Raven (Código Negro 3) Capítulo 16
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Capítulo 16

Eve

Tengo hambre. Después de la ducha me metí a la cama de nuevo y no recuerdo en qué momento me quedé dormida, solamente sé que ya es de día y que me siento como la mierda.

Y tengo hambre.

—Arriba.

La voz de Claus atraviesa mi sueño como una bala.

Abro los ojos de golpe y me incorporo tan rápido que durante un segundo olvido la quemadura, el interrogatorio y el hecho de que técnicamente sigo siendo una prisionera.

La luz de la mañana entra por las ventanas y, de pie junto a la cama, está él.

Lleva una camisa de cuadros remangada hasta los antebrazos, unos vaqueros gastados que parecen haber sido diseñados para recordarme constantemente que Dios tiene favoritos, y las gafas apoyadas sobre la nariz mientras me observa con esa expresión insoportable que utiliza cuando cree que tiene el control de una situación.

Lo peor es que normalmente lo tiene.

—Buenos días para ti también —refunfuño.

La respuesta es un sombrero golpeándome la cara.

—¿Qué demonios...?

Después llegan unos pantalones, luego unas botas. Y finalmente una camisa. Miro el montón de ropa y después vuelvo a mirarlo a él.

—Si vas a estar aquí, más te vale ganarte el techo y la comida.

Parpadeo varias veces.

—Debes estar bromeando.

Una ceja oscura se levanta.

—¿Acaso me ves riendo, princesa ?

Odio esa palabra. Aunque venga de ese acento tan… jodidamente inglés y sensual. La odio desde que tengo memoria. La odiaba cuando la utilizaban mis enemigos. La odiaba cuando la utilizaban los aliados de mi padre. Y la odio todavía más cuando sale de la boca de Claus.

Porque él no sabe perfectamente que me molesta.

—Deja de llamarme así.

—Entonces deja de comportarte como una.

Eso me hace ponerme de pie inmediatamente. Mala idea. La marca protesta. Pero mi orgullo gana igualmente.

Camino hasta quedar frente a él y tengo que levantar la cabeza para sostenerle la mirada.

Claus es más alto. Más fuerte. Más grande en todos los sentidos posibles.

Pero el tamaño nunca me ha impresionado demasiado.

He crecido rodeada de hombres peligrosos que utilizaban su fuerza para compensar todo lo demás.

—¿Por qué simplemente no me dejas ir, vaquero ?

Sus ojos bajan durante una fracción de segundo hacia la marca que oculta la ropa de dormir. Después vuelven a los míos. Algo oscuro cruza por su rostro.

Culpa.

Solo un instante. Después desaparece.

—Porque conoces dónde vivo. — Se ajusta las gafas con un movimiento tranquilo.—Nadie me asegura que no volverás para hacerle daño a mi familia.

—No tienes nada que yo quiera. —La respuesta sale inmediatamente. —Solo eres un vaquero amargado.

Su mandíbula se tensa. Y por alguna razón eso me produce una satisfacción infantil.

—Y ahora seré jefe.

—¿Perdón?

—Ahora mismo soy tu jefe.

—Vete al infierno.

—Después de que limpies el granero.

Lo miro fijamente. Él me mira fijamente. Ninguno se mueve. Ninguno aparta la vista. Y otra vez ocurre esa cosa extraña que lleva días pasando entre nosotros.

Esa tensión.

Esa sensación de que estamos discutiendo sobre una cosa mientras pensamos en otra completamente distinta.

—Hablemos entonces. —Mi voz sale más baja.—¿Eso quieres? Hablemos.

Los ojos grises de Claus permanecen clavados en mí.

—Claro que hablaremos.

Da un paso hacia delante y es suficiente para ponerme nerviosa… y cachonda.

—Cuando termines de limpiar el puto granero.

—Eres insoportable.

—Y tú sigues aquí. —responde.

—Porque me tienes secuestrada.

—Detalles. —dice con ironía.

Quiero golpearlo de verdad. Y lo peor es que creo que él lo sabe. Porque una sonrisa mínima amenaza con aparecer. Voy a golpearlo, o mejor, voy a tomar mi arma y dispararle en ese culo perfecto que tiene.

—Necesito desayunar primero.

—No te lo has ganado.

—¿Cómo dices? —Esto es humillante.

