Raven (Código Negro 3) Capítulo 36
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Capítulo 36

Eve

Emma y yo terminamos sentadas sobre una cerca de madera mientras observamos a varios trabajadores mover unas pacas de heno hasta el granero.

El aire huele a tierra mojada porque ha llovido durante la madrugada y el rancho parece más tranquilo que de costumbre.

Hazel corre detrás de unos pollitos con una energía que ya quisiera tener yo, Arthur finge leer el periódico mientras en realidad la vigila de reojo, y Liam intenta convencer a Graham de que una cabra lo odia personalmente.

Y ahora, el mundo no parece que vaya a caerse a pedazos. Y el vaquero y yo estamos en un mejor momento ahora mismo, claro, si sumas los múltiples orgasmos que me ha dado en las últimas veinticuatro horas. El coño me duele en cada paso que doy.

—¿Sabes qué es lo mejor de vivir aquí? —dice Emma, dando un sorbo a su café.

La miro.

—¿Qué?

—Que todos creemos ser muy discretos... y no lo somos en absoluto.

Frunzo el ceño.

—No sé de qué hablas.

Ella se ríe.

—Claro que lo sabes.

Le doy un pequeño golpe con el hombro.

—Emma.

—Eve.

Nos quedamos unos segundos mirándonos hasta que termina soltando una carcajada.

—El jefe está completamente loco por ti.

Casi me atraganto con el café.

—¿Qué?

—Lo que oyes.

Niego con la cabeza.

—Estás exagerando.

—No, cariño. Llevo demasiados años viviendo en este rancho como para no darme cuenta de ciertas cosas.

Deja la taza sobre la cerca y cruza una pierna sobre la otra.

—Nunca hemos visto a una mujer por aquí y vives en su casa. Todos hemos deducido que eres la novia secreta del jefe y que te arrastró de la ciudad directamente aquí.

La frase me hace guardar silencio.

—Desde que quedó viudo, Claus se convirtió en un hombre completamente solitario.

Venía, trabajaba, cuidaba de Hazel y volvía a encerrarse en su mundo.

Si alguna mujer intentaba acercarse, él encontraba la forma de desaparecer antes de que terminara la conversación.

Ni cenas, ni citas, ni coqueteos. Nada. Pero tú, pareces tenerlo embrujado.

Miro hacia el establo. Claus está hablando con uno de los trabajadores mientras revisa unas facturas. Incluso desde aquí parece serio y concentrado. Como si el resto del mundo no existiera.

Emma sigue hablando.

—Hubo mujeres que lo intentaron. Créeme. Algunas bastante insistentes.

No puedo evitar levantar una ceja.

—¿En serio?

—Una vez una veterinaria vino tres veces en una semana solo porque, según ella, una de las vacas necesitaba revisión constante.

No puedo evitar reír.

—¿Y?

—La vaca estaba perfectamente.

Suelto otra carcajada.

—¿Y Claus?

Emma pone los ojos en blanco.

—Le dio las gracias, le pagó y volvió a hablar de cercas y ganado.

—Pobre mujer.

—Pobre de todas. —Vuelve a mirarme con una sonrisa divertida.—Hasta que apareciste tú. Y además Hazel te ama. Aunque no entiendo por qué trabajas tan duro. ¿Acaso es un fetiche tuyo?

Bajo la vista al café.

—No ha sucedido nada.

Emma resopla.

—¿Todavía sigues con eso?

—Es la verdad.

—Eve, por favor.

Se inclina un poco hacia mí.

—Ese hombre te busca con la mirada cada vez que entras en una habitación. Si desapareces diez minutos, sale a buscarte con cualquier excusa. Hace una semana no soportaba que tocaras sus herramientas y ahora deja que duermas seguramente en su cama.

Siento que el calor empieza a subir hasta mis mejillas.

—No sabes de lo que hablas.

—Claro que sí.

Me señala con un dedo.

—Y tú tampoco engañas a nadie.

—¿Yo?

—Sí, tú.

Sonríe con esa expresión de quien acaba de descubrir un secreto.

