Capítulo 40
Eve
El camino de regreso al rancho transcurre en un silencio que resulta mucho más incómodo que cualquier discusión que hayamos tenido. Pronto recuperaré el control que me pertenece y podré seguir con mi vida, protegiendo a Claus y su familia que desde un principio, no tuve por qué involucrarlos.
Claus no ha pronunciado una sola palabra desde que salimos del bar.
Conduce con la vista fija en la carretera y las manos aferradas al volante con tanta fuerza que los nudillos se le han puesto blancos.
Los músculos de la mandíbula se marcan cada vez que aprieta los dientes y, aunque intenta disimularlo, sé perfectamente que está enfadado.
No conmigo únicamente. También consigo mismo.
Lo conozco lo suficiente para distinguir cuándo está pensando demasiado, mi pierna es un ejemplo de su furia y mi desafio.
Apoyo la cabeza contra la ventanilla y observo el paisaje pasar a toda velocidad. Los campos verdes vuelven a ocupar el lugar de la ciudad y, poco a poco, el ruido del tráfico desaparece hasta convertirse en el sonido del motor y las ruedas sobre el asfalto.
Sé por qué está así.
Lo engañé. Me escapé del rancho. Me reuní con Denis sin decirle una sola palabra. Y, aun así, no me arrepiento. Había cosas que necesitaba hacer sola. Siempre las he hecho así.
—No estés molesto, vaquero. —No responde. Ni siquiera gira la cabeza.—El plan irá bien.
Sigue conduciendo. Durante unos segundos pienso que va a ignorarme por completo. Entonces deja escapar un resoplido y una risa baja.
No es una risa divertida. Es esa clase de risa que aparece cuando alguien está tan enfadado que ya no sabe si discutir o rendirse.
La conozco. La he visto antes. También mi orgullo. Claus nunca pierde el control levantando la voz. Lo hace encerrándose en sí mismo, apretando la mandíbula y dejando que el silencio hable por él.
—No puedes seguir haciendo esto. —Su voz rompe finalmente el silencio.
—¿Hacer qué?
—Tomar decisiones que también me importan.
—No te importa, vaquero. —Ahora sí gira apenas la cabeza para mirarme.
Solo un segundo.
Pero basta para entender que está conteniendo muchas más cosas de las que dice.
—Claro que me importa.
Niego despacio.
—No, Claus. —Sostengo su mirada.—Te lo dije desde el principio. Esta guerra es mía.
El coche reduce la velocidad. Pienso que va a detenerse para seguir discutiendo. Aparta la camioneta a un lado del camino.
El motor continúa encendido. Durante unos segundos ninguno de los dos habla, pero cuando abre la boca no es para lo que me espero.
—Cásate conmigo.
Parpadeo. Estoy segura de haber escuchado mal. El coche ya está completamente detenido, pero yo sigo inmóvil, incapaz de apartar la vista de él.
¿Acaba de...?
No.
No puede ser.
—¿Qué?
Claus me mira con la misma seriedad con la que daría una orden.
—Cásate conmigo, Maeve.
Mi cerebro intenta procesar la frase.
No lo consigue.
Lo único que sale de mi boca es una risa completamente incrédula.
—¿Estás jugando conmigo?
—No. —dice sin titubear. No sonríe, ni parece una broma.
Sus ojos permanecen clavados en los míos mientras el motor sigue encendido y el silencio llena el interior de la camioneta.
—No creo que el plan de Denis tenga éxito.
No confío en él. —Hace una breve pausa antes de continuar—.
¿Cómo sabemos que no fue tu hermano quien lo envió solo para encontrar tu paradero?
Piensa, cariño. Si Denis te traiciona, Sebastián sabrá exactamente dónde buscarte.
Ahora mismo cree que estás sola... y no lo estás.
No respondo enseguida.
Bajo la vista hacia mis manos. Hay algo en esa última frase que se queda dando vueltas en mi cabeza.
"No lo estás."
Me obligo a respirar antes de contestarle.
—Vaquero... —Mi voz sale mucho más baja de lo que esperaba.—Yo siempre he estado sola.
No sé por qué acabo de decirlo. Quizá porque es la primera vez que alguien insiste tanto en convencerme de lo contrario.
Trago saliva.
—Siempre. —Levanto la vista para encontrarme con sus ojos.—No necesito tu apellido para hacerme valer.
Claus permanece inmóvil unos segundos. Simplemente estira una mano y me toma el rostro con una delicadeza que no encaja con el hombre que todos conocen.
Su pulgar acaricia mi mejilla antes de que acorte la distancia entre nosotros y sus labios encuentren los míos en un beso lento, como si quisiera hacerme entender algo para lo que las palabras no alcanzan.
Cuando se separa, mantiene la frente apoyada contra la mía.
