Capítulo 7
Claus
La llevo a la casa antes de pensar demasiado en ello.
Quizá porque si me detengo a analizarlo acabaré reconociendo que mi padre tiene razón y ahora mismo no tengo ganas de darle esa satisfacción.
Eve pesa menos de lo que debería. Lo noto mientras atravieso el jardín y subo los escalones del porche con ella inconsciente entre mis brazos.
La sangre sigue manchando el lateral de su rostro, deslizándose por la venda que lleva puesta desde hace dos días.
El golpe del toro ha reabierto la herida y probablemente empeorado unas costillas que ya estaban lejos de recuperarse.
Aun así, cuando cierro la puerta de la casa detrás de nosotros, no puedo dejar de pensar en la imagen de ella lanzándose delante de Hazel sin dudarlo ni un segundo.
Ni siquiera conocía a mi hija.
Ni siquiera tenía motivos para hacerlo.
Y aun así lo hizo.
Mi padre nos espera en el salón. En cuanto me ve aparecer señala el sofá sin perder tiempo con preguntas innecesarias. Hace años que dejó de ejercer, pero sigue moviéndose como el médico militar que fue durante media vida.
—Déjala aquí en la casa—me ordena.
Haré lo que me pide, ya fue suficiente de tenerla escondida ahí, ahora mi padre, Hazel y seguramente mis trabajadores saben de la existencia de Eve, por lo cual tenerla encerrada ahí no es necesario.
Mientras él limpia la sangre de la frente de Eve y examina la herida, me quedo de pie observando desde la ventana. Afuera comienza a caer la tarde sobre los campos. Los caballos siguen tranquilos. Los trabajadores han terminado la mayor parte de las tareas del día. Todo parece normal.
Demasiado normal.
—Se irá de aquí.
La voz sale más seca de lo que pretendía. Mi padre ni siquiera levanta la vista.
—Ella protegió a Hazel.
Aprieto la mandíbula.
—Eso no cambia nada.
—Lo cambia todo.
Ahora sí me mira. Y me fastidia descubrir que ya sabe exactamente lo que estoy pensando.
—Algo que deberíamos haber hecho tú y yo.
—No empieces.
—No estoy empezando nada, Claus.
Vuelve a concentrarse en la herida.
—Le debemos eso.
—No le debemos nada. —gruño. No le debo nada a nadie y mucho menos a una salvaje como ella.
Mi padre resopla.
—Claro que sí.
El silencio se instala durante unos segundos mientras termina de colocar una venda nueva sobre la frente de Eve. Después se incorpora lentamente y me observa como si estuviera evaluando el estado mental de un paciente particularmente difícil.
—¿Pretendes echarla? —me pregunta.
—Pretendo que se recupere y se marche.
—No puedes echarla a la calle ella debe de tener familia, ¿Le has dado un teléfono para que llame siquiera?
No.
—Llevo dos días manteniéndola a salvo, ella huía de algo.
—Y seguirá siendo insuficiente si continúa escondida.
Paso una mano por mi nuca. Ya conozco esa mirada.
La ha utilizado conmigo toda la vida. Es la mirada que aparece cuando cree que estoy siendo un completo idiota y, por desgracia, demasiadas veces ha tenido razón.
Pero mi padre no sabe lo que Código Negro te hace después de años trabajando allí.
No sabe lo que ocurre cuando pasas demasiado tiempo viendo lo peor de la gente.
Aprendes a desconfiar de todo el mundo. De cada historia, lágrima y persona que asegura necesitar ayuda.
Empiezas a buscar mentiras incluso cuando no las hay.
Ves demasiadas cosas. Demasiadas redadas, casas donde el horror vive escondido detrás de una puerta aparentemente normal.
Niñas siendo rescatadas de lugares donde jamás deberían haber estado.
Niñas de la edad de Hazel. Y después de eso ya no vuelves a mirar el mundo igual.
Te acostumbras a esperar lo peor porque, la mayoría de las veces, lo peor termina apareciendo.
Por eso me cuesta creer en las casualidades.
Por eso me cuesta confiar en Eve. Porque las mujeres medio muertas no aparecen en mitad de un bosque por accidente y porque la experiencia me ha enseñado que los problemas rara vez llegan solos.
Joder, quizá mi padre piense que estoy exagerando, pero él no ha visto las cosas que yo he visto.
—No sabemos quién es. —dice.
—Exactamente.
—Eso no te preocupa. —No ha sido una pregunta. Pero la verdad es que se equivoca, me preocupa demasiado, no saber nada de ella, pero ya obtendré mis respuestas pronto y no sé si me gustarán.
—Claro que me preocupa.
Se cruza de brazos.
—Pero me preocupa más una mujer herida que apareció sola en mitad de un bosque y que, aun así, se lanzó delante de un toro para salvar a una niña que ni siquiera conocía.
No respondo porque no tengo una respuesta que me guste. Y mi padre tampoco parece necesitarla porque cree que ganó esta conversación.
—¿Acaso no te diste cuenta de su acento?
Lo miro. Estaba demasiado embelesado con su belleza que no tuve tiempo de darme cuenta, pero ahora que lo pregunta, Eve tiene acento, aunque intente fingirlo.
