Capítulo 20
Eve
Estos últimos días en el rancho me enseñan una verdad que jamás habría imaginado: el cuerpo termina acostumbrándose a casi todo.
Al dolor de la quemadura que Claus me dejó grabada en la pierna.
A las costillas que todavía protestan cuando levanto un saco de alimento algunas veces.
Al olor permanente a heno, estiércol y cuero.
Incluso a despertarme antes de que salga el sol.
Lo que mi cuerpo todavía no consigue entender es por qué, cada vez que creo haber dejado de pensar en él, aparece otra razón para hacerlo.
Hoy no está. Salió antes del amanecer como me lo dijo, y el rancho parece...
ligero. Nadie espera una mirada de desaprobación, nadie teme escuchar esa voz grave dando órdenes desde el otro extremo del establo.
Es extraño admitirlo, pero su ausencia también se nota.
Paso la mañana limpiando los corrales junto a Emma y Graham mientras Liam intenta convencernos, por quinta vez, de que una carretilla puede moverse más rápido si uno le habla con cariño.
—Eso no tiene ningún sentido —dice Emma, soltando una carcajada.
—Claro que lo tiene. Los caballos responden a la voz. ¿Por qué una carretilla no?
—Porque la carretilla no tiene cerebro.
—Yo tampoco cuando me enamoro y aquí sigo.
Graham niega con la cabeza.
—Algún día te vas a casar con una mujer que te haga trabajar el doble.
—Con que esté buena, acepto el riesgo.
Emma le lanza un puñado de paja a la cara.
—Eres insoportable.
No puedo evitar reírme. Una risa de verdad. Hace tanto tiempo que no me sale una sin esfuerzo que hasta yo misma me sorprendo.
Liam me mira de reojo.
—¿Ves? Ya logré que la nueva sonriera.
—No te emociones tanto —respondo mientras empujo otra carretilla—. Ha sido un accidente y deja de llamarme nueva.
—Lo tomaré como una victoria.
Seguimos trabajando hasta que el sol empieza a caer. El calor disminuye y el viento trae el olor de los campos recién regados. Estamos terminando de guardar las herramientas cuando Liam deja caer una noticia como quien habla del clima.
—Hay una fiesta esta noche en el pueblo. El jefe nos dijo que podíamos salir temprano ya que no está.
Levanto la cabeza.
—¿Una fiesta?
—Es en un bar —explica Graham—. Música, cerveza y comida. Lo de siempre.
Emma deja el rastrillo apoyado contra la pared y se vuelve hacia mí con una sonrisa.
—Deberías venir.
—Sí —añade Liam enseguida.
—Haré que Graham también se anime. —dice Emma viendo a su marido.
—Como si necesitara convencerme.
Emma vuelve a mirarme.
—Claro... si el jefe te da permiso.
Resoplo antes de poder evitarlo.
—No necesito el permiso de nadie.
Los tres intercambian una mirada. Después sonríen. Y no dicen nada más.
…
Dos horas después estoy mirándome en el pequeño espejo de la habitación de Emma. Todavía no entiendo cómo ha conseguido convencerme.
Llevo un vestido sencillo de flores pequeñas que ella asegura que pertenecía a su hermana menor. Encima, una chaqueta vaquera porque las noches en Yorkshire son traicioneras. En los pies, unas botas rosas que Liam ha jurado, entre risas, que "son imposibles de combinar con cualquier cosa".
Emma me recoge el cabello con una pinza metálica y deja caer algunos mechones alrededor de mi rostro.
—Listo.
Me observo.
No parezco yo. No parezco Maeve Kavanagh. Solo una chica de casi veintiún años preparándose para salir con sus amigos. Es una sensación extraña. Y peligrosamente agradable.
La pequeña casa de Emma y Graham es modesta, sin lujos, impecablemente limpia y huele bien. Es increíble lo feliz que pueden ser las personas con tan poco.
—El maquillaje es de farmacia —dice Emma mientras guarda las brochas.
—¿Eso era una advertencia?
—Era una disculpa.
Las dos nos echamos a reír.
—El maquillaje es perfecto, Emma. Gracias por ayudar a esta forastera.
