Capítulo 10
Eve
La tarde termina convirtiéndose en noche mucho más rápido de lo que esperaba.
Quizá porque llevo días encerrada. Quizá porque esta casa tiene algo extraño que hace que el tiempo pase diferente.
Desde la ventana veo cómo las últimas luces desaparecen detrás de las colinas y cómo el cielo se oscurece poco a poco sobre los campos.
Todo parece tranquilo. Demasiado tranquilo.
Es el tipo de paz que siempre me pareció aburrida cuando era niña y que ahora, por alguna razón, me resulta peligrosa.
Porque cuanto más tiempo paso aquí, más fácil es olvidar quién soy realmente.
Un golpe suave en la puerta me obliga a apartar la vista de la ventana.
—Adelante.
La puerta se abre. Y aparece Claus, otra vez con una bandeja.
Empiezo a sospechar que este hombre cree que puede solucionar cualquier problema alimentando a la gente.
—¿Traes otra cena? —Es comida y moría de hambre de todas formas.
—No. —responde, de manera irónica.
Deja la bandeja sobre una mesa.
—Es decoración.
—Qué alivio. —Estoy pensando a creer que este será nuestro juego siempre.
—¿Te quejas mucho o solo cuando estoy cerca?
—Solo cuando estoy despierta.
Pone los ojos en blanco, pero veo una mueca casi sonrisa en su rostro.
—Perfecto. Así sé cuándo estás mejorando.
Intento incorporarme y mis costillas me recuerdan inmediatamente que siguen enfadadas conmigo.
—Maldita sea. —Me quejo
—Sigues quejándote del dolor. Creo que es momento de llevarte al hospital.
—¡Ni se te ocurra! —protesto. Le dedico una mirada asesina.
Él ni siquiera parece impresionado.
—Necesitas ducharte.
—Qué romántico. —En verdad odio a este hombre.
—Empiezo a arrepentirme de haberte salvado.
Hijo de puta.
…
Unos minutos después me ayuda a caminar hasta el baño privado de la habitación.
No porque quiera. Porque mis costillas siguen recordándome cada movimiento brusco que hice intentando jugar a ser heroína delante de un toro.
Su mano permanece firme alrededor de mi brazo mientras avanzamos despacio por la habitación.
Ninguno de los dos habla demasiado. Hay algo incómodo en la cercanía. Algo que no sé nombrar.
Cuando llegamos a la puerta del baño, me aparto inmediatamente.
—Puedo sola.
—Sigue diciéndote eso a ti misma, Salvaje.
Llegamos a la puerta del baño y quiero estampársela en la cara.
—Eso ha sonado casi ofensivo.
—Era ofensivo.
Resoplo.
—Voy a ducharme, puedes irte.
—Me quedaré aquí por si necesitas algo.
Me giro lentamente.
—¿Como qué?
—Nunca se sabe—Dice como si se tratara de algo cotidiano que hace todos los días.
—¿Como que me enjabones la espalda?
Una ceja oscura se levanta.
—Puedo hacerlo si es lo que quieres.
Maldición.
No esperaba esa respuesta.
—No quiero a nadie apestoso en mi propiedad.
—Hijo de...
—Cuida esa boca, Salvaje.
La sonrisa desaparece.
—No hagas que meta jabón también en ella. —El silencio dura apenas un segundo.—¿O algo más?
Mi estómago se contrae. Y lo odio. Porque ni siquiera lo dice con intención, su tono sigue siendo tranquilo probablemente ni siquiera se da cuenta de lo que provoca.
—Buenas noches, Claus.
—Todavía no.
Y cierra la puerta del baño antes de que pueda protestar.
Me quito la ropa ignorando el dolor, necesito aclarar mi cabeza y pensamientos sucios con agua.
Abro la ducha y el agua caliente golpea mi piel durante varios minutos.
Me quedo inmóvil bajo la ducha más tiempo del necesario.
Dejando que el vapor llene la habitación, que el calor afloje músculos que llevan días tensos y que el ruido del agua ahogue pensamientos que preferiría no tener.
Por unos minutos consigo fingir que no estoy escondiéndome, que no tengo enemigos, que no hay nadie buscándome para terminar el trabajo. Cuando termino, me apoyo contra los azulejos y cierro los ojos. Y entonces escucho su voz al otro lado de la puerta.
—¿Eve?
—¿Qué?
—¿Sigues viva? —¿Por qué le importa?
—Lamentablemente.
Escucho una risa baja. Y algo dentro de mí responde a ese sonido y también sonrío, aunque no pueda verme. Algo que no debería.
—¿A qué te dedicas, Eve?
La pregunta llega de repente sin advertencia. Y me deja inmóvil bajo el vapor.
Eve. No Salvaje.
Me gusta más cuando me llama por mi apodo. Porque cuando utiliza mi nombre habla en serio y está intentando conocerme. Y eso es exactamente lo que no puedo permitir.
