Raven (Código Negro 3) Capítulo 43
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Capítulo 43

Eve

Cuando salgo de la habitación, el jardín del rancho ya está preparado.

Es exactamente como imaginaba que sería una boda organizada por Emma: sencilla, cálida y con más cariño que dinero.

Bajo el enorme roble han colocado una mesa de madera donde descansan los documentos que vamos a firmar, dos plumas y un pequeño jarrón con flores silvestres.

Hay algunas sillas ocupadas por las pocas personas que forman parte de este momento.

Graham conversa en voz baja con Liam mientras este último no deja de lanzar comentarios que hacen reír a Hazel, quien juega sentada sobre una manta con Daisy, empeñada en colocarle una diminuta corona de flores a la pobre gata.

Arthur permanece unos pasos más atrás, observándolo todo con las manos en los bolsillos, y Emma termina de acomodar los pequeños ramos que decoran el camino improvisado entre la casa y el árbol.

Entonces lo veo.

Claus ya está esperándome.

No lleva corbata. Nunca imaginé que fuera capaz de soportarla demasiado tiempo.

Viste un traje negro perfectamente ajustado que resalta aún más el ancho de sus hombros, una camisa blanca con los dos primeros botones desabrochados y las mismas botas vaqueras que utiliza prácticamente todos los días.

Ni siquiera en su propia boda deja de parecer un vaquero.

Tiene una mano dentro del bolsillo del pantalón y la otra relajada a un lado del cuerpo, pero basta con mirarlo para saber que está tan tenso como yo.

Nuestros ojos se encuentran.

Y el resto del mundo desaparece.

Solo veo a Claus caminar hacia mí.

Se detiene frente a mí sin decir nada durante unos segundos. Sus ojos recorren mi rostro, el vestido, las flores en mi cabello y regresan lentamente a mis ojos, como si quisiera memorizar cada detalle.

—Te ves preciosa, salvaje.

No puedo evitar sonreír.

—Pensé que dirías que el vestido era demasiado blanco para alguien como yo.

Él suelta una risa baja.

—Pensé muchas cosas cuando te vi aparecer. —Da un paso más.—Pero ninguna fue esa.

Inclina apenas la cabeza.

—La verdad... —Su mirada se suaviza.—Quisiera tener que quitártelo ya.

Noto cómo el calor sube por mis mejillas.

—No sabía que los vaqueros también podían ser cursis.

—Solo cuando la ocasión lo merece.

Nos quedamos mirándonos unos segundos más.

Soy yo quien rompe el silencio.

—Todavía podemos detener esto.

Frunce ligeramente el ceño.

—¿Qué?

—Si cambiaste de opinión. —Mi voz vuelve a ponerse seria.—No voy a obligarte.

Niega despacio. Miro la mesa donde descansan los documentos. Después vuelvo a él.

—¿Y tú? —pregunta.—¿Cambiaste de opinión?

—No. —responde sin más.

—¿Ni un poco?

—Ni un segundo. —determina.

Cruzo los brazos.

—Qué arrogante.

—No. —Niega despacio. —Solo estoy seguro de una cosa. Que esta decisión sigue siendo la mejor manera de protegerte.

Lo observo en silencio.

—Sigues creyendo que todo esto es una buena idea.

—Más que ayer.

—¿Incluso después de que me escapara del rancho para reunirme con Denis?

—Sobre todo por eso. —Su respuesta me hace fruncir el ceño.

Él continúa antes de que pueda hablar.

—Porque confirmaste exactamente lo que ya sabía.

—¿Y qué sabías, vaquero?

—Que nunca vas a dejar de luchar. —Su mano encuentra la mía con absoluta naturalidad. Entrelaza nuestros dedos.—Y tampoco voy a intentar cambiar eso.

Aprieta mi mano apenas un poco.

—No quiero una esposa que baje la cabeza. Quiero a la mujer que discutió conmigo desde el primer día que llegó al rancho. La que me desafía, que toma decisiones aunque me saque de quicio y la que sería capaz de apuntarme con un arma si creyera que estoy equivocado.

No puedo contener una pequeña sonrisa.

—Eso ha sonado muy poco romántico para ser una boda.

—No pretendía ser romántico.

—Ya me había preocupado.

Él también sonríe.

—Pretendía ser sincero.

Su pulgar acaricia lentamente el dorso de mi mano.

—Porque, una vez firmemos esos papeles, no quiero que olvides una cosa. —Lo miro esperando que continúe. —No voy a dirigir tu vida, decidir por ti. No voy a impedir que cobres la venganza que llevas años esperando.

Su voz se vuelve todavía más firme.

—Voy a pelear esa guerra contigo. No delante de ti, ni detrás de ti. Contigo.

Siento un nudo instalarse en mi garganta.

—Claus... —Él niega antes de que termine la frase.

—No. Déjame acabar. —Sus ojos no abandonan los míos ni un solo instante. —Si algún día recuperas todo lo que es tuyo y descubres que ya no me necesitas... Haré a un lado mi orgullo y te abriré la puerta para que seas libre. Pero mientras lleves mi apellido...

Hace una breve pausa.

—Nadie volverá a hacerte sentir sola.

Durante unos segundos soy incapaz de responder. Porque esa promesa pesa mucho más que cualquier anillo. Mucho más que cualquier firma. Respiro profundamente antes de sonreír.

—¿Sabes qué es lo peor de todo?

Él arquea una ceja.

—¿Qué?

—Que sigues siendo un vaquero amargado.

Una risa escapa de su garganta. La primera completamente sincera que le escucho después de toda la tensión que se ha acumulado en estos días.

