Capítulo 18
Claus
No necesito vigilarla. O eso me repito toda la tarde.
Eve lleva aquí suficientes horas para saber dónde está cada herramienta, qué animales no debe tocar y cuáles sí, cómo se limpia un establo y dónde termina cada cosa.
Emma, Graham y el metiche de Liam seguramente ya le explicaron el resto.
Son buena gente. Demasiado buena. Sobre todo, con ella.
La han tratado como si llevara años trabajando aquí y no como una desconocida que apareció medio muerta en mi bosque con un apellido capaz de iniciar una guerra.
Debería molestarme. En cambio, termino caminando hasta el lindero del corral con la absurda excusa de comprobar cómo va el trabajo.
La verdad es otra. Sé perfectamente que no hará un buen trabajo.
Nunca ha hecho una labor física en su vida.
Se nota en la forma en que sostiene las herramientas, en cómo intenta ocultar el cansancio y en el orgullo enfermizo con el que se niega a pedir ayuda.
La encuentro barriendo el último pasillo del granero.
Tiene el cabello negro recogido de cualquier manera, varios mechones pegados al cuello por el sudor y la camisa de cuadros remangada hasta los codos.
Está completamente cubierta de polvo, con una mancha de heno en una mejilla y las botas llenas de barro.
Si alguien me hubiera enseñado una fotografía suya hace un mes, jamás habría imaginado que la heredera de la familia Kavanagh terminaría así.
Y, sin embargo, hay algo inquietantemente hermoso en verla fuera de ese mundo.
No parece una princesa. No parece una criminal.
Solo parece una mujer agotada intentando demostrar que todavía puede mantenerse en pie.
Entonces la veo cojear.
Es apenas un instante. Tan leve que cualquiera podría pasarlo por alto. Da un paso, carga el peso sobre la pierna sana y vuelve a enderezarse antes de que nadie lo note.
Cualquiera.
Menos yo.
Camino hacia ella sin pensarlo demasiado.
—Estás cojeando.
Ella sigue barriendo. Ni siquiera levanta la cabeza.
—Estoy bien, vaquero.
—No te he preguntado cómo estás. He dicho que estás cojeando.
—Y yo te estoy diciendo que estoy bien.
Da otro paso. Vuelve a cojear. Y sigue fingiendo que no ocurre nada.
Aprieto la mandíbula.
—Eve...
—Estoy trabajando… jefe.
Ni siquiera espera mi respuesta. Continúa alejándose con la escoba al hombro como si la conversación hubiera terminado.
La observo unos segundos más antes de girarme.
Conozco esa terquedad. Ya la he visto antes.
Es exactamente la misma expresión que tenía cuando la encontré en el bosque apuntándome con una pistola mientras apenas podía respirar.
Si insiste en que está bien, podría caerse delante de mí y seguiría negándolo.
Salgo del granero y encuentro a mi padre cepillando a Atlas, su caballo favorito. El viejo levanta la vista apenas me escucha acercarme y ni siquiera necesita preguntarme qué ocurre. Me conoce demasiado.
—Se cayó. —dice sin mirarme.
Me detengo en seco.
—¿Cómo que se cayó?
—La vi hace un rato.
Sigue cepillando al caballo como si estuviera hablándome del clima.
—Tropezó con un cubo. Cayó sobre una piedra.
Mi cuerpo entero se tensa.
—¿Y por qué nadie me avisó?
Arthur me dedica una mirada de esas que llevan cuarenta años diciéndome que deje de comportarme como un imbécil.
—Porque esperaba que hiciera lo sensato.
—¿Qué cosa?
—Que se quejara. —Suspira. —Que dejara de trabajar.
Guarda silencio un momento antes de añadir:
—Pero es terca como una puta mula. Me recuerda a tu madre.
Miro hacia el granero.
—Eso ya lo sabía.
—Está manejando bastante bien el dolor.
Las palabras me golpean más de lo que deberían.
Porque sé exactamente por qué. La mafia no cría hijos. Cría supervivientes. Si Maeve aprendió a seguir caminando con una herida abierta, es porque alguien le enseñó que detenerse nunca fue una opción.
