Raven (Código Negro 3) Capítulo 29
55%

Capítulo 29

Claus

Nunca había reforzado la seguridad del rancho de esta manera.

Hay hombres patrullando el perímetro cada pocos minutos, otros revisando las cámaras una y otra vez y dos camionetas dando vueltas por los caminos de tierra como si esperáramos un ataque durante la madrugada.

Algunos pensarán que estoy exagerando, pero no me importa.

Prefiero que me llamen paranoico antes que volver a pasar por los treinta minutos más largos de mi vida.

Hazel nació entre estas montañas. Aprendió a caminar en estos establos.

Sabe llegar al lago antes que cualquiera de mis trabajadores y conoce atajos que ni yo recordaba. No. Mi hija no simplemente "se perdió".

Y la puta niñera desapareció. Algo ocurrió.

Quizá siguió una mariposa, quizá quiso explorar un sendero nuevo o quizá alguien se acercó demasiado a ella y logró escapar antes de que pasara algo peor.

No tengo pruebas para afirmar ninguna de las tres cosas, pero tampoco las necesito para saber que algo dentro de mí ya no volverá a estar tranquilo.

Desde hoy, este rancho deja de ser únicamente mi hogar. Desde hoy será una fortaleza.

Llevo más de una hora reconstruyendo mentalmente todo lo que pasó desde que comenzó el evento.

Cada conversación. Cada rostro. Cada vehículo que entró.

Cada persona que saludé. Hago memoria intentando encontrar un detalle que no vi en su momento.

Pensé en cancelar la beneficencia este año.

Lo pensé varias veces. Sabía que reunir a tanta gente suponía un riesgo, pero también sabía que muchos pequeños ganaderos dependen de este evento para cerrar acuerdos que les permiten sobrevivir el resto del año.

Algunos vienen desde muy lejos porque saben que aquí encontrarán compradores.

Otros cuentan conmigo desde hace años. Al final decidí hacerlo por ellos...

y esa decisión pudo costarme lo único que realmente importa.

No solo puse en peligro a Hazel. También expuse a Eve.

Si alguien de su organización estaba entre toda esa gente, hoy ya sabe dónde encontrarla. Y eso significa que el error fue mío.

Aprieto los puños con tanta fuerza que los nudillos empiezan a dolerme. No dejo de escuchar mi propia voz repitiendo aquellas palabras una y otra vez.

— Si no hubiera estado perdiendo el tiempo contigo...

¿Qué clase de imbécil dice algo así?

Ni siquiera lo pensé.

Solo necesitaba encontrar un culpable porque durante treinta minutos imaginé a mi hija muerta.

Imaginé su cuerpo en algún bosque. Imaginé a alguien llevándosela mientras yo estaba demasiado ocupado, llevándome la primera vez de la mujer que llevo intentando alejarme desde el día en que apareció sangrando frente a mí.

Y el miedo hizo lo que siempre hace: convertir la razón en rabia.

Pero la rabia pasó. Y ahora solo queda la culpa. Porque si alguien perdió algo esta noche, y el día de su cumpleaños... no fui yo.

Fue Eve. Cierro los ojos un instante y dejo escapar el aire lentamente.

Me entregó algo que jamás volverá a recuperar.

La forma en que temblaba cuando la besé, cómo buscaba mi boca y mi polla, cómo escondía el miedo detrás de esa fachada de mujer indestructible...

todo me decía que nunca antes había dejado entrar a nadie de esa manera.

Yo también lo sentía. No era deseo únicamente.

Era confianza. Una confianza que no le regala a nadie.

Y la primera cosa que hice después fue destrozarla con una frase que probablemente no olvidará jamás.

Me paso una mano por la barba. Y veo lo que sostengo en la otra: La caja que contiene un pequeño regalo para ella. No es gran cosa, pero quería darle algo.

Soy un maldito idiota.

Si ahora abre esa puerta y me golpea, no pienso detenerla.

