Capítulo 27
Eve
Salimos de la casa sin hacer ruido para no despertar a Hazel.
Claus espera a que cierre la puerta antes de seguir caminando y no dice una sola palabra mientras atravesamos el jardín.
La música del evento todavía llega hasta aquí, mezclada con las voces de la gente y alguna carcajada perdida, pero todo empieza a quedar atrás cuando se dirige a su camioneta.
Abre la puerta del copiloto para que suba primero.
Rodeo el vehículo y, antes de entrar, echo un vistazo a la parte trasera.
Está cubierta con varios fardos de heno y, sobre ellos, hay una manta gruesa perfectamente extendida, como si hubiera preparado ese espacio antes de venir.
Frunzo un poco el ceño, curiosa, pero decido no preguntar.
Hay algo en la forma en la que Claus conduce cuando guarda silencio que me dice que él mismo responderá cuando llegue el momento.
El camino se vuelve cada vez más solitario.
Dejamos atrás las luces del rancho, el ruido del evento y los coches aparcados hasta que lo único que escucho es el motor y el viento entrando por la ventanilla entreabierta.
Miro de reojo a Claus un par de veces. Lleva una mano apoyada sobre el volante y la otra descansando cerca de la palanca de cambios.
Parece relajado, pero lo conozco lo suficiente para saber que siempre está atento a todo.
No insisto con preguntas. Por alguna razón, me gusta esta tranquilidad.
No se siente incómoda. Se siente... fácil.
Después de unos minutos abandona el camino principal y toma un sendero de tierra. La camioneta avanza despacio hasta detenerse al borde de un acantilado.
Al bajar, el aire fresco me golpea el rostro.
La vista me deja completamente inmóvil.
Frente a nosotros se extiende un lago enorme que refleja el cielo oscuro como un espejo. Todo alrededor está cubierto por un manto verde que parece no terminar nunca. No hay edificios. No hay carreteras. Solo árboles, el agua moviéndose suavemente y el sonido del viento recorriendo la hierba.
—¿Todo esto es tuyo? —pregunto sin apartar la vista del paisaje.
Claus se coloca a mi lado.
—Lo es.
Giro lentamente hacia él.
—Es hermoso.
—Es un pequeño pulmón para este lugar. Lo compré porque no quiero que nadie construya aquí.
Lo dice con una naturalidad que casi me hace reír. Como si comprar un acantilado entero fuera algo que cualquiera pudiera hacer, pero supongo que no es simplemente un vaquero, sino uno muy rico.
—Algún día expandiré el rancho.
Lo dice sin presumir, como si estuviera comentando que necesita cambiar una cerca. Sacudo la cabeza, divertida. Cada vez descubro algo nuevo sobre este hombre y cada cosa resulta más absurda que la anterior.
—Los chicos dicen que vas mucho a la ciudad.
El cambio de tema lo toma desprevenido.
—Sí... es verdad. Voy por trabajo.
—¿Qué clase de trabajo? —pregunto, no voy a detenerme.
Levanta una ceja.
—¿Esto es un interrogatorio, Eve?
Una sonrisa apenas aparece en la comisura de sus labios.
—Tengo curiosidad. —digo.
Él da un paso hacia mí.
—Te lo cuento... si tú me cuentas la verdad.
Mi sonrisa desaparece. No hace falta que especifique de qué habla. Ha pasado una semana.
Su plazo.
Ni siquiera me había dado cuenta de cuánto tiempo llevaba aquí. Los días en el rancho pasan tan deprisa que había olvidado por completo aquella conversación. O quizá solo había decidido ignorarla.
—O me iré. —Le recuerdo su amenaza.
Baja la mirada unos segundos. No quiere que me vaya, lo sé. Y yo no quiero volver a quedarme sola.
—No quiero que te vayas—dice entonces con un tono mucho más suave—. Solo quiero ayudarte.
Levanta una mano despacio y me acaricia la mejilla con los nudillos. Es un gesto tan simple que, aun así, consigue desarmarme por completo. Sus ojos bajan hasta mis labios y por un segundo olvido cómo respirar.
—¿Por qué quieres arruinarlo todo? —susurro—. No hay nada importante en esa historia.
Él niega despacio.
—Para mí todo lo que tenga que ver contigo es importante. —Las palabras caen sobre mí con más fuerza de la que deberían.
Importante.
Nadie había utilizado nunca esa palabra para referirse a mí. Nunca fui importante para mi madre. Ni lo fui para mi hermano. Después de la muerte de mi padre, dejé de ser una hija para convertirme en un problema y enemiga del único familiar que tengo.
Y, sin embargo, Claus acaba de decirlo como si fuera la cosa más evidente del mundo.
Trago saliva.
—De acuerdo.
Él no sonríe como si hubiera ganado.
Solo asiente.
Caminamos hasta la parte trasera de la camioneta. Claus acomoda un poco más la manta sobre el heno extendido y ambos nos sentamos mirando el lago. Hay suficiente distancia entre nosotros para que nadie diga que estamos demasiado cerca, pero la realidad es otra. Siento su calor incluso sin tocarlo.
Se quita el sombrero y lo deja a un lado. Luego pasa los dedos por su cabello para acomodarlo hacia atrás antes de recolocarse las gafas de montura negra. Lo hace con un gesto distraído, completamente inconsciente del efecto que provoca.
Maldita sea. Es ridículamente atractivo.
