Raven (Código Negro 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

Eve

Estoy en el jardín, junto al cercado de las vacas Highland , cuando veo a Claus acercarse.

Hasta hace unos minutos, el mundo parecía casi soportable.

Las vacas son enormes, peludas y absurdamente hermosas, con esos flequillos largos cayéndoles sobre los ojos como si acabaran de despertar de una siesta eterna y no tuvieran ninguna prisa por entender el mundo.

Les estoy dando de comer de mi mano porque, por alguna razón inexplicable, estos animales sí me resultan menos amenazantes que la gata blanca de Hazel.

Quizá porque no saltan sobre mi regazo sin permiso.

O porque no tienen esa expresión de superioridad con la que los gatos parecen juzgarte por respirar.

Los trabajadores pasan a cierta distancia, algunos levantan la mano para saludarme, otros inclinan la cabeza con cortesía, pero nadie se acerca demasiado.

No conozco sus nombres. Apenas reconozco algunos rostros.

Ellos tampoco preguntan nada y, de pronto, agradezco la indiferencia de los desconocidos.

Cuanto menos sepan de mí, más seguros estarán.

Cuanto menos me quieran cerca, menos daño dejaré cuando tenga que marcharme o cuando descubran quién soy.

La sonrisa desaparece antes de que pueda evitarlo.

Claus no camina como siempre. Durante una semana he aprendido a reconocer sus estados de ánimo, aunque jamás se lo admitiría.

Sé cuándo está irritado con un trabajador, cuándo Hazel le ha ganado una discusión, o cuándo su padre lo está provocando o simplemente está cansado de cargar con todo el mundo sobre los hombros.

Pero esto es distinto. Mucho peor. Camina hacia mí con la mandíbula rígida, los hombros tensos y una frialdad en el rostro que no le había visto ni siquiera cuando me encontró apuntándole con una pistola.

Si antes era un hombre serio y malhumorado, ahora parece que acaba de ver al diablo y ha decidido venir a matarlo con sus propias manos.

El aire cambia antes de que llegue. Incluso las vacas parecen percibirlo, porque una de ellas levanta la cabeza y deja de comer de mi palma.

—Hola —digo, aunque el nudo que se me forma en el estómago me advierte que no debería hablar.

Claus no responde. Se detiene frente a mí, demasiado cerca para ser educado y demasiado lejos para que pueda llamar a eso una amenaza física.

Sus ojos no recorren mi cuerpo como otras veces, no buscan la venda, ni las costillas, ni ninguna señal de dolor.

Esta vez solo me miran a la cara, y esa mirada me atraviesa de una forma que me pone helada.

—Veo que te sientes bien —dice al fin, con una calma tan desagradable que preferiría que gritara—. Ya no te duele nada. Así que toma tus cosas y te quiero fuera de mi rancho ahora mismo.

Durante un segundo no entiendo las palabras. O quizá las entiendo demasiado bien y mi cabeza se niega a aceptarlas. La vaca vuelve a empujar mi mano con el hocico, buscando más comida, pero yo ya no puedo mover los dedos.

—¿Qué sucede? —pregunto, y odio que mi voz no suene tan firme como debería—. ¿Por qué me dices eso?

La boca de Claus se endurece. No sonríe, pero algo parecido al desprecio cruza por su expresión y me golpea más fuerte de lo que debería.

—¿Vas a continuar por ese camino?

—¿Qué camino? —pregunto, aunque mi pulso ya está corriendo demasiado rápido, y una parte de mí ya sabe la respuesta, llevo toda la vida reconociendo el instante exacto en que una mentira deja de protegerte y empieza a apretarte el cuello.

—Muy bien —murmura él.

Eso es lo último que escucho antes de que se abalance sobre mí.

No tengo tiempo de reaccionar. Doy un paso atrás, pero él ya está encima.

Una de sus manos se cierra alrededor de mi cintura y la otra bajo mis muslos, y antes de que pueda entender lo que ocurre estoy sobre su hombro como si no pesara nada.

El movimiento me arranca una punzada brutal en las costillas y un jadeo de rabia que se mezcla con el golpe seco de mi puño contra su espalda.

—¡Claus! ¿Qué demonios haces? —le grito, pero él no responde.

Camina hacia el granero con una determinación que me seca la boca.

Mierda. Esto no es un arranque de furia.

Esto es algo peor. Algo decidido. Esto va a ser un interrogatorio.

Y entonces el miedo se convierte en algo más frío, más afilado.

¿Sabe quién soy? Imposible.

Mi información está enterrada bajo capas de protección, nombres falsos, favores, muertos y gente que se ha quedado sin lengua por hablar demasiado.

Nadie tiene acceso a ella. Mucho menos un vaquero insignificante como él.

Un hombre que se supone que arregla cercas, cuida ganado y le prepara leche a su hija antes de dormir.

