Raven (Código Negro 3) Capítulo 37
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Capítulo 37

Eve

Espero hasta que el rancho queda completamente en silencio.

Desde mi habitación alcanzo a escuchar el viento golpeando los árboles y, de vez en cuando, algún caballo moviéndose en el establo.

Es tarde. Lo suficiente para que Arthur ya esté dormido, para que Hazel lleve horas soñando y para que Claus haya dejado de recorrer la propiedad haciendo una última ronda antes de ir a la ducha.

Permanezco varios minutos sentada sobre el borde de la cama, mirando el cajón de la mesita de noche como si dentro hubiera una bomba a punto de explotar.

Supongo que, en cierto modo, la hay. Porque ese teléfono desechable puede traer respuestas... o hacer que todo se venga abajo.

Abro el cajón lentamente y saco el pequeño móvil que compré días atrás en la ciudad.

Todavía parece nuevo. Apenas lo he encendido un par de veces para asegurarme de que funcionaba.

No le dije a Claus nada. Una parte de mí siente que le estoy mintiendo, pero otra sabe que hay batallas que todavía tengo que pelear sola.

Si realmente quiero descubrir quién intentó matarme aquella noche y quién esta de mi lado, no puedo seguir esperando a que las respuestas lleguen por sí solas.

Aunque sé que fue mi hermano, apostaría mi vida.

Marco un número que no esperé me sirviera de algo memorizar. La llamada apenas dura dos tonos.

—¿Quién es? —responde del otro lado.

—Maeve Kavanagh —digo a secas.

—Vaya, vaya... —Escucho con una risa cargada de ironía—. Pensé que estabas muerta.

Cierro los ojos un instante. Hay voces que uno reconoce aunque pasen días sin escucharlas. La de Denis Rudenko es una de ellas. Siempre habla como si estuviera divirtiéndose, incluso cuando amenaza a alguien.

—Fallaste. Pero si de algo te sirve, yo también pensaba que estabas muerto.

El silencio dura apenas un segundo porque después se ríe.

—Eso supone que fui yo quien intentó matarte.

—¿No lo hiciste?

—No.

La respuesta llega demasiado deprisa y sin vacilar. Si algo tienen los Rudenko es que no mienten, pero nunca se sabe.

—No tuve nada que ver, princesa.

Aprieto la mandíbula con fuerza.

—No me llames así.

—Sigues odiando ese apodo.

—Porque solo lo usan quienes creen que todavía pueden darme órdenes.

Él vuelve a reír, esta vez con menos ganas.

—Me alegra comprobar que sigues teniendo ese carácter de mierda.

Resoplo.

—No estoy llamando para recordar viejos tiempos. Estoy llamando porque necesito saber si debo poner una bala en la cabeza de mi hermano... o en la de alguien más.

Denis parece entenderlo porque su tono cambia cuando dice:

—Escúchame bien. Perdí hombres esa noche.

Buenos hombres. También perdí un cargamento que costó meses organizar y una cantidad de dinero que preferiría no recordar.

Mi padre está furioso y, por si todavía no lo entiendes, nosotros también queremos saber quién demonios decidió convertir ese trato en una emboscada.

Frunzo el ceño. No esperaba escuchar eso. Durante días me convencí de que él había sido el responsable junto con mi hermano. Era la explicación más lógica. Ahora ya no estoy tan segura.

—¿Por qué habría de creerte?

—Porque, si hubiera querido matarte, no estaría perdiendo el tiempo intentando convencerte de lo contrario.

Tiene razón. O al menos parte de ella. Denis nunca ha sido un hombre paciente.

—Queremos la cabeza de tu hermano tanto como tú.

Las palabras consiguen que me incorpore lentamente sobre la cama.

—¿Qué acabas de decir?

—Lo que escuchaste. Si él estuvo detrás de eso, rompió un acuerdo que llevaba años beneficiando a demasiada gente. Mi padre no piensa dejarlo pasar y no toleramos la puta traición.

Me quedo completamente inmóvil. La posibilidad de que mi hermano hubiera traicionado incluso a nuestros aliados siempre estuvo ahí, pero escucharla de boca de Denis hace que todo parezca mucho más real.

—Si él tuvo algo que ver... —continúa con una calma que resulta mucho más inquietante que cualquier grito—... va a pagar por ello.

Miro la puerta cerrada de la habitación. Pienso en Claus.

En Hazel.

En todos. En la falsa paz que he encontrado aquí. Todo eso puede desaparecer si doy un paso en falso.

—Tenemos que reunirnos. —Las palabras salen antes de que pueda arrepentirme.

Al otro lado de la línea se hace un silencio largo.

—No confío tan fácilmente. —dice. —¿Acaso no fue una trampa que tramaste con tu hermano?

—Vete a la mierda, Rudenko, yo no juego sucio. Te recuerdo que quien terminó corriendo cuando todo se fue a la mierda, fui yo. Y no vi que alguna bala te diera como a mí. —No puedo evitar sonreír con amargura.—Pero, yo tampoco confiaría tan fácil.

Otra pausa.

Los dos sabemos exactamente lo que significa esa conversación. Ninguno va a presentarse solo. Ninguno va a bajar la guardia. Los dos iremos preparados para una posible traición porque así es como hemos sobrevivido toda la vida.

—Elige un lugar. —dice al fin.

—Primero necesito comprobar que no te siguen. —le digo.

—Yo haré lo mismo. —Asiento, aunque él no pueda verme.—Te enviaré un mensaje con los datos.

—Estaré esperando.

La llamada termina.

Permanezco varios segundos con el teléfono todavía pegado al oído, escuchando únicamente el tono que anuncia que la comunicación ha finalizado. Después apago el móvil, vuelvo a guardarlo en el cajón y cierro despacio, como si así pudiera encerrar también todas las dudas que acaban de nacer.

Porque si Denis está diciendo la verdad... Entonces llevo días mirando en la dirección equivocada. Y eso significa que el enemigo podría estar mucho más cerca de lo que imaginaba.