, — gruñe, y puedo sentir cómo se tensa. —Eres perfecta. Tan jodidamente perfecta.

Se corre profundo dentro de mí, sus caderas presionando contra las mías, manteniéndome llena de él.

Puedo sentir cada pulsación, cada gota de su liberación marcándome desde adentro.

Cuando finalmente se detiene, ambos estamos temblando.

Mis brazos apenas pueden sostener las cadenas, y él lo nota.

Me baja lentamente, pero no me suelta. Me sostiene contra su pecho, mis piernas aún envueltas alrededor de él, su polla todavía dentro de mí.

—No vuelvas a huir de mí, — susurra contra mi cabello, su voz ronca. —No importa qué demonios te persigan, vienes a mí. Siempre vienes a mí.

—Lo prometo, — murmuro, enterrando mi rostro en su cuello. —Lo prometo.

—Bien, —dice, y puedo sentir su sonrisa contra mi piel. —Porque no te voy a dejar ir. Nunca, esposa. En esta vida y en la próxima. Y voy a pasarme cada día recordándotelo.

Me lleva hacia el heno, acostándome suavemente, pero no sale de mí. Se queda ahí, llenándome, reclamándome incluso en el silencio.

—Te … necesito, —susurro en la oscuridad. Una palabra casi cerca de un te amo, pero eso lo asustaría, le dije que no era amor y mantendré mi palabra.

—Lo sé, —responde, besando mi frente. —Y yo te necesito con una obsesión que debería asustarte. Pero no lo hace, ¿Verdad?

—No, —admito, sonriendo en la oscuridad. —Me hace sentir viva.

—Exacto, — murmura. —Y eso es todo lo que necesitamos. Esta locura. Esta obsesión. Esta necesidad destructiva que nos consume.

Y en el silencio del establo, con el olor a heno y sexo llenando el aire, sé que tiene razón. Esto es lo que somos. Esto es lo que siempre seremos.

Obsesión pura. Posesión absoluta. Amor destructivo.

Y no lo cambiaría por nada en el mundo.