Raven (Código Negro 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

Eve

Nunca imaginé que una mesa pudiera ponerme más nerviosa que un interrogatorio.

Tal vez porque en un interrogatorio sabes que el otro quiere hacerte daño. Aquí no. Aquí me ofrecen un plato caliente, una silla y una familia sentada alrededor de la misma mesa. Y eso resulta mucho más peligroso para alguien como yo.

Porque no lo merezco, y mi familia tiene la culpa de ello. Nunca fui digna de un plato de comida caliente sobre la mesa o de tener una conversación en familia mientras comíamos. Solo eran órdenes y castigos, poder y miedo.

La cocina huele a pan recién horneado, carne asada y verduras.

Arthur ha cocinado la mayor parte de la cena mientras Claus terminaba de trabajar fuera.

Hazel no deja de mover las piernas debajo de la silla porque quiere contar absolutamente todo lo que hizo durante el día.

Habla de una mariposa que encontró, de una gallina que decidió perseguirla durante cinco minutos y que su gata volvió a dormir encima de mi cama porque, según ella, "ya me adoptó".

Yo apenas sonrío mientras la escucho. Hace años que no compartía una comida donde nadie estuviera armado, donde nadie discutiera por territorio o dinero, donde el silencio no fuera una amenaza constante.

Una vez la comida está servida. Claus entra, deja el sombrero sobre la encimera, se lava las manos y le da un beso a Hazel en la cabeza cuando se sienta a su lado.

Y precisamente por eso sé que la paz no durará.

Entre más lo veo, más se me hace difícil alejar la mirada por la forma en cómo me ve, cómo me habla y es casi una tortura tener que soportar la magnitud de sensualidad que este hombre desprende cuando lo tengo cerca.

Ellos dan las gracias en silencio, algo que es de esperarse siendo una familia de campo, y es algo que jamás vi con mis propios ojos, solamente sabía que existía.

¿Puedo ser más ridícula? Incluso Hazel junta sus pequeñas manos y da las gracias a su abuelo por el banquete.

Una vez nos disponemos a comer, quiero hasta llorar de lo rico que se ve y sabe todo, pero así como es de bueno, acaba cuando Arthur comienza a hablar:

—Háblame un poco de ti, Eve.

Levanto la vista lentamente. Arthur deja los cubiertos a un lado mientras me observa con esa calma que solo tienen los médicos. No parece estar interrogándome. Parece estar intentando entender a la persona que tiene delante. Aun así, mi cuerpo entero se pone en guardia.

Él no es como tu padre, Eve. Nadie de aquí lo es.

—¿De mí? —pregunto, formando una pequeña sonrisa.

—No te conozco y no vamos a tocar ciertos temas. —Su mirada viaja hasta Hazel, que sigue completamente concentrada en hacer montañas de puré con el tenedor—. Solo quiero saber a quién estamos... cuidando.

La palabra se queda suspendida entre nosotros.

Cuidando. Miro un instante a Claus. Él continúa comiendo como si la conversación no fuera con él, pero conozco demasiado bien esa mandíbula tensa. Está escuchando cada palabra.

—¿Qué quiere saber?

Arthur apoya los antebrazos sobre la mesa.

—Sobre tu familia.

Antes de que pueda responder, Claus habla.

—Papá... —Hay una advertencia en su voz.

Arthur ni siquiera lo mira.

—¿Eras cercana a ellos?

Cercana. La palabra rebota dentro de mi cabeza. Si supiera lo que en realidad es. Lo más cerca que estuve de mi madre fue cuando todavía estaba dentro de su vientre.

Después desapareció. No físicamente ni emocionalmente. Nunca volvió a existir para mí ni yo para ella, incluso antes de morir, cuando enfermó, no quiso que nadie estuviera con ella, tampoco quiso un funeral. Y de mi padre...

Lo más cerca que estuvo de mí fue la palma de su mano estampándose contra mi cara cuando era una niña, los nudillos golpeándome la cabeza porque llorar era un signo de debilidad y la voz diciéndome una y otra vez que una Kavanagh no tenía derecho a sentir miedo.

Pero sé que Arthur no está preguntando eso. Sé perfectamente lo que quiere decir. Quiere saber si soy como ellos. Si soy una asesina. Si disfruto haciendo daño.

No soy idiota.

Ellos ya saben quién era mi padre. Saben lo que significa su apellido. Mi familia ha dejado demasiada sangre repartida por todo el Reino Unido como para fingir que nadie los conoce. Bajo lentamente el tenedor. De repente la comida ya no sabe a nada.

—No siempre fui… cercana.

Arthur permanece en silencio unos segundos.

—Explícate.

Claus deja los cubiertos sobre el plato.

—Papá.

—Déjala responder, hijo. Creo que podemos mantener una conversación aquí sin que nadie salga herido.