—Cuando él pasa cerca de ti, dejas de escuchar lo que sea que estés haciendo. El otro día Liam te hizo la misma pregunta tres veces porque estabas demasiado ocupada mirando a Claus.

Abro la boca.

La cierro.

Maldita sea.

No recuerdo ese momento.

Ella interpreta perfectamente mi silencio.

—¿Ves?

Me apoyo en la cerca intentando parecer indiferente.

—No significa nada.

Emma deja escapar una risa.

—Claro.

—Lo digo en serio.

—Y yo también.

Se queda unos segundos observando cómo Claus ayuda a Hazel a subir a un caballo pequeño. Hay una ternura en su mirada que no había visto antes.

—Lo que sea que estés haciendo con él... —Vuelve a mirarme. —Estoy muy feliz por ustedes.

Algo dentro de mí se encoge. Porque una parte de mí quiere creer que tiene razón. La otra sabe que mi vida nunca ha sido tan sencilla.

—No ha sucedido nada. —Lo repito más para convencerme a mí misma que a ella.

Emma sonríe con una paciencia infinita.

—Todavía no—Levanta la taza de café como si estuviera brindando.—Pero sucederá.

Le doy un codazo suave.

—Eres imposible.

—Créeme. —Bebe otro sorbo sin dejar de sonreír.—Y cuando suceda...quiero ser tu dama de honor.

La miro como si acabara de perder completamente la cabeza.

—Emma...

—¿Qué?

—Ni siquiera somos novios.

—Como diría el jefe, detalles. Puros detalles.

—No hay ninguna boda.

—Todavía.

—¡Emma!

Ella empieza a reírse tan fuerte que varias gallinas salen corriendo del corral. Yo termino riéndome también, aunque intento disimularlo. Porque, por ridícula que parezca la idea... Hay una parte muy pequeña de mí que, durante un segundo... Se preguntó cómo sería vestir de blanco.

—¿Eres feliz, Emma?

—Claro que sí, quisiera mi propio rancho, aquí mismo, comprar una parcela de los Radkle, es un sueño que Graham y yo tenemos, llevamos ahorrando muchos años, espero que algún día lo podramos hacer.

—¿Y ser madre?

Emma baja la mirada hacia su café, noto que he tocado un tema sensible.

—Lo dejamos de intentar hace mucho—sonríe y sacude la cabeza—pero tenemos todos estos animales, son como nuestros hijos.

La risa de Emma todavía sigue en el aire cuando escuchamos el galope de un caballo acercándose a toda velocidad. Levanto la vista y Claus aparece primero, seguido de Arthur, Graham y Liam. Los cuatro tienen el rostro completamente serio. Ninguno reduce la velocidad hasta llegar frente a la casa.

Algo pasó.

Lo sé antes incluso de que alguno abra la boca.

Claus apenas detiene el caballo.

—¡El ganado se ha escapado! —grita uno de ellos.

Emma se pone en guardia.

—¿Qué?

—¡Las cercas del norte!

—Mierda... —murmura ella.

Todos empiezan a moverse al mismo tiempo. Liam corre hacia el establo. Graham desaparece en dirección a los vehículos. Arthur ya está dando órdenes a varios trabajadores que salen de todas partes.

No hay pánico, es como si todos supieran exactamente qué hacer. Miro a Hazel, completamente ajena al caos, abrazando una muñeca de trapo.

—Quédate con ella —le digo a Emma mientras ya camino hacia el establo.

Ella asiente enseguida.

—Ten cuidado.

—Volveré pronto. —le digo, marchándome.

Entro al establo buscando un caballo cualquiera, pero mi mirada se detiene sobre el único que jamás pensé que me dejaría acercarme.

Francis.

El enorme semental negro levanta la cabeza al verme entrar. Hace apenas unas semanas no permitía que nadie se aproximara demasiado.

Me acerco despacio.

—Sé bueno, grandullón.

Extiendo la mano. Él resopla sobre mis dedos.

—Vamos... tenemos trabajo.

Durante un segundo creo que va a apartarse. En cambio, baja lentamente la cabeza. Después flexiona las patas delanteras hasta quedar casi de rodillas frente a mí. No puedo evitar sonreír.

—Gracias, cariño.

