Capítulo 17
Eve
Nunca pensé que terminaría limpiando un granero.
Si alguien me lo hubiera dicho hace un mes, probablemente le habría disparado por insultarme.
Maeve Kavanagh, heredera de una de las organizaciones criminales más poderosas de Irlanda, sosteniendo una pala entre las manos mientras recoge paja sucia y limpia bebederos.
Es ridículo. Tan ridículo que por momentos me entran ganas de reírme sola.
Luego recuerdo que el responsable de todo esto es Claus jodido Radkle y las ganas se transforman inmediatamente en deseos de enterrarle esa misma pala en la cabeza.
El granero es mucho más grande de lo que imaginé la primera vez que desperté aquí.
Ahora puedo caminar sin marearme tanto y descubro que hay una rutina perfectamente organizada.
Los caballos ocupan la mitad del lugar y no solo hay un granero hay cinco.
Las herramientas están ordenadas con una precisión enfermiza.
No hay una sola cuerda fuera de lugar. Todo huele a madera, heno y cuero nuevo.
Incluso el desorden parece tener permiso para existir únicamente donde Claus decide que puede hacerlo. Es irritante. Igual que él.
—Así no terminarás nunca.
Levanto la cabeza.
Un hombre de unos cuarenta años me observa apoyado sobre una horca de madera. Es alto, de barba pelirroja y una barriga que delata demasiados desayunos ingleses.
—¿Perdón?
—La escoba.
Se acerca con una sonrisa tranquila y me la quita de las manos antes de que pueda protestar.
—No la empujes. Déjala deslizarse.
Hace un movimiento sencillo. En menos de diez segundos deja limpio un espacio que a mí me había tomado varios minutos.
—Presumes demasiado.
El hombre suelta una carcajada.
—Llevo quince años trabajando aquí. Si no aprendiera ya sería preocupante.
—Gracias.
—Soy Graham.
Me ofrece la mano y la estrecho con cuidado.
—Eve.
No pregunta mi apellido y lo agradezco.
—¡Graham! —grita una mujer desde el otro lado del establo.
Levanto la vista. Ella viene caminando con un cubo lleno de alimento mientras sacude la cabeza.
—¿Ya estás molestando a la chica nueva?
—Solo intento que no barra como si estuviera peleándose con el suelo.
La mujer se ríe antes de detenerse junto a nosotros. Tiene el cabello rubio recogido en una coleta alta y la piel llena de pecas y es muy bonita.
—No le hagas caso. Lleva creyéndose capataz desde que aprendió a usar una escoba.
—Porque alguien tiene que enseñar aquí. —dice Graham.
Ella le da un pequeño codazo.
—Soy Emma.
—Eve.
—Ya lo sabemos. —Eso me pone inmediatamente alerta.
Ella parece notarlo.
—Hazel habla mucho de ti.
Mi cuerpo se relaja apenas un poco.
Claro que sí es Hazel.
—Espero que solo diga cosas buenas.
—Dice que haces las mejores trenzas del mundo.
No puedo evitar sonreír.
—Eso es discutible.
—Y que el jefe no sabe hacer ninguna.
Graham estalla en carcajadas.
—Eso también lo sabemos todos.
Una voz nueva interrumpe la conversación.
—Porque el jefe tiene manos para arreglar motores y pagar nuestro sueldo, no para peinar niñas.
Un muchacho aparece empujando una carretilla llena de pacas de heno. Debe tener veintidós o veintitrés años como mucho. Alto. Moreno. Con una sonrisa demasiado fácil y unos ojos claros que me observan con abierta curiosidad.
—No la asustes el primer día, Liam —dice Emma.
—No la estoy asustando.
La sonrisa del chico se vuelve todavía más amplia mientras se acerca.
—Solo intento averiguar si la famosa Eve existe de verdad.
—¿Famosa? —me quejo.
—Hazel no ha hablado de otra persona durante una semana. —dice Liam.
Pongo los ojos en blanco.
—Eso explica muchas cosas.
—Y también explica por qué el jefe lleva varios días con peor humor del habitual.
Todos se quedan en silencio. Liam carraspea inmediatamente.
—Creo que no debía decir eso.
Emma le da otro codazo.
—No, definitivamente no.
Yo hago como si no hubiera escuchado nada. Aunque lo hice, demasiado bien.
Seguimos trabajando durante un rato. Graham y Emma terminan saliendo para revisar uno de los corrales y Liam desaparece con la carretilla hacia el otro extremo de la finca.
Poco a poco el granero vuelve a quedarse en silencio.
Solo quedan el sonido de los animales, el roce de la escoba sobre el suelo y mi respiración cada vez un poco más pesada.
Los movimientos siguen protestando con cada movimiento amplio y la marca arde debajo de la ropa como un recordatorio constante de quién manda aquí.
No voy a darle esa satisfacción.
Termino de mover unas pacas de heno y camino hacia una estantería donde Claus guarda herramientas. El suelo está cubierto por una fina capa de paja y barro seco. No veo el cubo de metal hasta que mi bota choca contra él.
Todo ocurre demasiado rápido.
El cubo se mueve y mi pie resbala. Intento recuperar el equilibrio pero es nulo. Caigo de rodillas contra el suelo de piedra con un golpe seco que me deja sin aire.
Durante un segundo todo se vuelve blanco. El dolor sube por mi costado como fuego. Aprieto los labios con tanta fuerza que siento el sabor metálico de la sangre.
No.
No voy a gritar.
No delante de nadie.
Respiro una vez. Después otra.
Apoyo una mano en el suelo para levantarme y noto algo húmedo. La palma está cubierta de sangre. Una de las piedras ha abierto una nueva herida en mi pierna.
Perfecto.
Justo lo que necesitaba. Me limpio la mano contra el pantalón antes de que nadie pueda verlo. Después me pongo de pie despacio. Las piernas me tiemblan y la cabeza también.
Pero sigo respirando.
Eso es suficiente.
Tomo nuevamente la escoba y continúo trabajando. Como si no hubiera pasado nada. Como si no sintiera la sangre resbalando lentamente por mi pierna dentro del pantalón y cada paso no me recordara que mi cuerpo todavía está lejos de recuperarse.
No pienso darle a Claus otra razón para tratarme como si estuviera rota.
No otra vez.