Capítulo 8
Eve
Despertar empieza a convertirse en una experiencia desagradable.
Primero llega el dolor, después la confusión y finalmente la humillación de recordar exactamente qué estupidez me ha llevado a terminar otra vez en una cama ajena, porque se siente demasiado cómoda como para seguir en la del establo, además huele demasiado bien a sábanas limpias y caras.
Mantengo los ojos cerrados durante unos segundos mientras intento identificar qué parte de mi cuerpo duele menos.
La respuesta es sencilla: ninguna. Tengo la cabeza latiéndome bajo la venda, las costillas protestando cada vez que respiro y la desagradable sensación de que me ha atropellado algo mucho más grande que un toro.
Lo peor es que recuerdo perfectamente lo ocurrido.
A Hazel, el animal y a Claus gritándome de repente desde que lo conozco.
Y, por supuesto, recuerdo haberme desplomado delante de él otra vez como una maldita damisela de una novela barata.
Cuando abro los ojos, descubro que no estoy sola.
Una niña me observa con la intensidad de quien lleva demasiado tiempo esperando que ocurra algo interesante.
Hazel está sentada junto a la cama con las piernas colgando de una silla demasiado grande para ella y las manos entrelazadas sobre el regazo.
En cuanto nota que estoy despierta, sus ojos se iluminan de una forma que me desarma por completo.
No estoy acostumbrada a que nadie parezca feliz de verme abrir los ojos.
—Hola, Eve.
Hay algo extraño en la forma en que lo dice. Algo pequeño y frágil que me obliga a incorporarme un poco a pesar del dolor.
—Hola, Hazel.
Hazel baja la mirada inmediatamente.
—Lo siento por lo de antes.
Y ahí está. La culpa. Tan evidente que me aprieta algo dentro del pecho.
Durante un instante veo a una niña de cinco años probablemente, intentando cargar con una responsabilidad que jamás debió ser suya y eso me resulta insoportablemente familiar.
Quizá porque durante años hice exactamente lo mismo.
Quizá porque conozco demasiado bien la sensación de creer que todo es culpa tuya.
—Estoy bien —le digo con una sonrisa pequeña—. Ese toro no podrá con nosotras.
Hazel levanta la cabeza tan rápido que casi me hace reír. La sonrisa aparece inmediatamente en su rostro y la habitación parece cambiar de temperatura.
—Lo sabía. —me dice.
—¿Lo sabías?
—Sí. Sabía que tú eras más fuerte que ese toro.
—Qué confianza tienes en mí.
—Papá dice que eres una extraña.
La respuesta me arranca una risa por la nariz. Creo que alguien ha estado escuchando hablar a los mayores. No me ofende que me llamen extraña, me han llamado de maneras peores toda mi vida.
—Tu papá tiene razón.
Hazel asiente con absoluta seriedad, como si acabara de descubrir una verdad universal, y durante unos segundos me estudia en silencio. Después inclina la cabeza ligeramente hacia un lado y su cabello castaño se mueve también. Lleva vaqueros y una camisa a cuadros.
—¿Sabes hacer trenzas?
Parpadeo.
—¿Trenzas?
—Sip.
La forma en que hace sonar la "p" es tan ridículamente adorable que me cuesta mantener una expresión seria.
—Creo que sí.
—Hablas raro, Eve.
Mierda.
Ahí está.
—¿Raro cómo?
—No hablas como nosotros.
—¿Y cómo hablan ustedes?
—Como papá. —se encoje de hombros.
—Eso suena terrible.
Hazel se ríe.
—Eres de otro país.
Mierda.
—Probablemente.
—¿ Proabemente ? —pronuncia mal de forma divertida.
Me río, ella es muy tierna, no como el ogro de su padre. Me pregunto si su madre también sabrá de mi existencia, seguramente trabaja o está de viaje, lo cuál lo hace todo más incómodo.
—Es una historia larga.
—¿Te vas a quedar mucho tiempo?
La puerta se abre antes de que tenga que responder.
—Basta de preguntas, Hazel.
Levanto la vista.
Claus entra en la habitación cargando una bandeja y una bolsa de papel.
La luz de la tarde entra detrás de él durante un segundo y, por alguna razón, la imagen resulta demasiado doméstica para alguien como yo.
Un hombre entrando en una habitación con comida, ropa limpia y expresión de cansancio.
Una escena normal. Ridículamente normal.
Y quizá por eso me incomoda.
—Ella solo es curiosa —digo antes de que pueda regañarla.
Claus deja la bandeja sobre una mesa cercana.
—Lo sé y lo siento por eso.
Una ceja oscura se arquea detrás de las gafas.
—No lo sientas. Es una niña muy dulce.
Claus me dedica una mirada extraña, pero no dice nada delante de Hazel.
—Eso pensaba.
Hazel ya ha olvidado completamente el tema de mi acento.
—Papá, Eve sabe hacer trenzas.
Claus se queda inmóvil un segundo.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—Ya veo.
—Tú no puedes. —Se burla.
El silencio dura apenas un instante.
—Puedo hacer muchas cosas.
—No trenzas.
