Raven (Código Negro 3) Capítulo 41
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Capítulo 41

Claus

Escucho el agua caer al otro lado de la puerta del baño mientras permanezco sentado al borde de la cama con los codos apoyados sobre las rodillas.

Hace apenas unos minutos le propuse matrimonio y, por extraño que parezca, siento mucha más calma ahora que antes de hacerlo.

No fue un impulso. Llevo días dándole vueltas al mismo plan, buscando otra alternativa, otra forma de protegerla sin involucrarla todavía más en mi mundo. No la encontré.

Casarme con Eve no es un gesto romántico, aunque una parte de mí desearía que pudiera serlo algún día.

Es una decisión estratégica. Si lleva mi apellido, deja de ser una mujer huyendo de un hermano que quiere verla muerta y se convierte en alguien a quien muy pocos se atreverán a tocar.

Mi nombre abre puertas, mueve hombres y provoca guerras.

Si puedo utilizar todo eso para devolverle el poder que le arrebataron, lo haré sin pensarlo dos veces.

No le mentí cuando le dije que quería darle poder.

Porque eso es exactamente lo que pienso hacer.

No voy a encerrarla en el rancho ni a convertirla en una esposa a la que haya que esconder detrás de un hombre.

Conozco demasiado bien a Maeve para cometer ese error.

Ella no nació para vivir a la sombra de nadie.

Nació para mandar, para discutir cada decisión y para pelear incluso cuando sabe que tiene todas las de perder.

Lo único que pretendo es darle el tiempo suficiente para recuperar a los suyos, reorganizar a la gente que todavía le guarda lealtad y devolverle un lugar que siempre fue suyo.

Después será ella quien decida qué hacer con su apellido... el suyo y el mío.

Apoyo la espalda contra el cabecero y dejo escapar el aire lentamente. La conversación dentro de la camioneta vuelve una y otra vez a mi cabeza. Sobre todo una parte.

— No necesito tu apellido para hacerme valer.

Sonrío para mí. Claro que no lo necesita. Nunca lo ha necesitado. Ese es precisamente el problema.

Siempre ha cargado el peso del mundo sola porque nadie estuvo ahí cuando debía estarlo.

Está tan acostumbrada a sobrevivir por su cuenta que cualquier mano tendida le parece una cadena.

Todavía cree que protegerla significa hacerla más pequeña.

Algún día entenderá que no pienso quitarle nada. Todo lo contrario.

Lo que sí me hizo gracia fue otra cosa. Cuando le pregunté si me amaba.

La respuesta tardó demasiado.

Las personas que no sienten nada responden enseguida.

Las que dudan... ya están perdidas.

Vi cómo bajó la mirada antes de contestar. Cómo buscó las palabras. Cómo intentó sonar convencida mientras decía que era demasiado pronto. No me molestó. Al contrario. Me confirmó algo que llevaba tiempo sospechando.

Mi pequeña salvaje miente fatal.

Y cuando lo hace, aprieta apenas la mandíbula y evita sostenerme la mirada durante más de unos segundos.

No está preparada para admitir lo que siente.

Yo tampoco.

Todavía no.

Porque en cuanto uno de los dos lo haga, dejará de existir la posibilidad de fingir que este matrimonio es solo un acuerdo.

El agua sigue cayendo. Levanto la vista hacia la puerta cerrada del baño.

No puedo evitar sonreír otra vez. Está tan empeñada en convencerme de que puede sola... Y yo estoy igual de empeñado en demostrarle que no tiene por qué hacerlo.

Será una pelea larga.

La más difícil que me ha tocado librar. Porque conquistar un territorio es sencillo comparado con conquistar la confianza de una mujer que lleva toda la vida esperando que el mundo termine traicionándola.

Pero soy un hombre paciente. Y, si hace falta una vida entera para arrancarle la verdad que esconde detrás de esa mirada desafiante... Pienso quedarme el tiempo suficiente para escucharla de sus propios labios. Y si tengo que comenzar sacándoselo a polvos, ahora es un buen momento.

Me quito la ropa y camino hacia el vapor que sube desde la ducha, cuando entro al baño, puedo verla a través del vidrio, su silueta perfecta bajo el agua caliente, sus manos recorriendo su cuerpo.

No tiene idea de que estoy aquí así que, abro la puerta de la ducha lentamente, y ella gira, sorprendida. Sus ojos se oscurecen cuando me ve, no de miedo. De deseo.

—¿Qué haces? —pregunta, aunque ya sabe.

—Reclamarte— gruño, entrando bajo el agua caliente con ella. —Vi la mentira en tu rostro cuando te pregunté si me amabas. Crees que no lo veo. Pero lo veo todo, Eve. Cada pensamiento. Cada mentira.

El agua corre entre nosotros, y ella retrocede un paso, pero solo porque quiere que la persiga.

—Estoy loca por ti, vaquero. Pero no tiene que ser amor, no seas cursi—dice, y esta vez es verdad. La verdad retorcida de alguien que me necesita como yo la necesito.

Cursi. Sí como no.

—Lo sé—gruño, tomando su rostro con ambas manos. —Y voy a hacerte mía de formas que no conoces.

La beso bajo el agua, salvajemente, como si pudiera devorarla. Sus manos agarran mi espalda, sus uñas dejando surcos. Mi polla ya está dura, presionando contra su vientre.

La levanto contra la pared de la ducha, el agua cae entre nosotros. Su cuerpo es perfecto, cada curva, cada cicatriz que lleva de sus batallas. Todas mías. Comenzando con esa que puse en su pierna.

