Capítulo 42
Eve
Hoy es la boda que no pedí. La que nunca soñé. La que jamás esperé vivir.
Y, sin embargo, aquí estoy, de pie frente a un espejo, incapaz de apartar la mirada de mi propio reflejo.
Hay algo distinto en la mujer que tengo delante.
No sé si es el vestido, el cabello recogido o la paz extraña que siento después de tantos meses viviendo con el miedo pegado a la espalda.
Solo sé que no puedo dejar de mirarla. Es otra versión de mí. Una que nunca imaginé conocer.
La noticia corrió por todo el rancho más rápido que cualquier incendio.
Nadie necesitó explicaciones. Bastó con escuchar que Claus y yo íbamos a casarnos para que Emma empezara a organizarlo todo, Arthur fingiera que no le interesaba y Liam asegurara que apostaba una semana de sueldo a que yo terminaría mandando más que Claus antes de que acabara el mes.
La ceremonia será sencilla. No habrá iglesia, ni mil invitados, ni un banquete interminable.
Solo nosotros, unos papeles que firmar y unas cuantas personas que ya se han convertido, sin darme cuenta, en parte de mi vida.
Cuando estampe mi firma, dejaré de ser Eve para convertirme, oficialmente, en la señora Radkle.
No quiero pensar en cómo terminará todo esto.
No quiero preguntarme si algún día firmaremos otro papel para separarnos.
Hoy no.
Hoy solo quiero permitirme disfrutar de un momento que nunca pensé vivir.
El vestido es mucho más sencillo de lo que habría imaginado para una boda.
Blanco, de tela ligera, con una caída suave que llega hasta los tobillos y unas mangas largas de encaje que Emma insistió en elegir porque, según ella, "en Yorkshire siempre hace frío, incluso cuando no hace frío".
No tiene piedras, ni brillos, ni una cola interminable.
Solo una elegancia tranquila que me hace sentir cómoda.
Llevo el cabello recogido en un moño bajo del que escapan algunos mechones rebeldes, y Emma ha colocado pequeñas flores blancas entre los rizos.
El ramo también lo preparó ella. Margaritas y unas pequeñas flores silvestres que recogieron Hazel y Arthur esa misma mañana.
No es un ramo comprado en una floristería.
Es un ramo hecho con las manos de la gente que me ha abierto las puertas de su casa.
Y eso lo hace perfecto. Aunque tengan dinero, el dinero no compra los pequeños detalles. Cuando me giro, encuentro a Emma observándome con los ojos brillantes.
Tiene una sonrisa enorme. De esas que anuncian que está a punto de llorar.
—Te ves hermosa, Eve. —No puedo evitar sonreír.—Gracias por permitirme ser tu dama de honor.
Levanto una ceja.
—Créeme... —Finjo pensarlo unos segundos.—La lista fue difícil.
Emma abre la boca con indignación fingida.
—¡Oye!
Las dos terminamos riéndonos. La tensión desaparece por un momento.
Incluso Hazel, que está sentada en el suelo jugando con Daisy mientras intenta colocarle un pequeño lazo rosa alrededor del cuello, levanta la vista para preguntarnos de qué nos reímos.
La gata, por supuesto, no comparte el entusiasmo y escapa en cuanto encuentra la oportunidad, haciendo que Hazel salga corriendo detrás de ella entre carcajadas.
Ese pequeño caos consigue que todo parezca más real. Más parecido a una familia.
La puerta se abre. Arthur entra sin hacer ruido. Lo primero que llama mi atención no es la seriedad de su rostro. Es que no lleva puesto un traje. Ni siquiera parece haberse preparado para una boda. Su mirada recorre la habitación hasta detenerse en mí.
Claus me dijo que hablaría con él. También me dijo que intentaría explicarle el motivo de este matrimonio. Pero los dos sabíamos que esta conversación iba a llegar tarde o temprano.
Arthur permanece unos segundos en silencio.
Después mira a Emma.
—Emma. —Ella deja de sonreír inmediatamente.
