Raven (Código Negro 3) Capítulo 30
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Capítulo 30

Eve

Observo la caja y la abro. Dentro encuentro una herradura pequeña, adornada con diminutas piedras brillantes que reflejan la luz. La tomo entre mis dedos, entendiéndolo todo, lo que significa y por qué alguien como él habría guardado algo así con tanto cuidado.

Se acordó de mi cumpleaños y aunque quiera, no puedo odiarlo.

Saco el collar de la caja y me lo coloco. He usado joyas caras, y no hay prenda alguna que me deslumbre, pero joder. Claus Radkle sabe cómo hacerme sonreír.

Maldito estúpido.

Después del susto con Hazel, la vida en el rancho intenta recuperar la normalidad. O, al menos, fingir que la recupera.

Las vacas no dejan de necesitar alimento porque casi ocurriera una tragedia.

Los caballos siguen ensuciando los establos con la misma dedicación de siempre y las ovejas continúan encontrando formas nuevas de complicarnos el trabajo.

Así que no queda otra que levantarse temprano, ponerse las botas y seguir adelante.

Paso gran parte de la mañana limpiando corrales, cargando pacas de heno y quitando más mierda de animal de la que jamás imaginé que existiría en el mundo.

El olor ya ni siquiera me molesta. Empiezo a creer que mi nariz terminó rindiéndose hace días.

Liam, como siempre, habla sin parar mientras trabajamos. Jura que tiene talento para hacer reír a la gente, pero la realidad es que la mitad de sus chistes son tan malos que provocan más lástima que gracia.

—¿Sabes por qué las vacas nunca cuentan secretos? —pregunta completamente serio.

Ni siquiera levanto la cabeza.

—Porque ya sé que la respuesta va a ser horrible. —Me quejo.

—Porque siempre terminan mugiéndolo todo.

Graham suelta un resoplido que intenta disfrazar de tos. Emma niega con la cabeza.

Yo termino riéndome igual.

—Eres un idiota.

—Pero te hice reír.

—De vergüenza ajena. —Me río.

—Sigue contando como victoria.

Por un momento consigo olvidarme de todo. Del acantilado. Del beso. De las palabras que Claus me lanzó cuando Hazel desapareció. Incluso de la conversación frente a la puerta de mi habitación.

Solo por un momento. Porque entonces lo veo acercarse. El ambiente cambia sin necesidad de que diga una sola palabra. Todos dejan lo que están haciendo casi al mismo tiempo.

Claus lleva varios sobres marrones en la mano.

La paga.

Empieza a repartirlos uno por uno entre los trabajadores. Algunos le dan las gracias, otros hacen algún comentario sobre el fin de semana, pero él responde apenas con un gesto de la cabeza. Está más serio de lo habitual.

Cuando llega hasta mí, nuestras miradas se encuentran. Ninguno de los dos habla durante unos segundos. Extiende uno de los sobres hacia mí.

Lo observo sin moverme.

—No tienes que hacerlo.

Él frunce ligeramente el ceño.

—¿Hacer qué? —Dios, no puedo con esa mirada, porque lo veo más guapo hoy. Sus ojos están más grises que nunca y tiene un poco más de barba hoy, lo que lo hace ver más peligroso que nunca.

—Pagarme.

Bajo la vista hacia el sobre.

—Pensé que... mi pago era tener un techo donde dormir, comida y un lugar donde esconderme hasta decidir qué hacer con mi vida. —Esto último lo digo solo para que lo escuche él.

Su expresión se endurece apenas.

—Ese nunca fue el trato. —Levanto la mirada, porque sabe que miente—Has trabajado igual que los demás.

Hace un pequeño movimiento con el sobre.

—Es tu paga.

Niego con la cabeza.

—No puedo aceptarlo.

Él da un paso hacia mí. Lo suficiente para que solo yo escuche sus siguientes palabras.

—Si no lo tomas voy a castigarte, Salvaje. No me importa que mis trabajadores me miren, voy a besarte. —Mi respiración se detiene un instante. Antes de que pueda responder, toma mi mano.

Sus dedos rodean los míos con firmeza y coloca el sobre en mi palma. Intento devolvérselo pero él no lo permite. Sigue sujetando mi mano y la acaricia el muy cabrón.

El silencio que se forma alrededor resulta casi cómico. Liam carraspea exageradamente. Incluso Arthur que acaba de entrar, desvía la mirada hacia las vacas con un interés completamente falso.

Emma intenta concentrarse en una carretilla que claramente no necesita mover.

Todos han visto el gesto. Y todos saben que ahí pasa algo. Mis mejillas empiezan a arder de la vergüenza. Por culpa de su mano y ese rostro que no debería ser tan perfecto. Le quitaré las gafas y saldré corriendo, sí, debería hacer eso.

Todavía recuerdo exactamente cómo se sentía sosteniéndome anoche.

La seguridad con la que me rodeaba la cintura, la forma en que me hacía olvidar todo lo que existía fuera de él, la manera en que bastaba una caricia para poner mi mundo de cabeza.

Odio que un simple roce sea capaz de despertar recuerdos que llevo horas intentando enterrar.

Finalmente afloja los dedos y me deja el sobre.

—Buena chica. —Su voz vuelve a ser la del jefe del rancho.

Él sostiene mi mirada durante un largo segundo y, una pequeña sonrisa aparece en la comisura de sus labios.

No llego a responder, solo asiento y continúa caminando. Pero esa sonrisa... Esa maldita sonrisa... Hace que volver a mantener las distancias sea mucho más difícil de lo que estaba dispuesta a admitir.

…

Entro en la cocina pensando únicamente en prepararme un café antes de volver al trabajo.

Después de toda la mañana limpiando establos, siento los brazos pesados y las botas cubiertas de barro.

