Raven (Código Negro 3) Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

—Necesito probarte.— susurra contra mi piel, y sus manos agarran mis caderas con urgencia. Lo guío hacia donde lo necesito, y muevo mis caderas sobre su boca, y cuando pasa su lengua por toda mi hendidura, vuelvo a gemir.

Sus movimientos se vuelven más profundos, más deliberados.

Me sostiene con firmeza mientras mete un dedo, luego dos sin dejar de chupar, ajustando el ángulo perfecto.

El placer me recorre en oleadas, y no puedo evitar gritar su nombre.

Los dedos se clavan en los mas profundo mientras me sostengo de sus hombros, dejándome llevar completamente por la lujuria intensa.

—Así— murmura, acelerador el ritmo, y siento que estoy llegando al borde. Todo en mí se tensa, se consume y exploto en su cara. —Eres una chica muy sucia, has hecho un desastre muy bonito en mi cara.

La oscuridad nos rodea como una bestia viva. El único sonido es el crujir de las tablas del piso de madera podrida bajo nosotros, y en la distancia, la música distorsionada de la feria—ese carrusel maldito que gira lentamente en la sala contigua, sus notas fuera de ritmo, casi desgarradoras.

Sus dedos me agarran con brutalidad, sin gentileza. No quiero gentileza aquí, en este lugar donde las sombras parecen tener dientes. La penumbra apenas nos permite ver la silueta del otro, apenas sentir donde termina mi cuerpo y comienza el suyo. Es casi como si estuviéramos devorando fantasmas.

Se pone de pie y escucho cómo se desabrocha y baja el pantalón, me sostiene fuerte, mientras me abre de piernas y se hunde dentro de mí sin previo aviso. Cuando grito, me pone una mano en la boca, amortiguando el grito.

—Mírame— gruñe, aunque sabe que apenas puede verme en la oscuridad. Pero obedezco, sabiendo que hay algo en él que se alimenta de esta entrega absoluta, en este lugar que huele a moho y a cosas olvidadas. —Tus gritos solo son míos. ¿Has entendido?

Me suelta para que hable.

—Sí, señor. —gimo. Y es suficiente para que salga y vuelva entrar, está más duro. Sé que ha sido una represalia, una muy deliciosa represalia.

Sus movimientos son posesivos, territoriales.

Las manos recorren mis muslos con intención de marcarme, de dejarme tan molida que sienta su presencia en cada paso que dé mañana.

Grito de nuevo, esta vez en sus labios, devorándolos por completo, pero el sonido se pierde entre el chirrido del carrusel lejano, entre los ecos de esta casa que no está realmente abandonada—está hambrienta.

—Eres mía, Salvaje — susurra contra mi oído, y la oscuridad parece cerrarse aún más alrededor nuestro.

—Nadie te va a tocar como yo— gruñe, follándome más profundo, su voz como vidrio roto.—Nadie va a saber lo bien que se siente este coño, solo yo.

Lo siento todo. Su control absoluto. Su obsesión.

—Dilo— ordena, tomando mi barbilla con rudeza, obligándome a mantener contacto visual en la penumbra. —Dile a la oscuridad a quién le perteneces.

—A ti— jadeo, y el sonido que emite es casi un rugido de satisfacción.

—Más fuerte— exige, acelerando sus embestidas, su agarre en mis caderas casi doloroso. —Quiero que esta maldita casa escuche. Quiero que sepa que eres MÍA.

Sus embestidas se vuelven más salvajes, más desesperadas. La música distorsionada aquí dentro sigue chirriando como si danzara con nosotros, y fuera cómplice de esto.

—Eres la única cosa en este mundo que me importa además de mi hija— susurra entre respiraciones rasgadas, y hay algo casi quebrantado en su voz algo que suena como obsesión pura. —La única. Y voy a asegurarme de que lo recuerdes cada vez que respires.

Sus manos me sostienen como si temiera que desapareciera en la oscuridad. Y si fuera suya y solo suya.

—Dime que me necesitas— exige, sus labios cerca de mi oído. Luego bajan y suben un poco mi sueter para comer unos de mis pechos por encima de mi sostén, lo rasga hacia arriba y libera mis pezones adoloridos—Dime que sin mí eres nada.

—Te necesito—sollozó contra su cuello. —Sin ti soy... nada.

—Eso es, amor— Su risa es oscura, casi cruel. —Eres mi obsesión. Mi perdición. Mi razón para existir en este infierno.

Sale dentro de mí y me baja, seguido de eso, me voltea bruscamente, presionando mi cuerpo contra la pared helada. El frío del yeso me golpea la mejilla, pero el calor de él es un infierno. Sus manos se cierran alrededor de mi garganta, para asfixiarme, y para recordarme que tiene el control total.

—Cada marca que dejo en ti es un recordatorio— susurra contra mi cuello. Mientras siento su polla entrando por atrás —Cada cardenal, cada rasguño son prueba de que eres mía. Solo mía.

Sus movimientos son violentos ahora, posesivos. No es amor. Es reclamación. Es dominación pura.

—Nadie más va a verte así. Nadie más va a saber lo que se siente ser destrozada por mis manos, rogando por más.

—Sus dedos se hunden en mis caderas, mientras que la otra mano no abandona mi cuello.

—Voy a marcar cada centímetro de ti. Voy a asegurarme de que cuando otro hombre te vea, sepa exactamente a quién le perteneces.

—Córrete conmigo, Salvaje— gruñe, sus movimientos volviéndose erráticos y salvajes. —Quiero sentirte caer. Quiero que me dejes marca mientras te corres para mí.

Mi cuerpo tiembla, está al borde. Cada embestida me lleva más cerca, más profundo en este abismo de placer y dolor.

—Ahora—ordena, y es suficiente. Me corro fuerte, en la oscuridad de este circo maldito, gritando su nombre como una plegaria. Mi cuerpo se convulsiona alrededor suyo, apretando, rogando, suplicando.

—Sí, así— gruñe, y lo siento al borde— Mía. Eres mía.

Se corre profundo dentro de mí, su cuerpo se tensa, sus músculos tiemblan. Un gemido gutural se escapa de su garganta, casi un rugido. Sus manos me sostienen como si fuera lo único real en este infierno, y yo fuera su ancla mientras se desmorona.

La oscuridad nos rodea, la música sigue así como mi corazón, latiendo por él como un toro salvaje.