Capítulo 31
Claus
No recuerdo la última vez que dormí una noche completa.
Hay noches buenas. Cuatro horas. A veces cinco.
Otras, como esta, basta un sueño para devolverme a un lugar del que salí hace años, pero que nunca terminó de salir de mí.
Despierto sobresaltado, con el pecho ardiendo y la respiración descontrolada, convencido de que voy a abrir los ojos y volveré a encontrarme esas cuatro paredes de hormigón húmedo, la luz blanca que nunca terminaba de apagarse y el sonido metálico de una puerta cerrándose detrás de mí.
Siempre es igual. Tardo varios segundos en reconocer el techo de mi habitación, las vigas de madera, el viento golpeando las ventanas del rancho.
Mi cabeza sabe que estoy en casa. Mi cuerpo todavía no se lo cree.
La gente piensa que la cárcel te cambia porque ves peleas, porque aprendes a defenderte o porque convives con asesinos.
No tienen ni idea. La cárcel te cambia porque te obliga a dormir sabiendo que el hombre que respira a menos de dos metros de ti podría decidir matarte simplemente por haber tenido un mal día.
Y aprendes que el silencio nunca significa tranquilidad.
Significa que alguien está pensando. Planeando.
Esperando. Y cuando entiendes eso, dejas de dormir de verdad.
Solo aprendes a cerrar los ojos sin bajar la guardia.
Entré allí después de vengar la muerte de mi prometida.
La policía no pudo demostrar lo que realmente hice, pero sí encontró suficientes cabos sueltos para encerrarme mientras seguían investigando.
Seis meses. Los abogados me repetían que no era tanto tiempo, que podía haber sido mucho peor.
Ninguno de ellos tuvo que pasar una sola noche en aquella celda.
Ninguno tuvo que escuchar el sonido de los candados cerrándose sabiendo que hasta la mañana siguiente nadie iba a abrir esa puerta aunque estuvieras muriéndote dentro.
Seis meses pueden parecer poco cuando los cuentas en un calendario.
Intenta contarlos respirando el mismo aire que un monstruo.
Los primeros días estuve solo. Me acostumbré enseguida a la rutina.
Desayuno. Recuento. Patio. Comida. Más recuentos.
Las horas siempre parecían las mismas. Los mismos pasos de los guardias.
Las mismas discusiones al fondo del pasillo.
Los mismos hombres caminando en círculos porque hacerlo les recordaba que seguían vivos.
Llegué a pensar que tendría suerte. Que cumpliría mi condena sin llamar la atención de nadie.
Entonces una tarde abrieron la puerta de mi celda y metieron a otro preso.
Ni siquiera levanté la vista al principio.
Escuché una bolsa caer sobre la litera superior y después una risa. No una carcajada. Una risa baja, tranquila, casi educada.
—Así que tú eres Claus.
No respondí.
—Dicen que mataste a varios hombres.
Seguí doblando la manta sobre mi cama como si estuviera solo.
—Me gustan los hombres peligrosos.
Aquella frase consiguió que levantara la cabeza.
Era un tipo delgado, mucho más bajo que yo y con una cicatriz que le cruzaba la cara desde la oreja hasta el mentón.
Si me hubiera guiado únicamente por su aspecto, jamás habría pensado que pudiera representar un problema.
Lo inquietante no era su físico. Eran sus ojos.
Sonreían incluso cuando el resto de su cara permanecía completamente inmóvil.
Como si hubiera algo roto dentro de él que ya no distinguiera cuándo una situación era graciosa y cuándo no.
Los presos hablaban de él en voz baja. Nunca delante suyo.
Nunca delante de los guardias. Las historias cambiaban dependiendo de quién las contara, pero todas coincidían en una cosa: aquel hombre disfrutaba haciendo sufrir a la gente mucho antes de matarla.
Algunos aseguraban que era caníbal. Otros decían que era una exageración inventada para mantener alejados a los curiosos.
Yo no sabía qué creer. Hasta que empecé a escucharlo cada noche.
No intentaba intimidarme.
Eso habría sido más sencillo.
Lo hacía como quien conversa con un amigo antes de dormir.
Apagaban las luces y él comenzaba a hablar desde la litera de arriba.
Nunca preguntaba si quería escucharlo. Nunca esperaba una respuesta.
Simplemente hablaba. Contaba historias sobre comidas, restaurantes, recetas y recuerdos de infancia con una tranquilidad, y poco a poco la conversación tomaba otro camino.
Empezaba a describir personas. Decía que todos olíamos distinto.
Que el miedo cambiaba el olor de la piel.
Que podía reconocer cuándo alguien estaba a punto de rendirse solo por la forma en que respiraba.