—Deberías operarte, ¿sabías? —le digo sin pensar—. Aunque debo admitir que te quedan bien las gafas.
Él me mira de reojo.
—Lo sé.
—¿Qué parte?
—Que me veo bien con ellas, por eso las uso.
Suelto una risa.
—Ya... eres muy creído.
Una sonrisa aparece en su rostro.
—Habla, salvaje. Quiero escucharlo todo.
Respiro hondo mientras observo el agua. No quería volver a recordar esa parte y contarla. Pero si hay alguien a quien puedo hacerlo... es él.
—Después de que murió mi padre, me dejó todo a mí.
El negocio, los contactos, las decisiones...
Todo. No es que haya sido un buen padre, fue un monstruo, pero confiaba en mí, no me lo esperé.
A mi hermano nunca le gustó esa decisión.
Siempre creyó que debía ser suyo solo por ser hombre.
Desde entonces no dejó de buscar la manera de quitarme de en medio.
Claus permanece completamente en silencio.
—Ese día iba a cerrar un trato. Era algo sencillo. Solo tenía que reunirme con alguien y cerrar la maldita venta.
—¿Cómo se llama?
Lo miro.
—No creo que él tuviera algo que ver, Claus.
—¿Por qué lo defiendes? ¿Acaso te gusta? —pregunta, y siento el tono de celos como cuando con Liam.
—Por supuesto que no y no lo estoy defendiendo.
—Su nombre, Eve. —Repite, esta vez con su tono de siempre.
Sus ojos no se apartan de los míos.
—Denis Rudenko, ruso. Vende armas. Representa a su gente aquí en Inglaterra y ya habíamos hecho negocios antes.
Todo parecía fácil. Llegué al punto de encuentro...
y de repente todo se fue a la mierda. Nos emboscaron.
Empezaron los disparos por todos lados. Ni siquiera tuve tiempo de entender quién estaba atacando. Solo... corrí.
Claus termina la frase por mí.
—Y te caíste.
Asiento lentamente.
—Sí. No sé cuánto corrí. Perdí la noción del tiempo. Solo seguía avanzando porque sabía que si me detenía estaba muerta. Después resbalé... y cuando abrí los ojos... estabas tú.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros. Esta vez no resulta incómodo y siento un peso menos en mi pecho al sacarlo todo, ahora todo parece real. Alguien intentó matarme y alguien seguramente me está buscando.
—Necesito mi arma, por cierto.
Claus gira apenas la cabeza hacia mí.
—Te la daré cuando confíe en ti.
Lo miro con incredulidad.
—Déjame adivinar... nunca.
Una sonrisa lenta aparece en sus labios.
—Eres muy lista, amor.
Ruedo los ojos, aunque no puedo evitar sonreír también. ¿Amor? Eso se siente jodidamente bien viniendo de él.
Claus no aparta la vista de mí ni un solo segundo.
El viento mueve despacio la hierba alrededor de la camioneta, el lago permanece inmóvil frente a nosotros y, aun así, siento que todo se reduce a este momento, a la forma en la que me sostiene la mirada esperando una respuesta que ni yo misma tengo.
—¿Cómo puedo ayudarte, Eve?
Suelto una risa amarga que no tiene nada de graciosa.
—Es que no lo sé.
Me llevo una mano a la frente y la masajeo unos segundos. Siento la cabeza a punto de estallar. Llevo una semana intentando encontrar una solución y todas terminan igual: con alguien muerto.
—No lo sé, Claus. De verdad que no lo sé. No quiero involucrarte. Tú... ustedes... son buenas personas. No voy a traer el peligro hasta tu casa. No después de todo lo que han hecho por mí. No pienso hacerlo. —Mi voz se rompe antes de terminar. —Y luego... Hazel...
No soy capaz de seguir hablando.
Claus busca mi mano sin preguntarme. Entrelaza nuestros dedos con una naturalidad que me desarma por completo.
—Te has enamorado de mi hija. —Baja la vista hacia nuestras manos un instante antes de volver a mirarme.—No eres tan lista, amor.
La comisura de mi boca tiembla, pero no llego a sonreír. Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba llorando. Solo lo descubro cuando Claus levanta la otra mano y pasa el pulgar con una delicadeza imposible sobre mi mejilla, llevándose una lágrima que acababa de caer.
No dice nada. No intenta convencerme de dejar de llorar. Simplemente espera y eso duele mucho más.
—No sé en quién confiar —admito finalmente—.
Mi padre destruyó demasiadas cosas. Quiero arreglarlas.
Quiero hacer las cosas bien por primera vez.
No quiero que mi hermano tome el poder. Mi padre nunca terminó de confiar en él y ahora entiendo por qué.
Si él queda al mando... será mucho peor. Muchísimo peor de lo que fue mi padre.
—Me imagino que tienes contactos.
Asiento.
—Los tengo.
—¿Y por qué no los llamas?
Niego lentamente.
—Porque tengo miedo. Para estas alturas mi hermano ya debió de hablar con la mayoría. Seguro les preguntó por mí. Seguramente les prometió dinero o les apuntó con una pistola. No sé quién sigue siendo leal a mi familia y quién ahora trabaja para él.
Claus permanece pensativo unos segundos. Pero hay algo que ronda por mi cabeza, mi hermano no es listo, es estúpido y mi padre lo sabía, por eso no confiaba en él.