Capítulo 25
Eve
Las vacas Highland son, oficialmente, mis animales favoritos del rancho.
No producen miedo. No intentan matarme. No gruñen cuando me acerco. Solo mastican, pestañean con calma y me observan con esos enormes flequillos pelirrojos que les cubren casi toda la cara. Son ridículamente adorables.
—Quédate quieta, preciosa —le digo a una de ellas mientras intento colocarle un moño color crema entre el abundante pelo de la frente.
Hazel suelta una carcajada desde la vaca de al lado.
—¡La tuya ya parece una princesa!
—La tuya también. —Ambas sonreímos.
—No, la mía parece una reina.
—Ah, entonces esta será la princesa.
—¡No! —protesta enseguida—. Las dos son reinas.
No puedo evitar sonreír.
Es sábado. Hazel no tiene colegio y, por alguna razón que todavía no entiendo, decidió que hoy era el día perfecto para peinar a las vacas. Según ella, "si tienen pelo, merecen un peinado bonito". La lógica de una niña es imposible de discutir.
Por suerte no todas se dejan tocar.
Si no, seguiríamos aquí hasta mañana. Entre las dos apenas hemos conseguido poner moños a cinco. Las otras nos han ignorado con una elegancia admirable.
—Creo que esta necesita uno rosa.
—No, azul.
—Tienes razón. —Hazel sonríe satisfecha, como si acabara de ganar una discusión importantísima.
Estoy terminando el lazo cuando una voz grave aparece detrás de nosotras.
—¿Se puede saber qué hacen?
Ni siquiera necesito girarme. Reconocería esa voz entre mil. Hazel es la primera en darse la vuelta.
—¡Papi!
Levanta orgullosa una de las vacas. Bueno, no a la vaca, el moño.
—¿Verdad que están divinas?
Claus observa el panorama en completo silencio.
Cinco vacas Highland perfectamente peinadas.
Cinco enormes moños de colores.
Y su hija con un cepillo en una mano y otro moño entre los dientes.
Su expresión no tiene precio.
—¿Por qué...? —Se frota el puente de la nariz y luego decide mirarme—Eve, haz el favor de dejar de peinar y ridiculizar mi ganado.
Hazel abre mucho los ojos.
—¡Es un moño, papi! No es ridículo y además fue mi idea. —Levanta una pequeña bolsita llena de lazos. —Y traje muchos más por si los pierden.
Yo bajo la cabeza para esconder la risa pero no funciona.
Claus me mira.
—No te rías.
Eso solo consigue que me ría más.
—No me estoy riendo. —Me defiendo sin parar de reir.
—Claro que sí.
—Solo... solo creo que combinan muy bien con ellas.
Él resopla.
—Increíble.
—¿Qué?
—Llegaste hace poco tiempo y ya estás conspirando con mi hija contra mí.
—Eso significa que somos un buen equipo.
—Eso significa que tengo dos problemas en lugar de uno.
Hazel levanta los brazos al cielo.
—¡Ganamos!
—No era una competencia, Hazel.
—Ahora sí, papi.
Arthur aparece desde la terraza de la casa con un cuaderno bajo el brazo.
—¡Hazel, cariño!
La niña hace una mueca.
—No...
—Los deberes. —le recuerda.
—Pero abuelo...
—Los deberes siguen existiendo aunque protestes.
Hazel suspira como si el mundo entero estuviera siendo injusto con ella. Antes de irse corre hacia mí y me abraza por la cintura.
—No dejes que papi les quite los moños.
Le guiño un ojo.
—Haré todo lo posible.
—¡Bien! —Después sale corriendo hacia Arthur.
Ahora solo quedamos Claus y yo. El silencio vuelve a instalarse entre nosotros, aunque no es incómodo.
Es peor. Porque desde el beso de ayer todo ha cambiado.
Cada vez que lo miro recuerdo el sabor de su boca.
Y cada vez que él me mira parece debatirse entre besarme otra vez... o echarme definitivamente del rancho.
Ninguno habla.
Graham aparece silbando desde el otro extremo del campo. En cuestión de segundos las vacas levantan la cabeza y comienzan a caminar hacia los comederos como si entendieran perfectamente la llamada.
—Hora de comer —murmuro.
—Son más obedientes que algunos trabajadores.
