Capítulo 35
Eve
Cuando abro los ojos, lo primero que veo no es el techo de madera de la habitación de Claus ni el espacio vacío a mi lado.
Es un par de ojos enormes observándome con demasiada atención. Pego un pequeño respingo contra el colchón.
Hazel está de rodillas sobre la cama, con el cabello completamente despeinado, el pijama arrugado y una sonrisa tan grande que parece imposible que haya esperado en silencio todo este tiempo.
Tiene las manos apoyadas sobre el colchón y me estudia como si fuera un acertijo que está a punto de resolver.
¿Cuánto tiempo lleva ahí?
Dios... Espero que no mucho.
—Buenos días... —murmuro todavía medio dormida.
Ella no responde. Sigue mirándome. Luego ladea un poco la cabeza.
—¿Por qué estás en la cama de mi papi?
Mi cerebro deja de funcionar.
Abro la boca.
La vuelvo a cerrar.
Busco una respuesta que pueda entender una niña de cinco años sin que resulte incómoda para ninguno de los dos.
No existe.
—Eh... yo...
Qué respuesta tan brillante, Eve.
Hazel espera unos segundos más, completamente paciente. No parece incómoda. Solo tiene curiosidad. Esa curiosidad infinita que tienen los niños cuando creen que los adultos saben absolutamente todo.
Entonces dispara la siguiente pregunta.
—¿Eres mi nueva mami?
Siento que algo se rompe dentro de mí.
No esperaba eso.
No estaba preparada para eso.
Las palabras se quedan suspendidas entre nosotras mientras la habitación parece volverse demasiado pequeña de repente. Mi garganta se cierra y el pecho me duele de una forma completamente distinta a cualquier golpe que haya recibido.
La miro. Ella sigue sonriendo. No entiende el peso de lo que acaba de decir. Solo espera una respuesta.
—Cariño...
Es lo único que consigo pronunciar. No puedo mentirle.
Pero tampoco puedo decirle que sí. Porque no depende solo de mí, porque ni siquiera sé qué soy para Claus y además porque mi vida sigue siendo un desastre y no tengo idea de si mañana seguiré durmiendo en esta cama o tendré que escapar otra vez.
Hazel baja la vista unos segundos antes de volver a levantarla.
—Quiero que lo seas. Quiero que seas mi mami.
Mi corazón termina de romperse. No hay manipulación. Solo un deseo tan inocente que duele.
Me pregunto cuántas veces habrá imaginado tener una madre. Cuántas veces habrá visto a otras niñas llegar al colegio de la mano de la suya. Cuántas veces se habrá preguntado por qué ella no.
Trago saliva para intentar deshacer el nudo que tengo en la garganta.
—Ven aquí.
Abro los brazos y ella se acerca enseguida. Se acomoda contra mí como si llevara toda la vida haciéndolo y rodea mi cintura con sus pequeños brazos. La abrazo fuerte, cerrando los ojos un instante mientras apoyo la barbilla sobre su cabeza.
No quiero que note que estoy al borde de las lágrimas.
No por ella. Ella no tiene la culpa de nada. Le acaricio el cabello despacio.
—¿Qué te parece si desayunamos?
Hazel levanta la cabeza inmediatamente. Toda la conversación parece desaparecer de su mente con una facilidad que solo tienen los niños.
—¡Ok!
Sonríe otra vez.
—¿Podemos hacer panqueques?
No puedo evitar reír.
—Podemos intentarlo.
Ella asiente con entusiasmo y salta de la cama.
—¡Voy a decirle a papi!
Sale corriendo de la habitación sin esperar mi respuesta. La puerta se cierra detrás de ella. Y el silencio vuelve a instalarse. Me quedo sentada sobre el colchón sin moverme durante un largo rato. Las sábanas todavía conservan el aroma de Claus.
Su camisa sigue tirada en el suelo. Mi sombrero descansa sobre una silla. Todo me recuerda la noche anterior. Pero ninguna de esas cosas pesa tanto como cuatro palabras.
"Quiero que seas mi mami"
Me cubro el rostro con las manos y dejo escapar el aire lentamente. Esta niña es demasiado lista. Hace las preguntas más difíciles con la misma naturalidad con la que pide panqueques para desayunar.
Y lo peor... Es que una parte de mí quiso responderle que sí. No porque creyera que fuera posible. Sino porque, nadie en mucho tiempo, me hizo imaginar un futuro que nunca me había permitido soñar.
Un hogar.
Una familia.
Algo que siempre pensé que estaba destinado a pertenecerle a otras personas... Nunca a mí.