Capítulo 34
Claus
Me meto a la cama en la oscuridad. El tráfico estuvo de mi parte y regresé a tiempo. En cualquier momento despertará, pero quiero que sea por mí. Mi polla ya está dura cuando siento su piel rozar mi cuerpo. Ella está completamente dormida, vulnerable. Vulnerable para mí.
Dejo que mis labios encuentren su cuello, besos lentos, deliberados. Sus músculos se tensan ligeramente el cuerpo siempre sabe antes que la mente.
—Despierta— susurro contra su piel, mis manos recorriendo sus costillas. —Quiero que veas lo que te estoy haciendo.
Ella gime, aún en ese espacio entre el sueño y la realidad. Murmura algo apenas mi nombre, quizá. O una súplica.
—¿Quieres esto? —pregunto, aunque no es realmente una pregunta. Mis dedos descienden, rozando sus pliegues. —Dime que lo quieres.
Sus ojos se abren en la penumbra, y por un momento hay confusión. Luego reconocimiento. Deseo.
—Sí— jadea, su cuerpo ya abriéndose para mí. —Sí, quiero, vaquero.
—Eso es lo que pensé— gruño, posicionándome. Mi polla roza su entrada, y ella se retuerce, anticipando. Llevo saliva a la punta y me entierro lentamente en ella, sintiendo cada centímetro mientras gime mi nombre.
Su espalda se pega a mi pecho, y comienzo con movimientos lentos, deliberados. Círculos. Embestidas profundas que la hacen arquearse.
—Mírame mientras lo hago— exijo, mi mano en su barbilla, obligándola a girar su cabeza para verme en la oscuridad.
Luego acelero. Sus uñas se clavan en mi pierna, en mi cadera, dejando marcas que prueben que esto fue real. Que ella fue mía.
—Dime a quién le perteneces— gruño contra su oído.
—A ti—solloza. —Solo a ti.
Me corro profundo dentro de ella, pero no es suficiente. Nunca es suficiente y estoy duro de nuevo.
—Quiero tu boca— ordeno, saliendo de su cuerpo con lentitud torturante.
Ella se gira sin dudar, sus ojos oscuros encontrando los míos en la penumbra. No hay timidez aquí. Solo hambre.
Se posiciona entre mis piernas, su lengua recorriendo la punta de mi polla todavía húmeda de ella. Un gemido escapa de mi garganta.
—Así, cariño— susurro, hundiendo mis dedos en su cabello. —Toma cada centímetro.
Ella abre la boca y me envuelve, lentamente al principio, sintiendo cada vena, cada textura. Luego más profundo. Sus mejillas se cavan mientras succiona, y juro que veo estrellas en la oscuridad.
—Mierda— gruño, su cabeza moviéndose arriba y abajo con ritmo. Es arte la forma en que me devora, como si fuera lo único que la mantuviera viva.
Aumento el ritmo, usando su boca como quiero, como necesito. Ella gime alrededor de mí, ese sonido que me vuelve loco, ese sonido que prueba que ella disfruta esto tanto como yo.
—Eres tan buena en esto— gruño, mis caderas empujando más profundo. —Tan perfectamente mía.
Sus manos se aferran a mis muslos mientras me sigue el ritmo, sin quejarse, solo tomándome. Su entrega total, su posesión de mí mientras soy poseedor de ella.
—Voy a correrme en tu boca— advierto. —¿Lo quieres?
Ella asiente, aún con mi polla en su boca, y eso es suficiente. Es todo lo que necesito.
Me corro en su boca, profundo, sin piedad. Ella lo toma todo cada gota, cada temblor de mi cuerpo mientras libero toda la tensión en ella.
—Trágalo— ordeno, mi mano en su barbilla. —Quiero que sientas cada parte de mí dentro de ti.
Pero antes de que termine, siento sus manos moviéndose frenéticamente entre sus propias piernas, masturbándose mientras me toma.
—¿Te estás corriendo en mi polla? —gruño, y ella asiente, incapaz de hablar con mi grosor llenando su boca.
Sus gemidos vibran alrededor de mí, y veo cómo su cuerpo se convulsiona. Sus dedos aceleran, desesperados, buscando ese borde. Y entonces sus ojos se cierran, su cuerpo se tensa.
Los sonidos que emite son casi inhumanos, ahogados alrededor de mi polla, mientras su otra mano se clava en mi muslo, marcándome.
—Así— gruño, viéndola desmoronarse. —Eso es. Córrete para mí.
Ella se corre completamente, su cuerpo temblando, su boca aún trabajando en mí. Y eso me lleva al borde.