No puedo decirle que soy una Kavanagh.
No puedo decirle quién era mi padre.
No puedo decirle lo que he hecho.
No puedo decirle las cosas que he ordenado hacer para demostrar que no era débil.
Pero entonces recuerdo otra vida. Una que existió antes de todo aquello.
Antes cuando dejé de ser princesa a ser reina.
Antes de la sangre.
Antes de convertirme en alguien que apenas reconozco.
—Era bailarina de ballet.
El silencio al otro lado de la puerta dura unos segundos.
—¿Eras?
Trago saliva.
—Sufrí un accidente. —intento restarle importancia, pero el nudo que se forma en mi garganta se siente demasiado para mí y me arrepiento de haber abierto la boca.
—¿Quieres hablar sobre ello?
No respondo inmediatamente, porque ya he terminado de ducharme.
Es ridículo. Completamente ridículo, pero ahora detrás de esta puerta, resulta más fácil respirar, más fácil mentir y recordar a la chica que fui.
Cierro el grifo y el silencio se hace notar. Claus sigue del otro lado de la habitación y tampoco dice nada.
Tomo una toalla y la envuelvo alrededor de mi cuerpo. Después me preparo para salir y abro la puerta.
Pensé que se había marchado, pero ahí está. Esperando del otro lado, apoyado contra la pared, ni siquiera ocupa una de sus sillas. Es un hombre grande, de gran tamaño y no hablo solo de su altura.
Las manos en los bolsillos lo hacen ver relajado, las gafas ligeramente bajas sobre la nariz, inocente. Pero esos ojos, durante un segundo, recorre mi figura.
Descaradamente.
No como lo harían otros hombres, eso sí. Él lo hace como si supiera lo que hay detrás de esta toalla, como si pudiera ver a través de mi alma. Es quizás porque conoce la muerte, o porque conoce bien lo que es estar muerto en vida.
Quizás en eso nos parecemos un poco.
Después se aclara la garganta. Como si también se hubiera dado cuenta que lo he estado mirando demasiado tiempo.
Tomo un cepillo sobre la encimera y comienzo a peinarme con demasiada fuerza.
¿Hablar sobre ello? Nadie nunca me lo había preguntado.
—Me caí. —Esa es la única explicación que tendrá sobre el tema.
—¿Te caíste? —Como esperaba, no parece estar satisfecho con mi respuesta.
—Sí.
Sigo cepillando mi cabello.
—No hay nada más que contar. —Otra pasada.—Solo me caí. Y ya no pude seguir.
Claus permanece observándome durante unos segundos. No parece convencido. Yo tampoco me creería. Pero ninguno insiste.
Cuando finalmente termino de asesinar a mi cabello, lo veo y asiente. Se mueve hacia la salida, dando por terminada nuestra conversación. Ni siquiera me ayudará llegar de nuevo hacia la cama.
En realidad, puedo moverme por mí misma, pero sentirme cuidada por un segundo, aunque nos hablemos con sarcasmo e ironía, hace que me olvide de todo y me odie más por mentirle.
—Buenas noches, Eve.
—Buenas noches, Claus.
Y cierra la puerta detrás de él.
El silencio regresa. Me quedo observando mi reflejo en el espejo.
La mujer que me devuelve la mirada parece una desconocida.
Más cansada, dura y rota. Nunca me había sentido tan vulnerable en toda mi vida hasta ahora.
Estar cerca de él, me hace sentir demasiado pequeña, es lo que me hace ser eso por lo que me llama, una salvaje.
Pero la historia no era una mentira. Fui bailarina.
Y era jodidamente buena.
Durante años pensé que ese sería mi futuro.
Los escenarios. Los teatros. Los ensayos interminables.
El dolor normal de quien persigue una pasión.
Todo terminó el día que llegó un bailarín nuevo a la compañía.
Durante una presentación, ejecutábamos un gran pas de deux.
Una elevación complicada. Él debía sostenerme mientras giraba por encima de su hombro antes de descender lentamente hasta el suelo.
Habíamos practicado aquella secuencia decenas de veces.
Una sola salió mal y sus manos resbalaron. Mi cuerpo cayó y toda la fuerza del impacto se concentró en una rodilla. Recuerdo el sonido, un crujido imposible. Después el dolor y el ardor en mi garganta mientras gritaba.
La rodilla se fracturó en cuatro partes. Los médicos prometieron que podría volver. Después prometieron que quizá volvería.
Y finalmente dejaron de prometer nada, las cirugías no arreglaron la pierna y nunca devolvieron lo que perdí.
Los vestidos y saltos desaparecieron, los aplausos también y con ellos desapareció la única vida que había imaginado para mí.
Durante mucho tiempo pensé que aquel fue el peor día de mi existencia. Ahora sé que estaba equivocada, porque ese día solo perdí un sueño.
Años después terminaría perdiéndome a mí misma.