Respiro despacio. No puedo decirles la verdad. Pero tampoco quiero seguir mintiendo todo el tiempo.

—No siempre estuve de acuerdo con las decisiones que tomó mi padre dentro de... la organización.

Arthur asiente despacio.

—¿Cazaban animales o bestias?

Frunzo ligeramente el ceño. Él sonríe con tristeza.

Lo traduzco. ¿Asesinamos malos... o inocentes? La cocina queda completamente en silencio. Hazel deja de comer. No entiende la conversación. Pero sabe que algo ha cambiado.

Yo miro fijamente el plato.

Malos.

Inocentes.

Qué diferencia hay. La sangre siempre tiene el mismo color. El dolor siempre suena igual. Y los muertos nunca preguntan quién tenía razón. Aprieto los puños por debajo de la mesa hasta sentir cómo las uñas se hunden en la palma de mi mano.

Necesito ese dolor.

Necesito recordar dónde estoy.

—Solo... bestias , señor.

La mentira sale tan limpia que incluso yo podría creerla. Arthur no responde inmediatamente. Solo me observa. Como si intentara decidir si acaba de escuchar una verdad... o una respuesta aprendida hace muchos años.

Finalmente asiente despacio.

—Bien.

¿Bien? Eso es todo.

No insiste, ni vuelve a preguntar. Y, curiosamente, esa confianza pesa mucho más que cualquier interrogatorio. Porque no la merezco. Empujo el plato unos centímetros. He perdido completamente el apetito.

—Gracias por la cena.

Me pongo de pie despacio y lavo mi plato, algo que jamás hice en mi propia casa, tenía personal para eso y a veces ni siquiera comía en mi propia casa.

—Buenas noches a todos.

Hazel es la primera en reaccionar.

—¡Buenas noches, Eve!

Corre hasta mí con esos pasitos rápidos que siempre parecen estar a punto de hacerla caer. Antes de que pueda decir nada, rodea mi cintura con los brazos y apoya la cabeza contra mi estómago.

Mi cuerpo entero se queda inmóvil. Hace mucho tiempo que nadie me abraza sin esperar algo a cambio. Trago saliva. Levanto una mano y acaricio lentamente su cabello castaño.

Es increíblemente suave ahora que me deja peinarla todos los días.

—Buenas noches, cariño.

Ella levanta la cabeza y me dedica una sonrisa enorme. Sale corriendo y regresa a la mesa a terminar su cena. Cuando vuelvo a levantar la vista, Arthur también se ha marchado discretamente de la cocina.

Solo queda Claus.

De pie. Apoyado contra la encimera.

Mirándome.

No hay rabia. Solo demasiadas preguntas.

—No le mentiste del todo, ¿verdad? —dice finalmente.

Sostengo su mirada.

—No.

—Pero tampoco le dijiste toda la verdad.

Niego despacio.

—Todavía no puedo diferenciar ciertas cosas, Claus.

Él asiente una sola vez. Como si ya esperara esa respuesta.

—¿Algún día podrás?

La pregunta me atraviesa. Porque, por primera vez en muchos años, deseo que la respuesta sea sí. Pero pertenezco a un mundo donde la verdad siempre termina matando a alguien. Y no estoy dispuesta a que ese alguien sea él.

—Buenas noches, vaquero .

Paso a su lado con la intención de subir a mi habitación. Cuando nuestros hombros casi se rozan, él habla otra vez, esta vez tan bajo que apenas lo escucho.

—Buenas noches... Maeve.

Me detengo solo un instante. No me giro. Porque si lo hago, quizá empiece a creer que todavía existe una vida donde alguien pueda pronunciar mi verdadero nombre... sin miedo.

…

No llevo ni cinco minutos en mi habitación cuando llaman a la puerta y no hace falta preguntar quién es.

—Adelante.

La puerta se abre despacio y Claus aparece apoyando un hombro en el marco. Ya no lleva aquella expresión de hombre enfadado que tuvo durante el día. Ahora parece... cansado. Como si hubiera estado peleando consigo mismo desde que terminó la cena.

—Una cosa más.

Levanto una ceja.

—¿No te cansas de dar órdenes?

No responde enseguida. Sus ojos se detienen un instante en mi rostro, recorriéndolo con demasiada calma, y por un segundo tengo la absurda sensación de que busca algo. Después vuelven a encontrarse con los míos.

Maldita sea.

¿Por qué me pone nerviosa que me mire así? Siento el calor subir hasta mis mejillas y me odio por ello.

—Mañana saldré temprano.

Cruzo los brazos.

—¿Y por qué me lo dices?

—Porque regresaré tarde.

Da un paso dentro de la habitación.

—Quiero que te comportes.

—¿Comportarme? —me río.