…
El pueblo entero parece haberse reunido en la plaza. Es la primera vez que veo este lugar, en cuanto llegué en coche semanas atrás, no presté atención a mis alrededores y ese fue el primer error. No me di cuenta de lo hermoso y simple que puede ser.
Hay música en directo, luces colgadas entre los árboles, niños corriendo con algodón de azúcar y ancianos bailando como si todavía tuvieran veinte años.
Graham desaparece casi inmediatamente para saludar a medio mundo, Liam consigue dos cervezas antes incluso de que encontremos una mesa y Emma me arrastra directamente hacia la pista improvisada.
—¡Vamos!
—No bailo. —y no es mentira. Bailaba ballet, eso es todo.
—Mentira.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tienes cara de saber bailar.
Si supiera. No tengo tiempo de responder. La música cambia y Emma ya me está sujetando de las manos. Al principio me siento ridícula. Después mi cuerpo empieza a recordar cosas que mi cabeza había enterrado. El equilibrio. El ritmo. La forma de seguir una melodía sin pensar demasiado.
No es ballet.
Jamás lo será. Pero, durante unos minutos, vuelvo a sentir que mi cuerpo me pertenece. Estoy girando con Emma cuando una mano se desliza descaradamente sobre mi trasero.
Todo ocurre en menos de tres segundos.
Me giro. Encuentro al responsable. Un hombre con sombrero, completamente borracho, sonríe enseñando unos dientes amarillos.
—Ven acá, preciosa...
No termina la frase. Mi puño impacta primero contra su mandíbula. Él tambalea. La botella que alguien ha dejado sobre una mesa termina en mi mano antes de que siquiera piense en ello.
La estrello contra un lado de su cabeza y el cristal estalla. El hombre cae al suelo completamente inconsciente. El silencio dura exactamente dos segundos.
Después alguien empieza a reír.
Otro lo sigue. Y, en menos de un minuto, la música vuelve a sonar mientras dos amigos del borracho lo arrastran fuera del lugar sujetándolo por los brazos.
Como si aquello ocurriera todos los viernes. Emma llega hasta mí con los ojos abiertos de par en par.
—¿Estás bien?
Todavía tengo el cuello caliente por la rabia.
—Nadie me toca el culo.
Ella parpadea. Después rompe a reír.
—Definitivamente me caes bien.
…
Terminamos sentados alrededor de una mesa de madera con otra ronda de cervezas. El ambiente vuelve a relajarse y, mientras escucho a Liam discutir con un anciano sobre cuál es la mejor cerveza del condado, aprovecho para hacer la pregunta que lleva días rondándome la cabeza.
—¿Y cuál es la historia del jefe?
Los tres se miran. Es Emma quien termina respondiendo.
—Claus casi nunca viene a Yorkshire. Solo aparece en vacaciones o en fechas especiales.
Frunzo el ceño.
—Entonces... ¿Vive en otro sitio?
—Sí. —responde, dándole un sorbo a su cerveza.—Tiene otro trabajo en la ciudad.
Eso me desconcierta. Siempre asumí que era un simple ranchero. Quizá otro rancho o una empresa agrícola.
—¿De qué trabaja?
Graham levanta ambos hombros.
—Nadie lo sabe.
Emma señala su cerveza.
—Creo que he bebido demasiado para pensar en eso.
—Quizá esté casado... —dice Liam muy serio. —Hace una pausa dramática. —...o sea un asesino.
Los tres estallan en carcajadas.
Yo no. Porque aquí estoy. Una asesina. Sentada entre personas que creen que mi mayor preocupación consiste en limpiar establos.
Qué ironía.
—El jefe es un buen hombre —dice Graham cuando las risas terminan—. Solitario, sí. Demasiado serio también. Pero es un buen padre y un gran jefe. Es una pena que sea tan amargado.
No digo nada. Solo doy otro trago a la cerveza. Porque, por mucho que me cueste admitirlo, estoy de acuerdo. Liam aprovecha el silencio para señalarme con el cuello de la botella.
—¿Y tú de dónde vienes?
Sonrío apenas.
—De ninguna parte. Necesitaba trabajo... y el resto es muy aburrido.
