Raven (Código Negro 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

Claus

Una semana después

Llevo tres días sin abrir el sobre. Tres. Malditos. Días.

Y eso no se parece en nada a mí.

La mayoría de la gente cree que el trabajo más difícil de Código Negro es entrar en los lugares donde nadie más puede entrar.

No tienen ni idea. Lo difícil nunca es encontrar información.

Lo difícil es lo que haces después con ella.

La decisión que tomas cuando la verdad finalmente llega a tus manos y ya no puedes fingir que no existe.

El sobre descansa sobre mi escritorio mientras observo por la ventana de mi despacho. Ha estado ahí cada mañana. Cada tarde y noche. Esperándome y burlándose de mí.

Porque sé exactamente lo que contiene. No los detalles, la respuesta y la verdad sobre Eve. Y ahora no estoy seguro de querer conocerla.

Abajo, en el jardín, Hazel corre detrás de algo que probablemente sea Daisy.

La gata escapa entre los rosales mientras mi hija la persigue convencida de que ambas están participando en el mismo juego.

Después, sentada bajo uno de los árboles, Eve termina una trenza y la asegura con una cinta azul antes de apartar el cabello del rostro de Hazel.

Mi hija sonríe. Y no es una sonrisa cualquiera. Una de verdad. Una de esas que le iluminan toda la cara. La misma sonrisa que algún día me imaginé ver en su rostro.

Mi mandíbula se tensa. Porque pensé que era feliz conmigo y con mi padre.

Joder.

Pensé que ya lo era.

La quiero más que a mi propia vida. Pero ninguna niña que pierde a su madre y sale completamente ilesa de ello.

Ninguna.

Y verla junto a Eve me obliga a enfrentar una realidad que prefería ignorar.

Hazel la adora.

No sé cuándo ocurrió ni cómo. Solo sé que ahora, cuando llega del colegio, pregunta primero por Eve.

Cuando desayuna, quiere sentarse junto a Eve. Cuando se peina, quiere que Eve le haga las trenzas. Y cuando tiene pesadillas, pregunta si Eve sigue en la casa. Eso debería alegrarme.

En lugar de eso me enfurece. Porque mi hija ya ha perdido demasiado y no pienso dejar que se encariñe con alguien que desaparecerá de su vida. Y porque una parte de mí empieza a sospechar que el problema no es Hazel.

El problema soy yo.

Mi mirada vuelve al sobre.

Código Negro.

Clasificación prioritaria.

Investigación completa.

Yo soy código negro.

La respuesta está ahí al alcance de mi mano. Y aun así sigo sin abrirlo. Porque la última semana ha sido un desastre.

La he visto reír, jugar con Hazel, caminar descalza por la cocina a las tres de la mañana porque no podía dormir.

La he escuchado cantar mientras creía que nadie la oía.

La he visto llorar una vez.

Solo una.

En silencio.

Pensó que nadie la observaba.

Yo sí. Nadie es de hierro, ni siquiera ella como se hace notar. Algo la atormenta, o alguien. Y desde entonces algo no termina de encajar.

Las historias que cuenta y las que evita. Su forma de hablar y esa forma en que siempre se coloca de espaldas a una pared.

La manera en que revisa las ventanas cada vez que entra en una habitación y en que analiza las salidas. La cicatriz de su rodilla. Las pesadillas.

Todo grita peligro.

Y al mismo tiempo...

Todo grita víctima. ¿Lo será?

—Maldita sea.

Mi mano alcanza finalmente el sobre.

Ya está.

Se acabó.

Necesito saberlo. Necesito saber quién demonios vive bajo mi techo. Rasgo el borde de papel. Extraigo el informe. Y empiezo a leer.

La primera página basta para detener mi respiración.

No.

No.

No puede ser.

Paso la hoja.

Después otra.

Cada página empeora la anterior, destruye algo. Cada dato encaja exactamente donde no quería que encajara. Mi pulso empieza a acelerarse.

La mandíbula se endurece. Y una presión oscura comienza a acumularse dentro de mi pecho. Porque conozco ese apellido. Conozco perfectamente ese apellido.

He visto familias destruidas por él. He visto ciudades enteras pudrirse alrededor de organizaciones como esa. Y ahora el nombre está escrito frente a mí.

Ya no podrá esconderse.

Maeve Kavanagh.

Una Kavanagh.

Mierda.

Mierda.

Mierda.

Me levanto tan rápido que la silla golpea contra la pared y el sonido resuena por toda la habitación. Abajo, a través de la ventana, veo a Hazel subir al auto que la llevará a la escuela. Justo a tiempo antes de que vea el infierno desatarse.

Veo a Eve levantar la cabeza, esos ojos verdes dirigirse directamente hacia la casa y hacia mí como si pudiera sentirlo, como si supiera exactamente lo que acabo de descubrir.

Y quizá lo sabe.

Y el apellido Kavanagh ha sido enemigo de la mafia inglesa durante más tiempo del que quiero recordar. Apoyo ambas manos sobre el escritorio.

Entonces mi mirada baja hasta la última fotografía del expediente.

Eve, sonriendo vestida de negro. Rodeada de hombres armados.

La fotografía de alguien que pertenece exactamente al mundo del que dice estar huyendo.

Y algo dentro de mí termina de romperse.

Porque si el informe es cierto, si todo esto es verdad, entonces la mujer que duerme bajo mi techo, juega con mi hija y se sienta cada mañana a desayunar en mi mesa no es una desconocida.

Es el enemigo.

Y no sé qué me enfurece más. Que me haya mentido. O descubrir que una parte de mí deseaba desesperadamente que no lo hubiera hecho.