Raven (Código Negro 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

Claus

Odié cada segundo. Cada maldito segundo.

Lo odié antes de hacerlo, mientras lo hacía y después, cuando el silencio cayó sobre el granero y el olor a hierro todavía permanecía suspendido en el aire como un maldito triunfo.

Durante días me convencí de que, cuando descubriera quién era realmente, todo encajaría.

Que la rabia sería suficiente. Que el apellido Kavanagh no borraría las noches en las que la vi sentada con Hazel riendo.

Que el informe borraría las veces que la escuché reír.

Que la verdad sería suficiente para convertirla en una enemiga y nada más.

No lo fue.

Porque cuando vi cómo levantaba la barbilla para desafiarme, cuando vi el orgullo absurdo con el que intentaba sostenerse incluso sabiendo que había perdido, entendí algo que no quería entender.

Maeve Kavanagh no era lo que esperaba.

Y eso me enfurecía todavía más.

La observé todo el tiempo y vi en ella lo que leí en esos papeles.

Cada mentira. Cada silencio. Cada vez que intentó devolverme el golpe con palabras porque ya no podía hacerlo de ninguna otra forma.

Y aun así seguí adelante. Seguí porque estaba furioso, porque había metido a una desconocida en mi casa, había permitido que se acercara a Hazel.

Porque mi hija sonreía cuando escuchaba su nombre.

Y una parte de mí había empezado a confiar en ella antes incluso de saber quién demonios era.

Y porque la atracción enfermiza que sentía hacia esa mujer me estaba volviendo loco.

Quizá esa era la peor parte, no el expediente, el apellido o las mentiras, sino lo débil que fui ante su belleza y descubrir que incluso después de leerlo todo seguía viendo a la mujer que apareció medio muerta en mi bosque.

Seguí diciéndome que lo soportaría. Que una mujer criada dentro de una organización como esa habría sobrevivido a cosas mucho peores. Que me sostendría la mirada y seguiría desafiándome.

Y me equivoqué.

Porque en cuanto la vi perder el conocimiento supe que había cometido un error.

Uno enorme. La imagen sigue clavada en mi cabeza. El momento exacto en que su cuerpo dejó de resistirse. El instante en que toda aquella rabia desapareció de sus ojos y solo vi miedo.

Ella también se estaba castigando.

La forma en que se desplomó.

Maldición.

Cierro los puños. Mi padre sigue observándome desde el otro extremo del granero. No ha dicho mucho desde entonces.

No necesita hacerlo. La decepción en su rostro habla por sí sola.

—Ella es peligrosa —repito. Pero realmente no sé qué tan peligrosa puede ser si la tengo aquí encerrada, si la encontré inconsciente y herida en mi bosque.

Suena débil incluso para mí.

—¿Y eso justifica lo que acabas de hacer?

No respondo.

Porque no tengo una respuesta que me guste, la verdad sería demasiado complicada de explicar. Vi el nombre Kavanagh y dejé de pensar con claridad. Y porque la verdad más incómoda de todas es que me importó demasiado.

Mi padre resopla.

—Has leído un informe y has decidido quién es.

—No es un simple informe y lo sabes.

—Lo sé mejor que nadie.

Su mirada se endurece.

—Pero también sé reconocer cuándo mi hijo está actuando por rabia.

Aprieto la mandíbula.

—No conoces a esa gente.

—Tú tampoco la conoces a ella, apareció herida y la trajiste aquí porque viste a una víctima, las que estás acostumbrada a ver, te has puesto a pensar que ella quizás sea una, aunque tenga un apellido importante, estaba sola.

El golpe da donde debe. Porque tiene razón. No conozco a Maeve. Solo un expediente, fotografías, informes y todo lo que he escuchado y visto por ahí, al ser el mejor amigo del jefe de la mafia de Londres sabes demasiado. Conozco cadáveres relacionados con el apellido Kavanagh.

Pero no a la mujer que se lanzó delante de un toro para salvar a mi hija, a la mujer que se sienta en el suelo a jugar durante horas con Hazel. No conozco a la mujer que todavía tiene pesadillas algunas noches.

Y eso es precisamente lo que me está volviendo loco. Porque ninguna de las piezas encaja.

Ninguna.

—Lo averiguaré.

Mi padre niega lentamente con la cabeza.

—Ten cuidado de no convertirte en aquello que dices perseguir.

Las palabras permanecen conmigo mucho después de que se marche. Solo entonces vuelvo a mirar hacia donde está Maeve.

Ya no está en el granero.

La llevé a su habitación después de que perdiera el conocimiento. Mi padre insistió en revisarla. Yo no discutí. Ni una sola vez. Porque ya había hecho suficiente. Ahora duerme bajo mi techo otra vez. Y eso debería enfurecerme.

Debería.

En lugar de eso me marcho solo a mi despacho observando el expediente abierto sobre el escritorio.

Maeve Kavanagh. Veinte años. Heredera. La princesa . Y aun así no consigo reconciliarlas con la mujer que conozco. Quizá porque llevo años cazando monstruos.

He visto monstruos.

Los he perseguido.

Los he encerrado.

Los he enterrado.

Y Maeve no tiene la cara de uno. Eso no significa que sea inocente.

Tú tampoco lo eres.

Significa algo peor. Significa que todavía no entiendo qué papel ocupa en esta historia. Pero lo descubriré. Porque ahora sé una cosa con absoluta certeza. No voy a dejarla marchar.

No todavía.

Ella cree que soy un simple vaquero. Quizá sea mejor que siga creyéndolo. Porque nunca debe saber quién soy realmente, lo que es Código Negro, quizás ya lo sabe, pero no tiene idea de que soy uno de ellos.

Nunca debe saber cuántas veces he ayudado a derribar organizaciones construidas sobre sangre, miedo e inocentes que seguramente su apellido construyó. Y nunca debe saber que el hombre que la rescató del bosque fue el mismo que pidió el informe que destruyó todo entre nosotros.

Cuando despierte estará furiosa e intentará desafiarme.

Mentirá.

Me odiará.

Perfecto.

Porque cuando abra los ojos, por fin vamos a tener la conversación que debimos tener desde el primer día. Y esta vez no pienso dejar que se esconda detrás de una mentira.