Capítulo 33
Claus
Londres nunca descansa.
Da igual si son las ocho de la mañana o las dos de la madrugada. Siempre hay alguien caminando deprisa, alguien cerrando un trato o alguien dispuesto a traicionar a otro por dinero. Hace años me acostumbré a este ritmo. Hoy solo quiero terminar la reunión y volver al rancho.
Volver con Eve.
La imagen de ella dormida aparece en mi cabeza mientras atravieso la ciudad.
Cuando salí del rancho todavía era de noche.
Permanecía profundamente dormida en mi cama, con parte del cabello cubriéndole el rostro y una de mis camisetas demasiado grande deslizándose por uno de sus hombros.
Ni siquiera abrió los ojos cuando me levanté.
Solo murmuró algo ininteligible y se giró buscando el calor que acababa de dejar en las sábanas.
Estuve varios minutos observándola antes de marcharme.
No quería despertarla. Después de todo lo que habíamos vivido durante los últimos días, verla dormir tranquila era un lujo que ninguno de los dos había tenido desde que llegó al rancho.
Sí, la dejé en mi cama, donde pertenece; porque la follé dos veces más antes de que cayera desmayada, no tengo suficiente de ella y esta noche no quise dejarla.
Subo hasta la última planta del edificio sin detenerme a saludar a nadie.
La sala de reuniones ya está ocupada cuando entro.
Max levanta la vista del portátil. Azrael permanece de pie cerca de su hermano, como si las sillas fueran un invento que jamás terminó de convencerlo, y Noel revisa varios documentos con una taza de café entre las manos.
—Mírenlo —dice Azrael apenas cruzo la puerta—. El vaquero decidió aparecer.
—Buenos días para ti también.
Max deja el ordenador a un lado.
—Tenemos un problema.
No hace falta que añada nada más. Si me hicieron conducir hasta Londres no es por una tontería. Tomo asiento mientras Noel desliza un mapa sobre la mesa. Hay varias zonas marcadas con círculos rojos.
—Llevamos semanas siguiendo movimientos extraños —explica—. Al principio pensamos que era una banda local intentando hacerse un nombre, pero ya descartamos esa posibilidad.
—¿Qué están haciendo?
Max apoya los antebrazos sobre la mesa.
—Cobran impuestos de guerra.
Frunzo el ceño.
—¿Impuestos?
—A empresarios, transportistas, clubes, talleres... cualquiera que genere dinero en determinadas zonas. Pagan o tienen problemas.
No digo nada durante unos segundos. Eso no tiene sentido.
—Ese territorio le corresponde a Theron. —determino.
—Exactamente.
Azrael deja escapar un resoplido.
—Y todos sabemos que ni siquiera Theron hace esa mierda. Puede controlar media ciudad, pero jamás ha necesitado andar cobrando monedas puerta por puerta.
Max asiente.
—Por eso creemos que hay algo más detrás. Nadie monta una estructura tan grande solo para recaudar dinero. Esa es la fachada. Nos preocupa que también estén moviendo otro tipo de negocios.
La frase queda flotando en la sala.
Personas.
Las posibilidades son demasiadas.
—¿Qué necesitan de mí? —Hago el mapa a un lado, ya lo memoricé.
—Que hables con Theron.
Levanto una ceja.
—¿Por qué yo?
Azrael sonríe.
—Porque eres el único al que todavía le contesta el teléfono sin colgarle antes de los diez segundos y no tengo tiempo para soportar a mi cuñado en estos momentos.
Noel deja escapar una risa.
—Además, sabemos que estás de vacaciones.
—¿Lo estoy?
—Precisamente por eso. Si aparecemos nosotros pensará que es una reunión oficial. Si vas tú... parecerá una visita entre amigos.
Max vuelve a intervenir.
—Ya sabes que mi cuñado y yo no somos precisamente de tomar el té juntos.
Resoplo.
—Hablaré con él.
El ambiente se relaja apenas. Noel me observa unos segundos antes de inclinar la cabeza.
—¿Estás bien?
—¿Por qué no iba a estarlo?
Los tres intercambian una mirada.
Mala señal. Azrael termina sonriendo.
—Porque tienes una cara... —Hace una pausa deliberadamente larga.—...como la de un hombre que lleva días sin dormir o acaba de pasarse horas follando.
Max suelta una carcajada.
—Yo iba a decir que parecía de buen humor, pero Azrael siempre encuentra una forma más elegante de decir las cosas.
—Váyanse a la mierda.
Me levanto de la silla. No pienso darles el gusto de confirmarles absolutamente nada.
—¿Eso es un sí? —grita Azrael a mi espalda.
Levanto la mano sin girarme y les dedico un gesto que provoca otra ronda de risas.
Cabrones.
El ascensor tarda una eternidad en llegar a la planta baja. En cuanto salgo del edificio saco el teléfono del bolsillo y marco un número que conozco de memoria.
No tengo que esperar demasiado.
—Pensé que nunca llamarías.
La voz de Theron suena tan tranquila como siempre.
—¿Ya te aburriste de jugar a la casita?
Aprieto la mandíbula.
Mierda.
A veces olvido que mi mejor amigo parece tener ojos repartidos por toda Inglaterra.
—No sé de qué hablas.
Escucho una risa al otro lado.
—Claro que sí. —Hace una pausa.—En tu beneficencia anual había una chica muy guapa pegada a ti toda la tarde.
Una voz femenina protesta de fondo.
—¡Theron! —escucho la voz de Josephine, su esposa y también algo siendo arrojado.
Él resopla.
—Lo siento, pajarito. —Después vuelve conmigo.—Entonces... ¿hay algo que quieras contarme?
Durante unos segundos permanezco en silencio. Podría mentirle. No serviría de nada. Me conoce demasiado.
—No voy a hacerlo por teléfono, Theron.
La risa desaparece inmediatamente.
—Mierda. —Su tono cambia por completo.—Entonces es serio.
—Sí. —nunca pensé que lo diría.
—¿Qué tan serio?
Miro el tráfico avanzar frente a mí antes de responder.
—Creo que estoy metido en un problema.
—Eso no es nuevo.
—Cuando te enteres... intenta no matarme. —Escucho cómo exhala lentamente.
—No prometo una mierda. —No esperaba otra respuesta.
—Te espero mañana en Raven Valley.
—Ahí estaré, cabrón.
La llamada termina.
Guardo el teléfono y vuelvo al coche.
Durante todo el camino de regreso apenas presto atención a la carretera. Mi cabeza salta constantemente entre una conversación y otra. El nuevo enemigo. Theron. Eve. Todo empieza a mezclarse de una forma que no me gusta.
Hay demasiadas piezas moviéndose al mismo tiempo.
Y siento que varias de ellas apuntan directamente hacia el rancho. Aprieto un poco más el volante. Solo quiero volver a casa. Volver a abrir la puerta de mi habitación y encontrarla allí.
Dormida.
Esperándome sin saberlo. Porque, por extraño que resulte admitirlo, mi cama dejó de sentirse sola desde anoche que Eve empezó a dormir ahí.
Y ahora me cuesta imaginar regresar... sin ella.