—No necesito saber hacer trenzas. —Se cruza de brazos y veo sus músculos, lleva la camisa remangada hasta los codos y puedo ver también tinta en ellos, joder él ni siquiera intenta lucir mal. Hasta su cabello, que ahora ya no lleva ese sombrero feo desgastado negro.
—Porque no puedes.
—Porque no necesito. —Continúa él defendiéndose, pero sabe que perdió.
—Porque no puedes. —Ella podría ponerlo de rodillas.
Lo observo mientras intenta discutir con su hija y desde hace mucho tiempo algo parecido a una risa me sube por la garganta.
Intento contenerla, pero fracaso. La risa sale sola, pequeña al principio y después más fuerte.
Las costillas protestan inmediatamente, pero ya es tarde. No puedo parar de reír.
Y la expresión de Claus cuando se da cuenta de ello es todavía peor.
—No puedes hacer trenzas, vaquero.
Sus ojos se clavan en los míos.
—Qué decepción. —continúo.
—Sé montar a caballo.
—Impresionante. —le digo.
—Sé construir una casa.
—Fascinante.
—Sé reparar un motor. —asiento divertida y luego le digo:
—Y aun así derrotado por un cepillo y tres mechones de cabello.
Hazel estalla en carcajadas.
Yo también.
Y durante unos segundos peligrosamente breves, olvido que alguien intentó matarme.
…
A pesar de la presencia de Hazel cuando abrí los ojos me pude dar cuenta que ya no estaba en el establo.
El colchón es mejor. Las sábanas también.
Incluso el aire huele diferente. Cuando consigo incorporarme un poco más, ignorando la protesta inmediata de mis costillas, dejo que la mirada recorra la habitación y comprendo exactamente dónde me han traído.
Esto no parece una habitación de invitados.
Parece una suite de hotel escondida en mitad del campo.
La cama es enorme, con una estructura de madera oscura tallada a mano que probablemente cuesta más que algunos apartamentos en Dublín.
Las paredes están revestidas con paneles elegantes, el suelo de madera reluce bajo la luz que entra por los ventanales y las cortinas de lino grueso caen hasta el suelo como si hubieran sido elegidas por algún diseñador obsesionado con los detalles.
Hay una chimenea de piedra en una esquina, varias estanterías llenas de libros, una cómoda antigua impecablemente conservada y un sillón junto a la ventana que parece el lugar perfecto para sentarse durante horas con una copa de vino y ninguna preocupación.
Lo que más me sorprende no es el lujo. He crecido rodeada de dinero toda mi vida.
Lo que me sorprende es el tipo de lujo. No es ostentoso.
No hay mármol brillante ni lámparas absurdamente caras intentando demostrar nada.
Todo aquí transmite la sensación de haber sido elegido con cuidado.
De pertenecer a una familia que lleva generaciones viviendo entre estas paredes.
Cada mueble parece tener una historia. Cada detalle parece pensado para durar décadas.
Incluso la vista es ridículamente hermosa.
Más allá de la ventana se extienden colinas verdes, cercas blancas, campos interminables y caballos pastando bajo la luz dorada de la tarde.
Parece una postal. Una de esas imágenes perfectas que la gente compra cuando sueña con escapar de la ciudad.
Y entonces recuerdo quién es el dueño de todo esto.
Claus Radkle.
El hombre que viste como un vaquero, trabaja como un granjero y vive en una casa que podría competir tranquilamente con muchas mansiones que he conocido.
Por alguna razón, eso me resulta tan irritante como fascinante.
Porque nada en él encaja del todo. Es demasiado culto para ser solo un granjero.
Demasiado observador para ser únicamente un hombre de campo.
Y definitivamente demasiado rico para alguien que pasa la mitad del día cubierto de tierra y arreglando cercas.
Mientras apoyo la cabeza contra la almohada, una idea incómoda atraviesa mi mente.
Hazel se ha ido a regañadientes después de que vencimos a su padre, no importa que pueda hacer muchas cosas, no sabe hacer trenzas y perdió la guerra.
Y ahora que hemos quedado solos sigo pensando en algo y es que quizá no soy la única persona en esta casa que está ocultando cosas.
La idea sigue rondándome la cabeza mientras observo la habitación.
Muchas contradicciones y cosas que no encajan.
Claus pasa los días cubierto de polvo, arreglando cercas, cuidando ganado y conduciendo camionetas grandes, pero esta habitación parece sacada de una revista de arquitectura.
Todo es demasiado elegante, cuidado y caro.
No es el tipo de riqueza que intenta impresionar.
Es peor. Es la riqueza que ya no necesita hacerlo.
Mi mirada se desliza hacia una fotografía apoyada sobre una estantería cercana.
No debería mirar.
Lo hago igual.
Es una mujer.
Rubia, con la misma sonrisa de Hazel, es hermosa y llena de vida. Sonríe directamente a la cámara mientras está tocando su barriga. La fotografía está colocada en un lugar demasiado visible para ser casualidad. Nadie deja algo así donde cualquiera pueda verlo si no lo mira todos los días.
Así que esa debe ser la madre.
—¿Dónde está la madre de Hazel? —pregunto, y arrepintiéndome al mismo tiempo al ver la expresión en el rostro de Claus.
—Muerta. —Responde, se da la vuelta y se va.