Pero cuando entramos en el granero donde desperté la primera vez, algo dentro de mí entiende que Claus Radkle nunca fue solo eso.

Me baja sin delicadeza, aunque tampoco con intención de romperme.

Eso me enfurece más. Porque incluso ahora, incluso así, sigue midiendo la fuerza.

Me agarra las muñecas antes de que pueda golpearlo de nuevo y las eleva hasta una de las argollas de hierro sujetas a un poste grueso.

Entonces veo las cadenas. Reales. Pesadas. Frías.

Durante un segundo el orgullo se me apaga y aparece el pánico, rápido y sucio, subiéndome por la garganta.

—Claus, ¿qué mierda haces? —repito, esta vez más bajo, porque no me gusta cómo suena mi voz y mucho menos cómo se siente el metal cerrándose alrededor de mis muñecas.

—Cállate la puta boca, princesa.

El mundo se detiene.

Ni siquiera por la palabra en sí, sino por la forma en que la dice. Con asco. Con una rabia tan contenida que me corta la respiración. Princesa . No Salvaje. No Eve. Princesa. No. No, no, no. Joder. Me ha descubierto.

No sé cómo, no sé cuánto, pero lo ha hecho.

Y mientras termina de asegurar las cadenas, mientras mi vestido se sube un poco por el forcejeo y deja mis piernas más descubiertas de lo que me gustaría, comprendo que algo que había empezado a parecer peligroso por razones equivocadas se ha vuelto peligroso de verdad.

Esto no es tensión ni deseo. No es el tipo de amenaza que se puede disfrazar de juego entre dos personas que se atraen.

Esto es una mierda. Una trampa. Una caída que debí ver venir desde el primer día.

Claus se aparta y toma una silla de madera, la coloca frente a mí y se sienta con la calma de un hombre que ha interrogado a demasiadas personas y ya no necesita alzar la voz para hacerse obedecer.

Detrás de él comienzan a aparecer otros hombres.

No son los trabajadores que me saludan en el jardín.

Estos no tienen las manos relajadas ni el gesto amable.

Visten como vaqueros, sí, con botas gastadas, sombreros bajos y camisas de trabajo, pero la forma en que se colocan alrededor del granero no pertenece a hombres de campo.

Pertenece a guardias. Para impedir mi huida.

Algunos llevan armas a la vista. Otros no necesitan hacerlo para que sepa que las tienen. Mi estómago se hunde. Claus no está solo y me temo que lo subestimé demasiado, es un hombre preparado, que está dispuesto a proteger a su familia de criminales como yo.

—Claus —digo, intentando que su nombre no suene como una súplica, porque prefiero arrancarme la lengua antes de suplicarle a nadie.

Él se inclina hacia delante, apoya los antebrazos sobre las rodillas y me mira como si al fin hubiera decidido dejar de fingir.

—¿Quién eres, Eve? Última oportunidad. Si me dices la verdad, te dejo ir ilesa. Si mientes, te quedas, y no será nada agradable.

Me río. No porque me haga gracia, sino porque la alternativa es dejar que vea el miedo. ¿Cree que puede atarme de esta manera sin que haya consecuencias? Está muy equivocado.

—Ya te lo dije. Estaba caminando. No soy de aquí… No lo recuerdo.

Sus ojos se oscurecen.

—Tienes razón en una cosa. No eres de aquí. Vienes de muy lejos. Irlanda del Norte ¿Verdad?

Mierda.

El silencio que sigue es tan espeso que puedo escuchar mi propia respiración. Mis muñecas se tensan contra las cadenas, pero no intento liberarme. No todavía. Sería inútil y no pienso regalarles el espectáculo de verme desesperada.

—Claus, yo...

—Creo que tu memoria está bastante bien después de escuchar eso, ¿no es así? —interrumpe, y la decepción en su voz me arde más que la rabia.

Porque no tiene derecho. No tiene derecho a sentirse traicionado por algo que nunca le prometí.

A mirarme como si hubiera entrado en su casa por voluntad propia, como si yo no hubiera aparecido medio muerta en su bosque, y hubiera intentado marcharme antes de que Hazel se metiera debajo de mi piel con sus trenzas, sus preguntas y esa forma absurda de sonreírme como si yo no fuera una amenaza para todo lo que toca.

Entonces dejo de jugar.

Levanto la barbilla y lo miro como me enseñaron a mirar a los hombres que creen que pueden doblarte.

—¿Y ahora qué? ¿Vas a interrogarme como si fueras el primero que lo intenta? ¿Vas a amenazarme con esos hombres? ¿Vas a golpearme también? He pasado por cosas peores que esto, señor Radkle. Mucho peores. Un vaquero como tú no va a hacerlo difícil.

Algo cambia en su rostro, una sombra apenas visible, pero antes de que responda aparece Arthur en la entrada del granero.