—¿Lo dices por Liam? —lo provoco.
Él gira lentamente la cabeza hacia mí.
—No empieces.
Sonrío.
—Solo preguntaba.
—Y yo solo te aviso, Salvaje.
Camino delante de él mientras seguimos el sendero de tierra que conduce hacia los corrales de los caballos. Hoy todos están fuera. Algunos pastan tranquilamente, otros galopan de un extremo a otro del prado. El sol cae sobre el campo y el viento mueve la hierba hasta las rodillas.
Es cuando lo veo. Es enorme.
Completamente negro, con apenas una pequeña mancha blanca en la frente. Tiene el cuello ancho, el pecho poderoso y una melena tan larga que el viento juega con ella como si fuera seda.
Está solo. Dentro de un cercado amplio de madera y no aparta la vista de nosotros.
—No te acerques, Eve.
La voz de Claus llega justo cuando doy el primer paso.
—¿Por qué?
No dejo de mirar al caballo.
—Porque desde que murió su compañera no deja que nadie lo monte.
Sigo observándolo. El animal no parece agresivo.
Solo... Vacío. Como muchas veces me he sentido yo. Si supieran que, dejarnos solo lo hace peor.
—Es hermoso, no creo que lastime a nadie.
—Le arrancó media oreja a uno de mis trabajadores.
Lo miro de reojo y me río, no sé por qué, es cruel, lo sé.
—Quizá el trabajador se lo merecía.
—Eve. —No respondo. Sigo caminando hasta detenerme frente al cercado.
—Maeve, ten cuidado. —Que me llame por mi nombre siempre provoca algo en mí, pero nunca obediencia.
Levanto despacio ambas manos para que el caballo las vea.
—No voy a tocarte.
Él permanece inmóvil. Solo mueve una oreja. Sus ojos oscuros no se apartan de mí.
—Eres muy hermoso. —Hablarle me sale natural. Como si pudiera entenderme. —¿Lo sabías?
Detrás de mí escucho a Claus suspirar.
—Te estoy diciendo que es peligroso.
—También decías lo mismo de mí. —Sonrío para mis adentros. —¿Cómo se llama?
Vuelvo a mirar al caballo.
—Francis. —responde.
Qué nombre tan elegante. Le sonrío al caballo, como si se tratara de un viejo amigo.
No recuerdo haber tenido caballos de joven, pero recuerdo que siempre quise uno.
Siempre me gustaron los animales, pero no había tiempo ni para los ojos de peluche, tuve mi primera arma antes de un juguete con el cual divertirme y ser una niña normal.
—Francis. Creo que nadie te entiende, ¿verdad?
El caballo resopla y baja lentamente la cabeza. Da un paso hacia el cercado.
Luego otro.
Hasta quedar justo frente a mí.
—Eso es... —Muy despacio acerca el hocico hacia mi mano.
No la toca, solo la huele. Después inclina la cabeza. Como si esperara algo.
—Pero qué coño... —La voz de Claus ya no suena enfadada.
Suena confundida. Levanto la vista hacia él.
—¿Lo ves? —Vuelvo a mirar a Francis. —Solo se siente solo.
Con muchísimo cuidado paso los dedos por encima de su frente, apartándole un mechón de la melena que le cae sobre los ojos. El caballo cierra los párpados.
No se mueve, ni intenta morderme. No hace absolutamente nada.
Solo permanece allí quieto. Como si llevara demasiado tiempo esperando que alguien dejara de verlo como una amenaza.
No puedo evitar sonreír y sentirme conmovida, este lugar me ha cambiado de maneras que no pensé que tenía, que pensé que ya estaban muertas o que había un problema en mí. Sentir.
—Yo también sé lo que se siente.
Durante unos segundos nadie dice nada. Ni siquiera Claus. Cuando me giro para verlo, descubro que no está mirando al caballo.
Me está mirando a mí. Con esa expresión que empieza a conocer demasiado bien. La misma que pone cada vez que deja de verme como una prisionera... y empieza a olvidarse de que debería mantenerme lejos.
Siento la quemadura por encima de mi ropa, siempre mi mano va a dar ahí cuando recuerdo la forma en que me marcó. Pensé que sería algo que me jodería, pero llámame masoquista, fue lo que realmente me despertó.