Capítulo 24
Claus
No recuerdo en qué momento dejo de escuchar a mi padre.
Solo la veo a ella.
Está al otro lado del corral con Liam. Se ríe. Una risa de verdad. La cabeza ligeramente hacia atrás, los ojos entrecerrados y unos malditos hoyuelos que jamás le había visto. Liam le dice alguna estupidez y ella le da un golpe en el hombro mientras sigue riéndose.
No me ha sonreído así ni una sola vez.
La mandíbula se me tensa. Liam levanta la vista y nuestras miradas se encuentran.
No hace falta hablar. Se queda inmóvil un segundo, carraspea y busca cualquier excusa para alejarse.
Buena decisión.
Eve frunce el ceño al verlo marcharse. No entiende por qué.
Yo sí.
Sigue con su trabajo como si nada y entra al granero cargando un saco pequeño de alimento. Espero apenas unos segundos antes de seguirla.
Ella deja el saco en el suelo y, cuando se gira, ya estoy demasiado cerca.
—¿Qué haces?
No respondo. Pero mis manos van a dar directo a su pequeño cuello, sigo caminando hasta que su espalda encuentra la pared de madera.
No tiene escapatoria.
Ella levanta la barbilla, desafiándome como siempre, pero puedo notar cómo le afecta cada vez que la tengo así.
—¿Vas a decir algo o solo vas a quedarte mirándome? —me dice.
—Te estabas divirtiendo.
Una sonrisa aparece en su boca.
—¿Con Liam?
No contesto, porque no hace falta, joder.
Se ríe por lo bajo.
—Estás celoso.
—No.
Sí.
Aprieto un poco más. No para lastimarla. Solo para obligarla a sostenerme la mirada. Necesito que vea el desastre en el que me convierte. Que entienda que verla reír con otro hombre me hizo perder el maldito control. Mis dedos se cierran un poco más alrededor de su cuello.
—Deja de provocarme, Salvaje.
Aumento apenas la presión para que deje de desafiarme con esa sonrisa y quiero que vea lo mismo que yo siento: esta guerra entre las ganas de besarla... y las de odiarla.
—¿Sabes qué es lo mejor?
Levanta una ceja.
—Que ni siquiera intentas esconderlo. —Una mano va a dar a mi rostro, es tan suave que me provoca escalofríos.
Le sujeto suavemente la muñeca antes de que vuelva a tocarme y sin tiempo para arrepentirme, estrello mis labios contra los suyos.
No pienso y el impacto la sorprende apenas un instante.
Después responde, con la misma rabia y orgullo de siempre.
Su boca se mueve contra la mía como si esto también fuera una pelea y se negara a perderla.
Mi mano abandona lentamente su cuello para perderse en su cintura y acercarla más.
La necesito cerca. Demasiado cerca. Sabe a café, a menta y a problemas.
A todos los problemas que juré mantener lejos de mi hija y de mi vida.
Aun así, no me aparto. La beso otra vez, más despacio, saboreando esa maldita boca que llevo noches enteras queriendo saborear.
Ella exhala un suspiro contra mis labios y, por un segundo, el mundo desaparece.
No existe el rancho. No existe la mafia a la pertenece.
No existe Código Negro. Solo existe esta mujer que debería repudiar...
y que, por alguna maldita razón, cada día deseo más.
Me obligo a separarme antes de hacer una estupidez mayor. Mi frente casi roza la suya. Los dos respiramos con dificultad. La observo unos segundos. Tiene las mejillas encendidas, los labios ligeramente hinchados y esos ojos verdes clavados en los míos, desafiándome otra vez.
—No vuelvas a provocar mis celos, Salvaje.
Una sonrisa lenta curva sus labios.
—Entonces sí estás celoso.
Aprieto la mandíbula.
—No vuelvas a dejar que otro hombre te toque.
—¿Y qué si lo hago?
Mi pulgar acaricia apenas el borde de su mandíbula antes de apartarlo.
—Si dejas que otro hombre te toque, marcaré mi nombre tan profundamente en tu piel para que nadie olvide, ni tú a quién perteneces.
Me aparto de golpe y doy media vuelta. Si permanezco un segundo más encerrado con ella en ese granero, voy a olvidar por completo por qué Maeve Kavanagh llegó aquí como mi prisionera... y empezaré a tratarla como la única mujer que ha conseguido hacerme perder el control.
—Vuelve al trabajo.
—¿Eso es todo, vaquero? —A ella jodidamente le gusta desafiarme.
La miro una última vez.
—Por hoy.
Me doy la vuelta y salgo del granero primero.