Capítulo 9
Eve
Muerta.
Eso no me lo esperaba. Por un instante me descubro preguntándome cómo murió.
Porque está muerta, no necesito preguntarlo para saberlo.
Hay una tristeza demasiado antigua en los ojos de Claus para que la historia termine de otra manera.
Debería haber más fotografías, pero esa, cuando llevaba a Hazel en su vientre me hace pensar que.
—Oh, mierda.
Puede que, ni siquiera haya sobrevivido al parto.
Aparto la mirada inmediatamente. No es asunto mío. Nada de esto lo es. Lo único que debería importarme es encontrar un teléfono, llamar a Irlanda y descubrir quién demonios decidió venderme. El problema es que cuanto más tiempo paso aquí, más difícil resulta concentrarme únicamente en eso.
Un golpe suave en la puerta interrumpe mis pensamientos. Ni siquiera espero respuesta. Sé quién es. Solo una persona entra en las habitaciones como si le pertenecieran.
Porque le pertenecen.
La puerta se abre y Claus aparece cargando de otra bandeja.
La que trajo antes, está intacta, no he querido comer desde que se fue de esa manera.
Aunque él sea un idiota, jamás me imaginé que fuera viudo.
Ahora entiendo por qué es un tipo malhumorado.
Seguramente todavía le duele la pérdida de su esposa.
Mi atención debería ir a la comida. En lugar de eso, la primera imagen que recibe mi cerebro es él ocupando casi todo el marco de la puerta.
Vaqueros oscuros. Camisa negra remangada.
Gafas. El cabello ligeramente despeinado.
La clase de hombre que parece capaz de derribar una pared y luego sentarse tranquilamente a leer un libro.
—Veo que no comiste anoche. —Quiero discutir, pero la verdad es que no quiero hacerlo.
Es profundamente irritante. Y guapo.
—¿Te gusta?
Parpadeo.
—¿Qué?
—La habitación.
Maldición. Me ha pillado mirándolo.
—Es horrible.
La comisura de su boca se mueve apenas.
—Claro.
—Demasiado limpia.
—Terrible.
—Demasiado cómoda.
—Una tragedia.
—Y sospechosamente cara para alguien que pasa el día persiguiendo vacas.
Claus entra finalmente y deja la bandeja sobre una pequeña mesa junto a la cama.
—Son caballos, también hay vacas. Y no persigo ninguna, ellas me adoran.
Joder, las vacas lo adoran. Cómo no.
—Seguro. —le digo.
Sus ojos se levantan hacia mí. Y ahí está otra vez, esa maldita mirada. La que parece ver más de lo que debería.
—¿Cómo te sientes?
La pregunta llega tan directa que me incomoda. Se fue molesto ayer cuando le pregunté sobre la madre de Hazel, y ahora regresa con las paredes bajas, me gusta. Quiero decir, me gusta que, no esté tratando de matarme.
Aunque lo único que ha hecho es cuidar de mí.
—Como si me hubiera atropellado un toro.
—Eso es porque te atropelló un toro.
—Son detalles. —Me encojo de hombros y evito verle a la cara.
—Detalles importantes, Eve.
—Y sigo viva.
—Apenas. —se mofa.
—Qué optimista eres, señor Radkle.
—Alguien tiene que serlo.
Resoplo.
Y él parece extrañamente satisfecho al ver que sigo teniendo energía para discutir. Se acerca a la ventana y ajusta ligeramente una cortina que deja pasar demasiado sol. El gesto es tan cotidiano que me desconcierta. Nadie hace cosas así en mi mundo.
En mi mundo hay empleados, escoltas y conductores. Personas contratadas para resolver problemas y aquí Claus lo hace todo él mismo. Y cuanto más lo observo, menos entiendo cómo encaja todo.
—¿Qué? — la pregunta me sobresalta.
Mierda.
Otra vez me ha atrapado mirándolo como una tonta.
—Nada. —miento.
—Mentira.
—¿Siempre haces eso? —me quejo.
—¿Qué cosa?
—Saber cuándo la gente te está observando.
Su sonrisa es apenas visible. Como si no quisiera admitir que esto es gracioso para él.
—Sí.
—Qué molesto de tu parte, vaquero .
—Lo sé, mi hija me lo recuerda todo el tiempo.
Y ahí está. Por primera vez una sonrisa de verdad, pequeña, pero real.
