Raven (Código Negro 3) Capítulo 26
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Capítulo 26

Eve

Dos días después.

Nunca había visto un rancho convertirse en una ciudad de la noche a la mañana.

Ayer, cuando Emma y Graham me explicaron que hoy era el evento anual de los Radkle, pensé que exageraban.

Según ellos, todos los años Claus y Arthur abrían una enorme parte de la propiedad para organizar un rodeo y una feria ganadera donde pequeños productores del condado podían competir, vender sus animales o subastarlos sin pagar las cantidades absurdas que cobraban otros organizadores.

También había competencias de monta, exhibiciones de caballos, toros, puestos de comida y música.

Todo el dinero recaudado se destinaba a ayudar a familias ganaderas que habían tenido malas cosechas, enfermedades en el ganado o simplemente estaban pasando por un mal momento.

Emma hablaba del evento con tanto orgullo que por un instante olvidé que vivía en la casa de un hombre que me había marcado con hierro caliente.

—El jefe podrá ser un amargado—me dijo mientras doblábamos ropa limpia—pero nadie en este condado habla mal de él.

Graham solo se limitó a asentir y añadió algo que todavía sigue rondándome la cabeza.

—Cuando Claus hace algo, lo hace por los demás. Nunca por él.

No respondí. Porque cuanto más conozco a ese hombre, menos consigo entenderlo.

Desde mi ventana veo llegar camionetas, remolques y caballos desde muy temprano.

La finca parece otra. Donde hace apenas unos días solo había campos verdes, ahora hay carpas blancas, corrales temporales, gradas de madera y decenas de personas caminando de un lado a otro con sombreros, botas llenas de barro y sonrisas que parecen sinceras.

Nunca había estado en algo así. Mi mundo siempre fue salones privados, reuniones clandestinas, hombres armados y negocios donde nadie sonreía.

Aquí la gente viene con niños pequeños, perros y hasta abuelos que saludan a cualquiera que pase cerca.

Me cuesta creer que exista un lugar donde las personas puedan reunirse sin sospechar unas de otras.

Emma insistió tanto en que me arreglara que terminé cediendo.

Entre toda la ropa que Claus mandó traer encontré un vestido azul oscuro con pequeñas flores blancas.

Es sencillo, cómodo y al fin, en mucho tiempo, me pongo algo porque me gusta y no porque sea práctico para escapar o esconder un arma.

Emma también apareció con una pequeña bolsa de maquillaje.

—No acepto un no por respuesta— dijo antes de sentarme frente al espejo de mi habitación.

Veinte minutos después apenas llevo un poco de máscara de pestañas, un toque de rubor y brillo en los labios.

Nunca entendí cómo algo tan simple podía hacer tanta diferencia.

Mi cabello corto se niega a obedecer, pero consigo sujetar una parte con una pinza que Hazel asegura que me hace parecer "una princesa".

Casi me da un infarto cuando la escucho decirlo.

Si esa niña supiera cuánto detesto esa palabra...

Han pasado muchos días y ya me toca retocarlo, así que decido conseguir unas tijeras de la cocina y cortarlo yo misma como siempre lo he hecho hasta mantener el corte estilo bob de siempre.

—Vaya, tienes que enseñarme a hacer eso—dice Emma. Ella tiene un moño rubio desordenado. Es hermosa, esa belleza pueblerina que no ves ni siquiera en las películas, Graham tiene mucha suerte de tenerla.

Bajo las escaleras intentando convencerme de que hoy será un día tranquilo.

Solo quiero respirar un poco, caminar entre los puestos y fingir, aunque sea durante unas horas, que soy una chica normal de veintiuno.

Sí, hoy es mi cumpleaños aunque nadie lo sepa.

Pero aquí no soy Maeve Kavanagh. No soy la heredera de una organización criminal.

No soy una mujer buscada por medio mundo criminal. Solo Eve.

Estoy a mitad de la escalera cuando levanto la vista y mis botas se detienen.

Y ahí está él.

Claus lleva unos vaqueros oscuros que parecen hechos para él, botas negras perfectamente limpias, una camisa blanca con varios botones abiertos que deja ver parte de los tatuajes que desaparecen bajo la tela y ese maldito sombrero que debería estar prohibido.

Las gafas  nunca esconden sus ojos, ni consiguen ocultar la forma en que me observa.

Está hablando con dos hombres que no conozco y, aun así, en cuanto aparezco deja de prestarles atención.

Su mirada sube lentamente desde mis botas hasta mi rostro.

Sin prisa. Como si quisiera memorizar cada detalle.

No sé por qué eso consigue ponerme nerviosa, pero lo hace.

Sigo bajando hasta quedar frente a él. Durante unos segundos ninguno habla.

Solo nos miramos. Los besos siguen entre nosotros como un secreto del que nadie quiere hacerse responsable.

Todavía puedo recordar exactamente cómo sabía su boca y odio descubrir que mi cuerpo también lo recuerda cada vez que lo ve y cuando siento su perfume en el aire.

Debería ser un jodido pecado que huela tan bien.

—¿Qué? —pregunto al final, incapaz de soportar más ese silencio.

Él tarda un instante en responder. Se acerca lo suficiente para que solo yo pueda escucharlo.

—Estás hermosa. Y te has cortado el cabello.

Así. Sin más. Siento un calor absurdo subir por mis mejillas. No esperaba un cumplido. Ni que se diera cuenta de que corté mi cabello unos pocos centímetros.

—Tú también estás... presentable, vaquero.

Mentira. Está escandalosamente guapo. Tan guapo que me entran ganas de besarlo, desnudarlo y comerle la polla que seguramente es impresionante también.