Lo último que esperaba era encontrar a Claus apoyado contra la encimera, con una taza entre las manos, esperándome como si supiera exactamente a qué hora iba a aparecer.

Levanta la vista en cuanto entro.

Y vuelve a hacerlo.

Esa forma de mirarme me pone nerviosa. No es descarada. Es peor. Es lenta, detenida, como si se tomara el tiempo de recorrer cada detalle de mi rostro y de recordar algo que solo existe entre nosotros. Intento convencerme de que no significa nada, pero mi cuerpo parece no estar de acuerdo.

—¿En qué vas a gastarlo? —pregunta de repente.

Tardo un segundo en entender de qué habla.

—¿El dinero?

Asiente.

Miro el sobre que todavía llevo en la mano y me encojo de hombros.

—Probablemente... en mantequilla de maní.

Una risa grave escapa de su pecho.

—Tenemos de eso aquí, Eve.

Frunzo el ceño mientras lo sigo hasta uno de los muebles altos de la cocina. Abre una de las puertas y empieza a rebuscar entre todo lo que hay ahí.

Un segundo después saca un frasco. Luego otro y otro. Los va colocando sobre la encimera uno detrás de otro hasta que pierdo la cuenta.

Seis. Lo miro completamente incrédula.

—¿Por qué demonios tienes tanta mantequilla de maní?

Se encoge de hombros.

—Porque alguien se la come como si fuera agua.

No puedo evitar reírme. Abre uno de los frascos, mete una cuchara y me la entrega.

—Toma. —Lo observo unos segundos antes de aceptarla y meterme una buena cantidad en la boca.

—¿Así de fácil? —digo con la boca aún llena.

—Así de fácil.

—¿Si te pido mi arma, me la darás? —pregunto, batiendo las pestañas con una inocencia exagerada que ni yo misma me creo.

Claus arquea una ceja, como si ya supiera que estoy tramando algo.

—Ni en tus sueños, salvaje.

Estoy a punto de responder cuando, sin previo aviso, sus manos encuentran mi cintura.

Me atrae hacia él con un movimiento firme y mi espalda choca contra su pecho antes de que pueda protestar.

El aire se me escapa cuando captura mi rostro y sus labios se estrellan en los míos.

Es un beso corto, pero suficiente para dejarme sin aliento.

Al separarse apenas unos centímetros, una sonrisa ladeada aparece en su rostro.

—Mantequilla de maní... —murmura con una risa baja, saboreando todavía el beso—. Ahora entiendo por qué te gusta tanto.

Mis mejillas arden.

—No cambies de tema.

—¿Y qué harías con el arma? —pregunta sin soltar mi cintura—. ¿Dispararme, salvaje?

Lo miro desafiante.

—Solo para que vuelvas a besarme.

Su sonrisa se ensancha contra mi boca.

—No hará falta recurrir a la violencia.

En ese momento escuchamos unos pasos pequeños corriendo por el pasillo. Hazel aparece con el cabello todavía despeinado y una enorme sonrisa.

—Buenos días, tengo hambre.

Claus levanta otra cuchara.

—¿Quieres?

Hazel asiente con tanta fuerza que el sombrero que lleva casi se le cae.

—¡Sí!

Él abre otro frasco y se lo entrega.

Cinco segundos después, Hazel y yo estamos sentadas una al lado de la otra, cada una con su cuchara, comiendo mantequilla de maní directamente del frasco.

Levanto una ceja.

—No me juzgues.

—Jamás. —dice Claus, sonriéndome. Todavía no lo perdono del todo, pero ese beso fue algo. Y claro, la paga también. Tengo dinero así que, compraré un jodido teléfono y comenzaré a hacer algunas llamadas.

Hazel hunde otra cucharada.

—Está muy rica.

—¿Ves? —dice Claus con una media sonrisa—. No soy el único que piensa que esto es una buena idea.

—No, tú eres el único que guarda un almacén entero.

Él se cruza de brazos sin dejar de mirarnos. Al principio pienso que está distraído. Pero pasan los segundos. Y sigue observándonos.

A Hazel, riéndose porque se ha manchado la punta de la nariz.

A mí, intentando no reírme de ella mientras termino haciendo exactamente lo mismo.

No sé qué está viendo. Solo sé que esa expresión vuelve a aparecer en su rostro.

La misma del acantilado.

La misma de antes de que todo saliera mal.

Una mirada tan intensa que hace que el resto de la cocina desaparezca. Desvío la vista, necesito hacerlo. Porque si sigo sosteniéndole la mirada un segundo más, voy a recordar demasiado.

—¿Qué? —pregunto, intentando sonar indiferente.

Él tarda un instante en responder.

—Nada.

Miente.

Lo sé por la forma en que aprieta la mandíbula.

—No era nada.

—Entonces deja de mirarme así.

Una sonrisa apenas asoma en la comisura de sus labios.

—¿Así cómo?

Siento el calor subir hasta mis mejillas.

—Como si estuvieras pensando cosas.

—¿Y si lo estoy?

Hazel levanta la cabeza, completamente ajena a la conversación.

—¿Pensando qué?

Claus aparta la vista de mí para mirar a su hija.

—Que alguien va a terminarse toda la mantequilla antes del almuerzo.

Hazel se ríe y abraza el frasco contra el pecho.

—¡No es cierto!

Yo también río, agradecida por la interrupción.

Pero cuando vuelvo a mirar a Claus, él ya me está observando otra vez. Y esta vez no intenta disimularlo. Hay una promesa silenciosa en sus ojos.

Una que ninguno de los dos se atreve a pronunciar mientras Hazel sigue allí, feliz, sin sospechar que entre nosotros continúa librándose una batalla que está muy lejos de terminar.