Raven (Código Negro 3) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—¿Crees que piense que estoy muerta? —pregunto, con un hilo de esperanza.

—Sin un cuerpo... lo dudo, Eve.

Mi hermano jamás deja un trabajo a medias, era estúpido, pero también caprichoso, obtenía lo que quería a pesar de todo. Me seguirá buscando hasta encontrarme.

El silencio vuelve a instalarse entre nosotros, pero esta vez es él quien habla primero.

—¿Es por eso que quieres irte?

Asiento.

—Sí.

—¿Y adónde irás?

Abro la boca. Luego la cierro. Porque no tengo una respuesta. Niego despacio con la cabeza, aceptando mi derrota.

—No lo sé. Lo único que sé es que no puedo quedarme. Y, al mismo tiempo...No quiero marcharme.

Mis ojos bajan hasta su boca casi por instinto. Después vuelven a encontrarse con los suyos. Hay algo en la manera en que me mira que hace desaparecer todo lo demás. El lago. El viento. Los problemas. El miedo.

Todo.

Solo existe él. Y entonces comprendo algo que llevaba días intentando ignorar.

No me importa el mañana.

No me importa mi hermano.

No me importa la organización.

No me importa nada cuando él está delante de mí.

Soy yo quien rompe la distancia.

No pienso. Y simplemente me lanzo hacia él.

Mis labios encuentran los suyos con una necesidad que ya no puedo seguir escondiendo.

Claus tarda apenas una fracción de segundo en reaccionar.

Su mano sube inmediatamente hasta mi nuca mientras la otra rodea mi cintura y tira de mí hasta sentarme prácticamente sobre él.

El beso deja de ser lento en cuestión de segundos.

Se vuelve intenso, y desordenado, pero no me importa.

Mi respiración desaparece entre sus labios. Sus dedos se hunden en mi cabello mientras yo me aferro a la tela de su camisa.

Lo necesito.

Lo necesito de una forma que empieza a asustarme.

Cuando nuestras bocas se separan apenas unos centímetros para tomar aire, nuestras frentes quedan apoyadas.

—Eve...

Dice mi nombre casi en un susurro. Como si estuviera luchando contra sí mismo.

—Si seguimos...

Lo interrumpo volviendo a besarlo.

No quiero escuchar razones.

No quiero hablar del peligro.

No quiero pensar en lo que pasará cuando salga el sol.

Solo quiero esto.

Solo lo quiero a él.

Claus responde con un gruñido bajo antes de volver a besarme con más fuerza.

Sus manos recorren mi espalda lentamente, como si estuviera memorizando cada centímetro de mi cuerpo y, aun así, manteniendo un control que yo ya perdí hace rato.

Cuando vuelve a separarse, respira hondo y apoya la frente contra la mía otra vez.

—No sabes cuánto tiempo llevo intentando no hacer esto.

Mi corazón golpea tan fuerte que casi duele.

—Entonces deja de intentarlo.

Sus labios se curvan apenas.

—Eres un peligro, Salvaje .

—Eso llevas diciéndomelo desde que me encontraste.

—No. —Su pulgar acaricia mi mejilla una vez más.—Ahora empiezo a entender que el peligro no eras tú.

—¿Ah, no?

Niega muy despacio sin dejar de mirarme ni de besarme, siento sus manos en mi espalda, en mi culo y ahora debajo de mi vestido.

—El peligro es lo mucho que empiezo a querer que te quedes. No dejaré que tu hermano te haga daño, Eve. Lo mataré por ti.

Me quedo mirándolo sin ser capaz de responder.

Solo sé que mi cuerpo reacciona por sí solo cuando se trata de él y además, acaba de decir que está dispuesto a enfrentarse a un hombre al que ni siquiera conoce.

A una organización que ni siquiera entiende.

Y lo dice con la tranquilidad de quien ya aceptó las consecuencias.

Eso me enfurece.

—¿Por qué? —pregunto al fin—. ¿Por qué harías algo tan estúpido por mí?

Claus no responde enseguida. Baja la vista un instante, como si estuviera eligiendo las palabras. Después vuelve a levantarla y me sostiene la mirada.

—Porque hace mucho dejé de hacerlo por obligación.

Mi pecho se oprime.

—No.

Me levanto de su regazo a regañadientes, mi coño protestando por lo bien que se siente su polla debajo de mí y me bajo de la camioneta, alejándome un poco de él.

—No empieces con eso.

—¿Con qué? —pregunta, siguiéndome.

—Con lo que sea que estás pensando.

Claus avanza y yo retrocedo. Él vuelve a avanzar. Hasta que mi espalda choca contra el costado de la camioneta.

No tengo a dónde ir.

—Mírame.

Niego.

—Eve.

—No. —digo, con un hilo de voz.

Su mano se apoya junto a mi cabeza, bloqueándome el paso.

—¿Sabes cuál fue el momento en que dejé de verte como una desconocida?

No quiero saberlo.

No debería querer saberlo.

—Fue el día que despertaste apuntándome con un arma que ni siquiera podías sostener.

Frunzo el ceño.

Él sonríe apenas.

—Estabas temblando. Perdías sangre. Apenas podías mantener los ojos abiertos... y aun así estabas dispuesta a dispararme.

No digo nada.

—Ese día entendí dos cosas.

Hace una pausa.

—La primera... que eres demasiado orgullosa para pedir ayuda. —dice, haciendo un paso y siento su mano en mi cuello suavemente. —La segunda...que, si algún día alguien quería hacerte daño otra vez, primero tendría que pasar sobre mí.

Mi respiración se corta.

No.

No puede decir eso.

No después de un beso.

—No me conoces. —Mi voz sale rota.