Después acerca su frente a la mía.

—No. —Su voz apenas es un murmullo. —Solo soy un hombre que encontró a la mujer adecuada en el peor momento posible.

Y, dejo de pensar en la boda que nunca soñé. Porque, quizá... La única boda que necesitaba era exactamente esta. Con el hombre que jamás pensé encontrar.

…

Despierto en medio de la noche. El anillo pesa demasiado en mi dedo.

Claus duerme plácido, su espalda ancha y musculosa brilla con la luz todavía de la luna.

Necesito tomar aire fresco, creo que estoy teniendo un ataque de pánico....

salgo de la habitación sin hacer mucho ruido, llevo apenas una bata que me cubre, Emma pensó que sería buena idea tener lencería sexy para dormir en mi primera noche de bodas, les dijimos a todos que tomaríamos la luna de miel en unos días...

pero era todo mentira, nada de esto es real.

El aire frío de la madrugada me golpea el rostro en cuanto cruzo la puerta principal. Camino sin pensar. Solo dejo que mis pies me lleven.

Cuando me doy cuenta, estoy frente al establo.

Empujo la puerta de madera.

El olor a heno húmedo, cuero y tierra me envuelve de inmediato. Algunos caballos levantan la cabeza al escucharme entrar, pero enseguida vuelven a dormir. La única luz es la que se cuela entre las rendijas de la madera y la luna que se filtra por una de las ventanas superiores.

Me apoyo contra una de las columnas y cierro los ojos. Intento respirar.

No funciona.

¿Y si todo sale mal? La pregunta aparece sin pedir permiso.

¿Y si Denis me traiciona?

¿Y si el plan fracasa?

¿Y si Sebastián descubre dónde estoy antes de que podamos movernos?

Mi respiración empieza a acelerarse.

Abro los ojos.

No.

No.

No ahora.

Intento pensar en otra cosa. En cualquier cosa. Pero mi mente sigue avanzando.

¿Y si lastiman a Claus? Mi pecho se oprime.

¿Y si mi hermano gana? Siento un pinchazo tan fuerte en el centro del pecho que tengo que llevarme una mano hasta allí.

No puedo respirar. Lo intento otra vez. El aire entra, pero no llena mis pulmones. Todo empieza a girar. El establo parece hacerse cada vez más pequeño, las paredes se acercan. El suelo desaparece bajo mis pies. Las lágrimas empiezan a caer sin que pueda detenerlas.

Necesito detener esto.

Necesito volver.

Necesito sentir algo que no sea este miedo.

Mi mirada recorre desesperadamente el establo. Quizá si corto mi piel...Si siento dolor... Empiezo a buscar alrededor. Una herramienta. Un clavo. Un trozo de metal. Lo que sea. Pero no encuentro nada. Al menos nada que no esté completamente oxidado.

Una parte de mí sabe que eso debería tranquilizarme. La otra solo siente que se está quedando sin opciones. Mi visión comienza a nublarse. Las piernas dejan de responder. Caigo hacia delante. Pero antes de que mis rodillas lleguen a golpear el suelo, unos brazos rodean mi cuerpo desde atrás.

Me sostienen como si hubieran estado esperándome.

—Te tengo, amor...

Su voz rompe el caos que hay dentro de mi cabeza.

Claus.

El simple hecho de reconocerlo hace que termine de romperme. Comienzo a llorar con más fuerza. Las lágrimas caen sin control mientras intento respirar y no puedo.

El aire sigue sin entrar. Mi pecho duele. Me duele tanto que por un instante estoy convencida de que voy a morir.

—Respira. —Su voz permanece tranquila.—Mírame.

Niego desesperadamente.

No puedo.

No soy capaz.

—Claus... —Intento hablar. Las palabras se rompen antes de salir.—Claus... yo...

Él me gira despacio hasta dejarme frente a él. Sus manos sujetan mi rostro con firmeza. Obliga a que mis ojos encuentren los suyos.

—Estás teniendo un ataque de pánico. —Habla despacio.—Estoy aquí.

Niego con fuerza. No debería, no debería estar aquí, se supone que estaba dormido. Y yo debería haber muerto en ese ataque. Mi respiración se acelera todavía más.

Claus niega inmediatamente.

—No luches contra él. Escúchame. Solo escúchame a mí. —Sus pulgares limpian las lágrimas que siguen cayendo por mis mejillas. —Respira conmigo, inhala.

Lo hace exageradamente despacio para que pueda seguirlo.

—Eso es. Ahora suelta el aire.

Intento imitarlo.

No lo consigo. Empiezo a hiperventilar otra vez. Él no pierde la calma. Ni siquiera por un segundo. Simplemente vuelve a empezar.

—Otra vez. Estoy aquí. No voy a ningún sitio así que inhala, cariño…exhala. Escucha mi voz.

Nada más. Su frente termina apoyándose contra la mía. Siento una de sus manos deslizarse hasta mi nuca mientras la otra permanece rodeando mi cintura para evitar que vuelva a desplomarme.

—Eso es, cariño. Muy bien, sigue conmigo.

No vuelvo a intentar contener el llanto. Es imposible. Me aferro a su camisa con ambas manos como si fuera lo único capaz de mantenerme en pie.

—Tengo miedo... —La confesión apenas consigue atravesar el nudo que aprieta mi garganta.

Él cierra los ojos un instante. Después vuelve a mirarme.

—Lo sé.

—No quiero... —Otra bocanada de aire entrecortado.—No quiero que te pase nada.

La frase escapa antes de que pueda detenerla.