No espero a escuchar nada más. Dejo a mi padre hablando solo y vuelvo al granero. La encuentro exactamente donde imaginaba.
Sola. Empujando un saco de alimento que pesa casi lo mismo que ella.
Da un paso.
Cojea otra vez.
No me ha visto.
Perfecto.
Porque discutir con ella sería perder diez minutos que ninguno de los dos tiene ganas de desperdiciar. Llego hasta su espalda y, antes de que pueda protestar, paso un brazo por detrás de sus rodillas y el otro alrededor de su espalda.
La levanto del suelo como si no pesara nada.
—¡¿Qué demonios haces?!
Su grito hace que medio granero vuelva la cabeza hacia nosotros. Graham deja la horca. Emma se tapa la boca para esconder una sonrisa. Liam directamente estalla en carcajadas.
—Ya decía yo que esto iba a pasar —murmura.
Perfecto. Seré el hazmerreír del rancho durante el resto del día.
—¡Bájame!
Eve comienza a removerse entre mis brazos.
—Estás lastimada, Eve.
—¡No, no lo estoy!
—Sí lo estás.
Intento sujetarla mejor mientras ella sigue forcejeando.
—Deja de ser tan terca.
—¡Suéltame, Claus!
—Cuando dejes de sangrar.
Ella deja de moverse. Solo un segundo. Después baja la vista hacia su pantalón. La sangre ha terminado empapando la tela.
Maldición.
Ni siquiera ella se había dado cuenta de cuánto había empeorado. La llevo hasta la casa sin decir una sola palabra más. Mi padre nos observa desde el porche, cruza los brazos y, sorprendentemente, no hace ningún comentario. Eso significa que también ha visto la sangre.
Entro directamente en la cocina y siento a Eve sobre la isla central. Ella cruza los brazos inmediatamente.
Como una niña enfadada.
—Puedo hacerlo sola.
—No.
Abro el botiquín. Busco las tijeras.
—No necesitas...
El sonido de la tela rompiéndose corta la protesta. Levanto con cuidado el pantalón alrededor de la herida y mi respiración se vuelve más lenta.
La piedra abrió un corte no tan limpio.
Hay tierra, paja, sangre seca. Y el borde comienza a inflamarse. Si la hubiera dejado así toda la noche, mañana tendría una infección.
—Eres un desastre.
Ella resopla.
—Gracias.
—No era un cumplido.
Empiezo a limpiar la herida con una gasa empapada en antiséptico. Ella ni siquiera se inmuta. Solo aprieta un poco la mandíbula.
—Esto va a escocer.
—He sobrevivido a cosas peores.
Lo dice con tanta naturalidad que me obliga a levantar la vista. Nuestros ojos se encuentran.
Otra vez.
Demasiado cerca. Mi mano sigue sujetando su pierna. Ella sigue sentada sobre la encimera. Y, de repente, la cocina parece demasiado pequeña.
—Está claro que te gusto, vaquero.
La frase me toma completamente desprevenido.
Parpadeo.
Ella sonríe apenas. Esa sonrisa desafiante que aparece siempre que cree haber recuperado el control.
—Sigue soñando, Salvaje.
Intento volver a la herida.
No me deja.
Su mano sube despacio hasta mi cuello.
No aprieta.
Solo me obliga a levantar un poco la cabeza para que vuelva a mirarla.
Maldición.
Las pecas se han multiplicado con el sol de estos días. Tiene el cabello todavía húmedo de sudor. Los labios ligeramente resecos por el cansancio. Y aun así...nunca la he visto tan hermosa. No debería pensar eso. Mucho menos ahora. Mi mirada baja un instante.
Solo uno.
Hasta su boca.
Imagino lo que sería besarla. Morder esos labios tercos. Callarla de una puta vez. Y la idea resulta tan intensa que tengo que apartarme medio paso antes de hacer una estupidez.
Ella lo nota.
Por supuesto que lo nota. Porque sonríe. Muy despacio. Como si acabara de ganar una batalla de la que yo ni siquiera era consciente. Y eso me confirma una cosa.
Maeve Kavanagh puede estar herida.
