Capítulo 27 #3
Asiento con la cabeza como puedo.
Agrega un segundo dedo y la presión aumenta. Me estira, me prepara, y todo mi cuerpo se tensa con una necesidad que no entiendo completamente.
—Claus, yo... necesito...
—Lo sé. —Su voz es puro pecado—. Pero todavía no. Quiero que estés tan mojada que me supliques.
Y sigue trabajándome con sus dedos, dentro y fuera, mientras su boca devora mis pechos, mi cuello, mis labios. El placer se construye como una tormenta, creciendo y creciendo hasta que no puedo respirar.
—Por favor —Jadeo finalmente—. Por favor, Claus.
—¿Por favor qué, cariño? Dímelo.
—Te necesito. Dentro de mí. Ahora.
Algo oscuro cruza su rostro. La ternura sigue ahí, pero hay algo más ahora. Algo salvaje.
—Ponte en cuatro para mí —ordena, su voz más dura.
Mi cuerpo obedece antes de que mi mente pueda procesar. Me volteo, apoyándome en manos y rodillas sobre la manta. El heno cruje debajo de nosotros. Me siento expuesta, vulnerable, y es aterrador y excitante al mismo tiempo.
Sus manos agarran mis caderas, firmes, posesivas.
—Tan hermosa así —murmura—. Toda abierta para mí. Pronto llenaré estos agujeros, ¿te gustaría eso, cariño? Sé que sí.
Siento la punta de su miembro contra mi entrada y me tenso.
—Relájate y respira.
Empuja despacio, tan despacio, y la presión es inmensa. Grito suavemente cuando la cabeza entra, estirándome de maneras que no sabía que eran posibles.
—Joder, estás tan apretada —gruñe—. Tan perfecta.
Se detiene, dejándome ajustarme. Sus manos acarician mi espalda, mis costados, tranquilizándome.
—¿Estás bien?
—Sí —jadeo, aunque arde—. Sigue.
Se mueve despacio. Solo un poco. Un roce hacia dentro que me hace aferrarme a la manta debajo de mí.
Se detiene de golpe. Siento cómo su cuerpo se tensa, cómo la respiración se le corta detrás de mí.
—Espera —dice, la voz ronca, casi incrédula—. ¿Eres...? ¿Es tu primera vez?
No puedo mentir. No así. No con él dentro de mí, sintiendo cada fibra de mi cuerpo cerrado alrededor suyo.
—Sí —susurro.
Gruñe. Es un sonido animal, posesivo, que me recorre entera. Se retira lentamente, apenas, lo justo para mirarme a los ojos.
—Joder, amor …
—No te detengas... —Trago saliva— quiero que sigas.
Vuelve a gruñir, y esta vez hay algo diferente en su voz. Algo que me quema más que el ardor físico: la realización de que soy suya. De que era suya antes de esto, pero ahora... ahora es diferente.
—Joder —exhala—. Eres mía. Completamente mía.
No es una pregunta. Es una declaración. Una promesa. Una posesión.
Vuelve a entrar, despacio, midiendo cada milímetro, sintiendo cómo mi cuerpo se abre para él. Sus manos bajan por mi espalda hasta mis caderas y me sujeta ahí, con una firmeza que me dice sin palabras que soy suya. Que este momento es suyo. Que yo soy suya.
—Mírame.
Obedezco. Levanto el rostro y volteo hacia él y lo que veo me deja sin aire: mandíbula apretada, las venas del cuello marcadas, los ojos oscuros clavados en mí con una intensidad que me quema más que cualquier otra cosa.
—Quiero verte —dice—. Quiero verlo todo.
Se hunde despacio, milímetro a milímetro, sin apartar los ojos de mi cara, leyendo cada reacción, cada tensión de mis rasgos. Cuando hago un pequeño sonido entre el dolor y algo que todavía no reconozco como placer, frena. Espera. Deja que mi cuerpo lo aprenda.
—Ya eres mía —susurra, y no es una pregunta. Es una declaración—. Eras mía antes de esto, pero ahora... —Deja la frase incompleta y la termina hundiéndose del todo.
Grito, o algo parecido a un grito. Las manos de él están en todas partes: en mi pelo, en mis costados, en la curva de mi cintura, como si necesitara tocarme entera para convencerse de que es real.
—¿Bien?
—Bien —consigo decir, aunque la voz no me sale entera—. Muy bien.
Empieza a moverse en serio entonces. Lento todavía, deliberado, cada embestida calibrada, cada retirada calculada para que yo sienta exactamente hasta dónde llega y hasta dónde se va.