Me apresuro a colocarle la silla y el resto del equipo de montar.

Hace unas semanas habría tardado una eternidad, pero después de ver a Claus en varias ocasiones, los movimientos empiezan a salirme casi por instinto.

Nunca me gustaron los caballos; de hecho, siempre les tuve demasiado respeto.

Sin embargo, desde que llegué al rancho algo cambió.

Descubrí que, una vez consigues ganarte su confianza, son mucho más honestos que la mayoría de las personas.

Ajusto la cincha, acaricio el cuello de Francis y tomo aire antes de impulsarme hacia la silla.

En cuanto me siento firme y sujeto bien las riendas, él sale disparado como si hubiera entendido la urgencia mucho antes que yo.

El viento golpea mi rostro mientras atravesamos el rancho.

A lo lejos distingo varias camionetas recorriendo los caminos de tierra y algunos trabajadores intentando localizar a las ovejas.

Cuando llego al límite norte de la propiedad, encuentro a Claus desmontando de un salto.

La escena hace que el estómago se me cierre. La cerca está completamente destruida. No doblada ni vencida por el peso del ganado.

Destrozada.

Hay postes arrancados de raíz, alambres cortados y huellas marcadas sobre la tierra húmeda. Pero no hay una sola vaca.

Ni una oveja.

Nada.

El silencio resulta incluso más inquietante. Me acerco despacio. Me agacho junto a uno de los postes rotos. Paso los dedos a pocos centímetros de la madera sin llegar a tocarla. Si algo aprendí creciendo rodeada de hombres que resolvían los problemas con violencia...

Es a distinguir un accidente de un mensaje.

Y esto...

Tiene la cara del segundo.

—Eve. —La voz de Claus me obliga a levantar la cabeza.—Ten cuidado.

Se acerca hasta quedar a mi lado.

—No pises nada.

Obedezco y retrocedo un paso.

—¿Quién hizo esto?

Él observa el terreno unos segundos.

—Todavía no lo sabemos.

Un ruido rompe el silencio, y siento que algo no anda bien. Los dos lo escuchamos. Viene del sendero que atraviesa el bosque. El sonido de unas llantas y un auto a toda velocidad.

Claus reacciona antes que cualquiera. Su mano encuentra la mía y tira suavemente de mí hasta colocarme detrás de su espalda. Su cuerpo queda completamente entre lo que se avecina y yo.

No dice una palabra. Solo empieza a caminar hacia el origen del ruido. Los demás hacen lo mismo.

Entonces los vemos.

Cinco hombres con trajes oscuros y botas demasiado limpias se bajan de la camioneta todoterreno.

Pero lo que llama la atención son las armas visibles bajo las chaquetas.

No parecen granjeros ni cazadores. Eso tiene cara de lo que es mi vida.

Mi respiración se corta de inmediato y me pongo en guardia.

Los reconozco antes incluso de distinguirles el rostro. Mi mano empieza a temblar dentro de la de Claus a pesar de que lo único que quiero es mi puta arma.

Él lo nota enseguida.

Inclina apenas la cabeza.

—¿Los conoces?

No puedo apartar la vista de ellos.

—Son los hombres de mi hermano. —Siento cómo el aire desaparece de mis pulmones.—No pueden verme. Ellos hicieron esto.

Claus gira apenas el rostro.

—Escóndete. —me ordena.

—Voy a matarlos—gruño, cuando intento dar un paso, Claus me detiene.

—No, no vamos a hacer ahora. Contrólate. Piensa, no estamos preparados, nos ganan en número.

No discuto. Mierda, tiene razón. Corro hasta un grupo de arbustos junto a varios robles y me agacho entre las ramas.

Desde allí puedo verlo todo sin que ellos me distingan.

Veo a Claus acomodar discretamente el arma que lleva en la cintura.

Comprueba que sigue donde debe estar y vuelve a cubrirla con la chaqueta antes de esperar a los desconocidos.

Su expresión cambia por completo. Vuelve a ser el vaquero tranquilo, como si no acabara de prepararse para una pelea. Tiene razón, si hago una estupidez, esto puede salir mal. Y él puede salir herido junto con los demás.

