Raven (Código Negro 3) Capítulo 22
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Capítulo 22

Eve

Dormí fatal.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir su boca sobre la mía.

No el beso. El momento justo antes, cuando respiraba tan cerca de mí que parecía dispuesto a romperme de otra forma.

Y después... después simplemente se detuvo.

Se apartó como si hubiera recordado algo importante, como si besarme hubiera sido un error que no estaba dispuesto a repetir.

Qué idiota fui. Por un instante creí que aquel beso significaba algo para él.

Que detrás de esa fachada de vaquero gruñón había un hombre que me deseaba tanto como yo empezaba a desearlo a él.

Pero no. Claus Radkle siempre tiene el control.

Siempre es él quien decide cuándo acercarse y cuándo levantar un muro.

Yo solo fui un momento de debilidad. Uno que seguramente ya habrá olvidado.

Así que hago lo único que sé hacer cuando algo empieza a dolerme.

Trabajar. Pero sin arma esta vez y sin derramar sangre, qué aburrido.

Desde que amanece no hago otra cosa que mover sacos de alimento, limpiar los bebederos, revisar cercas y ayudar a Emma con las ovejas que no dejan de escaparse.

Nadie me obliga a hacer más de la cuenta, pero necesito mantener la cabeza ocupada.

Si dejo de moverme, volveré a pensar en él.

En el sabor de su boca. En la forma en que su mano sujetó mi nuca.

En cómo me apartó justo cuando empezaba a perder el poco juicio que me queda.

—¡Eve!

Levanto la cabeza.

Hazel corre hacia mí sujetando una manta bajo un brazo y una tablet entre las manos. Lleva dos coletas mal hechas que, sospecho, se hizo ella sola porque esta mañana no me dejó ayudarla.

—Necesito tu ayuda.

—¿Con qué?

—Es urgente.

Sonrío.

—¿Tan urgente?

Asiente con una seriedad que casi consigue convencerme.

—Muy urgente.

Antes de que pueda seguir trabajando, me agarra de la mano y prácticamente me arrastra hasta la sombra de un enorme roble. Extiende la manta sobre el césped con una precisión admirable y se deja caer encima.

—Siéntate.

—Hazel...

—Siéntate, por favor.

Suspirando, termino obedeciendo. Ella enciende la tablet y, segundos después, aparece una caricatura de un perro con sombrero de sheriff.

—¿Qué es eso?

La niña me mira escandalizada.

—¿No conoces al Sheriff Labrador?

—Creo que no.

Abre mucho los ojos.

—Entonces hoy cambiaremos eso.

No puedo evitar reírme.

Durante los siguientes minutos Hazel me explica quién es cada personaje con una emoción tan auténtica que termino prestando más atención a ella que al dibujo animado. Habla con las manos, cambia las voces de los personajes y hasta se enfada cuando uno de ellos hace algo que considera injusto.

Es imposible no sonreír.

Mientras ella sigue completamente concentrada en la pantalla, levanto distraídamente la vista hacia los corrales.

Y lo veo.

Claus.

Está al otro lado del rancho. Sin camisa.

El sol cae directamente sobre su espalda mientras carga unos tablones de madera como si no pesaran absolutamente nada.

Sus tatuajes recorren ambos brazos y parte del pecho.

Cada movimiento marca los músculos de su espalda con una naturalidad irritante.

Habla con varios hombres que no había visto antes. No son Graham. Tampoco Liam.

Estos son distintos.

Más serios.

Todos llevan sombrero y ropa de trabajo, pero ninguno tiene aspecto de granjero.

Se mueven demasiado coordinados, demasiado atentos a todo lo que ocurre a su alrededor.

Uno permanece siempre de espaldas al resto, vigilando los alrededores.

Otro nunca deja de observar los accesos del rancho.

Incluso la forma en que se ríen parece medida.

Esos hombres no trabajan aquí. Y, definitivamente, no son simples vaqueros.

Claus dice algo y los cuatro se ríen. Es una imagen extraña. Nunca lo había visto relajado con nadie. Pero mis ojos no ven amistad.

Ven entrenamiento.

Disciplina.

Hombres acostumbrados a obedecer órdenes. La misma clase de hombres que mi padre reunía antes de cada operación. Un escalofrío me recorre la espalda.

¿Quién eres realmente, Claus Radkle?

Porque cada día encuentro una pieza nueva que no encaja. Un vaquero que desaparece durante semanas porque "trabaja en la ciudad". Un hombre que dispara como un militar.

Que interroga como un agente.

Que marca con hierro caliente sin que le tiemble el pulso.

Que tiene alrededor hombres que parecen sacados de una unidad de operaciones especiales.

Y que besa... como alguien acostumbrado a ganar todas las guerras.

—Eve.

Hazel tira suavemente de mi manga.

—No estás viendo la tablet.

Parpadeo.

—Lo siento.

—Estás mirando a papá.

La niña sonríe con una malicia impropia de sus años.

—¿Te gusta?

Casi me atraganto con mi propia respiración.

—¿Qué?

—Mi papá.

Niego demasiado deprisa.

—No.

—Mientes fatal. —Suelta una risita y vuelve a concentrarse en la pantalla como si no acabara de lanzar una bomba sobre mi cabeza.

Yo, en cambio, ya no puedo apartar la vista de Claus. Él levanta la cabeza en ese mismo instante. Nuestras miradas se encuentran a través de todo el rancho.

No sonríe.

Yo tampoco.

Pero ninguno de los dos aparta los ojos. Y, mientras el resto del mundo sigue con su rutina, una idea empieza a abrirse paso dentro de mi cabeza.

Quizá escapé del peligro...solo para terminar viviendo con otro mucho peor.