Una sonrisa apenas mueve la comisura de sus labios.

—¿Presentable?

—Es un cumplido. No te emociones.

—Creí que podías hacerlo mejor. —Ronronea el muy maldito.

Inclino ligeramente la cabeza.

—Puedo. Pero no quiero alimentar demasiado tu ego.

Él baja la vista un segundo hacia mi boca. Lo hace tan rápido que cualquiera diría que lo imaginé. Yo no. Igual que veo cómo aprieta la mandíbula antes de volver a mirarme a los ojos.

—Será mejor que no te alejes de Emma ni de Graham, hay mucha gente desconocida cada año, mantén un perfil bajo.

—Sí, señor.

…

Claus tenía razón: hay muchísima gente. Muchísima más de la que imaginaba.

Desde que empezó el evento no han dejado de llegar personas, familias, trabajadores y conocidos que parecen moverse de un lado a otro como si todos supieran exactamente qué hacer.

Al principio intenté estar pendiente de todo, pero después de un rato dejé de preocuparme por el ruido, por las luces y por toda la gente alrededor porque Hazel solo quería estar conmigo.

Terminamos alejándonos un poco del centro del evento, en una zona más tranquila donde todavía podíamos ver parte del espectáculo desde lejos, pero sin tener que estar rodeadas de todo ese movimiento.

Nos sentamos sobre una manta, con el sonido de la música llegando más suave hasta nosotras, y ella empezó a contarme cosas mientras jugaba con su sombrero rosa, hasta que poco a poco su voz se fue apagando.

Cuando me doy cuenta, Hazel está dormida contra mí.

Durante todo ese tiempo puedo sentir la mirada de Claus sobre nosotras.

No hace falta que lo busque para saber que está ahí.

Cada vez que levanto la vista lo encuentro observándonos, y no solo él.

Sus trabajadores también están pendientes, algo que al principio me parecía extraño, pero ahora entiendo perfectamente.

No son simples empleados. Son guardias. La manera en la que revisan todo, cómo miran alrededor, cómo están atentos a cada movimiento...

todo tiene sentido ahora. Claus no deja nada al azar, mucho menos cuando se trata de su hija.

Me quedo unos minutos más con Hazel entre mis brazos, disfrutando de esa calma antes de levantarme.

Ella está completamente dormida, así que la cargo con cuidado para no despertarla y camino hacia la casa.

Su cuerpo pequeño se acomoda contra el mío con una confianza que derrite el corazón que pensé que no tenía.

Cuando entro, todo está mucho más tranquilo que afuera. El sonido del evento queda atrás mientras subo las escaleras con ella en brazos hasta su habitación.

La acuesto con cuidado sobre la cama y le quito el sombrero rosa que ha llevado puesto todo el día.

No puedo evitar sonreír un poco al verlo entre mis manos.

Se veía preciosa con él, tan feliz, tan emocionada con cada cosa que hacía.

La observo unos segundos antes de cubrirla con la manta y acomodarle el cabello para que duerma cómoda.

Hay algo en verla así que me golpea más de lo que esperaba.

Hazel no sabe todo lo que ha cambiado en mi vida desde que apareció, pero lo cierto es que poco a poco se ha ganado un lugar que no pensé darle a nadie.

Juro que la protegeré con mi vida cuando me vaya de aquí, me aseguraré de eso.

Estoy a punto de salir cuando escucho la puerta abrirse detrás de mí. Claus entra sin hacer ruido y sus ojos van directamente hacia su hija y una sonrisa aparece en su rostro.

—Tenía que seguirlas —dice en voz baja, acercándose un poco—. Pondré el monitor de bebés para que puedas ver el resto del evento si quieres, la niñera cuidará de Hazel.

—¿Tienes una niñera?

—Esta noche sí.

Lo miro y niego suavemente con la cabeza.

—En ese caso—respondo—. Mi compañera ya se quedó dormida. Creo que yo también me iré a la cama, si no te importa.

La excusa sale fácil, pero los dos sabemos que no es realmente eso.

Porque ninguno de los dos se mueve. Nos quedamos mirándonos en silencio, atrapados en algo que ninguno parece querer romper.

Hay demasiadas cosas sin decir entre nosotros, demasiadas conversaciones pendientes, demasiadas veces en las que hemos estado a punto de cruzar una línea que los dos sabemos que existe.

Veo en sus ojos que quiere decir algo. Él también parece estar buscando las palabras correctas, pero por una vez Claus no parece tener una respuesta preparada. Y eso me gusta más de lo que debería.

Yo también tengo ganas de acercarme. De sentirlo otra vez.

Dejar de pensar por un momento en todo lo que nos rodea y simplemente dejarme llevar.

Desde que lo besé, desde que sentí esa conexión entre nosotros, he intentado convencerme de que puedo mantener distancia, pero cada vez que estoy cerca de él se vuelve más difícil.

—Quiero enseñarte un lugar. ¿Vienes conmigo?

No necesito pensarlo demasiado. Ni siquiera pregunto dónde es. Solo asiento con la cabeza.

Porque ahora mismo, si Claus quiere llevarme a algún lugar, quiero ir.

No porque confíe completamente, ni porque haya olvidado todo lo que significa estar cerca de alguien como él.

Sino porque estoy cansada de fingir que no lo deseo.

Cansada de actuar como si no me afectara la manera en la que me mira, ni sentir sus manos sobre mí otra vez, es como si ese beso hubiera cambiado algo entre nosotros.

Salgo de la habitación detrás de él, dejando a Hazel dormir tranquila, mientras una parte de mí sabe que debería tener más cuidado y otra simplemente está demasiado necesitada de él como para detenerse.