Durante un instante creo que va a detenerlo.

Quiero creerlo. Quiero pensar que el viejo médico que revisó mis heridas con manos firmes pero cuidadosas tendrá algo que decir al ver a una mujer encadenada en medio de su propiedad.

Pero entonces sus ojos se posan en mí y entiendo que él también lo sabe.

No me mira como antes. Ya no soy la muchacha herida sin apellido.

Ni soy la mujer que protegió a Hazel de un toro.

Ahora soy Kavanagh. Un apellido que pesa más que cualquier herida.

Mi mirada regresa a la de su hijo.

—Qué vas a hacer, ¿marcarme como a una puta vaca? —escupo, porque el miedo se convierte en veneno cuando no tienes dónde ponerlo.

Claus no aparta la mirada.

—Si es necesario para que digas la verdad, lo haré. Yo ya la sé, pero necesito escucharla de tu boca y que me digas, qué mierdas haces lejos de casa.

La sangre se me enfría. Por un segundo el granero desaparece y solo queda su rostro. La mandíbula dura y la rabia que no intenta esconder.

—No te atreverías.

—¿Estás segura de eso, Eve?

—Eres un simple vaquero —digo, aunque ya no lo creo, y ambos sabemos que acabo de perder esa mentira para siempre—. Que tengas este lugar no te hace invencible. Yo soy invencible.

La respuesta no llega con palabras. Llega con el sonido del metal. Uno que se había estado calentando quién sabe cuánto tiempo.

Quiere quebrar algo. Quiere castigarme por haber entrado en su casa, por haber tocado la vida de Hazel, por haberle hecho creer que podía confiar en una mujer que lleva el apellido de gente mala. Y quizá una parte de mí entiende su rabia. Quizá por eso me niego a darle lo que quiere.

No lloro. El castigo me lo merezco.

Por ser blanda.

Por quedarme.

Por encariñarme.

Por bajar la guardia.

—Última oportunidad, Salvaje—que me llame así lo hace peor. Lo odio, lo odio con todas mis fuerzas.

—Vete a la mierda, vaquero .

Hay algo en sus ojos, es como si por un segundo no quisiera hacerlo, y al otro, sabe que lo merezco, sabe que no me matará el hierro con las inicias de su rancho. RV. Nada de eso importa, cuando veo la decepción en sus ojos, y él la rabia en los míos.

Se planta más cerca y durante un segundo solo existe él.

La furia contenida en sus hombros. La tensión brutal en su mandíbula y la decepción oscura que sigue habitando su mirada.

No se compara con la mía. Después su mano desciende y un dedo áspero se desliza por mi pierna desnuda para levantar un poco más el vestido.

El gesto debería parecer práctico, pero es una última advertencia antes del castigo.

—No me hagas hacerlo, Maeve—que me llame por mi nombre lo hace peor.

Hace que lo odie más, pero en realidad, me estoy odiando más a mí misma. Yo soy la que tiene la culpa, yo soy la que debió decir la verdad, pero él no tiene idea de que lo estoy protegiendo. Una protección que nunca le he dado a nadie, ni siquiera a mí misma.

—Hazlo, cobarde. ¡Termina con esto de una jodida vez! —le grito, con mi garganta ardiendo al rojo vivo.

Lo miro directamente, negándome a bajar la cabeza, negándome a darle el miedo que busca. Y cuando el hierro al rojo vivo toca mi piel, aprieto los dientes hasta sentir sangre en la boca. Pero no lloro. No le doy eso. Nunca.

El dolor es blanco. Absoluto. Animal. Me atraviesa tan rápido que durante un instante ni siquiera sé si he gritado.

Creo que no. O quizá sí. No importa. Sostengo la mirada de Claus porque no pienso permitir que mi rostro se convierta en una victoria para él.

No después de todo. Ni de haber sobrevivido a hombres que sí disfrutaban haciendo daño.

Ni de haber sido educada por una familia que confundía amor con posesión y poder con crueldad.

El olor a piel quemada me revuelve el estómago, el mundo se inclina, las voces se vuelven lejanas y lo último que veo antes de que todo se rompa es a Claus de pie frente a mí, inmóvil, sin disculparse.

Cuando mi cuerpo cede, no siento el suelo. Tal vez alguien me sostiene. Tal vez las cadenas lo hacen. Tal vez ya no importa. Lo último que escucho antes de perderme por completo es la voz de Arthur, dura, furiosa, mucho más humana que la de su hijo.

—Eres un bárbaro.

—Ella es peligrosa, papá —responde Claus, y su voz suena lejos, pero no arrepentida.

Arthur no baja el tono.

—¿Y tú qué eres haciéndole esto? ¿Mejor que ella?

Todos los hombres disfrutan haciéndome daño. Claus Radkle no. Él no lo disfrutó. Él odió cada segundo. ¿Entonces por qué lo hizo?