Capítulo 21
Claus
No pensaba venir al pueblo. Ni siquiera me gusta este maldito lugar cuando es de noche. Puede ser muy tranquilo para algunos, pero no cuando ven carne fresca los carroñeros que deambulan por el lugar, no es nada bonito como cualquier otro lugar.
Las fiestas siempre terminan igual: alcohol gratis, forasteros creyéndose dueños del mundo, turistas buscando problemas y algún imbécil convencido de que una mujer sola es una invitación.
Precisamente por eso jamás dejaré que Hazel ponga un pie aquí cuando cae la noche.
Lo tenía claro desde que salí esta mañana.
Haría mi trabajo en la ciudad, volvería al rancho y el día terminaría como cualquier otro.
Pero llegué a casa.
Y la casa estaba demasiado silenciosa.
Mi padre estaba leyendo en el porche.
—¿Dónde están todos?
—Todos fueron a la fiesta del bar.
Sentí algo extraño. No miedo pero sí instinto. Ese que me ha mantenido vivo demasiados años.
—¿Y Eve?
—Fue con ellos.
No recuerdo haber respondido. Solo recuerdo las llaves de la camioneta entre mis dedos y el motor rugiendo antes incluso de cerrar la puerta.
Le había dicho una sola cosa.
No te metas en problemas. Y, maldita sea, parece que los problemas siempre la encuentran primero a ella. Conduje demasiado rápido. Más rápido de lo que debería. Y llegué a tiempo.
Por unos segundos. Solo unos malditos segundos.
...
La carretera permanece casi desierta mientras regreso al rancho. El motor rompe el silencio, las luces iluminan el asfalto húmedo y, a mi lado, Maeve continúa mirando por la ventanilla como si ni siquiera supiera dónde está.
No habla.
No pestañea.
No respira con normalidad.
—Eve.
Nada.
Ni siquiera gira la cabeza.
Aprieto la mandíbula.
—Eve.
Sigue igual.
No puedo imaginar qué demonios ha pasado dentro de su cabeza para verla así. La mujer que soportó un hierro caliente sin regalarme una lágrima ahora parece perdida en algún lugar donde ni siquiera yo puedo alcanzarla.
—Maeve.
Esta vez mi voz sale mucho más baja. Mi mano abandona el volante y busca la suya. En cuanto nuestros dedos se rozan siento el temblor. Está helada y tiembla sin control.
A la mierda.
Es todo lo que necesito y piso el freno con suavidad y aparto la camioneta al borde del camino. El motor queda encendido, pero ya no me importa llegar pronto.
Me importa ella. Me quito el cinturón y me inclino hacia el asiento del copiloto. Aprieto su mano entre las mías buscando que vuelva a sentir algo, cualquier cosa, y entonces ocurre.
Se rompe.
No hay otra forma de describirlo.
Primero una respiración temblorosa.
Después otra.
Y, finalmente, las lágrimas.
Llora con una desesperación silenciosa que me atraviesa el pecho de una forma que no esperaba. No intenta ocultarlo. No lucha contra ello. Solo deja que todo salga como si hubiera contenido ese dolor durante demasiados años.
Mierda.
Mierda.
Mierda.
La atraigo hacia mí casi por instinto. Su frente golpea mi pecho y, en cuanto rodeo su espalda con un brazo, empieza a llorar todavía más fuerte.
Cierro los ojos un instante.
¿Llegué tarde?
¿Acaso esos hijos de puta...?
—Lo siento... —dice entre sollozos—. Lo siento... yo solo...
Aprieto un poco más el abrazo.
—No tienes que disculparte.
Ella niega contra mi pecho.
—Lo odio...
Su voz apenas existe.
—Lo odio.
Bajo la barbilla hasta rozar su cabello.
—¿Qué odias, Eve?
Levanta lentamente la cabeza. Sus ojos están completamente enrojecidos. Nunca había visto tanta tristeza concentrada en una sola mirada.
—Que hombres como ellos existan.
Mi mano sube hasta su rostro. Necesito que me mire. Necesito saber la respuesta antes de hacer algo de lo que probablemente no me arrepienta jamás.
—Eve... —Trago saliva. Las palabras cuestan más de lo habitual.—¿Ellos llegaron a...?
No soy capaz de terminar la pregunta. Ella entiende perfectamente qué intento decir.
Niega despacio.