Mía, mi propiedad.

—Dime la verdad— exijo, alineándome con ella.

—Te necesito— solloza, y no importa si es verdad o mentira. La verdad no importa aquí. Solo esto, nosotros, en la oscuridad del agua, pertenenciéndonos.

Me entierro en ella de una sola embestida, profundo, sin piedad. Sus gritos se pierden en el ruido del agua, su cuerpo arqueándose contra el frío azulejo.

—Mierda, Eve—gruño contra su cuello. —Eres tan perfectamente mía.

Sus piernas se envuelven alrededor de mí, moviéndose conmigo, su cuerpo trabajando en perfecta sincronía. Es una verdad desnuda de lo que somos el uno para el otro.

—Más—grita, y obedezco. Aumento la velocidad, mis embestidas volviéndose más profundas, más posesivas. El agua corre sobre nosotros como si fuera el fuego del infierno, y tal vez lo es.

—Voy a correrme dentro de ti— gruño. —Y luego voy a hacerlo de nuevo. Una y otra vez. Hasta que entiendas que eres completamente mía.

—Sí—solloza, sus uñas clavándose en mi piel. —Por favor. Te necesito. Necesito sentirte.

Sus palabras me destrozan y me arreglan al mismo tiempo. La beso desesperadamente mientras mis embestidas se vuelven erráticas.

—Córrete para mí—ordeno. —Quiero sentir como te deshaces con mi polla.

Su cuerpo se convulsiona, apretando alrededor del mío mientras grita mi nombre como una plegaria. El placer la consume, y eso es lo que me lleva al borde. Me corro profundo dentro de ella, mis brazos sosteniéndola, marcándola como mía.

Cuando terminamos, la sostengo contra la pared, ambos temblando bajo el agua caliente.

—Esta es tu vida ahora— susurro contra su oído. —Esto es lo que significa pertenecerme. Y yo pertenezco completamente a ti. Oscuramente. Completamente. Para siempre.

Ella asiente, sin aire, sus ojos se encuentran con míos en la penumbra del vapor.

—Para siempre—murmura.

…

Salimos de la ducha y ella cae en la cama mojada, sus manos aún temblando. No la dejo ni un segundo para respirar. La quiero descontrolada. La quiero rota.

Me recuesto en la cama y la miro fijamente.

—Monta mi cara, vaquera— ordeno, mis manos ya agarrando sus muslos. —Quiero ahogarme en ti.

Ella titubea por un segundo, ese segundo de incertidumbre que tanto amo. Pero obedece. Siempre obedece. Se posiciona sobre mí, dudosa al principio, pero luego se deja caer. Mi boca encuentra su intimidad, y comienzo a devorarla como si fuese lo último que comiera en mi vida.

—Eso es— gruño contra ella, sus gemidos llenando la habitación. —Eres mía. Cada rincón de ti es mío. Tu placer es mío.

Sus caderas comienzan a moverse, frotándose contra mi boca, y juro que podría morirme así.

—Mira cómo tu coño me necesita— exijo—Mira cómo te devoro como si fueras lo único que merece mi boca.

Ella gira su cabeza, viendo el reflejo en el espejo,sus propias caderas moviéndose, su cuerpo perdido en placer. Sus ojos se oscurecen.

—Eres obsesión—murmuro entre sus piernas. —Mi perdición. Mi razón para existir es asegurarme de que nadie más te toque así. Que nadie más sepa lo que se siente saborear cada parte de ti.

—Oh, Dios—grita, sus manos en mi cabeza, presionándome más profundo.

—No es Dios, cariño— gruño, mi lengua trabajando en ella sin piedad. —Soy yo. Solo yo. Siempre yo. Voy a grabar mi nombre en cada célula de tu cuerpo.

Sus movimientos se vuelven frenéticos, desesperados. Puedo sentir que está cerca.

—Voy a amarrarte en mi cama— continúo, mis dedos penetrando en ella mientras mi boca sigue trabajando. —Voy a marcar cada centímetro de ti. Cada marca va a ser un recordatorio de que eres completa, absoluta, e irrevocablemente mía.

—Sí, sí, sí—solloza, su cuerpo temblando.

—Nadie te va a tocar como yo—gruño ferozmente. —Ni un hombre, ni una mujer. Ni nadie en este mundo te va a hacer sentir lo que yo te hago sentir. Porque TÚ ERES MÍA.

Sus gritos se vuelven inaudibles. Está en el borde. Completamente perdida en esto.

—Córrete en mi boca— ordeno. —Quiero probar tu placer. Quiero que sea mío también.

Y lo hace. Se corre violentamente, sus caderas moviéndose sin control, sus gritos llenando la habitación como música oscura. La devoro cada segundo, saboreando cada gota de su placer.

Cuando baja, sus piernas no la sostienen. Se deja caer a mi lado, respirando pesadamente.

—Mírame— gruño, girándola hacia mí. —Mira en mis ojos y dime que esto es real. Que tú y yo somos reales.

—Es real—jadea. —Jodidamente real.

Sus ojos se encuentran con los míos, y veo el reconocimiento—ella siente lo mismo. Es fuego. Es locura. Es perfección oscura.

—Eres mi infierno favorito— murmura contra mis labios.

—Y tú eres el mío—gruño. —Y voy a quemarnos juntos.

¿Cuánto es para siempre? No somos salvación el uno para el otro. Somos perdición. Y la queremos de esta manera.