Cuando termina, la jalo hacia arriba, hacia mí. La beso con ferocidad, saboreando su propio orgasmo en sus labios. Ella se ríe contra mi boca ese sonido oscuro y quebrado que solo existe para mí.
…
—¿Quién eres, Claus?
La pregunta rompe algo dentro de mí.
No levanto la vista enseguida. Sigo jugando con su cabello mientras ella sigue abrazada a mí. Y esa simple pregunta pesa más que cualquier amenaza que haya recibido en los últimos diez años. Porque no tengo una respuesta que pueda darle sin destruir todo lo que hemos construido.
Había pensado decírselo.
Lo tenía decidido.
Aquella noche, después de que nuestras barreras terminaran por caer, cuando la tuve entre mis brazos y dejó de esconderse y tomé su primera vez, pensé que ya no podía seguir mintiéndole.
Quería contarle quién era realmente. Quería decirle que el vaquero que conocía era solo una parte de mí.
Que existía otra vida de la que nunca hablaba.
Otra en la que las reuniones no eran con ganaderos, sino con hombres capaces de decidir quién vivía y quién moría con una simple llamada.
Entonces sonó el teléfono.
Mi padre preguntando sobre el paradero de mi hija. Todo cambió. Y desde ese momento no he encontrado el valor para volver a intentarlo.
Porque ahora la mentira pesa mucho más. Ahora no solo tendría que confesar quién soy. También tendría que aceptar que la dejé enamorarse de una versión incompleta de mí. Sé que lo está, porque yo también lo estoy de ella.
Me gusta cómo me mira cuando cree que solo soy un vaquero. Un hombre que trabaja la tierra. Un padre que vive para su hija. Un tipo con demasiado dinero para ser únicamente ganadero, sí... pero nada más.
Me gusta que todavía pueda verme de esa manera. Porque sé exactamente qué ocurrirá cuando descubra el resto. Volverá a mirarme igual que miró a su padre. Y esa idea me revuelve el estómago.
—¿A qué fuiste a la ciudad? —insiste.
Dejo de acariciarla y bajo la vista para verla. Sus ojos no se apartan de los míos. Está empezando a unir demasiadas piezas.
—Trabajo. —Respondo lo justo.
Ella cruza los brazos.
—¿Qué clase de trabajo?
Podría mentirle. Inventarme una reunión con abogados. Con proveedores. Con compradores de ganado. Sería sencillo. Pero ya estoy cansado de añadir mentiras sobre otras mentiras.
—Nada importante.
Veo la decepción cruzar por su rostro.
—Siempre haces eso.
Frunzo el ceño.
—¿Hacer qué?
—Cerrar la conversación justo cuando llegamos a algo importante.
No respondo. Porque tiene razón. Ella deja escapar el aire con frustración.
—Cada vez que intento conocerte un poco más... levantas un muro.
Sus palabras me golpean donde más duele. Porque llevo toda la vida construyendo muros. Y ahora no sé cómo derribarlos.
Me giro y la coloco debajo de mi cuerpo para besarla, ella se deja por completo. Ella no retrocede y lo toma todo.
—No es porque no confíe en ti.
—Entonces, ¿por qué?
Llevo sus manos por arriba de su cabeza y veo sus perfectos pechos. Sus pezones están duros ya, así que paso la lengua sobre ellos solo para aliviar un poco de dolor.
—Porque hay cosas que, una vez las conoces... ya no puedes olvidarlas.
Su expresión se suaviza apenas.
—Déjame decidir eso a mí.
Maldita sea. Si supiera...
—¿Sabes qué es lo peor? —dice en voz baja.
Niego.
—Que cuando te miro... quiero creerte.
Mi pecho se comprime. No debería besarla. No después de esconderle una verdad tan grande. Ni de verla pedir respuestas. Sin embargo, cuando nuestras miradas vuelven a encontrarse, toda la determinación que llevaba repitiéndome durante el camino de regreso desaparece.
Inclino la cabeza y rozo sus labios apenas un instante. Un beso breve. Casi una disculpa. Ella responde antes de que pueda apartarme.
Cuando nos separamos unos centímetros, apoya la frente contra la mía.
—Sigues sin responderme.
Una sonrisa cansada se escapa de mis labios.
—Lo sé.
—Estúpido.
Tiene razón.
Nunca me habían llamado así. Y nunca una sola palabra había descrito tan bien lo que soy cuando se trata de Eve. Porque puedo enfrentarme a cualquier enemigo. Menos al momento en que tenga que decirle quién soy realmente.
—Este estúpido , va a follarte de nuevo.