—Vales. —Lo dice sin apartar la vista de mis ojos. —Siempre has valido.
Su voz es tranquila, pero hay una convicción que me desarma.
—No quiero darte un apellido porque crea que lo necesitas para ser alguien. —Niega despacio. —Quiero dártelo porque ese apellido pesa. Porque abre puertas y cierra otras. Porque hace que mucha gente se lo piense dos veces antes de cruzar una línea.
Se incorpora apenas unos centímetros, aunque sus manos siguen sosteniendo mi rostro.
—No quiero quitarte poder. Quiero dártelo. Si te conviertes en mi esposa, dejas de ser una mujer desconocida escondiéndose en un rancho que nadie sabe de dónde salió. Pasas a ser mi familia. Y cuando alguien toca a mi familia, deja de tener un problema contigo para tener un problema conmigo.
Siento un escalofrío recorrer mi la espalda.
Él continúa sin dejarme hablar.
—Si el plan con Denis sale bien, recuperarás lo que te pertenece con alguien cubriéndote las espaldas.
—Y si sale mal... —pregunto con un hilo de voz.
Su mandíbula se tensa apenas.
—Sebastián no podrá venir simplemente a llevarte de vuelta. Tendrá que enfrentarse a mí, y a todos los hombres que responden cuando yo doy una orden.
Lo dice como un hecho. Como si ya hubiera tomado esa decisión por los dos.
—No estoy intentando encerrarte, Maeve. Estoy intentando ganar tiempo. Tiempo para que recuperes a tu gente. Tiempo para descubrir quién está moviendo los hilos. Tiempo para que dejes de huir y vuelvas a pelear desde una posición en la que no estés completamente sola.
Sus dedos acarician una última vez mi mejilla.
—Cásate conmigo.
Su voz baja todavía más.
—No porque necesites que un hombre te salve. Porque dos personas son más difíciles de romper que una. Déjame protegerte. Y al final, si tú quieres, podrás dejarme.
Hay algo en mi pecho que no me gusta, es como un dolor, una sensación de pérdida que nunca había sentido desde que era niña, pensar en que esto acabe, lo que sea que tengamos él y yo, me duele y duele mucho.
—¿Qué pasa si mi hermano gana? —pregunto.
—Entonces nos aseguraremos de que el infierno le llegue de nuevo.
—Casarnos—me río para mí misma, pero esta vez se siente real. Él está jodidamente hablando en serio.
—Firmaremos unos papeles y ya está. —Eso consigue devolverme a la realidad.
Me separo de él y apoyo la espalda contra el asiento y cruzo los brazos.
—Vaya... —Lo observo unos segundos. —Discúlpame si no salto de alegría con esa propuesta romántica, vaquero.
Él permanece en silencio.
—Nunca quise casarme. —Las palabras salen con más dureza de la que pretendía. —Pero hacerlo de esta forma...en esta guerra. Lo hace tan... deprimente.
Claus baja la vista un instante hacia el volante. Después vuelve a mirarme.
—¿Me amas?
La pregunta cae sobre mí como un cubo de agua helada.
Mi respiración se detiene.
No esperaba eso.
De todas las cosas que podía preguntarme...
Jamás esa.
—¿Qué? —Mi voz apenas sale. —No...Es demasiado pronto.
Él asiente despacio. Como si esa fuera exactamente la respuesta que esperaba.
—Entonces no tiene por qué ser deprimente.
Frunzo el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Que no te estoy pidiendo un matrimonio por amor. —Hace una pausa. —Te estoy ofreciendo protección.
Sus dedos vuelven a aferrarse al volante.
—Y cuando recuperes lo que te pertenece... —Hace una breve pausa. —Si quieres marcharte...firmaremos el divorcio.
No esperaba escuchar eso tampoco, joder. ¿Qué ocurre conmigo?
Ni una sola de esas palabras.
Lo miro durante un largo rato. Intento descubrir si hay algo más detrás de todo aquello.
Alguna emoción.
Alguna mentira.
Algo que me diga que esto no es únicamente estrategia. No encuentro nada. Solo a un hombre dispuesto a poner su nombre entre mi hermano y yo.
Exhalo lentamente.
—De acuerdo.
Claus levanta apenas la vista.
—¿De acuerdo?
No puedo evitar sonreír.
—Sí, vaquero. —Estiro la mano hasta buscar la suya sobre el volante y entrelazo nuestros dedos.—Seré tu esposa.
Tal vez el mayor peligro no sea casarme con Claus. Tal vez sea descubrir que, cuando llegue el momento de separarnos... Ninguno de los dos quiera firmar ese último papel. Pero alguien tendrá que hacerlo y esa seré yo, porque entonces ahí estaré haciendo mi parte, para protegerlo.