Raven (Código Negro 3) Capítulo 32
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Capítulo 32

Eve

No recuerdo la última vez que vi a Hazel tan emocionada.

Lleva hablando de la feria desde hace tres días.

Arthur fue quien tuvo la brillante idea de llevarla y, por alguna razón que todavía no entiendo, la pequeña insistió en que yo también debía ir.

Intenté convencerla de que disfrutara el día con su abuelo y con Claus, pero se cruzó de brazos, infló los mofletes y declaró que un circo no era un circo si yo no estaba allí.

Al final, terminé aceptando más por ella que por mí.

Hace frío, así que me pongo una falda larga color crema, un suéter grueso de lana y mi sombrero favorito.

Las botas nuevas todavía están impecables; me costó decidirme a comprarlas con el dinero que Claus me dio por mi trabajo, y fue idea de Emma quien me llevó de compras el mismo día, pero necesitaba algo que no estuviera lleno de barro.

También aproveché para comprar un teléfono desechable.

Aún no me atrevo a hacer ninguna llamada, pero saber que lo tengo escondido en el bolsillo de la chaqueta me da una falsa sensación de control.

El aparcamiento del circo está lleno. Las luces de la enorme carpa iluminan la noche y el aire huele a palomitas, azúcar caramelizada y tierra húmeda.

Hazel prácticamente salta fuera de la camioneta antes de que Claus termine de apagar el motor.

Arthur la toma de la mano mientras ella señala cada atracción como si fuera la primera vez que ve colores en su vida.

—¡El carrusel, abuelo! ¡Primero el carrusel!

Arthur me guiña un ojo.

—Creo que ya tengo plan para la siguiente media hora.

Los veo alejarse entre la multitud mientras Hazel no deja de reír.

—No la malcríes demasiado —dice Claus.

—Llegas unos cinco años tarde para decir eso —responde Arthur sin siquiera girarse.

No puedo evitar reír.

El recinto está mucho más lleno de lo que esperaba. A los pocos minutos empezamos a encontrarnos caras conocidas. Graham y Emma pasan sobre nuestras cabezas en la montaña rusa. Ella grita como si estuviera siendo secuestrada mientras Graham levanta las manos riéndose.

—¡Esto fue idea tuya! —alcanzo a escucharle gritar a Emma antes de desaparecer en la siguiente curva.

Más adelante encontramos a Liam completamente concentrado en un puesto de tiro al blanco.

—¡Voy por el oso gigante! —anuncia con una seguridad que dura exactamente diez segundos.

Falla el primer disparo.

Luego el segundo.

Después el tercero.

El hombre le devuelve el rifle con una sonrisa de lástima.

—Creo que el oso está a salvo.

Arthur se ríe tan fuerte que casi tiene que apoyarse en un poste. Aprovechando que todos están distraídos, decido caminar un rato por mi cuenta.

Necesito aire.

Necesito dejar de pensar.

Las luces de los puestos se mezclan con la música del circo y el ruido de la gente. Hay niños corriendo de un lado a otro, parejas compartiendo algodón de azúcar y artistas caminando entre el público todavía maquillados. Todo parece demasiado alegre para alguien como yo.

Entonces la veo. Una estructura negra al final del recinto. Las letras rojas sobre la entrada anuncian:

LA CASA DEL TERROR

No sé por qué me llama tanto la atención. Quizá porque siempre he pensado que los monstruos de mentira dan menos miedo que los reales.

Me acerco y un chico vestido completamente de negro sostiene un fajo de entradas.

—Solo parejas —dice con una sonrisa cansada—. ¿Vienes con alguien, preciosa?

Estoy a punto de responder que no.

—Viene conmigo.

La voz de Claus aparece justo detrás de mí. Ni siquiera lo escuché acercarse. Cuando giro la cabeza, está allí, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y mirándome de forma retadora.

—No voy a dejar que entres sola.

El chico nos entrega dos entradas y un pequeño folleto plastificado.

—Las reglas son sencillas. Cada pareja elige una máscara.

Una vez dentro, empieza el juego. Tendrán que cruzar todas las salas hasta llegar a la salida.

Uno acecha. El otro escapa. Hay cámaras por todo el recorrido, personal de seguridad y varias habitaciones falsas para despistar.

Si alguien quiere abandonar, solo tiene que levantar la mano frente a una cámara.

Paso la vista por el folleto.

"No confíes en lo que ves."

"No todas las puertas llevan a la siguiente habitación."

"A veces el sonido viene del lugar equivocado."

"Si tu perseguidor te atrapa... pierde el juego quien huía."

Levanto una ceja.

—Suena fácil.

El chico sonríe.

—Eso dicen todos.

Entramos en una pequeña sala iluminada únicamente por una estantería llena de máscaras.

Hay lobos, ciervos, zorros, cuervos y criaturas imposibles hechas con metal envejecido.

Veo a Claus elegir una distinta al resto, pero la luz es tan tenue que solo alcanzo a distinguir un pico alargado y algunos detalles metálicos. Parece un ave. O algo parecido.

No llego a verla bien. Las puertas automáticas se abren con un chirrido. Y todo queda en  completa oscuridad.

El chico habla por un altavoz.

—El juego comienza... ahora.

Claus se inclina apenas hacia mí.

—Corre, salvaje. —Los vellos de mi nuca se erizan y no necesito que me lo repita y me echo a correr.

