Capítulo 11
Eve
La mañana se me está haciendo eterna.
Llevo más de una hora sentada junto a la ventana observando la vida de otras personas, que es una forma bastante deprimente de describir el aburrimiento.
Desde aquí puedo ver casi toda la actividad del rancho.
Los trabajadores moviéndose entre los establos.
Los caballos recorriendo los cercados. Camionetas entrando y saliendo.
Incluso algunas vacas que parecen tener más libertad que yo.
Sin embargo, mi atención termina regresando siempre al mismo lugar. Al mismo hombre.
Claus.
Está trabajando cerca de uno de los corrales y debería ser un pecado ser tan guapo, es jodidamente atractivo el vaquero y, aunque intenta fingir que está ocupado, cada cierto tiempo levanta la cabeza hacia la casa.
Hacia esta ventana. Hacia mí. No sonríe.
No saluda. No hace absolutamente nada amable.
Simplemente me mira como si estuviera vigilando a un delincuente en libertad condicional.
Lo peor es que, cuando descubre que lo estoy observando, tiene el descaro de fruncir el ceño como si yo fuera el problema.
—Psicópata —murmuro para mí misma.
Por supuesto, está demasiado lejos para escucharme.
Una llamada suave en la puerta me obliga a apartar la vista de la ventana.
—Adelante.
La puerta se abre y aparece Hazel. La niña entra tan tranquila como si esta fuera también su habitación, pero esta vez no viene sola. Lleva algo entre los brazos. Algo blanco, peludo y que hace que todo mi cuerpo se tense inmediatamente.
Oh, no.
No.
No.
No.
Hazel avanza sin sospechar nada mientras sostiene un animal completamente blanco, con ojos azules enormes y una expresión que ya me parece sospechosa.
Los animales nunca me han gustado demasiado.
Los caballos son una excepción porque al menos son predecibles.
Los gatos, en cambio, tienen la costumbre de mirarte como si estuvieran planeando un asesinato.
Y bueno, ya sabemos lo que hace un toro.
—Mira quién vino a saludarte. —dice Hazel, sonriéndome, lleva un vestido largo floreado, su cabello completamente revuelto y descalza.
—Qué suerte la mía.
La gata gira la cabeza hacia mí. Y entonces ocurre exactamente lo que temo. La traidora salta de los brazos de Hazel y aterriza directamente sobre mis piernas.
Todo mi cuerpo se queda inmóvil. No grito porque eso sería ridículo. Principalmente porque Hazel está aquí. Pero por dentro estoy negociando mi propia supervivencia.
La gata se acomoda sobre mi regazo como si me conociera de toda la vida.
—Le gustas. —Hazel aplaude, como si fuera algo extraordinario que esté por morir de un infarto.
—¿Tú…crees? —Mi voz sale demasiado aguda.
Hazel frunce el ceño.
—¿Estás bien?
—S…Sí.
Mentira. Estoy convencida de que el animal puede sentir mi miedo, pero no le importa porque me olfatea y se acomoda más. Es cuando la puerta vuelve a abrirse, y por primera vez en mi vida me alegra ver a Claus.
Sus ojos pasan de Hazel a mí y después a la gata. El proceso completo no dura ni dos segundos, pero es suficiente para que entienda exactamente lo que está ocurriendo. La comisura de su boca se mueve apenas. Apenas . Pero lo suficiente para que quiera arrojarle algo a la cabeza.
—Hazel. —Llama a su hija sin dejar de verme.
—¿Sí, papi?
—Lleva a tu gata a tu habitación.
—Pero Daisy está haciendo amigos. —Hace pucheros.
—Daisy está aterrorizando a nuestra invitada.
Lo fulmino con la mirada:
—No estoy aterrorizada.
—Claro que no. —Esto le divierte al bastardo.
—No lo estoy.
—Eve. —Sentencia, levanta una ceja y juro que es lo más sexy que lo he visto hacer desde que lo conozco.
—No lo estoy.
—Parece que estás viendo al diablo.