—¿Sí, señor?
—¿Puedes llevarte a Hazel un momento? —Su tono sigue siendo tranquilo. —Necesito hablar con Eve.
Emma entiende al instante. No hace preguntas. Se acerca a Hazel y le tiende la mano.
—Vamos, pequeña. Tenemos que darle de comer a Daisy.
Hazel mira a la gata, luego a mí y finalmente a Arthur, toma la mano de Emma y las veo salir de la habitación. La puerta vuelve a cerrarse y el silencio ocupa su lugar.
Arthur vuelve a mirarme de arriba abajo.
Esta vez sonríe apenas. Una sonrisa tan pequeña que cualquiera diría que la imaginé.
—No estoy de acuerdo con esto.
Asiento despacio.
—Lo sé, señor.
—Entonces... —Da un paso más hacia mí. —¿Por qué lo permitiste?
No aparto la mirada.
—¿Conoce a su hijo?
Arthur resopla por la nariz.
—Lo hago.
—Entonces debe saber que no tuve otra opción. —Sonrío con resignación. —Fue idea suya. Al principio me negué. No estaba de acuerdo.
Arthur inclina ligeramente la cabeza.
—Pero ahora sí.
No sé qué responder. Porque tiene razón. Hace apenas unos días habría dicho que este matrimonio era una locura.
Ahora...ahora ya no estoy tan segura. Me siento en una de las sillas frente al tocador. Arthur hace lo mismo, dejando un pequeño espacio entre los dos. Permanece varios segundos observando el suelo antes de empezar a hablar.
—Claus iba a casarse con la madre de Hazel. La quería con todo lo que tenía. —Levanto la vista hacia él. —Cuando la perdió...
Hace una pausa.
—Yo también perdí a mi hijo ese día.
Siento un nudo formarse en la garganta. Arthur no llora. Ni siquiera parece estar cerca de hacerlo. Pero el dolor sigue ahí.
—Parte de él nunca regresó. —Mira hacia la ventana. —Lo comprendí cuando perdí a mi esposa.
Suspira despacio.
—Hay personas que siguen respirando después de una tragedia... —Otra pausa.—Pero dejan de vivir.
Bajo la vista a mis manos.
—Yo... —Trago saliva.—Lo siento mucho.
Él asiente agradeciendo las palabras.
—Jamás quise involucrar a Claus en todo esto ni a ustedes.
Arthur niega lentamente.
—Claus no se involucra. —Una pequeña sonrisa aparece en su rostro. —Así es él. Si decide cargar con algo, nadie consigue hacer que cambie de opinión. Pero lo que tú has provocado en él... Es como si hubiera vuelto a la vida.
Mi pecho se encoge. Niego inmediatamente.
—No he hecho nada, señor.
No puedo evitar sonreír.
—Bueno... —Pienso un momento.—Solo he conseguido cabrearlo unas cuantas veces.
Arthur rompe a reír. Una risa sincera y profunda. De esas que hacen que las arrugas alrededor de los ojos se marquen un poco más.
—Y eso... —Niega con la cabeza todavía sonriendo.—Eso es amor.
Lo miro horrorizada.
—¿Qué? —La palabra casi se me atraganta.—No.
Niego varias veces.
—Claro que no.
Arthur sigue sonriendo.
—¿Sabes cuál es el problema de ustedes dos?
Cruzo los brazos.
—¿Cuál?
—Que creen que el amor siempre llega haciendo ruido.
—Se inclina un poco hacia delante.—Y casi nunca es así.
Llega cuando alguien empieza a preocuparse por si ya comiste.
Cuando buscas a una persona con la mirada antes de entrar en una habitación.
Cuando un hombre cambia todos sus planes para mantener a salvo a una mujer...
y una mujer deja de huir porque, ahora siente que tiene un lugar al que regresar.
No sé qué responder. Porque cada una de esas palabras encuentra un rincón de mí que preferiría mantener cerrado. Arthur mete entonces una mano en el bolsillo interior de su chaqueta.