Si decide insultarme, escucharé cada palabra.

Si quiere que le devuelva la pistola para dispararme en la polla...

probablemente hasta le indique dónde hacerlo para que no falle.

Después de la estupidez que dije, merezco cualquier cosa menos su perdón.

Cuando llego frente a su habitación me quedo inmóvil. La luz sigue encendida debajo de la puerta. Sé que está despierta. También sé que probablemente preferiría no verme.

Levanto la mano. La dejo caer otra vez. No recuerdo la última vez que dudé antes de enfrentarme a alguien.

He negociado con criminales.

He apuntado con un arma a hombres que duplicaban mi tamaño. Y, sin embargo, una simple puerta consigue que me sienta como un adolescente incapaz de ordenar dos malditas palabras.

Finalmente llamo dos veces.

Escucho pasos, luego la puerta se abre despacio. Y entonces el tiempo vuelve a detenerse.

El aroma a jabón llega antes que cualquier palabra.

Es limpio, suave, el mismo que quedó impregnado en mi piel cuando mis labios recorrían su cuello hace algunas horas.

Lleva el cabello húmedo, todavía cayendo en mechones oscuros sobre sus hombros.

Algunas gotas resbalan lentamente por su clavícula hasta perderse bajo una camiseta demasiado grande para ella.

Tiene los ojos rojos. No necesita decirme que ha llorado.

Lo veo. Y descubrir que fui yo quien provocó esas lágrimas me revuelve el estómago de una forma que no conocía.

Nos quedamos mirándonos durante varios segundos.

—Feliz cumpleaños—Es lo único que consigo decir y le entrego la caja, ella la toma, pero su expresión no cambia.

—Fuiste un idiota.

Asiento despacio.

—Sí.

No pienso defenderme.

Vuelvo a mirarla y descubro que lo que más me duele no son sus palabras. Es la distancia. Hace apenas una hora se aferraba a mi cuerpo como si el resto del mundo hubiera desaparecido. Ahora mantiene la puerta entre los dos como si necesitara recordarse que no debe volver a acercarse.

—Tienes razón—continúo—Y tú no merecías cargar con ese miedo. Tú acababas de salvarla sin saberlo.

Sus ojos bajan un instante al suelo.

No responde.

Eso me obliga a seguir hablando.

—Si no le hubieras enseñado a que me llamara... todavía seguiríamos buscándola.

El silencio pesa entre los dos.

Me acerco un paso.

Ella no retrocede.

Levanto la mano con cuidado y acaricio su mejilla. Está tibia. Su piel todavía conserva el calor de la ducha. Cierra los ojos apenas un segundo, lo suficiente para hacerme creer que todavía existe una oportunidad.

—Es lo único que tengo. —Mi voz casi se rompe.

—Lo sé. —Susurra las palabras con dolor.

Eve toma mi muñeca con una delicadeza que me desarma por completo. Durante un segundo pienso que va a entrelazar sus dedos con los míos. Que va a perdonarme. Pero simplemente aparta mi mano de su rostro. Como si ya no quisiera permitirse sentir lo que hace unas horas sentía cuando la tocaba.

Ese gesto duele mucho más que cualquier bofetada y joder, no me lo esperaba.

—Lo siento mucho —repito.

Ella sostiene mi mirada durante un largo instante.

—Te disculpo, Claus. —Mi pecho se afloja apenas. Hasta que termina la frase. —No volverás a perder el tiempo conmigo.

Trago saliva.

—Eve...

—No volverá a pasar, lo siento.

Cada palabra cae con una calma devastadora. No está intentando herirme. Simplemente está levantando un muro. Uno diferente del que tenía cuando llegó. Y eso es infinitamente peor.

—Buenas noches, Claus.

La puerta empieza a cerrarse. El clic de la cerradura resuena en el pasillo y yo permanezco inmóvil varios segundos. Tengo la certeza de que un enemigo consiguió joderlo todo.

Y ese enemigo...

Soy yo mismo.