Capítulo 6
Eve
Dos días después
Me he sentido como una maldita presa durante los últimos dos días.
No importa cuántas veces me diga a mí misma que me estoy recuperando.
No importa que la fiebre haya desaparecido o que ya pueda caminar algunos pasos sin sentir que alguien me está apuñalando entre las costillas.
Sigo atrapada aquí. En este establo. En esta propiedad perdida en mitad de ninguna parte.
Dependiendo de la buena voluntad de un hombre al que apenas conozco y que parece disfrutar recordándome que sigo siendo un problema.
Por eso, cuando Claus aparece esa mañana arrastrando un enorme toro hasta el compartimento vacío al otro lado del establo él solo sin ayuda de otros hombres, mi humor empeora todavía más.
Porque es jodidamente fuerte y yo sigo siendo su secreto.
—¿Qué hizo? —pregunto desde la cama.
El animal es enorme. Oscuro. Tiene una mirada que no me gusta absolutamente nada. Y no sé nada de ganado o de animales pero ese toro debe pesar toneladas.
—Mató a tres vacas.
Parpadeo.
—¿Es posible eso?
—Sí. Cuando eres un animal salvaje.
Hay algo en su tono que me hace levantar una ceja.
—Qué oportuno.
Claus me ignora.
—Fue un error haberlo traído aquí. Lo encontré vagando solo hace unas semanas. Estaba desorientado.
Desorientado.
Solo.
Perdido.
No sé por qué esa descripción me golpea tan fuerte. Quizá porque suena demasiado familiar.
—Lo dejaré aquí solo por hoy —continúa mientras asegura la pequeña compuerta de separación—. No molestará. No te acerques.
—¿Le has dado algo para que no me ataque?
—No te atacará si no te acercas y sí, le he dado un tranquilizante.
Observo al enorme animal resoplando fuerte.
—No parece dormido.
—No es para que duerma.
Claus termina de cerrar la puerta.
Cuando se marcha unas horas después para ocuparse de algún asunto de la granja, el establo vuelve a quedar en silencio.
Intento aprovecharlo. Necesito moverme, recuperar fuerzas y encontrar una forma de conseguir un maldito teléfono porque cuanto más tiempo permanezco aquí, más difícil me resulta ignorar la realidad.
Alguien me tendió una trampa.
Alguien me entregó.
Y hasta que averigüe quién fue, no pienso volver a confiar en nadie.
Ni siquiera en mi propia sombra.
Con una mano apoyada sobre la pared comienzo a caminar despacio por el establo. Las costillas protestan inmediatamente. Cada respiración profunda sigue siendo una tortura. Aun así, continúo avanzando porque negarme a rendirme es prácticamente lo único que me queda.
Estoy a medio camino cuando escucho unos pasos.
No son los de Claus. Los de Claus son pesados y firmes. Imposibles de ignorar.
Estos son ligeros y pequeños. Y entonces escucho una voz.
—¿Hola?
Me quedo inmóvil.
—¿Hay alguien aquí?
Mierda.
Una niña. La veo aparecer entre las puertas abiertas del establo y reconozco inmediatamente el mismo color de cabello y unos ojos muy bonitos desde aquí.
¿Es la hija de Claus? Debe de serlo. Lleva ropa limpia y cara, reconozco a una niña que vive bien cuando la veo y esta niña, no sé qué hace aquí sola.
Tampoco me gusta que lo esté.. La niña continúa avanzando mientras observa todo con absoluta curiosidad.
Y entonces gira la cabeza hacia el compartimento donde está encerrado el toro.
Mierda.
Mierda.
Mierda.
—Niña.
Ella da un pequeño salto del susto. Y el movimiento provoca que el animal también se mueva.
—¿Quién eres? —pregunta, sonriéndome.
—Soy Eve. No te acerques al animal. Ven aquí.
La niña me observa durante un instante.
—¿Tú eres el animal salvaje?
Por alguna razón, eso casi me hace reír.
—No.
Pienso un segundo.
—Bueno... sí. No lo sé.
Ella parece satisfecha con esa respuesta. Lo cual resulta preocupante. Escuchamos otro movimiento detrás de la compuerta. El toro resopla.
—¿Cómo te llamas? —le pregunto, necesito que confíe lo suficiente y se acerque a mí.
—Soy Hazel.
El toro vuelve a resoplar, esta vez más fuerte. Hazel gira inmediatamente la cabeza. Exactamente como esperaba. Ella es demasiado curiosa.
—¿Hay otro animal salvaje aquí?
—Sí.
—Quiero verlo.
—No.
—Solo un poquito.
—No.
—Por favor. —Ella junta sus manos y veo el esmalte rosa en sus uñas, es jodidamente adorable, pero necesito que se aleje del peligro.