Es la mentira más sencilla que he dicho en toda la noche. Y quizá por eso resulta la más fácil de creer.
Emma apoya un codo sobre la mesa.
—Eres muy joven... ¿Cuántos años tienes?
—Cumpliré veintiuno en unos días.
Liam abre mucho los ojos.
—Joder... sí que eres joven.
Graham le da un golpe suave en el hombro.
—Tú también tienes veintiuno, idiota.
—Sí, pero yo parezco más adulto.
Emma lo mira de arriba abajo.
—No. Pareces un niño con barba.
La mesa vuelve a llenarse de risas. Y mientras los escucho discutir, descubro algo que me asusta mucho más que cualquier interrogatorio de Claus. Estoy empezando a sentirme parte de este lugar. Y cuanto más me aferre a él... más doloroso será el momento de marcharme.
…
No recuerdo la última vez que me divertí.
La idea me golpea cuando salimos del bar entre risas, empujones y el murmullo alegre de la gente que sigue llenando la plaza.
El aire de la noche es fresco y trae consigo el olor de la lluvia que seguramente caerá antes del amanecer.
Graham lleva un brazo alrededor de los hombros de Emma mientras ella intenta convencerlo de que todavía puede conducir perfectamente, aunque ambos saben que será él quien tome el volante.
Liam ya ni siquiera está con nosotros. Lo vimos desaparecer de la mano de una chica pelirroja que lo miraba como si fuera el hombre más interesante del condado.
—¡Nos vemos mañana! —grita desde la otra acera antes de perderse calle abajo.
—Ese chico no tiene remedio —murmura Graham riéndose.
—Pero nunca se aburre.
Los tres seguimos caminando hasta el pequeño estacionamiento detrás del bar. Graham abre la puerta del coche y Emma entra primero. Antes de subir, ella gira la cabeza hacia mí.
—¿Vienes?
—Ya voy.
Levanto la cerveza que todavía sostengo entre los dedos.
—Solo necesito un minuto.
Ella asiente sin darle importancia.
—No tardes.
La puerta se cierra. El motor cobra vida. Yo permanezco inmóvil unos segundos, respirando el aire frío de la noche.
Entonces lo siento.
No escucho nada.
No veo a nadie.
Pero mi cuerpo cambia.
Los años dentro de la organización me enseñaron una cosa antes incluso de aprender a disparar. Cuando el peligro está cerca...el cuerpo lo sabe antes que la cabeza.
Mi mano deja caer lentamente la botella vacía.
El cristal golpea el suelo.
Me giro.
No hay nadie.
Qué raro. Doy otro paso. Y entonces ocurre. Una mano enorme cubre mi boca. La otra rodea mi cintura. Todo sucede demasiado deprisa. Me arrastran hacia la oscuridad de un callejón antes siquiera de que pueda clavar el codo en unas costillas.
Intento gritar.
El sonido muere contra aquella palma áspera.
Al otro lado de la calle, en el coche estan Graham, y Emma estalla en una carcajada por algo que él acaba de decir.
No me escuchan.
Mi espalda golpea violentamente la pared del callejón antes de que me empujen hacia el suelo. Las piedras raspan mis rodillas y el vestido se desliza varios centímetros por mis piernas. Intento incorporarme inmediatamente, pero uno de ellos me devuelve al suelo de una patada en el hombro.
Levanto la vista.
Y reconozco el rostro.
El hombre de la botella.
Todavía tiene un corte reciente junto a la sien.
Sonríe. Una sonrisa llena de odio.
—Ya no te ves tan valiente, maldita perra.
No está solo. Hay otro hombre junto a él.
Más grande. Los dos me observan de la misma manera. Como si ya hubieran decidido qué van a hacer conmigo. El segundo baja lentamente la vista hacia mis piernas descubiertas. Después vuelve a mirar a su compañero.
Los dos sonríen. Un escalofrío me recorre la espalda.
No.
Eso no.
Cualquier cosa menos eso. Apoyo las manos contra el suelo intentando levantarme.
—No me violarán... —Mi voz sale ronca. Pero firme.—...hijos de puta.