—Y no te hagas daño, por el amor de Dios. —Responde, dando otro paso. —Y no te metas en problemas.

No puedo evitar sonreír con ironía.

—No lo haré, señor.

La palabra apenas termina de salir de mi boca cuando él ya está delante de mí.

Tan cerca que apenas tengo tiempo de reaccionar.

Su mano asciende lentamente hasta rodear mi cuello.

Aprieta, pero sin hacerme daño. Solo mantiene el contacto suficiente para impedir que me aparte mientras, con la otra mano, empuja la puerta hasta cerrarla.

El clic de la cerradura resuena en toda la habitación. Mi respiración se vuelve más lenta y la suya también.

—Ten cuidado, Salvaje. —Su voz es grave. Demasiado baja.—No me creo ni una sola palabra de lo que dijiste ahí abajo.

Sostengo su mirada.

—¿Ah, no?

—No.

Sus ojos no abandonan los míos.

—¿Bestias? —Hace una pausa. —¿Así llaman también a sus víctimas?

La pregunta golpea donde más duele. Intento mantener el rostro impasible. No voy a regalarle una reacción esta vez. Ni siquiera estoy intentando quitar su jodida mano de mi cuello.

—Creo que eres todo lo contrario de lo que intentas aparentar.

Su pulgar roza apenas mi mandíbula mientras habla. El gesto es mínimo. Casi accidental. Pero consigue desarmarme más que cualquier amenaza.

—Eres letal. —Hace otra pausa. —Y eres salvaje.

Mi corazón late demasiado deprisa.

—Así que ten cuidado. —Sus ojos se endurecen.—Tu tiempo se acaba.

Trago saliva.

—¿Qué quieres decir?

—Que o me dices por qué apareciste en mi bosque... —Se inclina apenas hacia mí. —...o te vas.

Ahí está. La conversación que llevo evitando desde el primer día.

Pero la realidad es que no tengo teléfono.

No tengo armas. No tengo forma de contactar con los míos.

Ni siquiera sé si puedo confiar en los pocos nombres que todavía repaso una y otra vez antes de dormir.

Al principio pensé que la lista de posibles traidores era corta.

Después comprendí que quizá el único error fue creer que podía confiar en alguien.

Y, para empeorar las cosas, Hazel. Esa niña se ha abierto paso donde nadie debía hacerlo. Porque ya no solo pienso en escapar. También pienso en lo que dejaría atrás.

—Suéltame. —Mi voz apenas supera un susurro. Él no lo hace.

—¿Vas a hablar?

La pregunta queda suspendida entre nosotros. Está demasiado cerca. Puedo notar el calor que desprende después de todo el día trabajando, el aroma limpio de la ducha mezclado con el olor de la madera que parece acompañarlo siempre. Mi espalda toca la pared y apenas queda espacio entre los dos.

Bastaría con inclinarme unos centímetros. Solo unos centímetros.

Qué idea tan desastrosa.

Mis labios permanecen cerrados.

No puedo hablar.

Porque la verdad arrastraría a esta familia a una guerra que no les pertenece.

Claus sostiene mi mirada durante varios segundos más. Después deja escapar una respiración lenta. Como si la respuesta ya la conociera desde el principio.

—Es lo que imaginaba.

Retira la mano de mi cuello. Toda la tensión desaparece de golpe y, sin ese apoyo, doy un pequeño paso hacia un lado. El borde de la cama golpea mis piernas y termino sentándome sobre el colchón sin apartar la vista de él.

Claus permanece inmóvil. Observándome con una mezcla peligrosa de ambas cosas y algo más que ninguno de los dos parece dispuesto a nombrar.

Sus ojos recorren un instante mi ropa. El pantalón de trabajo.

La camisa de cuadros demasiado grande para mí.

El cabello todavía desaliñado por el trabajo duro del día.

No hay nada especial. Nada que justifique la forma en que me mira. Y, aun así, siento que ve mucho más de lo que debería.

Finalmente rompe el silencio.

—Una semana, Eve. —Su voz recupera la firmeza de siempre. —Solo te daré una semana.

—¿Y después?

Él abre la puerta. No responde enseguida. Solo cuando ya está en el umbral habla sin girarse.

—Después dejarás de tener elección.

La puerta se cierra con suavidad. Me quedo sola en medio de la habitación, incapaz de apartar la vista de la madera cerrada frente a mí.

Una semana.

Siete días.

Para decirle lo que me pasó. Para que piense que soy una mujer debil que no debería llevar en sus hombros un trabajo que lo podría hacer mejor un hombre. Una semana para decidir si puedo confiar en el único hombre que, al mismo tiempo, me ha salvado la vida... y me mantiene prisionera.

Y, por alguna razón, eso último es lo que menos miedo me da.