—¿Qué pasa con él?
—No es inglesa.
—Ya lo sé. —De eso me di cuenta desde la primera vez que la vi ahí tirada, nadie viene a estos lugares a caminar y termina cayéndose por un barranco a mitad de la nada.
—No estoy seguro de que lo supieras.
Estaba demasiado ocupado también intentando averiguar qué escondía como para prestar atención a otras cosas.
—Es irlandesa. —dice por fin.
—¿Y?
—Y nada.
Se encoge de hombros.
—Solo me parece curioso.
—No tiene nada de curioso.
—Una mujer irlandesa aparece medio muerta en una propiedad perdida de Yorkshire sin documentos, sin teléfono, sin equipaje y con heridas que claramente no se hizo cayéndose de una bicicleta.
Mi jodido padre ya sabe todo lo que yo sé y no puedo discutir también eso con él. Es demasiado listo para mi gusto.
—A mí me parece bastante curioso.
Antes de que pueda responder, Eve se mueve ligeramente sobre el sofá. Apenas un gesto. Un leve fruncir del ceño. Nada más. Sin embargo, los dos miramos inmediatamente hacia ella.
Sigue dormida. Agotada, demasiado pálida e inquieta. Mi padre recoge el material médico y lo guarda en silencio. Eve lleva uno de los vestidos de mi madre que mi padre se negó a tirar, pero no dice nada.
—La subirás a la habitación de invitados.
—Papá…
—La subirás.
—No pienso...
—La subirás—La forma en que lo dice me recuerda exactamente por qué nadie discutía con él cuando llevaba uniforme.
Resoplo.
—Esto es una mala idea.
—Posiblemente, pero nadie morirá en mi propiedad y mucho menos en mi sofá. Así que deja la rabieta a un lado, Claus Radkle y arregla esto.
—Sí, señor—Sigue siendo mi padre después de todo.
—Gracias.
Lo odio cuando hace eso, especialmente porque suele acertar.
Me acerco al sofá y la tomo nuevamente en brazos. Eve ni siquiera se despierta. Su cabeza cae contra mi pecho y una parte de mí se pregunta cuánto tiempo lleva sin sentirse lo bastante segura como para dormir de verdad. No es una pregunta que quiera hacerme. Mucho menos una que quiera responder.
Camino cruzando la cocina y me detengo en seco:
—Papá.
Levanto la vista. Hazel está sentada en la isla de la cocina con una taza de leche entre las manos.
Maldición.
Ve a Eve en mis brazos y luego a mí. La niña es demasiado inteligente, siempre lo ha sido. Y creo que eso viene de mi padre, aunque lo terca lo sacó de su madre. Hazel me sonríe, tiene todavía las mejillas rojas y los ojos llorosos, pero aun así mi pequeña me sonríe.
—¿Quién es?
—Un problema. —Intento hacerla reír. Ya me quedó claro que Eve tuvo tiempo de decirle su nombre, así que ahora puede que sean hasta amigas, lo cual no me sorprende en absoluto.
Hazel sonríe inmediatamente.
—Es muy guapa.
—No empieces.
—Solo digo que es guapa.
—Y yo solo digo que cierres la boca, cachorra.
Su sonrisa se vuelve más grande, exactamente igual que la de su madre. La punzada llega donde siempre lo hace. Rápida. Silenciosa. Imposible de ignorar. Aparto la mirada antes de quedarme atrapado allí y señalo la libreta abierta sobre la encimera.
—Ve a terminar la tarea.
—¿Está muerta?
—No.
—¿Seguro?
—Hazel.
—Ya voy.
La niña levanta ambas manos en señal de rendición y vuelve a concentrarse en su tostada.
No se lo cree.
Yo tampoco me lo creería.
Subo las escaleras con Eve entre mis brazos y avanzo por el pasillo hasta la habitación de invitados.
Hace años que nadie duerme aquí. Mantengo el cuarto limpio porque me gusta que la casa esté preparada para cualquier cosa, aunque la realidad es que nunca viene nadie.
Nunca dejo que venga nadie. La tranquilidad me resulta más fácil que las visitas.
Empujo la puerta con el hombro y entro.
La habitación está iluminada por la luz suave del atardecer.
Las cortinas blancas se mueven ligeramente con la brisa y el olor limpio de las sábanas recién lavadas llena el ambiente.
Me acerco a la cama y dejo a Eve sobre el colchón con cuidado.
Durante unos segundos permanece completamente inmóvil, con el cabello negro esparcido sobre la almohada y la nueva venda cubriendo parte de su frente.
De cerca sigue pareciendo demasiado joven.
Veinte años, quizás.
Todavía me cuesta creerlo. Veinte años y ya carga una mirada que parece haber vivido tres vidas distintas. La observo un momento más de lo necesario. Después me obligo a apartarme. Porque mi padre tiene razón sobre una cosa.
No sabemos quién demonios es.
Y cuanto más tiempo pasa, más tengo la sensación de que cuando finalmente lo descubra, nada volverá a ser tan sencillo como debería.