El hombre de la botella se acerca despacio. Demasiado despacio. Se agacha frente a mí.
—¿Ah, no?
Ni siquiera veo venir el golpe. El revés de su mano impacta directamente contra mi rostro.
La cabeza gira con violencia. El mundo desaparece durante un segundo. Y, cuando vuelve...ya no estoy en Yorkshire.
Tengo ocho años. Estoy en casa. Mi padre acaba de perder una partida de póker.
Yo derramé un vaso de whisky sin querer. Después llega la primera bofetada. Luego otra.
Y otra.
—Las Kavanagh no lloran. Levántate.
— No seas débil.
Regreso al presente incapaz de respirar. No veo el callejón. No veo a los hombres. Solo escucho aquella voz. La de mi padre.
La que creí haber enterrado para siempre.
—¿Qué pasa?
La voz del borracho llega muy lejos. Como si estuviera debajo del agua.
—Ya no hablas tanto...
Mis manos empiezan a temblar. No por miedo sino por el recuerdo.
—Hay que hacerlo rápido —dice el otro hombre mientras mira nervioso hacia la calle.
El primero vuelve a acercarse.
Esta vez no me golpea. Su mano asciende lentamente por mi muslo. Mi cuerpo deja de responder.
No.
No.
Cierro los ojos. Y entonces...
...el peso desaparece.
Escucho un golpe seco. Después otro.
Un grito.
Abro los ojos justo a tiempo para ver cómo uno de ellos atraviesa literalmente el aire antes de estrellarse contra un contenedor de basura.
El segundo apenas consigue darse la vuelta. Un puñetazo le rompe la nariz. Luego una rodilla le hunde el estómago. Cae de rodillas intentando respirar.
Una pistola aparece apuntando directamente entre sus ojos.
Conozco esa postura.
Conozco esa precisión.
No es un vaquero esta noche.
—Señor Radkle...
La voz del hombre tiembla.
—No sabíamos...
—Señor...
Claus ni siquiera pestañea. Tiene el arma completamente inmóvil. Los ojos convertidos en hielo. Nunca lo había visto así. Y, por alguna razón, eso me da más miedo que los dos hombres juntos.
—Denme una razón... —Su voz sale baja. Terriblemente tranquila.—Para no matarlos aquí mismo.
Ninguno responde. El silencio se vuelve insoportable. Uno de ellos empieza a llorar. El otro baja lentamente las manos.
Yo sigo en el suelo.
Incapaz de moverme.
Incapaz de hablar.
—Señor...
—Será mejor que corran o los mataré.
Claus monta el seguro del arma con un movimiento lento. No necesitan escucharlo dos veces. Los dos salen huyendo prácticamente arrastrándose, desapareciendo calle abajo sin volver la vista atrás.
El callejón queda completamente en silencio. Solo escucho mi respiración.
O eso creo. Porque todo sigue sonando demasiado lejos.
Claus guarda el arma. Se acerca despacio y dice algo. No entiendo qué, mueve los labios otra vez.
Sigue hablándome.
No escucho nada.
Él se arrodilla frente a mí. Su mano toca mi mejilla con una delicadeza que no esperaba. Sigue diciendo mi nombre.
Creo.
No estoy segura. Solo siento cuando me levanta del suelo.
Esta vez no protesto. No tengo fuerzas. No tengo pensamientos.
Solo un enorme vacío dentro del pecho. Me lleva hasta una camioneta negra estacionada unos metros más allá.
Abre la puerta del copiloto y me sienta con un cuidado que contrasta demasiado con el hombre que me marcó como a un animal.
Después tira suavemente del cinturón de seguridad y lo abrocha sobre mi pecho.
Todo ocurre en silencio. Sube al asiento del conductor y luego enciende el motor. Las luces iluminan la carretera.
Ninguno de los dos habla.
Yo observo la oscuridad detrás del parabrisas mientras apoyo la cabeza contra la ventanilla.
Todavía siento el ardor del golpe. Pero duele mucho más el recuerdo que despertó con él.
Solo quiero que el camino no termine nunca.
Porque sé que, en cuanto esa camioneta se detenga...
tendré que volver a enfrentarme a mí misma.