Puede estar atrapada. Puede estar bajo mi techo. Pero sigue siendo, sin ninguna duda, la mujer más peligrosa que he conocido.
No aparta la mano de mi cuello.
Es un gesto tan pequeño que cualquiera diría que no significa nada.
Sus dedos apenas descansan sobre mi piel, sin apretar, sin obligarme a nada, y aun así siento ese contacto en cada maldito pensamiento.
La cocina ha quedado demasiado silenciosa.
Mi padre no ha entrado. Los trabajadores siguen fuera.
Incluso el reloj parece haber dejado de sonar. Solo estamos ella y yo.
Eve levanta apenas la barbilla.
—¿Qué pasa, vaquero? —murmura sin dejar de sostenerme la mirada—. Hace un momento parecías muy seguro de todo.
No respondo. Porque ya no lo estoy.
Mi mano continúa rodeando su pierna mientras termino de colocar el vendaje, pero hace varios segundos que olvidé por qué seguía sujetándola.
Solo soy consciente de la cercanía. Del calor que desprende después de todo un día trabajando.
De las pequeñas pecas que cruzan el puente de su nariz y desaparecen bajo el cabello negro, corto y desordenado.
Tiene un mechón pegado a la mejilla por el sudor y, por un impulso que no entiendo, me descubro queriendo apartárselo.
No lo hago. Sería un error. Ella sonríe apenas. Como si hubiera adivinado exactamente lo que acabo de pensar.
—Sigues mirándome. —dice.
—Estoy comprobando que no te abras la herida.
—Mentiroso.
—¿Ah, sí?
—Hace rato que terminaste de curarla.
Bajo la vista. Tiene razón. El vendaje ya está colocado. Hace demasiado tiempo. Mi mano continúa sobre su pierna por pura inercia.
La retiro inmediatamente. Ella deja escapar una risa baja. Una de esas risas pequeñas que parecen una provocación.
—¿Ahora quién está nervioso?
Levanto la cabeza otra vez.
—No sabes cuándo callarte.
—No contigo. —Morderé esa puta boca.
Yo no retrocedo. Ella tampoco.
La distancia entre los dos desaparece poco a poco hasta que apenas queda espacio para respirar.
Podría contar las pestañas de sus ojos verdes.
Podría distinguir el aroma del jabón mezclado con el heno que todavía quedó impregnado en su ropa.
Nunca había estado tan cerca de ella sin que alguno de los dos estuviera herido o enfadado.
Y quizá ese sea precisamente el problema porque sigo enfadado. Ella también. Y, aun así, ninguno se mueve.
—Deberías apartarte —digo en voz baja.
—¿Por qué?
—Porque no es buena idea.
—¿Para quién?
No tengo una respuesta. Eve inclina apenas la cabeza. Su mirada baja un instante hasta mi boca y vuelve a subir lentamente. El gesto es tan sutil que cualquiera podría pasarlo por alto.
Yo no. Mi respiración cambia y la de ella también. No sé quién empieza a inclinarse primero.
Quizá ambos. Quizá ninguno. Solo sé que, durante un segundo absurdo, todo el rancho desaparece. Voy a besarla de una jodida vez, sabré su sabor y con eso se acabará todo mi martirio porque seguramente no me gustará.
Hasta que una voz infantil rompe el silencio.
—¡Papá!
Los dos reaccionamos al mismo tiempo. Eve se baja de la isla y da un paso atrás. Yo hago exactamente lo mismo. Hazel entra corriendo en la cocina sujetando un dibujo entre las manos y se detiene en seco al vernos.
—¿Qué sucede? —pregunta mi hija.
Eve carraspea inmediatamente.
—Tu padre estaba regañándome.
Hazel nos observa con esa expresión demasiado inteligente para su edad.
—Parecía otra cosa. Como lo que pasa en esas novelas que mira el abuelo cuando cree que nadie lo está viendo.
—Hazel. —interrumpo, Jesucristo, esta niña.
—¿Qué?
—Nada. —Ella sonríe con inocencia. O finge hacerlo. Nunca estoy completamente seguro.
—Mira lo que dibujé.