—Hazel.
Ella sonríe. Y antes de que pueda detenerla vuelve a mirar hacia la compuerta. El animal vuelve a moverse. Esta vez más fuerte.
Un golpe.
Después otro.
Y veo exactamente lo que está pensando.
Quiere acercarse.
Quiere mirar.
Igual que haría cualquier niña de su edad.
—Hazel, no.
Pero ya está caminando.
—Solo voy a verlo.
—No te acerques, por favor—me muevo y mis costillas se resienten.
—No haré nada.
—Hazel.
Mi voz sale más fuerte esta vez y me incorporo más. Ella pone una mano sobre la pequeña puerta de madera. Y entonces el toro golpea desde dentro. Todo ocurre demasiado rápido.
El animal embiste la compuerta. La madera se abre. Hazel grita, esta vez sus gritos me desgarran por dentro al saber que el animal podría lastimarla. Es solo una jodida niña.
Mi cuerpo se mueve antes de que mi cerebro tenga tiempo de pensar y corro.
No siento las costillas.
El dolor.
No siento absolutamente nada.
Solo veo a una niña demasiado cerca de un animal de más de media tonelada. La alcanzo justo cuando intenta retroceder. Y la empujo lejos.
Entonces el impacto me alcanza a mí. Es como recibir el golpe de un coche.
Salgo despedida. Mi espalda choca contra el suelo y algo de metal que no tengo idea de que es, pero mi cabeza se resiente.
El aire desaparece de mis pulmones. Y algo caliente comienza a deslizarse por mi frente.
A lo lejos escucho los gritos y pasos pesados, veo a Hazel tirada en el suelo, el animal adentro como si nada hubiera ocurrido y esto solo hace que todo se vea peor de lo que es.
Hijo de puta.
—¡HAZEL!
Reconozco la voz de Claus inmediatamente. Después otra más grave. Los dos irrumpen en el establo al mismo tiempo. Encuentran Hazel está llorando. Y yo intento incorporarme.
Fracaso miserablemente.
Lo siguiente que veo es a Claus arrodillándose junto a su hija, la revisa y ve el caos a su alrededor, pero sus ojos terminan sobre mí.
—¿Qué le hiciste?
La acusación me golpea más fuerte que el toro. Durante un segundo me quedo inmóvil. Después algo explota dentro de mí, porque conozco ese tono y sé perfectamente lo que se siente cuando alguien decide que eres culpable antes de escuchar una sola palabra.
Consigo ponerme de pie.
Apenas.
Y antes de pensarlo demasiado le golpeo el brazo, pero eso no le hace nada.
—¿¡Qué clase de padre eres!?
Claus me mira como si hubiera perdido completamente la cabeza.
—¿Qué mierda...?
—¡Hay un puto animal aquí!
Mi voz rebota por todo el establo.
—¡Y dejas que una niña pequeña ande sola por este lugar!
El silencio dura exactamente un segundo. Porque entonces Hazel empieza a llorar todavía más fuerte.
—Papi...
Claus gira inmediatamente hacia ella.
—Cariño...
—Eve me protegió.
Todos nos quedamos inmóviles.
—¿Qué? —dice Claus a la pequeña.
Hazel se limpia las lágrimas.
—El animal salvaje iba a atacarme.
Señala hacia mí.
—Eve me salvó.
La sangre continúa cayendo por mi frente.
—Es mi culpa, papi, lo siento.
Hazel solloza.
—Lo siento mucho.
El señor mayor que se parece mucho a Claus y que debe ser su padre reacciona antes que nadie. Le quita suavemente a la niña de los brazos y la sostiene contra su pecho.
Mira directamente a su hijo.
—Me llevaré a Hazel de aquí.
Después su expresión se endurece.
—Arregla esto, Claus.
Y desaparece con la niña.
El establo queda en silencio, solo quedamos Claus y yo. Y el maldito toro. Pero ahora mismo creo que el Toro es más amigable que Claus Rakdle.
Nos miramos y de pronto estoy demasiado cansada para seguir enfadada.
—¿Qué... —Mi voz sale rota.—¿Qué clase de padre eres?
La expresión de Claus cambia, porque ahora sí está viendo la sangre.
Mucha sangre.
—Eve…
Parpadeo y todo se vuelve cada vez más borroso.
—Estás sangrando.
—Ya me había dado cuenta. —Llevo mi mano hasta ahí y toco mi cabeza.
Da un paso hacia mí e intenta tocarme, pero lo aparto con un manotazo.
—Ven aquí.
Intento apartarlo de nuevo.
—Vete a la...
No termino la frase, porque el suelo desaparece. Y lo último que siento antes de que todo oscurezca es un par de brazos atrapándome antes de caer.
Otra vez.
Maldita sea.
Otra vez.