Saca una pequeña caja de terciopelo.
La abre despacio. Dentro hay un anillo antiguo.
Sencillo y elegante. Con una piedra pequeña que ha perdido parte del brillo por el paso de los años.
Lo pienso incluso antes de que él hable.
—Era de la madre de Claus. —dice.
Lo miro sin atreverme a tocarlo.
—¿Qué...? —Niego inmediatamente.—No.
No puedo. Él extiende la mano un poco más.
—Claro que puedes.
—No. —Mi voz se rompe.—No debo.
Arthur toma mi mano con la misma calma con la que siempre habla.
Deposita la pequeña caja sobre mi palma.
—Aunque este matrimonio sea una mentira, según ustedes... —Esboza una sonrisa llena de una ternura que me desarma.—Merece tener algo real.
Miro el anillo durante varios segundos. Después vuelvo a levantar la vista hacia Arthur. Y, desde que empezó este día... Siento que el peso de ese apellido ya no está solo en los papeles que voy a firmar. También empieza a instalarse, muy despacio... En mi corazón.
Arthur cierra la cajita entre mis dedos para que no pueda devolvérsela.
—Solo... —Hace una pausa y, por fin desde que entró en la habitación, su voz pierde la firmeza que la caracteriza.—No rompas su corazón.
Levanto lentamente la mirada hacia él. Sus ojos ya no son los de un hombre que cuestiona una decisión. Son los de un padre.
—No lo soportaría. —Arthur suspira profundamente antes de continuar.
—Cuando perdió a la madre de Hazel pensé que nunca volvería a verlo sonreír de verdad.
Aprendió a vivir, sí. Aprendió a criar a su hija, a sacar adelante el rancho, a levantarse cada mañana y seguir respirando. Pero vivir... eso es otra cosa.
Sus ojos buscan los míos.
—Y entonces llegaste tú.
No sé qué decir.
Porque sigo creyendo que lo único que he hecho desde que puse un pie en este lugar ha sido traer problemas.
—Ahora tienes dos corazones en tus manos.
Baja la vista un instante.
—El de mi hijo... —Hace una pausa.—Y el de mi nieta.
Trago saliva.
—Hazel te adora. Es imposible no darse cuenta. Habla de ti desde que se levanta hasta que se acuesta. Quiere parecerse a ti, cocinar contigo, montar a caballo contigo... incluso convencer a Daisy de que duerma en tu habitación.
Una sonrisa triste aparece en su rostro.
—Hace mucho tiempo que no veía a esa niña tan feliz.
Aprieto la pequeña caja entre las manos. Siento que pesa mucho más de lo que debería.
—Espero... —Arthur deja escapar lentamente el aire.—Espero que al final todo haya valido la pena.
No sé si se refiere a este matrimonio.
A la guerra. O a todo lo que hemos vivido para llegar hasta aquí. Quizá a las tres cosas. Las lágrimas amenazan con aparecer, pero hago un esfuerzo por contenerlas.
—Gracias. —Mi voz apenas es un susurro.
Arthur frunce ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
Bajo la mirada al anillo. Las palabras se atascan unos segundos en mi garganta.
—Por verme como una persona normal.
Él me observa como si acabara de decir la mayor tontería del mundo. Da un paso hacia mí y, sin pedirme permiso, me abraza. Es un abrazo cálido. Apoyo la frente contra su hombro y cierro los ojos durante un instante.
—Eve... —Su mano acaricia despacio mi espalda. —Eres una persona normal. Solo eres una mujer que no eligió a la familia en la que nació.
Se separa apenas unos centímetros para poder mirarme a los ojos. Hay una sonrisa tranquila dibujada en su rostro.
—Pero sí elegiste quedarte aquí. —Mira el anillo que todavía sostengo. Luego vuelve a encontrar mi mirada. —Y espero que esta familia que elegiste...esté a tu altura.
Las lágrimas que llevaba tanto tiempo conteniendo terminan por escapar.