La gata gruñe, como si entendiera perfectamente lo que Claus dice:
—Quizá el diablo tiene pelo blanco y ojos azules.
Hazel se ríe mientras toma nuevamente a la gata en brazos.
—Ven, Daisy. —Coloca a la gata en el suelo—Eve todavía no entiende tu personalidad.
La gata me mira por última vez antes de desaparecer por la puerta junto a su dueña. Solo entonces vuelvo a respirar.
Claus me observa durante un instante demasiado largo.
—Eres imposible.
—Y tú tienes animales demoníacos. —Me defiendo.
—Es una gata, Eve.
—Exacto. —Un gato puede hacer muchas cosas, la gente puede morir de eso. ¿verdad?
Antes de que la conversación pueda continuar, Hazel regresa prácticamente corriendo y se planta delante de su padre con la misma expresión que utilizan los abogados cuando saben que van a ganar un caso.
—Papá.
—No. —le dice, como si leyera su mente.
—Todavía no he preguntado nada.
—No importa, la respuesta es no.
—Sí importa.
—No.
—Sí.
La niña cruza los brazos. Exactamente igual que él. Y, por alguna razón, eso me hace gracia.
—Quiero que Eve venga a jugar conmigo.
Claus cierra los ojos durante un segundo.
—Hazel...
—Y que me haga trenzas.
—Hazel. —sentencia con poca paciencia hacia su hija.
—Por favor, papi.
—Hazel. Estás abusando de tu poder.
—Lo aprendí de ti. —Yo tengo que morderme el interior de la mejilla para no reírme.
La expresión de Claus es maravillosa. Porque claramente sabe que va a perder esta batalla. Y porque Hazel también lo sabe y es momento de intervenir:
—Puedo ir.
La frase sale de mi boca antes de que pueda pensarlo demasiado. Los dos se giran hacia mí.
Hazel parece haber recibido la mejor noticia del año y Claus parece estar reconsiderando todas sus decisiones vitales.
—¿Estás segura? —pregunta Claus, esperando que, me retracte, pero la verdad es que estoy volviéndome loca aquí encerrada y creo que no hay nada que pueda negarle a esa niña.
Claus ya no está mirando a Hazel. Me está mirando a mí. Observando la venda de mi frente. Las costillas. La forma en que todavía me muevo con cuidado.
—Sí. —afirmo, con una sonrisa.
—Eve.
—Estoy bien. —Lo tranquilizo.
—Eso suele significar exactamente lo contrario.
—Qué poca fe me tienes. —Me quejo.
—Tengo exactamente la cantidad adecuada.
Su mirada permanece sobre mí unos segundos más y algo incómodo se instala entre nosotros. Porque no es desconfianza. No esta vez. Es preocupación y no debería afectarme. No debería importarme que un hombre al que conozco desde hace menos de una semana se preocupe por mí.
Pero importa.
Mucho más de lo que quiero admitir.
—Regresa a trabajar, vaquero . Yo cuidaré de Hazel.
La carcajada le escapa antes de que pueda contenerla.
Y Dios mío. Ese hombre debería reír más.
—Algo me dice que ella cuidará mejor de ti.
Hazel asiente inmediatamente.
—Yo protegeré a Eve, papi.
Hazel aprovecha la distracción para agarrar mi mano y tirar suavemente de mí hacia la puerta. Me levanto despacio, ignorando la molestia de las costillas, y permito que me arrastre por el pasillo. Antes de salir, vuelvo la cabeza por puro instinto.
Claus sigue allí. Observándonos.
Y cuando nuestras miradas vuelven a encontrarse, algo pasa. Algo pequeño. Silencioso. Una de esas cosas que nadie dice en voz alta. Porque él sigue sin confiar en mí.
Y yo sigo ocultándole quién soy. No lo culpo, pero de algo estoy segura, no haría nada que pudiera lastimar a esta familia, se ve que ya han sufrido bastante y no seré yo alguien que encienda el cerillo en medio del caos.