Los cinco hombres se detienen frente a él.

—Buenas tardes. —Claus sonríe con absoluta naturalidad. —¿Se perdieron?

El que parece liderarlos responde.

—Estamos buscando a alguien. —Su mirada recorre el terreno.—¿Vive aquí?

—Es mi propiedad. —Claus mantiene el mismo tono relajado.—¿A quién buscan?

El hombre saca una fotografía del bolsillo interior de la chaqueta. Incluso desde donde estoy escondida reconozco la imagen.

Soy yo.

Las manos empiezan a sudarme. Claus toma la fotografía apenas unos segundos. La observa y niega con la cabeza con naturalidad.

—No, lo siento. —Le devuelve el papel.—No tiene pinta de que una chica como ella venga por estos lados.

Hace un pequeño gesto hacia el bosque.

—¿Están seguros de que buscan en el sitio correcto?

Los hombres intercambian una mirada.

—Nuestro jefe insiste en que sí.

Claus se encoge ligeramente de hombros.

—Pues lamento no poder ayudarlos. No la he visto.

El silencio dura demasiado. Uno de los hombres no deja de observar a Claus. Mi corazón golpea con tanta fuerza que temo que puedan escucharlo. Por un instante estoy convencida de que descubrieron la mentira.

Finalmente, el líder saca una tarjeta.

—Si la ve... —Se la entrega. Y hace una pausa—Llame a este número. Es la hermana de nuestro jefe. Está muy preocupado por ella.

La mandíbula se me tensa.

Mentiroso.

Claus guarda la tarjeta en el bolsillo.

—Lo haré.

Los hombres asienten. Suben nuevamente al todoterreno y desaparecen por el camino por el que llegaron.

No soy capaz de moverme. Sigo escondida entre los arbustos mientras todo mi cuerpo tiembla sin control. No me doy cuenta de que Claus se acerca hasta que siento su mano sobre mi hombro.

—Cariño, Eve.

Levanto la vista. Las lágrimas empiezan a caer antes de que consiga detenerlas.

—Me encontró. —Mi voz apenas sale.—Sabe que estoy aquí.

Niego con la cabeza una y otra vez.

—Tengo que irme... no puedo...

—Shhh. —Él acorta la distancia y sostiene mi rostro entre sus manos. —Basta.

Intento apartarme.

—No entiendes...

—No. —Su voz es firme.—Tú escúchame a mí.

Con el pulgar limpia una lágrima que acaba de escapar.

—No vas a ningún lado. Estás a salvo conmigo.

—¿Cómo puedes decir eso? Ya sabes de lo que son capaces.

—Lo sé. —Asiente, sin miedo.

—Vendrán otra vez. —le digo.

—Que vengan. Mientras respires bajo mi techo, nadie va a tocarte.

Lo miro como si estuviera loco. Él mantiene la calma. Una calma que resulta casi imposible de creer.

—Necesito mi arma. —Las palabras salen entre dientes.—Voy a matarlo.

Durante un segundo pienso que va a negarse. En cambio, desabrocha lentamente la funda que lleva en la cintura. Extrae la pistola y la coloca en mi mano.

Cierro los dedos alrededor del metal sin entender.

—Si algún día tienes que disparar... —Su mirada permanece fija en la mía. —Hazlo con mi arma.

Parpadeo.

—¿Estás seguro?

Una media sonrisa aparece en su rostro.

—¿Vas a dispararme?

Siento un nudo en la garganta.

—Dios... no.

Él asiente despacio.

—Entonces escóndela bien. —Hace una pausa y vuelve a tomar mi mano, esta vez cerrando mis dedos alrededor de la empuñadura. —Y quiero que escuches muy bien lo que voy a decirte. Nadie va a acercarse a ti ni hacerte daño.

Aprieta mi mano una última vez.

—Tendrán que pasar sobre mi cadáver primero.

—No puedo esconderme para siempre, Claus.

Toma mi rostro con ambas manos y me besa, es un beso casto, pero lo suficientemente claro sin necesidad de decir una palabra más, lo he entendido.

— No voy a esconderte. Voy a hacer que ellos tengan miedo de buscarte.