Raven (Código Negro 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

Eve

Abro los ojos lentamente y durante unos segundos no recuerdo dónde estoy. Después llega el techo. La habitación. El olor a madera. Y finalmente el recuerdo.

Claus.

El granero.

Las cadenas.

La palabra princesa escupida como si fuera un insulto.

El muy cabrón me marcó.

Maldición.

Me incorporo de golpe y me arrepiento inmediatamente.

La cabeza me da vueltas durante un segundo, pero no tanto como debería.

Eso es lo primero que me llama la atención.

Lo segundo es el dolor. O más bien la falta de él.

Me duele, sí. Lo suficiente para saber que sigue ahí.

Pero no lo suficiente para justificar haber estado inconsciente tanto tiempo.

Me inyectó algo. O su padre lo hizo. No sé cuál de los dos me molesta más. Mi mirada cae sobre la mesita de noche. Hay vendas limpias. Ungüentos. Gasas. Medicamentos. Todo perfectamente ordenado, como si después de comportarse como un completo animal hubiera decidido jugar a ser médico.

—Hijo de puta.

Mi voz suena áspera. Aparto las sábanas y me siento en el borde de la cama antes de alcanzar la venda que cubre mi muslo. Durante unos segundos dudo. Después tiro de ella.

La piel aparece poco a poco. La marca roja, inflamada e irritada.  Me quedo observándola varios segundos. Después otros cuantos más. Y entonces me echo a reír, ni siquiera lo oculto. Es una carcajada de verdad.

—No me lo puedo creer...

Vuelvo a mirar la marca. La risa regresa y veo lo absurdo que es todo. Si no estuviera en este lugar, si yo no hubiera sido traicionada y algo así hubiese pasado, este hombre no estaría vivo. Y es lo que lo hace peor, no quiero matarlo, no todavía.

—Siempre quise un tatuaje. —digo para nadie.

Otra carcajada.

—Nunca pensé que sería en tres dimensiones.

El muy desgraciado. En verdad me marcó como a una puta vaca.

La idea debería enfurecerme. Y lo hace. Muchísimo.

Pero también tiene algo tan ridículamente ofensivo que resulta imposible no reírse.

La risa termina apagándose poco a poco mientras vuelvo a cubrir la herida.

Entonces regresa la realidad. Pesada. Fría e incómoda.

Claus sabe quién soy, dudo que lo sepa todo. Pero sabe suficiente.

La pregunta es cómo. Porque eso es lo que no deja de dar vueltas en mi cabeza. ¿Cómo demonios lo averiguó? Se supone que es un ranchero perdido en mitad del campo inglés.

Y sin embargo consiguió información que muy poca gente debería poder conseguir. Eso me preocupa mucho más que la marca. Porque significa que Claus Radkle me ha estado mintiendo igual que yo le he estado mentido a él. Tiene poder, uno que no pensé que alguien como él tuviera.

Y eso cambia las reglas completamente. Me levanto despacio y camino hacia el baño.

Cada paso estira la piel herida y me arranca una punzada desagradable.

No es insoportable. He sentido cosas peores.

Muchísimo peores. Pero sigue siendo suficiente para recordarme que la conversación que tendremos cuando vuelva a verlo no será agradable para ninguno de los dos.

Cuando entro en la ducha, el agua caliente cae sobre mis hombros y cierro los ojos. Por primera vez en días estoy sola. De verdad sola y me siento como la mierda.

Sin Hazel haciéndome preguntas.

Sin Arthur vigilando mis signos vitales.

Sin Claus observándome como si intentara descifrar cada pensamiento que pasa por mi cabeza. Me lo merezco, lo sé. Y, por supuesto, es precisamente cuando estoy sola cuando él vuelve a aparecer en mis pensamientos.

Maldito hombre.

Intento concentrarme en otra cosa.

En Irlanda. En mi familia muerta, en quién pudo traicionarme. En las personas que probablemente me están buscando. En el idiota de mi hermano tal vez. Pero no funciona, porque sigo viendo sus ojos.

La forma en que me miró en el granero.

La furia.

La decepción.

La traición .

Todo mezclado. Y eso es lo que más me molesta y no es la rabia que sintió, fue la decepción. Como si realmente hubiera esperado algo mejor de mí, como si realmente hubiera querido confiar en mí.

Apoyo una mano contra la pared de la ducha y dejo escapar una exhalación lenta. Necesito salir de aquí y recuperar mi arma, averiguar quién intentó matarme.

Necesito dejar de pensar en Claus Radkle.

Especialmente porque cuanto más lo pienso, más peligroso se vuelve.

Y no hablo del hombre que me encadenó, que descubrió quién soy.

Ni siquiera del que me marcó. Hablo del hombre que sigue trayéndome comida.

Del que dejó medicinas junto a mi cama después de hacer algo imperdonable.

Del hombre que mira a su hija como si fuera la única cosa importante que existe en el mundo.

Ese es el verdaderamente peligroso. Porque es el único que consigue hacerme olvidar durante unos segundos quién soy.

Y esa clase de error suele acabar matando a gente como yo.

El agua caliente cae sobre mis hombros y cierro los ojos durante unos segundos.

Debería estar pensando en cosas importantes.

En mi regreso y venganza. En quién me traicionó.

En cómo salir de aquí. En el hecho de que Claus Radkle acaba de descubrir quién soy y que, a estas alturas, probablemente me considere una amenaza más que una persona.

En lugar de eso, sigo pensando en él. De nuevo, joder.

Y eso me enfurece. Porque debería odiarlo. Debería estar planeando cómo romperle la nariz en cuanto tenga la oportunidad, y estar repasando todas las formas posibles de escapar de este rancho.

Sin embargo, mi mente vuelve una y otra vez al mismo lugar.

A sus ojos cuando me estaba atando con las cadenas, a la forma en que pronunció la palabra princesa como si le hubiera sabido amarga en la boca, su rabia y la forma tan atractiva en que se ve cada vez que lo veo.

Y, peor aún, a la certeza absoluta de que una parte de él no quería encontrar lo que encontró.

Apoyo ambas manos contra los azulejos y dejo que el agua siga cayendo.

Es ridículo. Claus debería ser la última persona capaz de despertar mi interés.

Es controlador. Mandón. Arrogante. Tiene la irritante costumbre de creer que siempre tiene razón y, para empeorar las cosas, a menudo la tiene.

Pero… Aun así, sigo viendo su rostro.  La forma en que intenta ocultar todo lo que siente detrás de una expresión imposible de leer.

Es un hombre lleno de contradicciones. Y quizá por eso resulta tan peligroso.

Porque cuanto más lo conozco, menos encaja con la imagen que intento construir de él.

El agua resbala por mi piel mientras dejo escapar una exhalación lenta.

La marca vuelve a protestar cuando me muevo y una sonrisa amarga aparece en mis labios.

—Hijo de puta...

La frase sale sola. Porque incluso ahora no consigo decidir qué me molesta más, que me haya descubierto o que me gustaba el juego de ser solo una mujer indefensa para él. O el hecho de que una parte de mí sigue queriendo entender por qué no quiero irme todavía.