Capítulo 39
Eve
No pienso avisarle a nadie.
Si lo hago, Claus intentará detenerme. Así que espero hasta media mañana, cuando todos están ocupados reparando la cerca del norte, entro otra vez en mi habitación, saco el teléfono desechable del cajón y leo por quinta vez el mensaje que le mandé a Denis. Le dije que fuera puntual o no hay trato.
Memoricé la dirección desde que estuve en la fiesta del otro día, vuelvo a apagar el teléfono y lo dejo exactamente donde estaba.
No pienso llevarlo conmigo.
Si algo sale mal, prefiero que nadie pueda rastrear una llamada.
Salgo por la parte trasera del rancho aprovechando que Liam está entretenido intentando convencer a Graham de que una de las vacas le tiene manía.
Camino durante más de una hora hasta llegar a la carretera principal.
Después sigo otro buen trecho hasta encontrar la parada de un autobús local.
El resto del camino lo hago prácticamente a pie.
Nunca imaginé que Inglaterra pudiera ser tan condenadamente grande cuando no tienes un coche.
Esto es una mierda.
Las botas nuevas empiezan a pasarme factura mucho antes de llegar al pueblo y cuando por fin encuentro el letrero del bar, siento las piernas como si hubiera cruzado el país entero.
Empujo la puerta. El olor a cerveza, madera vieja y fritura me golpea de inmediato.
No es un lugar elegante. Precisamente por eso lo elegí. Aquí nadie mira demasiado al de la mesa de al lado.
Me siento en un rincón desde donde puedo ver tanto la puerta como la salida de emergencia. Viejas costumbres. Pido una cerveza únicamente porque necesito algo frío después de semejante caminata. El vaso apenas toca la mesa cuando una punzada recorre mi nuca.
Esa sensación.
La conozco demasiado bien.
La de estar siendo observada.
No alcanzo a girarme. Una mano firme se posa sobre mi nuca como única advertencia.
—Estás en problemas, salvaje.
Cierro los ojos un segundo.
Mierda.
—¿Escapándote de mí?
Reconozco esa voz incluso aunque me despertaran en mitad de la noche.
—Claus.
Levanto la cabeza despacio.
—¿Qué haces aquí?
Él no sonríe. Se limita a observarme con esa calma que siempre resulta excitante y peligrosa a la vez.
—Lo mismo iba a preguntarte, cariño. —Toma asiento frente a mí sin esperar invitación.—¿Qué haces aquí?
Cruzo los brazos como una malcriada y no respondo. Es como si pudiera leerlo en mi cara de todas formas.
—¿Reuniéndote con alguien?
Mi respiración se corta apenas un instante.
—¿Cómo lo sabes?
Niega lentamente con la cabeza.
—No eres muy lista cuando se trata de mentir. —Suspira.—Te lo he dicho unas cuantas veces ya.
Inclina apenas el cuerpo hacia delante.
—Ahora respóndeme. —parece que hubiera corrido una maratón. Sé que lo primero que hizo esta mañana fue notar que no estaba en su cama, siempre soy la primera en despertar y quedarme a mirarlo mientras duerme, es tan…jodidamente caliente cuando está quieto sin ese ceño fruncido.
Se acomoda los lentes y suspira, esperando una respuesta que todavía no puedo darle, pero viniendo de él, no me queda la menor duda de que, encontró mi teléfono escondido y encontró el mensaje.
Le diré la verdad o eso creo, porque cuando estoy a punto de hacerlo, ya es demasiado tarde. La puerta del bar vuelve a abrirse. Lo reconozco al instante.
Denis.
Ha cambiado completamente de aspecto. Si no supiera quién es, juraría que se trata de otro ganadero más de los que llenan el local.
Lleva unos vaqueros negros gastados, botas de cuero, una camisa negra remangada hasta los antebrazos y una barba de varios días que suaviza sus rasgos.
No lleva sombrero, pero tampoco lo necesita.
El problema nunca ha sido su ropa. Es esa manera de caminar. Como si todo el lugar le perteneciera. Es como Claus también se mueve por su rancho y todo este lugar. Como si el peligro hubiera decidido entrar por la puerta principal.
Sus ojos me encuentran enseguida. Después se desvían hacia Claus. Y sonríe por pura provocación.
Mala señal.
Se acerca sin ninguna prisa y cuando llega a nuestra mesa, me dedica una inclinación burlona de cabeza.
— Princesa.
Lo fulmino con la mirada.
—Deja de llamarme así.
—Sigues igual de encantadora.
Su atención cambia hacia Claus. Los dos hombres se estudian durante varios segundos sin decir una palabra. El ambiente del bar parece encogerse.
Denis rompe el silencio.
—Tu novio parece bastante celoso. —Extiende la mano.—Denis Rudenko.
Se pone de pie, y veo que Claus le lleva un par de centímetros más de altura y dureza y eso me gusta, aunque no debería, joder, no es el momento.
Claus acepta el saludo. Ninguno de los dos parece tener intención de soltar primero. Las venas del antebrazo de Claus empiezan a marcarse. Denis sonríe como si estuviera disfrutando del pulso.
—Claus Radkle. —Su voz es completamente tranquila.—El hombre que va a sacarte a patadas de este bar en cinco segundos si no empiezas a explicar qué coño haces aquí.
Denis no aparta la sonrisa.
—Vaya recibimiento.
Me pongo de pie antes de que alguno de los dos haga una estupidez.