Una sola vez. Y no me doy cuenta de que llevaba varios segundos sin respirar hasta que el aire vuelve de golpe a mis pulmones.
El alivio apenas dura un instante. Porque inmediatamente después llega otra cosa.
Rabia.
Una rabia tan fría que casi puedo saborearla.
Voy a encontrarlos.
Voy a descubrir quiénes son.
Y desearán no haber nacido.
La vuelvo a abrazar sin decir una palabra más. Esta vez no para consolarla.
También para contenerme a mí.
Permanecemos así durante varios minutos. Poco a poco noto cómo su respiración recupera el ritmo. Sus manos dejan de temblar. El peso de su cuerpo se relaja hasta que, finalmente, se queda dormida apoyada contra mi pecho.
Bajo la vista y tiene el ceño ligeramente fruncido incluso dormida. Como si ni en sueños pudiera descansar. Conduzco el resto del camino con una sola mano sobre el volante mientras la otra permanece alrededor de ella. No pienso demasiado en ello.
Simplemente no quiero que vuelva a sentirse sola.
...
Cuando las luces del rancho aparecen frente a nosotros, detengo la camioneta junto a la casa y apago el motor. Eve abre lentamente los ojos y parpadea varias veces antes de incorporarse de golpe, como si acabara de recordar dónde está.
—Lo siento, Claus.
La observo unos segundos.
—No te disculpes.
Baja la mirada.
—Arruiné tu noche.
No puedo evitar soltar una risa seca.
—Mi noche ya estaba arruinada desde que descubrí que habías ido a esa fiesta.
De repente, una pequeña sonrisa aparece en la comisura de sus labios. Pequeña y cansada, pero real.
—Sigues siendo un vaquero amargado.
—Y tú sigues sin obedecer. Te dije que no te metieras en problemas, pero lo que pasó no fue culpa tuya.
Nuestros ojos vuelven a encontrarse. El silencio regresa, pero ya no pesa igual. Ella está tan cerca que puedo distinguir cada una de las pecas que cruzan su nariz. Un mechón oscuro cae sobre su mejilla y, sin pensar, lo aparto con los dedos.
No debería hacerlo. Ella tampoco debería inclinarse apenas hacia mí, pero lo hace, y yo también.
La beso. Sin pedir permiso. Ella no retrocede; me devuelve el beso con la misma fuerza con la que me desafía todos los días.
Mi mano se cierra en su nuca, la suya en mi camisa.
No hay dulzura. Solo rabia, tensión y demasiadas ganas contenidas por probarla, al menos así, su boca, esa jodida boca que me desafía.
Es el tipo de beso que sabes que no deberías dar...
y precisamente por eso resulta imposible detener.
Pero tanto ella como yo queremos más cuando comienza a desabotonar mi camisa y la detengo. Soy yo quien rompe el beso. No porque quiera, es porque jodidamente no haremos esto, sintiendose vulverable en estos momentos. Casi la violan, joder y debe estar confundida.
Apoyo mi frente contra la suya unos segundos mientras intento recuperar el control.
—¿Quieres abrir las puertas del infierno, Salvaje?
Ella abre los labios para responder.
—Yo...
Levanto una mano y, con un gesto suave, le impido continuar.
—No. —Mi voz sale ronca.—Todavía no estás lista para todo lo que quiero hacerte.
Permanezco un instante más mirándola.
Después ella abre mi puerta.
—Buenas noches, Claus.
Salgo de la camioneta antes de que cambie de opinión y ella es la primera en entrar a la casa.
No vuelvo la vista hacia enfrente hasta escuchar la puerta de la habitación de ella cerrarse a lo lejos, solo entonces apoyo ambas manos sobre el lavabo de la cocina y dejo escapar lentamente el aire.
Hay pensamientos peleándose dentro de mi cabeza.
El primero tiene nombre y apellido. Maeve Kavanagh. Los dos hombres del callejón a los que voy a encontrar. Y cuando lo haga, descubrirán que la peor decisión de sus vidas no fue obligarme a intervenir, fue tocar a Maeve Kavanagh.
El segundo pensamiento es todavía más peligroso porque es la continuación del primero. Porque no lleva un arma. Lleva unos ojos verdes, pecas sobre la nariz... y un beso que todavía puedo sentir en mis labios.
Y mantenerme alejado de ella empieza a parecer una misión mucho más difícil que destruir cualquier organización criminal.