Levanta la hoja de papel hacia Eve. Es un caballo enorme con cuatro patas demasiado largas, una niña con dos trenzas y, sorprendentemente, otra figura con el cabello corto y un sombrero de vaquero mal dibujado.
—Somos nosotras.
Eve observa el dibujo varios segundos. Después sonríe de verdad.
—Está precioso.
—¿Verdad que sí?
—Muchísimo.
Aprovecho la distracción para guardar el botiquín y alejarme un poco. Necesito distancia. Aire. Cualquier cosa que me recuerde que todavía puedo pensar con claridad.
Una ducha bien fría.
Ninguna de las dos parece notar mi ausencia cuando me alejo. Salgo de la cocina antes de cambiar de opinión.
…
El agua cae sobre mis hombros mientras apoyo ambas manos contra la pared de la ducha. Debería sentir alivio. No lo siento.
Cierro los ojos. Y vuelvo a verla. No encadenada sino desafiante.
No siendo interrogada por mí, marcada como algo de mi propiedad, pero la realidad es que, Maeve me pertenece mientras esté bajo este mismo techo. Ella es mía.
La veo riéndose con Hazel mientras intenta enseñarle una trenza nueva, discutiendo conmigo por cualquier tontería, alimentando a las vacas como si hubiera nacido en el rancho y no en el otro lado del mar.
Maldición.
Abro el agua un poco más fría.
No sirve de nada, y mi polla está dura como el puto acero y hierro caliente. Ojalá pudiera marcarla con mi polla, joder.
No lo pienso un segundo más, necesito liberarme, de este pensamiento, del deseo de ver más allá si ella supiera que no soy solo un simple vaquero, que yo también conozco el peligro y tengo las manos manchadas de sangre. ¿Me vería igual? ¿O me retaría peor?
Eso solo hace que me ponga más duro, comienzo a follarme con mi propia mano mientras mi cabeza sigue llena de ella. Sigo recordando la forma en que me sostuvo la mirada en la cocina. Lo cerca que estuve de besarla. Lo fácil que habría sido cometer un error.
Apoyo la frente contra los azulejos y mi mano se vuelve más violenta mientras me lubrico con mi propia excitación.
¿Qué demonios me está pasando?
Ella es una Kavanagh. Una mujer criada en el corazón de una organización a la que me gustaría destruir. Una mujer que todavía me oculta más de la mitad de la verdad. Pero entonces, ella está dentro de mi ducha, la imagino aquí de rodillas, rogando porque meta mi polla en su boca y su coño apretado.
—Eso es, Salvaje. Abre la boca y saca la lengua. —digo para mí mismo, mientras la fantasía está ahí frente a mí.
Puedo sentir mis bolas tensarse. La imagino ahí con las tetas mojadas por la ducha, su mano entre sus piernas, el dolor es insoportable, muere porque entierre mi boca ahí y muerda cada parte sensible.
—Joder. —siseo, bombeando más, ella grita mi nombre.
Claus .
Imagino mi mano en su cabello mientras me come la polla, la levanto de su cabello, fuerte, grita del dolor, pero sé que el dolor le excita y la acorralo contra la pared. Mi polla busca su entrada y sin previo aviso la penetro tan fuerte que veo las estrellas junto a ella.
—Jó…deme. —Me masturbo con ese pensamiento, teniéndola ahí clavada en la pared, con mi polla bien enterrada dentro y ella gritando en mi hombro. Es todo lo que necesito cuando me corro y hilos de semen caen sobre las baldosas.
Mi fantasía se desvanece con mi liberación en el desagüe, pero mis pensamientos siguen en Eve. Y, sin embargo, cuando la tengo delante, mi cabeza deja de comportarse como la de un investigador y empieza a hacerlo como la de un hombre.
Eso no puede volver a ocurrir.
No mientras no sepa quién intentó matarla.
No mientras no descubra por qué apareció en mi bosque.
No mientras siga siendo un peligro para Hazel.
Abro los ojos y dejo que el agua termine de arrastrar mi fantasía del día.
Necesito recordar quién soy.
Porque cada vez que Maeve Kavanagh me sonríe, resulta un poco más difícil hacerlo.