El ardor inicial se va disolviendo como azúcar en agua caliente, transformándose en algo distinto, en una tensión que sube por mi vientre y me enrolla los dedos de los pies.
—Ahí —Jadeo sin querer.
—Aquí. —Repite el ángulo. Lo repite otra vez. Y otra—. Así me gusta. Quiero oírte.
Y yo lo oigo a él también: la respiración quebrada, los sonidos bajos que se le escapan cuando aprieto sin darme cuenta, cuando mi cuerpo lo retiene como si no quisiera dejarlo ir.
Me dice cosas al oído, cosas que me hacen arder la cara, aunque el resto de mí ya arde de otra forma: que estoy perfecta, que estaba esperando esto, que nadie va a tocarme como él, que este cuerpo ahora lo conoce a él y solo a él.
La posesividad en su voz no me asusta. Me ancla.
—Respira, nena. Respira para mí.
Inhalo temblorosamente y algo del dolor se desvanece, reemplazado por una sensación de plenitud que es casi abrumadora.
—No quiero hacerte daño… —advierte—. Dime si es demasiado.
Se retira casi completamente, luego empuja de nuevo, estableciendo un ritmo lento y profundo. Cada embestida me hace gemir. El dolor se mezcla con placer hasta que no puedo distinguir uno del otro.
—Eso es —gruñe—. Tómame. Toma cada puto centímetro.
Sus movimientos se vuelven más rápidos, más duros. Sus dedos se clavan en mis caderas con suficiente fuerza para dejar marcas. La ternura de antes se está desvaneciendo, reemplazada por algo más crudo, más primitivo.
—Eres mía —dice, su voz áspera—. Di que eres mía.
—Soy tuya —jadeo, y es verdad. En este momento, soy completamente suya.
—Joder, sí. —Embiste más fuerte y grito—. Tan perfecta. Hecha para mi polla.
El lenguaje crudo debería escandalizarme, pero en cambio me hace arder más. Me empuja más profundo, más duro, y puedo sentir cada centímetro de él dentro de mí.
Una de sus manos se desliza alrededor de mi cuerpo, encontrando ese punto sensible entre mis piernas. Frota círculos mientras sigue embistiendo, y el placer se dispara.
—Quiero sentirte correrte en mi polla, amor —gruñe—. Quiero sentir cómo me aprietas.
—No puedo... es demasiado...
—Sí puedes. —Su voz es puro comando—. Córrete para mí. Ahora.
Y como si mi cuerpo solo esperara su permiso, exploto. El orgasmo me atraviesa como un rayo, haciéndome gritar su nombre. Mis músculos internos se contraen alrededor de él, apretándolo, y él gruñe profundamente.
—Joder, así.
Embiste más rápido, persiguiendo su propio placer ahora. El sonido de piel contra piel llena la noche, mezclándose con nuestros gemidos y jadeos.
—¿Dónde quieres que me corra? —pregunta, su voz tensa.
—Dentro —Susurro sin pensar—. Quiero sentirte.
—Mierda. —Embiste una, dos, tres veces más, luego se entierra profundamente con un gruñido gutural—. Tómalo todo, cariño. Todo.
Puedo sentirlo pulsando dentro de mí, llenándome con su calor. Es íntimo de una manera que no esperaba, conectándonos de una forma que va más allá de lo físico.
Finalmente se retira con cuidado y me ayuda a voltearme. Me acuesta sobre la manta y se recuesta a mi lado, atrayéndome hacia su pecho. Su corazón late tan fuerte como el mío.
—¿Estás bien? —pregunta, y la ternura ha regresado a su voz.
—Sí —susurro—. Más que bien.
Me besa la frente, luego los labios, suave y dulce.
—Eres increíble, ¿lo sabías?
Sonrío contra su pecho.
—Tú tampoco estás mal, vaquero.
Se ríe, el sonido vibrando a través de su pecho.
—Descansa, amor. Te tengo.
Y por primera vez en mi vida, creo esas palabras. Me permito confiar. Me permito ser vulnerable. Porque con Claus, finalmente me siento segura.
No cuando me besa.
No cuando me toca.
Sino cuando entiendo que ese hombre acaba de decidir cargar con una guerra que nunca le perteneció...
...cuando comprendo que ya no existe una salida para ninguno de los dos.
Porque si mi hermano llega hasta este rancho...
No vendrá a buscarme solo a mí.
Vendrá a destruir todo lo que Claus acaba de decidir proteger.
Y esa guerra...
Acaba de empezar.