Y el efecto es ridículamente injusto, porque transforma por completo su rostro.
Lo vuelve más joven. Más cercano y humano.
Y durante un segundo peligroso entiendo perfectamente por qué una mujer podría enamorarse de un hombre como Claus Radkle.
Por suerte, yo no soy esa mujer. La conclusión llega tan rápido que casi me hace reír.
Porque ni siquiera me lo creo yo misma, y él continúa mirándome y no me gusta.
Porque cada vez que esos ojos grises se detienen sobre mí tengo la incómoda sensación de que puede verlo todo.
Como si estuviera observando algo más que mi rostro.
Como si pudiera arrancar cada mentira, cada secreto y cada nombre que llevo escondiendo desde que aparecí en su propiedad.
Lo peor es que ni siquiera parece intentarlo.
No me interroga, presiona. Ni me amenaza. Simplemente observa.
Y eso resulta mucho más peligroso.
Ahora que conozco a Hazel, la situación se ha vuelto todavía peor.
Antes solo estaba preocupada por mí. Ahora hay una niña involucrada.
Una niña que se disculpa por cosas que no son culpa suya, que sonríe con facilidad y que todavía cree que el peor problema del mundo es que su padre no sabe hacer trenzas.
Ellos son buenas personas. Claus. Hazel.
Incluso el abuelo gruñón que finge ser más duro de lo que realmente es.
Yo no debería estar aquí.
Porque la gente como yo arrastra problemas. Y los problemas siempre terminan alcanzándonos.
—Hay ropa nueva en la bolsa.
La voz de Claus me arranca de mis pensamientos. Miro hacia la bolsa de papel que ha dejado junto a la cama.
—¿Fuiste de compras sin mí? —le digo, fingiendo ironía.
La comisura de su boca se mueve apenas.
—Muy chistosa.
—Lo intento.
—Una amiga tiene una tienda en el pueblo. Le pedí varias cosas de tu talla.
¿Una amiga? No debería sentirme rara el saberlo, es un hombre libre y dudo mucho que sea un hombre de amigas, el cuerpo necesita desahogo de todas formas. Miro la bolsa. Después lo miro a él.
—¿Cómo sabes mi talla?
Silencio.
Maldita sea.
El hombre ni siquiera pestañea. Solo permanece ahí, observándome con esa calma irritante.
—Sé hacer muchas cosas, Salvaje.
Mi estómago hace algo extraño. Algo que no me gusta. Aunque la respuesta no debería afectarme porque es una tontería y porque seguramente lo habrá deducido viendo la ropa que llevaba puesta.
Y aun así me descubro apartando la mirada primero incómoda y nerviosa. Una sensación absurda que no debería existir.
Joder.
—Come.
La orden me salva.
—Qué romántico.
—Y toma tus pastillas.
—Sigues conquistándome. —lo sé, soy insoportable.
—Son para que la herida de la cabeza no se infecte y para controlar la fiebre.
—Sabes cómo hacer que una mujer se sienta especial, vaquero.
—Come, Eve. No tienes cinco años como Hazel.
Eso dolió. Resoplo, pero obedezco. Porque, para mi desgracia, tiene razón.
Claus espera unos segundos para asegurarse de que me tomo los medicamentos y después gira hacia la puerta. Lo observo alejarse. Debería dejarlo marchar. Debería limitarme a comer y seguir fingiendo que no me importa nada de esto.
En lugar de eso, las palabras salen antes de que pueda detenerlas.
—¿Claus?
Se detiene.
No se gira inmediatamente.
—¿Sí, Salvaje ?
Por alguna razón, eso hace que resulte más difícil decirlo.
—Gracias.
Ni siquiera sé cuándo fue la última vez que le dije eso alguien.
El silencio dura apenas un segundo. Después gira ligeramente la cabeza. Lo suficiente para que pueda ver parte de su perfil.
—No hay nada que agradecer.
Y se marcha, cerrando la puerta detrás de él y yo me quedo mirando el espacio vacío durante demasiado tiempo.
…
Horas después estoy aburrida hasta niveles que deberían considerarse una forma de tortura.
He leído una revista que encontré sobre la mesita, porque los libros que tiene son anticuados y aburridos, observado el paisaje por la ventana, intentar caminar un poco por la habitación, contar las tablas del techo. Incluso he considerado dormir otra vez.
Por eso, cuando alguien llama a la puerta, casi me alegro.
—Adelante.