—Conozco suficiente.

—¡No! —Lo empujo con ambas manos. Él apenas se mueve. —¡No sabes quién soy!

Mi garganta empieza a arder.

—¡No sabes las cosas que he hecho! —De pronto me doy cuenta de que soy un monstruo igual que mi padre. —He mandado a matar gente.

Mis palabras quedan suspendidas entre nosotros.

—He firmado órdenes de las que todavía me arrepiento. —Otra respiración. —He visto morir personas sin mover un dedo.

Siento las lágrimas volver.

—No soy una buena persona, Claus.

Él no parpadea. Solo aprieta su agarre en mi cuello y las lágrimas de mis ojos se liberan cuando lo veo a los ojos. Pienso que va a besarme, pero en cambio, pasa su lengua por mi mejilla, bebiéndose mis lágrimas y mi coño también comienza a llorar por él.

—¿Ya terminaste? —Lo miro sin entender. —¿Eso era todo?

—¿Te parece poco?

—No.

Su voz es firme.

—Me parece exactamente lo que esperaba.

Mi corazón se detiene.

—Las personas buenas no sobreviven donde tú creciste. —dice, mientras el aire pesa. —Sobreviven las que hacen lo necesario.

—No intentes justificarme, Claus.

—No lo estoy haciendo, amor. —Su mandíbula se endurece. —Estoy diciéndote que dejes de condenarte por seguir viva.

Más lágrimas terminan cayendo. No puedo detenerlas cuando me habla de esa manera.

—Tengo miedo.

Es la primera vez que lo admito en voz alta.

No de mi hermano.

No de morir.

—Tengo miedo de dejar de luchar sola —susurro, y mi voz tiembla—. Porque eso significa confiar. Y confiar siempre me ha destruido.

Claus acorta los últimos centímetros que nos separan. Apoya la frente contra la mía. Su voz apenas es un susurro.

—Entonces deja que el miedo sea mío por un rato.

Sus palabras me desarman más que cualquier caricia. Cierro los ojos y siento su aliento cálido contra mis labios. Huele a whiskey, a cuero, a algo salvaje que no puedo nombrar.

—No sé cómo hacer esto —admito.

—Lo sé, cariño. —Su mano sube por mi brazo, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo—. Por eso voy a enseñarte.

Me besa entonces. Suave. Tan suave que quiero llorar. Sus labios exploran los míos con una paciencia que no sabía que existía en un hombre como él. Claus es todo bordes afilados y miradas oscuras, pero ahora me toca como si fuera algo precioso.

Sus dedos encuentran los botones de mi vestido. Uno por uno, los desabrocha mientras su boca traza un camino por mi mandíbula, mi cuello, el hueco de mi garganta.

—Eres tan hermosa —murmura contra mi piel—. Tan jodidamente hermosa que me duele mirarte.

El aire fresco de la noche besa mi piel expuesta cuando aparta la tela. No llevo mucho debajo, solo un sostén sencillo que de repente me parece inadecuado. Pero la forma en que me mira... como si fuera la primera mujer que ha visto en su vida.

—Claus...

—Shh. —Su pulgar acaricia mi labio inferior—. Déjame cuidarte esta noche. ¿Puedes hacer eso por mí?

Asiento, incapaz de formar palabras.

Me quita el vestido, luego alcanza detrás de mí para desabrochar el sostén. Cuando mis pechos quedan expuestos, el frío me hace temblar, o quizás es la intensidad de su mirada.

—Perfecta —dice, y hay algo reverente en su voz.

Su boca encuentra mi pecho y grito suavemente. La sensación es abrumadora: caliente, húmeda, perfecta. Su lengua rodea mi pezón mientras su mano masajea el otro, y algo se enciende en mi vientre bajo.

—¿Te gusta eso, cariño?

—Sí —jadeo.

—Bien. Porque voy a hacerte sentir mucho mejor.

Sus manos bajan por mi estómago, hasta mis bragas. Me ayuda a quitármelas junto con mis botas y de repente estoy completamente desnuda bajo las estrellas, vulnerable de una manera que nunca he estado.

—Mírate —dice, su voz más ronca ahora—. Tan perfecta y toda mía.

Algo en esas palabras me hace arder. Toda suya . Debería asustarme, pero en cambio me hace sentir... segura.

Claus se quita la camisa y veo su torso marcado por un cuervo de alas extendidas y por cicatrices y músculos duros ganados con trabajo. Es hermoso de una manera brutal. Se quita el cinturón, el sonido del cuero deslizándose me hace estremecer de anticipación.

Cuando se quita los jeans y lo veo completamente desnudo, mi respiración se detiene. Es grande. Muy grande. El miedo debe mostrarse en mi cara porque se inclina sobre mí, besándome profundamente. Y sus tatuajes son tan él que lo hacen ver sexy y peligroso, todo al mismo tiempo.

—Voy a ir despacio —promete contra mis labios—. Te lo juro. Si quieres detenerte, me detengo.

—Está bien —susurro, aunque mi corazón late tan fuerte que estoy segura de que puede oírlo.

Su mano baja entre mis piernas y gimo cuando sus dedos me encuentran. Estoy mojada, tan mojada que es vergonzoso, pero él gruñe con aprobación.

—Joder, cariño. Ya estás lista para mí, ¿verdad?

Sus dedos me exploran, uno deslizándose dentro de mí con cuidado. La sensación es extraña, invasiva, pero no desagradable. Comienza a moverlo, despacio, mientras su pulgar encuentra ese punto que me hace arquear la espalda.

—Eso es, nena. Déjame sentirte. Estoy seguro de que nadie ha puesto sus dedos aquí, ¿verdad?