—Todo depende de tu trabajo. —Cruza los brazos sobre el pecho.—Ya te lo dije.

—Eres el peor de los jefes.

—¿Y qué? —Su mirada se vuelve más afilada.—¿Papi siempre te dio todo?

El golpe llega donde pretendía. Mi expresión cambia inmediatamente. La suya también. Porque sabe que ha encontrado algo sensible.

—No hables de mi familia.

—¿Por qué?

—Porque no sabes nada de ellos.

—Sé suficiente. —contraataca.

—No.

La rabia empieza a subir por mi garganta.

—No sabes una mierda.

—Entonces explícamelo.

—No soy como ellos. —digo por fin.

La frase sale antes de que pueda detenerla. El silencio que sigue es inmediato. Pesado y peligroso. Porque los dos sabemos que acabo de decir demasiado.

Los ojos de Claus no abandonan los míos. Y desde que entró en la habitación deja de parecer enfadado. Ahora parece interesado en lo que acabo de decirle, pero me importa una mierda, no me quebrará un simple vaquero.

—Demuéstralo, Salvaje.

Maldita sea.

Porque una parte de mí quiere hacerlo. Quiere explicarle. Quiere contarle que las cosas nunca fueron tan simples. Que crecer dentro de una familia como la mía no te convierte automáticamente en aquello que esperan de ti. Que hay cadenas que no necesitan metal para mantenerte atrapada.

Pero no puedo.

No todavía. Y él tampoco parece dispuesto a facilitarme las cosas.

Se gira para marcharse. Yo debería dejarlo.

En lugar de eso hablo. Porque hay algo que necesito saber, hay algo que necesito confirmar con todas mis fuerzas, algo que vi en sus ojos.

—Claus.

Se detiene, pero no se gira.

—¿Qué?

—¿Marcarme te hizo sentir mejor?

La habitación se queda completamente en silencio. Y muy lentamente él vuelve la cabeza.

Y veo algo que, desde el granero no esperaba.

Arrepentimiento. Apenas un poco, pero conozco ese sentimiento tan bien. Es así como me siento todo el tiempo.

—No.

—Entonces ¿por qué lo hiciste?

Ahora sí se gira completamente. Y cuando lo hace ya no queda apenas distancia entre nosotros. No recuerdo en qué momento se acercó tanto. Solo sé que de repente está ahí.

Frente a mí. Demasiado cerca. Lo bastante cerca para ver el cansancio bajo sus ojos, para notar el olor a café y madera. Lo bastante cerca para que mi corazón empiece a comportarse como un completo imbécil.

—Porque estaba furioso. —Su voz baja.—Porque me mentiste.

—Tú también me mentiste. —Sé que no lo ha hecho nunca.

—Nunca dije quién era. —dice.

—Exactamente.

Sus ojos bajan un segundo hacia mi boca. Después vuelven a subir. Y el aire desaparece de la habitación.

Maldición.

Lo ha notado. Esa tensión y esa cercanía que no podemos controlar. Durante un instante absurdo tengo la sensación de que cualquiera de los dos podría cruzar esa distancia. Y eso sería una idea terrible.

Horrible.

Catastrófica.

Porque sigo enfadada con él, él sigue enfadado conmigo, ninguno confía en el otro. Y porque probablemente deberíamos intentar matarnos antes que besarnos.

—Ve a limpiar el granero, Maeve.

La forma en que pronuncia mi verdadero nombre me golpea más fuerte de lo que debería.

Sin burlas.

Sin rabia.

Sin sarcasmo.

Solo Maeve.

Después se aparta. Rompiendo el momento antes de que se convierta en algo peor.

—Pero primero desayunarás.

Parpadeo.

—¿Qué?

—No voy a dejar que te mueras de hambre.

—Hace treinta segundos dijiste que no me lo había ganado.

—He cambiado de opinión.

—Eres un tirano. —Y aquí vamos de nuevo.

—Y tú llegas tarde al trabajo.

Tomo una de las botas y se la lanzo. Se aparta sin esfuerzo. Por supuesto. Y la sonrisa que aparece finalmente en su rostro mientras sale de la habitación es exactamente el tipo de sonrisa que me recuerda por qué necesito recuperar mi arma cuanto antes.

Porque cada día que paso aquí resulta un poco más difícil recordar que Claus Radkle debería ser solo un peón.