Los primeros pasillos parecen sencillos.

Luces rojas parpadean sobre paredes cubiertas de cortinas negras.

Escucho cadenas arrastrándose, risas infantiles y golpes que parecen venir de todas partes al mismo tiempo.

Varias figuras aparecen detrás de vitrinas iluminadas durante un segundo antes de desaparecer cuando las luces vuelven a apagarse.

No miro atrás.

Sigo avanzando.

Doblo una esquina.

Nada.

Otra.

Silencio.

Demasiado silencio y mi respiración empieza a ser lo único que escucho. Las paredes cambian. Ahora son espejos. Decenas de reflejos devuelven mi imagen desde todos los ángulos posibles.

Me detengo. En uno de ellos... Hay alguien detrás de mí. Me giro de golpe pero no hay nadie. Vuelvo a mirar el espejo. Y se ha ido.

—Muy gracioso... —murmuro.

Sigo caminando. Una puerta se abre sola y sé que es mala idea entrar, pero de todas formas lo hago. Entro y la habitación parece un dormitorio antiguo cubierto de polvo. Una mecedora se mueve lentamente sin que nadie la toque.

Cruzo otra puerta. Esta vez un pasillo mucho más estrecho. Y entonces escucho pasos, pero frente a mí, ¿Detrás?

Empiezo a caminar más deprisa. Los pasos hacen lo mismo. Corro.

También corren.

No importa cuántas veces gire. Siempre los escucho a la misma distancia. Mi corazón empieza a golpearme el pecho. Intento convencerme de que es parte del espectáculo, que hay cámaras, trabajadores y que todo está controlado.

Entonces las luces se apagan por completo. Oscuridad absoluta y contengo la respiración.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Cuando las luces vuelven... Hay una figura inmóvil al otro extremo del pasillo. Alta y vestida de negro. Con una máscara de ave de pico largo, remaches de metal y lentes oscuras que no dejan ver los ojos.

No se mueve. Solo me observa.

Trago saliva.

Retrocedo un paso. Él da uno hacia delante.

Retrocedo otro.

Él hace exactamente lo mismo.

No corre.

No habla.

Solo avanza con una calma que resulta infinitamente más inquietante que cualquier monstruo gritando. Me doy media vuelta y echo a correr. Las habitaciones empiezan a confundirse unas con otras.

Cortinas, puertas falsas y maniquíes. Ya no sé cuánto tiempo llevo dentro, solo sé que cada vez que creo haberlo perdido...aparece otra vez.

Siempre en silencio.

Siempre demasiado cerca.

Doblo una última esquina convencida de que por fin conseguí despistarlo. Una mano rodea mi cintura desde la oscuridad y me arrastra contra una pared acolchada. Un jadeo escapa de mis labios, pero otra mano cubre mi boca antes de que llegue a convertirse en un grito.

Mi espalda choca contra un pecho firme y siento su respiración junto a mi oído.

—Quieta.

Reconozco esa voz al instante. Mi pulso, que hace un segundo era puro miedo, cambia por completo.

—No grites... a menos que sea por placer, Salvaje.

Levanto la vista hacia una pequeña luz roja que parpadea en el techo.

—Las cámaras...

Él inclina apenas la cabeza.

—Aquí hay un punto muerto.

Muy despacio aparta la mano de mi boca, pero no la de mi cintura. Su otra mano sube hasta mi sombrero y lo acomoda con una delicadeza que contrasta con la persecución de los últimos minutos.

—Lo hiciste mejor de lo que esperaba.

—Mentiroso —susurro, intentando recuperar el aliento—. Llevabas siguiéndome desde el principio.

Una risa baja escapa detrás de la máscara.

—Ese era el juego, pensé que te gustaba.

Nuestras respiraciones siguen agitadas. Estamos demasiado cerca. Las luces del pasillo vuelven a parpadear. Durante un instante solo existe el sonido lejano de otros participantes corriendo por el laberinto y el eco de nuestros propios corazones.

Él inclina apenas la cabeza.

Sus labios rozan los míos en un beso breve, y pasa su lengua por ellos, robado entre las sombras, suficiente para desordenar todos mis pensamientos. Cuando se aparta apenas unos centímetros, su frente permanece apoyada contra la mía.

—Todavía no has ganado.

—¿Y qué tengo que hacer? —pregunto, con un hilo de voz. Estoy tan excitada

Detrás de la máscara, su sonrisa se adivina más que verse.

—Encontrar la salida... antes de que vuelva a atraparte, pero creo que, quiero follarte aquí primero.

Un jadeo sale de mi garganta y escucho que ríe, aunque no pueda verlo por completo. Sus manos abandonan mi cintura y bajan apenas para tomar la tela de mi falda y subirla hasta mi cintura. Con mucho cuidado, hace mi ropa interior hacia a un lado y siente la humedad de mis pliegues.

—¿Vas a dejar que llene este coño y culo con mi semen?

Asiento con la cabeza y busco sus labios, ahora soy yo quien lo devora, mientras sus dedos siguen acariciando la parte más sensible. Gimo contra su boca, incapaz de contenerme. Sus labios descienden por mi cuello, dejando un rastro de besos húmedos que me hacen arquear la espalda.

Hasta que cae de rodillas y coloca una pierna sobre su hombro.