—Los dos se sientan. —Ninguno se mueve. Suspiro.—Ahora.
Esta vez Claus es el primero en obedecer y suelta por fin su mano. Denis lo imita unos segundos después. Tomo asiento frente a Denis y Claus como era de esperarse coloca su silla muy cerca de mí y pone su antebrazo en mi espaldar.
—Claus, no eres mi novio.
Él resopla.
—Y Denis... —Lo señalo con un dedo.—No necesitamos averiguar cuál de los dos tiene la polla más grande.
Hago una pausa.
—Créeme. —Miro a Claus. —Vas a perder.
Desde que llegó, el ruso suelta una carcajada sincera.
Se gira hacia Claus.
—¿Oíste eso, vaquero? —Se acomoda mejor en la silla.—No eres el novio, pero tienes la polla más grande, lo dudo.
Claus sostiene su mirada.
—No tientes tu suerte, Rudenko.
El silencio dura apenas unos segundos. Después golpeo la mesa con los nudillos.
—¿Podemos comportarnos como adultos durante cinco minutos?
Denis levanta ambas manos.
—Empieza tú. ¿Confías en este hombre? —se refiere a Claus.
Asiento.
—Con mi vida, así que no omitas nada. Quiero saber qué pasó ese día. —La sonrisa desaparece de su rostro. Ahora sí parece el hombre peligroso que realmente es.
—No fui yo. —dice.
—Eso ya me lo dijiste.
—Y sigue siendo verdad. —Se inclina hacia delante. —Llevaba veinte hombres conmigo. Perdí ocho. Dos camiones. Un cargamento de armas. Y casi la cabeza cuando tuve que darle explicaciones a mi padre.
Permanezco en silencio.
Claus también.
—Entonces, ¿quién fue? ¿Sebastian?
Tener que llamarlo por su nombre ahora, ese nombre que tanto he odiado más que llamarle hermano me pone de mal humor.
Denis juega unos segundos con el vaso antes de responder.
—Te lo dije por teléfono, estoy seguro de que fue él y tú también, no sé por qué sigues teniendo dudas, no fui yo.
Mi estómago se contrae.
—¿Crees o lo sabes?
—Todavía no tengo pruebas suficientes. —Levanta la vista. —Por eso acepté reunirme contigo. Quiero conseguirlas.
Claus interviene por primera vez.
—¿Y cómo piensas hacerlo?
Denis gira lentamente la cabeza hacia él.
—Hablando con Sebastián.
Claus deja escapar una risa sin humor.
—¿Vas a pedirle una cita o entregarle la cabeza de su hermana?
—Voy a pedirle un negocio. —Sus ojos vuelven a fijarse en mí.—Tu hermano necesita aliados. Es muy estúpido, solo un estúpido mataría a su hermana y robaría mercancía a los rusos. Yo puedo ofrecerle las tres cosas. A ti, dinero y armas.
Siento a Claus tensarse a mi lado y coloco mi mano en su pierna, que no deja de moverse desde que se sentó a mi lado.
—¿Y esperarás a que se delate solo? —pregunto.
—La gente como Sebastián siempre termina hablando demasiado cuando cree que está ganando. Si le hago creer que, fuiste quien me robó y además huiste, caerá y querrá robarme de nuevo.
Claus no parece convencido.
—¿Y si sospecha?
—Entonces no habrá reunión. —Responde con absoluta tranquilidad. —No soy un suicida.
Cruzo los brazos.
—¿Qué necesitas de mí?
Los dos hombres me miran al mismo tiempo.
Es Denis quien responde.
—Nada.
Frunzo el ceño.
—¿Cómo que nada?
—Quiero que sigas exactamente donde estás, princesa .
—Eso no va a pasar. —protesto.
—Sí va a pasar. —Su tono se endurece. —Porque si Sebastián descubre que sigues viva antes de que yo consiga acercarme...Todo esto habrá sido una pérdida de tiempo.
Claus asiente por primera vez desde que empezó la conversación.
—En eso tiene razón.
Lo miro incrédula.
—¿Ahora están de acuerdo?
—No. —Responde sin apartar la vista de Denis.—Sigo sin confiar en él. Pero hay una cosa, no fuiste tú quien le robó, fue tu hermano. Y eso te hace inocente.
Denis sonríe.
—Ahí estás, me gustas, vaquero.
—Pero tampoco voy a permitir que seas tú quien se exponga. —dice Claus y vuelve a mirarme. —Si alguien va a acercarse a Sebastián...
Señala a Denis con un leve movimiento de cabeza.
—Que sea él. No tú.
Denis termina mi cerveza de un solo trago. Idiota.
—Entonces tenemos un trato. Mataremos a tu hermano y tu recuperas tu vida, volvemos a hacer negocios y todos seremos felices.
Nadie le roba a los Rudenko y se sale con la suya.
Tu padre nunca quiso hacer negocios con nosotros hasta que tú tomaste el control, eres inteligente y mi padre también lo cree.
Esa traición nos convierte en aliados, son las palabras de mi padre y mías, princesa.
Se pone de pie.
—Yo buscaré a tu hermano. Dame una lista de los lugares donde podría estar y hago el resto. —Mira primero a Claus y luego a mí. —Y ustedes... Intenten no matarse antes de que yo regrese con respuestas. Hay suficiente tensión entre ustedes como para volar este bar sin necesidad de explosivos.