Después se reía para sí mismo, como si acabara de recordar un chiste privado, y el silencio volvía a llenar la celda.
Nunca describía nada de forma explícita.
No lo necesitaba. El verdadero horror era la normalidad con la que hablaba.
Una madrugada me desperté sobresaltado porque tenía la sensación de que alguien me observaba.
Abrí los ojos y lo encontré sentado en el borde de la litera superior, completamente inmóvil.
La poca luz que entraba desde el pasillo apenas iluminaba su rostro, pero distinguía perfectamente que estaba sonriendo.
—¿Qué haces?
No respondió enseguida. Se limitó a inclinar un poco la cabeza.
—Pensaba.
—Pues piensa mirando otra pared.
Su sonrisa se hizo un poco más grande.
—Estaba intentando imaginar cuánto tardarías en despertarte.
Aquella noche no volví a cerrar los ojos.
Los días siguientes fueron peores. Empezó a hacer comentarios sobre mí como si me conociera de toda la vida.
Decía que caminaba apoyando más peso sobre la pierna derecha.
Que apretaba la mandíbula cuando estaba enfadado.
Que hablaba dormido algunas noches. No entendía cómo podía saberlo.
Yo nunca dormía profundamente. O eso creía.
Poco a poco comprendí que me observaba constantemente.
Mientras leía. Mientras comía. Mientras me afeitaba frente al pequeño espejo de metal.
Era como convivir con un depredador que todavía no había decidido cuándo atacar.
Una tarde me preguntó por qué estaba realmente allí. Le dije que no era asunto suyo.
Asintió con total tranquilidad.
—Yo tampoco cuento toda la verdad cuando me preguntan.
Seguí leyendo el libro que tenía entre las manos.
Entonces añadió:
—Aunque sí es verdad que la carne sabe diferente dependiendo de la persona.
No levanté la vista. No iba a darle la satisfacción de verme reaccionar.
Él soltó una risa muy baja.
—Ves... ahora ya estás imaginando cosas.
Tenía razón. Eso era lo peor. Nunca sabía cuánto era una provocación y cuánto era un recuerdo.
La agresión llegó semanas después. Fue rápida, absurda y silenciosa.
Había conseguido esconder un cubierto del comedor.
Todavía hoy no sé cómo. Yo estaba de espaldas cuando sentí el golpe en el muslo.
El dolor fue inmediato, seco, suficiente para hacerme caer sobre una rodilla.
Antes de que pudiera reaccionar, él ya estaba agachado frente a mí con la misma sonrisa de siempre.
—¿Sabes una cosa? —Su voz sonaba casi amable.—Los músculos vivos siempre reaccionan.
El hijo de puta iba a comerme vivo, literalmente.
Aquellas palabras me helaron más que la herida. No porque creyera que fuera a cumplir cualquier fantasía enfermiza que rondara por su cabeza. Sino porque comprendí que, para él, aquello no era una pelea.
Era curiosidad y yo era un experimento.
Recuerdo muy poco de lo que ocurrió después. Recuerdo levantarme, golpearlo, a los guardias entrando a la carrera, la sangre en el suelo sin saber de quién era. Lo demás son imágenes sueltas que mi cabeza nunca consiguió ordenar.
No volvimos a compartir celda.
Nunca pregunté qué hicieron con él. Nunca pregunté si sobrevivió. Simplemente salí de prisión unos meses después convencido de que había dejado aquel lugar atrás.
Qué ingenuo. Porque uno nunca sale del todo. Algunas cárceles siguen cerradas mucho después de cruzar la puerta principal.
Por eso reviso tres veces las cerraduras antes de dormir, también instalé más cámaras de las necesarias. Por eso necesito saber dónde está Hazel cada minuto del día.
Y cuando Eve desaparece de mi vista más tiempo del normal, una parte de mí imagina inmediatamente el peor escenario posible.
No es desconfianza.
Es costumbre.
La costumbre de haber aprendido que basta un solo descuido para que tu vida cambie para siempre.
Me levanto de la cama y camino hasta la ventana. El rancho permanece en silencio bajo la luz de la luna. Las patrullas siguen haciendo su recorrido y los focos iluminan los caminos de tierra. Todo está exactamente donde debería estar.
Sin embargo, antes de volver a acostarme, mis ojos buscan una ventana concreta.
La habitación de Eve. Permanezco observándola unos segundos. No porque crea que vaya a pasar algo esta noche. Sino porque hace años aprendí que la tranquilidad nunca dura demasiado. Y desde que ella apareció en mi vida...
Empiezo a sospechar que la próxima tormenta ya viene de camino.