La puerta se abre lentamente. Y aparece el padre de Claus.
Tiene el mismo porte que su hijo. La misma altura. Los mismos ojos claros. Pero el cabello completamente gris y varias décadas más de experiencia acumuladas en el rostro.
—Menos mal que estás despierta, muchacha.
—Soy Eve.
—Eve sin apellido . Lo sé.
Me señala con un dedo.
—Yo soy Arthur Radkle.
Arthur.
Le queda bien. Tiene cara de llamarse Arthur.
—Encantada.
—Todavía no estamos en ese punto.
No puedo evitar sonreír porque es gruñón como su hijo. Ya veo de dónde sacó su encanto.
—Justo cuando empezaba a tomarle cariño.
—Eso sería preocupante. —me dice sonriendo. Es raro, pero agradable, sé que no se fía de mí, soy una completa extraña, pero al menos no quiere matarme como su hijo.
Se acerca con una pequeña bolsa de cuero y la deja sobre una silla cercana.
—¿Puedo revisar tu herida y tus signos vitales?
Miro inmediatamente la puerta. Instinto. Siempre buscando una salida y calculando.
Arthur parece darse cuenta.
—No si no quieres.
La respuesta me sorprende.
—¿Qué?
—No es obligatorio.
Se encoge de hombros.
—Soy un médico retirado que estaba aburrido y quería sacar sus instrumentos.
Eso me arranca una risa. Pequeña pero real.
Son buenas personas, Maeve. Relaja tu mierda.
—En ese caso, sí. Por favor.
—Bien.
Toma una silla y se sienta junto a la cama.
Los primeros minutos transcurren entre tensiómetros, preguntas médicas y observaciones sobre mi recuperación. Arthur es meticuloso. Profesional. Pero no invasivo. Lo cual resulta extraño para alguien que claramente siente tanta curiosidad como su hijo.
—La fiebre ha desaparecido por el momento. —me dice.
—Buenas noticias.
—Las costillas siguen siendo una porquería.
—Eso ya lo sabía. —El dolor es una mierda que apenas lo alivia el medicamento.
—Y sigues siendo demasiado joven para acumular tantas heridas.
Mi sonrisa desaparece un poco. Por suerte él no insiste.
—Hazel parece haberte adoptado.
—Creo que simplemente está aburrida. —le digo.
—No.
Arthur guarda el estetoscopio.
—Hazel es selectiva.
—Tiene cinco años. —Intento sonar razonable, pero se ve que pelea mejor que Claus.
—Precisamente.
Eso me hace reír.
—No funciona así. —niego.
—Créeme. — Se acomoda en la silla. —Funciona exactamente así.
Durante unos segundos ninguno habla. Hay algo cómodo en el silencio.
—Es una buena niña. —le digo.
La frase sale antes de que pueda evitarlo.
Arthur asiente.
—Lo es. Está llena de amor.
—Se parece a su padre. —dice con orgullo.
—Pobre criatura. —Me río, porque en esto estamos de acuerdo.
—Entonces todavía la conoces poco.
Resoplo. Y él sonríe.
—Claus parece más feliz cuando ella está cerca.
La expresión de Arthur cambia apenas, solo un poco, pero lo noto. ¿Acaso Claus no pasa mucho en casa?
—Hazel le salvó la vida.
La frase me sorprende y él se ha dado cuenta que, me ha dado más información de que la debería.
—¿Cómo?
Arthur permanece observando por la ventana unos segundos antes de responder.
—Cuando perdió a su mujer, mi hijo se convenció de que nunca volvería a ser el mismo. Era padre soltero y viudo, lo entendí el mismo año, porque fue cuando también perdimos a su madre.
Baja la vista hacia sus manos.
—Y tenía razón.
La habitación se queda en silencio.
—Pero Hazel hizo que siguiera adelante. —continúa.
Algo se aprieta dentro de mi pecho. Porque conozco esa clase de dolor, conozco a la gente que aprende a seguir respirando únicamente por alguien más.
—La quiere mucho. —Puedo notarlo.
—Más que a sí mismo.
La respuesta llega sin dudar. Es la verdad más evidente del mundo.
De pronto una pregunta peligrosa aparece en mi cabeza. No sobre quién es Claus, ni sus secretos. La pregunta es mucho peor, pero de todas formas la hago dentro de mi cabeza
¿Qué ocurrirá cuando descubra quién soy yo?