Capítulo 23
Claus
El disparo siempre suena igual.
Seco y cercano.
Lo suficientemente fuerte para arrancarme del sueño... pero nunca antes de obligarme a revivirlo entero. Todo comienza mucho antes del hospital.
Comienza frente a una pantalla.
Tengo veintiocho años y soy el mejor hacker que muchas empresas pueden contratar.
Mi trabajo consiste en construir muros imposibles de atravesar.
Protejo bancos, corporaciones, gobiernos.
Encuentro agujeros antes que los criminales y cierro puertas que nadie más sabe que existen.
El dinero nunca fue un problema. Me buscaban porque era bueno. Demasiado bueno.
Hasta que una noche encontré algo que jamás debí encontrar. No estaba buscándolo. Simplemente apareció. Una carpeta escondida detrás de otras cien.
Cifrada.
Protegida.
Y eso fue suficiente para despertar mi curiosidad.
La abrí.
Ojalá no lo hubiera hecho. No eran cuentas bancarias, evasión fiscal ni corrupción política.
Había nombres, fotografías, niños, mujeres, rutas, puertos, compras y ventas.
Seres humanos convertidos en mercancía. Sentí ganas de vomitar delante del ordenador. Todavía recuerdo el silencio de aquella oficina cuando comprendí que la empresa para la que trabajaba no protegía dinero.
Protegía monstruos. Y yo les había construido la jaula perfecta para esconderse. Fui a la policía y entregué todo. Pensé que bastaría.
Qué ingenuo era.
Pero entonces, la escena cambia y ahora estoy en el hospital. El olor a desinfectante siempre llega antes que los recuerdos.
Hannah está preciosa. Incluso con el cansancio dibujado en el rostro. Está tumbada en la camilla sujetándome la mano mientras se ríe porque llevo veinte minutos caminando de un lado a otro sin poder quedarme quieto.
—Vas a hacer un agujero en el suelo.
—Estoy nervioso.
—Ya lo noté, cariño.
Sonríe. Ella es quien consigue hacerme olvidar cualquier mierda del mundo. Me acerco para besarle la frente.
—Todo va a salir bien. —le digo.
—Eso debería decirlo yo.
Me río por lo bajo, tiene razón. Siempre la tiene. Meto la mano en el bolsillo de la chaqueta y siento la pequeña caja de terciopelo.
El anillo sigue ahí.
Todavía no sabe nada. Quiero esperar. Nuestra hija va a nacer en cualquier momento. Después le pediré matrimonio y será perfecto. Ya hemos discutido cien veces nombres. Ella quiere uno. Yo otro. Ninguno termina de convencernos.
Lo único que tenemos claro es que esa niña será la mejor parte de nosotros.
Y entonces...
La puerta explota.
Los disparos llegan antes que los gritos. El médico cae primero. Una enfermera intenta correr. No llega a la puerta.
Otra bala.
Otra persona menos.
Todo ocurre demasiado deprisa. Me levanto de un salto y empujo la camilla hacia atrás mientras busco desesperadamente algo.
Cualquier cosa. No llevo mi arma. ¿Quién demonios entra armado a un quirófano?
Qué estúpido.
Qué maldita estupidez.
Los hombres avanzan sin prisa. Como si ya supieran cómo termina la historia. El primero me apunta directamente al pecho.
—Esto se pudo haber evitado. —dice el hombre, cuyo rostro no se inmuta en cubrir, solamente significa una cosa. No dejará testigos vivos.
No respondo. Solo intento cubrir a Hannah con mi cuerpo. Ella me agarra la muñeca y está llorando.
—Por favor...
No sé cuál de los dos lo dice. Después llega el disparo.
Ella grita.
La bala atraviesa su pecho. Otra impacta en mi costado y el aire desaparece, caigo de rodillas. Intento arrastrarme hasta ella.
No puedo.
Hay demasiada sangre.
Levanto la cabeza.
Uno de ellos sonríe.
—Hasta luego... —Levanta nuevamente el arma.—...señor Radkle.
...
Abro los ojos de golpe.
El pecho me arde. Durante unos segundos no sé dónde estoy. Solo escucho mi respiración descontrolada y siento las sábanas completamente empapadas de sudor.
Maldición.
Otra vez.
Me siento en el borde de la cama y apoyo ambos codos sobre las rodillas mientras intento recuperar el aire.
Han pasado cinco años. Y todavía sigue pareciendo ayer.
Ese día perdí a Hannah. Nunca llegó a conocer a su hija. Ni vio el anillo. Nunca pudo decirme que sí.
Hazel nació tres horas después. Los médicos lograron salvarla a ella. A mí casi no. La bala había destrozado parte de un pulmón y pasé semanas entre operaciones, tubos y máquinas que respiraban por mí.
No pude cargar a mi hija cuando nació.
Ni al día siguiente.
Ni a la semana siguiente.
Pasó un mes entero antes de que un médico me la colocara por primera vez entre los brazos. Era tan pequeña... Cabía entera sobre mi pecho. Me miró con aquellos ojos enormes sin tener la menor idea de quién era yo. Y lo único que pude pensar fue que no merecía ser su padre.
Por mi culpa había perdido a su madre antes incluso de aprender a decir "mamá". Yo provoqué aquello. También la muerte de mi madre cuando enfermó de pronto y nos dejó el mismo año. Solo éramos mi padre, Hazel y yo.
Pero fui yo quien abrió aquella carpeta, quien denunció y quien creyó que hacer lo correcto no tendría consecuencias. Durante mucho tiempo viví convencido de que Hazel estaría mejor creciendo con cualquier otra persona, menos conmigo.
Hasta que entendí una cosa. No podía devolverle a su madre. Pero sí podía asegurarme de que ningún otro niño pasara por lo mismo.
Cobré mi venganza.
No fue limpia.
Tampoco legal.
Pero fue completa. No habría podido hacerlo solo. Mi mejor amigo, el hombre al que el mundo conoce como un respetable cirujano londinense y que muy pocos saben que dirige una de las mafias más poderosas del Reino Unido, fue quien puso a aquellos hombres delante de mí.
No preguntó qué pensaba hacer. Solo me dijo dónde encontrarlos. Y yo hice el resto.
Ninguno volvió a respirar.
A pedir perdón.
Ninguno lo merecía.
Después vino Código Negro y quise ser parte ahora con un nombre. No nació por justicia.
Nació por culpa.
Por una promesa. La misma que le hice a una niña dormida entre mis brazos mientras aún olía a hospital.
— Voy a hacer del mundo un lugar donde nadie vuelva a quitarte lo que más amas.
Desde entonces vivo para cumplirla. Por eso persigo monstruos, destruyo organizaciones y no puedo permitirme fallar. Y por eso Maeve Kavanagh representa el mayor problema que ha aparecido en mi vida en muchos años.
Porque cada vez que la miro...dejo de pensar como el hombre que prometió proteger el mundo. Y empiezo a pensar como un hombre que solo quiere proteger a una niña y una mujer.
Eso es mucho más peligroso que cualquier mafia.